¿Dónde vamos a bailar esta noche? – Rafael Guardiola Iranzo

¿Dónde vamos a bailar esta noche? – Rafael Guardiola Iranzo

¿Dónde vamos a bailar esta noche?

 

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Albrecht Dürer – Melencolia I [1514] – Staatliche Kunsthalle Karlsruhe

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Las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari no podían sospechar, ni por asomo, que la instalación bautizada con este título y depositada en una distinguida sala del Museo Bolzano de Milán alcanzaría la notoriedad cosechada a finales de 2015, como fruto de una acción técnica fortuita, no exenta de consecuencias teórico-prácticas. Y es que una empleada de la limpieza del museo citado introdujo en sendas bolsas de basura, al parecer, con eficacia y mimo, un variopinto conjunto de botellas de champagne, confetti y restos de una presunta fiesta, esparcido en el suelo, con objeto de dejar la dependencia como los chorros del oro, ignorando que todo aquello era una obra de arte merecedora de ser expuesta ante los ojos del moderno espectador. El servicio de limpieza de un rascacielos norteamericano, en la década de los setenta, tuvo un papel muy diferente en el proceso de creación y recepción de lo artístico, según cuenta Umberto Eco en su Obra abierta, si la memoria no me falla. Las limpiadoras del edificio de aquellos lares fueron invitadas por un artista conceptual a pensar en un tema (de cuyo nombre no quiero acordarme), simultáneamente, a una hora acordada: he aquí la artisticidad del asunto. Heroínas o villanas, las limpiadoras han tenido su momento de gloria.

Si seguimos el rastro de la tristeza, sentimiento que, probablemente, se apoderó de la limpiadora del Museo Bolzano tras conocer las consecuencias de su acción, no tardaremos en encontrar su origen en situaciones frustrantes o conflictivas, más que en alteraciones bioquímicas de nuestro augusto cerebro, como sucede en el caso de la depresión. La aflicción también debió sacudir el sistema límbico de una limpiadora doméstica de la provincia de Málaga, según me cuenta el ilustre Director de El Mirador de Churriana, cuando descubrió que había tirado a la basura las cenizas del abuelo de la familia para la que trabajaba, pensando que eran los productos de un tabaquismo pertinaz. La apatía, el desinterés, la desmotivación y hasta la desaparición del deseo sexual se pueden apoderar de nuestra existencia, por menos de nada, aunque no trabajemos en un crematorio. No obstante, conviene recordar que la tristeza, pese a la sobrevaloración de la alegría en nuestro océano sentimental, juega un importante y positivo papel, es una respuesta natural y hasta necesaria ante determinadas situaciones estimulares.

La sensación de pérdida de algo que valoramos nos pone tristes. Eso le pasaba a Epi, en Barrio Sésamo, cuando preguntaba con desolación a Blas, personaje de poderoso entrecejo, vive Dios, si había visto su patito de goma. Y también nos hace arrugar la frente la imposibilidad de realizar nuestros deseos, satisfacer nuestras necesidades o llevar a cabo nuestros proyectos, condenándonos muchas veces a la soledad y el aislamiento. Aunque la frustración y el fracaso suelen ser fieles compañeros de nuestra melancolía, lo cierto es que podemos identificar el motivo que desencadena nuestra tristeza y que ésta habita en nosotros poco tiempo, lo que nos permite tomarnos un respiro antes de vernos encumbrados, de nuevo, por la diosa alegría, tras un ensimismamiento muchas veces creativo, como si actuase como un auténtico catalizador del pensamiento.

Este efecto “catapulta” –seguramente bien regado por el alcohol o cualquier otra sustancia euforizante- debe ser el responsable aquella propuesta del Ministerio de Educación de aumentar la oferta hace tres años, con una especialidad de Formación Profesional Básica de “Tauromaquia y Actividades Auxiliares Ganaderas”. Al parecer, los alumnos que obtengan el título podrán ejercer como novilleros, pero no como toreros. Para ello, deberán recibir la alternativa de otro colega. También aprenderán las técnicas para convertirse en banderillero, pastor y picador. En particular y en el momento presente, el Gobierno de la Región de Murcia está empeñado en defender la Tauromaquia “a capa y espada”, valga la redundancia, debido, tal vez, a la enorme demanda social de “toreros titulados”. Me llena de orgullo y satisfacción pensar en la presencia de toros en los Centros de Secundaria, conviviendo en armonía con la efervescente adolescencia y profesorado ad hoc, vestido “de luces”, con su máster en Educación bajo el brazo, dispuesto a “echar un capote” a las hormonas.

Semejante trasmutación mental, de la tristeza a la alegría, que nos podría llevar hasta el paroxismo gracias a las ocurrencias de los herederos del exministro Wert, es el argumento del ilustre historiador del arte del siglo XIX Aby Warburg, a propósito del grabado de Alberto Durero, “Melancholia I”, fechado en 1514, y del consuelo humanista frente a la confrontación mitológica con Saturno, siempre presto a devorar a sus hijos. Según Warburg, el pintor renacentista Rafael Sanzio fue capaz de transformar los siniestros demonios en serenos dioses del Olimpo, la causa de la tristeza más paralizante en la alegre serenidad de los seres trascendentes. Lo malo de todo esto es que, tanta pasión por los sentimientos puede reducir nuestro comportamiento, con suma facilidad, al producto de nuestro cerebro primitivo que compartimos con los reptiles. Y de ahí a devorar a nuestros hijos, hay un paso.

 

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Rafael Guardiola Iranzo

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