Villa Rosa 1909 [Capítulos I – IV] – Marisa Garrido Lemus

Villa Rosa 1909 [Capítulos I – IV] – Marisa Garrido Lemus

Villa Rosa 1909 

Capítulos I – IV

 

***

 

I

 

En el verano de 1975 mi vida se encontraba ante una encrucijada. Yo no lo había decidido y quizás por ello, me costaba aceptarlo. Mi marido me dejaba por otra. Patético, ¿verdad? Así era como me parecía a mí. Toda mi existencia se desmoronaba y yo no podía hacer nada por impedirlo. No es que fuera una completa sorpresa. Durante meses se habían ido sucediendo pequeños detalles que delataban su infidelidad. No supe verlos. Para mí se trataba de trabajo, de compromiso político. Javier trabajaba en un importante bufete, regentado por su familia desde sus comienzos. Tenía una selecta y adinerada clientela que pagaba, sin saberlo, el asesoramiento jurídico a trabajadores con problemas laborales. Mi marido y dos compañeros más se ocupaban de esta actividad clandestina. Su padre, director aún del bufete, sabía de su existencia, y miraba hacia otro lado. Supongo que era una forma de tranquilizar su conciencia por la cantidad indecente de dinero que acumulaba. Yo tenía miedo, claro, pero me sentía muy orgullosa de él. Era un hombre bueno, comprometido con los desheredados, me decía, segura de no perder nunca mi condición de burguesita bien acomodada. Por eso justificaba sus ausencias no del todo bien explicadas, esas llamadas a deshora cuyo interlocutor no era identificado, un mechero de origen desconocido, un leve e indefinido perfume en su piel… Sentía, pero sin reconocerlo jamás, que me estaba dejando a un lado. Solo compartíamos ya el tiempo que dedicábamos a nuestros hijos. Y es que Javier fue siempre un padre estupendo. Al principio, cuando nació Manuel, el mayor, me sorprendió la implicación que demostró en su cuidado. Entonces no era habitual un padre que cambiase los pañales o diera el biberón de madrugada. Él, sin embargo, lo hacía. Luego, cuando los niños fueron creciendo, les dedicaba todo su tiempo libre: excursiones en bicicleta, salidas al cine, meriendas con sus amiguitos… Yo estaba ahí, con ellos; compartía sus salidas, sus bromas, sus juegos, pero me cansaba, los niños, esos niños a los que quería tanto, llegaban a aburrirme y deseaba estar exclusivamente con adultos.

Venga, mujer, que tú te pasas el día con ellos; para un rato que podemos divertirnos…

¿Es que no lo ves? Ese es el problema. Yo estoy a su lado a cualquier hora, también de la noche. Sí, no pongas esa cara, para una vez que te levantas, yo lo hago cinco veces más, por lo menos.

Claro, mujer, yo madrugo. Pero aún así, ¿quién calma a Manu cuando tiene pesadillas?

Ya sé, ya sé… Lo único que te pido es un poco de tu tiempo para mí también, para tener contigo una conversación de adultos, como una pareja, un hombre y una mujer, no como papá y mamá.

Acababa pidiéndome perdón y paciencia. Entonces, algunos sábados por la noche íbamos a cenar fuera, al cine, a tomarnos una copa o a bailar. Cuando volvíamos a casa, el resto de la noche me la dedicaba a mí entera. Yo me sentía feliz, aunque el domingo temprano, a las ocho de la mañana, tuviéramos a los cuatro niños con nosotros en la cama.

Calma, calma- les decía intentando que no armaran demasiado jaleo- Vámonos a la cocina, que os preparo el desayuno. No, no, dejad a mamá, que se enfada.

Mis amigas me envidiaban. Querían un marido como Javier, tan “chiquillero”, así le llamaban. Lo que ellas no entendían es que yo quería un marido para mí, que me siguiese viendo como una mujer, no solo como la madre de sus hijos.

Y no sé cuando comenzó, ni siquiera soy consciente de que lo percibiera en algún momento, únicamente pasó. Ya no me dedicó más sábados y los domingos los niños no entraron al dormitorio porque él los esperaba siempre en la cocina.

Sucedió. Hasta ahí puedo explicar. Durante algún tiempo, años, incluso, pensé que había sido culpa mía: no había sabido comprender sus necesidades, había buscado su satisfacción entonces y, por supuesto, la había encontrado en otro lugar. Ahora sé que nadie es culpable, o bien lo son las dos partes de la pareja, según se mire, tal y como no se cansaba de repetir mi cuñada Laura.

Déjalo ya, mujer, mi hermano ha encontrado otro camino por dónde ir, no le des más vueltas. Bastante ha aguantado el orden de la vida familiar, ¿no te lo dije? Las apariencias engañan, te advertí, y debajo de esa fachada de santurrón, hay un crápula de tomo y lomo. No era un chico para ti. Yo lo sabía. Tú necesitas alguien más convencional y Javier no es el hombre, a las pruebas me remito. Conozco a mi hermanito: yo soy la loca, él, el chico serio y formal, pero en realidad no es más que fachada. Yo no engaño, en cambio Javier… Con el rollo comprometido, os la ha dado con queso. Entiéndeme, no es que utilice la política como tapadera de pendonerías, no es eso, y tú lo sabes. Es que él va por libre. Se enamoró de ti y se casó porque era la única forma posible de estar con una chica “bien”. Luego te pusiste a parir como una coneja…no me mires así, es la verdad, cuatro niños en cinco años, lo mires por donde lo mires, es parir como una coneja. Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, llegaron las criaturas al mundo, y descubrió que le gustaba eso de ser papi. Pero él siguió a lo suyo, ¡y tanto!, compromiso político y… ¡mira por dónde! el amor que llama de nuevo a su puerta… ¿Y dónde te has quedado tú? por el camino, claro, ni una sola vez ha mirado atrás, ni se ha preguntado qué era lo que tú querías, si te apetecía ser de nuevo madre, cuál eran tus ilusiones…Un pedazo egoísta, eso es. Te lo advertí, no digas que no. Es que yo lo conozco, y también lo quiero mucho, cómo no, es mi hermano…

¡Laura! Mi amiga del alma, eso fue Laura para mí mucho antes que cuñada. Nos conocimos en parvulitos y ya no nos separamos más. Luego me casé con su hermano mayor y continuamos siendo amigas, las mejores amigas del mundo, “best friends forever”, decía ella en una época en la cual casi nadie hablaba inglés. Por eso conocía muy bien que esa pretendida sinceridad en su vida, de la que alardeaba cuando quería atacar a su hermano, no era tal, sino que ella también tenía un lado oscuro, muy oscuro, en realidad, si se miraba a través de la convencional lupa de aquella sociedad.

Pero, mira -continuaba Laura en sus esfuerzos por hacerme razonar- el mal ya está hecho. Él se ha marchado, pasa página, continúa hacia delante. No vas a ser ni la primera ni la última. Pero déjale ver a los niños, por favor. No entiende tu actitud, y la verdad, yo tampoco. Esta no es la forma adecuada para vengarte; él está sufriendo la separación, pero los niños también, y ellos no tienen la culpa de lo que ha pasado entre vosotros. Si quieres te ayudo a buscar otras formas de vengarte, tengo muchas ideas, sin los niños por medio, claro.

Este había sido su discurso durante el último mes y mi actitud no había cambiado: Javier se había ido de casa, con otra mujer para ser exactos, así que se atuviese a las consecuencias. No iba a ver a sus hijos. Punto. No me había abandonado, nos había abandonado. ¿No me vio siempre como una prolongación de los críos, sin necesidades o vida propia? Pues ya está: ahora lo iba a ser de verdad.

Los niños sufrían ante esta situación, claro, y hoy me pregunto cómo podía mirar para otro lado. Estaba demasiado dolida, herida en mi orgullo, tanto que no me daba cuenta de que en realidad hacía mucho tiempo que yo había dejado de amar a Javier.

 

II

 

Y en esas estábamos cuando el calor del verano se nos vino encima como hacía siempre en nuestra ciudad, de repente, sin avisar. Los niños acabaron el curso escolar y yo seguía sin atender las llamadas insistentes de Javier. Laura hacía las veces de mensajera: quería que los niños se fueran con él a la playa para explicarles la nueva situación.

Venga, mujer, -insistía Laura- si no va estar ella. Solamente el papá con sus niños.

¡Qué bonito! Me gustaría saber cómo les va a explicar que deja a su madre por una…

Bueno, bueno, no sigas, que no te queda bien decir tacos. Y sabes perfectamente cómo se puede explicar eso y estoy segura de que los niños, que son de todo menos tontos, lo entenderían rápidamente, mucho mejor que los abuelitos, a los que, por cierto, tenéis ignorantes de todo…

Que sea tu hermano el que hable. Para mí no ha cambiado nada, yo no me he movido de mi casa.

¡Mira que eres obstinada! Tú sigue mirando hacia otro lado, no encares la situación, que al final te explotará en la cara.

Un día de principios de julio Laura, sin embargo, cambió su discurso y me hizo una propuesta: como yo no quería dejar que Javier se llevara a los niños, tal vez nos pudiéramos ir las dos juntas, con ellos, naturalmente, a un lugar agradable por una breve temporada. Casualmente había llegado hasta sus manos el lugar idóneo para escaparnos: una antigua villa en la sierra, que conservaba todo el encanto de lo antiguo pero con las comodidades de hoy.

Me ha gustado la expresión -dije yo irónica- ¿Vas a comisión con alguna inmobiliaria?

No exactamente, pero andas cerca. La que va a comisión es una amiga mía, y hasta su inmobiliaria ha llegado este bomboncito que te estoy ofreciendo. La alquilan bastante barata, no creas, y todavía no logro comprender por qué… He visto fotos y, la verdad, es una casa preciosa. Parece ser que sus antiguos dueños eran una familia aristocrática, con título y todo, creo que marqueses, y la construyeron a principios de siglo. “Villa Rosa” se llama. Después de la guerra civil ha tenido distintos dueños, y los últimos han decidido alquilarla durante las vacaciones. Está impecable: le han hecho las reformas necesarias para adaptarla a la vida moderna, pero han conservado el mobiliario original. Una chulada, ya te digo. ¡Ah! ¡Y tiene una piscina estupenda!

Y entonces me enseñó las fotografías: era una casa grande, con una fachada pintada de color rosa; una verja rodeaba un jardincito delantero con unos árboles tan frondosos como seguramente correspondía a su vetustez; una inscripción adornaba la parte superior de la puerta enrejada a través de la cual se accedía al jardincito y a la casa: “Villa Rosa, 1909”. La piscina estaba en el patio posterior. La casa estaba construida sobre un desnivel, así que tenía un piso más en la parte inferior, que no se apreciaba desde el jardincito delantero. Al lado de la piscina había una zona embaldosada a modo de solarium: hamacas, sombrillas…

Ya me estoy viendo, tostándome al sol, mientras tú riñes a mis sobrinitos para que dejen de portarse como lo que son, pequeños monstruos asalvajados…

Naturalmente acepté la propuesta. Nos vendría a todos bien alejarnos de la ciudad por unos días, aunque advertí a Laura:

Si piensas que acabarás por convencerme y que al final Javier podrá llevarse a los niños, estás totalmente equivocada. Y como me entere de que detrás de todo esto anda metido él…

Calma, calma… ¡Pero qué bien te va a sentar el aire de la sierra!

La casa no nos defraudó. Cuando llegamos allí estaba Irene, la amiga de Laura para darnos la bienvenida y las llaves. Se saludaron muy cortésmente, con dos besos en las mejillas, como dos buenas amigas que se alegran de verse, pero ese brillo en la mirada… Sonreí: nada nuevo, un ligue más para Laura, aunque ella asegurase que no, que esa iba a ser la “mujer de su vida”. Tal vez llevase razón y Javier no fuese tan distinto a ella.

Los niños bajaron del coche corriendo, gritando excitados ante cada nuevo descubrimiento. Laura les llevó a ver la piscina mientras Irene me explicaba los detalles:

Como verás la casa es muy grande y es evidente que no vais a necesitar todas las habitaciones ¿verdad? Así que hemos dejado cerrado el segundo piso. Vosotros dispondréis de las habitaciones del primer piso y el bajo, por dónde se sale a la piscina y al solarium.

Me pareció bien; la casa era desde luego, muy grande y también muy hermosa. Nada más traspasar su umbral parecía envolverte un aire de otro tiempo.

Eso es por los muebles. Esta casa se vendió con su mobiliario original y así se ha conservado. Desde luego se han hecho varias reformas pero no ha perdido ni un ápice de su señorío.

Laura dice que perteneció a una familia con título nobiliario

Sí, los marqueses de Roca Fermata. Mis abuelos tuvieron mucha amistad con ellos.

Así que tú también perteneces a la nobleza…

No, yo no, ni mi familia tampoco. Mi abuelo era un constructor que hizo buenos negocios, se enriqueció y acabó entrando en la buena sociedad.

¿Y qué pasó? ¿Los marqueses vinieron a menos?

Algo así. Creo que su hija sufrió una desgracia terrible durante la guerra. No lo tengo muy claro, pero algo he oído de que su marido se pasó a zona roja y que sus hijos murieron. Acabó sus días en un manicomio.

¡Qué horror! Y entonces vendieron la casa.

Sí, supongo que a los padres no les quedarían muchas ganas de veraneo. Eso sí, mi madre cuenta que aquí se daban las mejores fiestas del verano. Ella era una niña pero recuerda que aquí se reunía lo mejor de la sociedad. Aquí mi abuelo cerró muchos de sus negocios. Bueno, una época que ya pasó. Solo queda esta casa como testigo.

Irene terminó de enseñarme la casa. La cocina estaba en el primer piso con dos baños y tres dormitorios. Había también un pequeño salón que haría las veces de sala de estar. El bajo era un espacio diáfano donde alguien había colocado una mesa de pin-pong, unos sillones de mimbre y una mesa a juego. Una gran cristalera, en realidad dos puertas correderas, daba acceso a la piscina. Al otro lado del solarium embaldosado se encontraba un trocito de césped muy cuidado con un gran columpio donde ya se mecían mis cuatro hijos. Laura, cómo no, ya estaba en biquini tomando el sol.

¿Qué, os unís a la fiesta?

Pero, cómo eres; si hay un montón de cosas que organizar…

Lleva razón, Laura, y además yo estoy trabajando, así que… Nos vemos más tarde. ¡Por cierto! Libertad no tardará en venir.

Libertad resultó ser la asistenta que Irene había contratado para ayudarnos en las faenas domésticas. Una chica menuda, morenita, que hablaba con un dulce acento… ¡argentino!

¿Qué le pasa, mamá? ¿Por qué no sabe hablar?

No, si hablar si sabe, lo que pasa es que lo hace raro

Ya, chicos, vale  ya. No  seáis maleducados.  Libertad habla perfectamente, solo que…

Soy argentina, y allá hablamos todos así. No se preocupe, señora. Estoy acostumbrada a sonar extraño. Y ustedes, chicos, ya verán qué rápido van a entenderme. ¿Y qué les parese, está todo a su gusto?

Libertad se había encargado de la limpieza de la casa y de llenar la nevera. Laura había querido que todo estuviera a punto para recibirnos. Deseaba que yo me sintiese a gusto, que descansara para así, quizás, poder abrir una brecha en mi determinación, muy firme hasta el momento, de separar a mis hijos de su padre. Se lo había prometido a Javier, aunque no le había dicho dónde íbamos a estar ni cómo pensaba conseguirlo. En el fondo yo sabía cuáles eran sus intenciones, pero, de momento, me dejaba querer sin abrir una puerta al entendimiento.

Nos repartimos los dormitorios: el más grande, amueblado con un par de literas para los niños; los otros dos, en el mismo pasillo, uno enfrente del otro para Laura y para mí. Ella, muy resuelta, eligió el que tenía una gran cama de matrimonio. El más pequeño quedó para mí. Mientras los niños se ponían los bañadores y bajaban ruidosamente a la piscina, me tumbé sobre la cama. La ventana estaba abierta; desde el jardín delantero se colaba un airecito muy agradable que empujaba hasta mí los más diversos aromas: a césped recién regado, a tierra húmeda, a flores cuidadas. Cerré los ojos y una sensación de bienestar se coló en mi interior. Eso es lo que buscaba Laura, sin duda, eso y la compañía de Irene. Pero en lo que se refería a mí, no iba a conseguir nada. Disfrutaría de unos días de descanso, los niños se alejarían del calor de la ciudad y de su padre. Suponía que Laura tenía un pacto con él porque había dejado de llamarme. Y en Villa Rosa no había teléfono. Lo del pacto era evidente porque Javier no iba a darse por vencido. Lo quería todo: a su novia joven y a sus niños. Debíamos hablar, lo sabía, pero no por ahora. No se lo iba a poner fácil, encima… Y acunada por el airecito, los aromas y los gritos alegres de mis hijos, me quedé adormecida.

Un fuerte golpe, como de una puerta que se cerraba bruscamente, me despertó. Sobresaltada, salté de la cama. El corazón me latía muy fuerte, como si me encontrase ante un peligro grande e inevitable. Pero las voces de mis hijos seguían sonando alegres, el airecito seguía entrando por la ventana abierta, los olores regaban la estancia… ¡Un momento! La puerta del armario se había abierto y probablemente el batir de sus dos hojas es lo que me había asustado. Era extraño, porque ahora se mecían suavemente y lo que a mí me había despertado había sido un golpe muy fuerte, inquietantemente fuerte. ¡En fin! Había que ponerse en marcha: empezaría por colocar mi ropa. Abrí la maleta, fui sacando la ropa y me dispuse a colocarla en el armario. Éste era grande, de madera oscura, con espejos, que, quizás debían haberse roto si el golpe que me había despertado hubiera sido real. Comencé colocando la ropa interior en los cajones. Libertad había hecho un gran trabajo. Ni una mota de polvo, ni fuera ni tampoco dentro de los muebles. Para distraerme me puse a canturrear mientras mis manos hacían mecánicamente un trabajo que siempre me había aburrido. El orden no era lo mío a pesar de que me empeñase en disimularlo. Las braguitas aquí, las camisetas allá… ¡Hola! ¿Qué es lo que hay aquí? Del fondo de un cajón mis manos empujaron lo que parecía un libro. Tenía las tapas oscuras, de cuero, con un hueco en forma de óvalo en la cubierta delantera. Lo abrí y comprobé que era un álbum con fotografías antiguas. Estaba muy lleno: en sus hojas se amontonaban un buen número de ellas. Enseguida me llamó la atención que el escenario de muchas de las fotos era “Villa Rosa”: el jardín delantero, la piscina, el solarium, el columpio… ¡Un momento! ¡Pero si todo estaba igual! Me atrevería a jurar que precisamente el columpio era el mismo sobre el que estarían balanceándose mis hijos; y esa mesa de pin-pong, esos muebles de mimbre… Desde luego los marqueses eran unos adelantados: habían decorado su casa con un estilo tan moderno que se confundía con las tendencias en decoración del momento. Pero no, no era eso: al entrar en la casa tenías la sensación de adentrarte en otro tiempo, en una época antigua, remota que ya había dejado de existir. Salvo por la piscina y el solarium, la casa, su construcción y sus muebles, hablaban de tiempos lejanos, quizás de un esplendor que ya nos resultaba anacrónico. La impresión de permanencia estaba, pues, en otro lugar, tal vez en lo más material… Sí, era eso: todo estaba igual que en las fotografías, los muebles eran los mismos, estaban colocados de igual forma, lo mismo que el jardín que hasta, me atrevería a jurarlo, tenía la misma vegetación: la misma palmera, pero también los mismos rosales, las mismas enredaderas, la misma fuente de mármol…Las fotos podrían estar hechas esa mañana de julio, la que nos había recibido en “Villa Rosa”, muchos años después de las fechas que figuraban en el álbum: 1926, 1928, 1930, 1932… Este álbum, me dije, es como el que Javier les ha hecho a los niños. Y en efecto, ahí estaba la evolución desde bebés hasta varios años después de cuatro niños, según pude contar. Cuatro caritas sonrientes, felices, que compartían sus juegos en el mismo lugar que lo hacían ahora mis hijos, también sonrientes y quería pensar, que igual de felices (¿Por qué tendemos a pensar que en tiempos pasados todos fueron más felices que nosotros?). Supe enseguida sus nombres, porque alguien (probablemente su madre, aunque ¿por qué no?, a lo mejor había sido su padre, pensé acordándome, sin poderlo remediar, de Javier) los había apuntado con letra clara y elegante, la caligrafía cuidada que nos enseñaron las monjas, en las hojas del álbum: Diego, Martina, Carmela, Pepe y Carbón. Esos eran sus nombres y los de un perrillo negro, de raza indefinida, que aparecía invariablemente junto a los niños. También surgía con frecuencia la imagen de una mujer muy joven, rubia, menuda, sonriente: Miss Rossy, rezaban los carteles identificatorios. Y no, no podía ser la madre de los niños, porque se la veía demasiado joven. Tal vez fuera una especie de niñera o institutriz; al fin y al cabo, era una familia adinerada y bien hubiera podido permitirse una nanny inglesa para cuidar de sus niños. Mi propia madre había tenido una niñera, en su caso francesa, mademoiselle Dupont, a la que había querido casi más que a mi abuela. ¡En fin! Las fotos iban sucediéndose y por fin apareció una en la que los niños estaban acompañados por una mujer identificada como “mamá”: era alta, de aspecto elegante y distinguido, de mirada dulce y sonrisa risueña. Tenía sobre su regazo al más pequeño de los niños mientras los otros tres la rodeaban apretándose muy fuerte contra ella. De repente, tropecé con un rostro en una foto que… ¡no podía ser! ¡aquello era imposible! Intentando encontrar una respuesta lógica miré la inscripción que acompañaba a la fotografía: “Inés con los niños. Verano de 1935”.

¿Qué haces?- la voz de Laura me sobresaltó- Venga, vamos a comer.

Ya está la comida lista y la mesa dispuesta.

¡Mira lo que he encontrado! ¡Un viejo álbum de fotos! Esta casa aparece en muchas de ellas…pero, fíjate, ¿no es increíble? Esta chica parece Libertad, es igualita a ella.

Bueno, no es nada raro que los miembros de una misma familia se parezcan.

¿Qué quieres decir?

Que esa no es Libertad, claro, pero sí su abuela.

¿Y tú como lo sabes?

Me lo ha contado ella; por lo visto su abuela Inés, madre de su padre, era de un pueblo de estos alrededores. Cuando los marqueses y su familia venían a veranear ella servía en la casa.

¡Qué coincidencia!

Pues sí; a Libertad también se lo parece. Dice que ya le ha escrito una carta a su abuela contándoselo. Cree que le gustará saberlo; su abuela siempre ha añorado su pueblo aunque todavía no se ha atrevido a volver.

La comida transcurrió plácidamente. Libertad comió con nosotras y en la sobremesa, cuando ya los niños se habían retirado a su cuarto con la orden de dormir la siesta, ante el café, le enseñamos el viejo álbum.

Sabía que mi abuela había trabajado aquí. Ella tiene buenos recuerdos de la casa y de la familia. Por lo visto sirvió desde muy pequeña con los marqueses. Su hija, la señorita Mariana, tenía su misma edad y así empezó frecuentando esta casa: para jugar con ella, para distraerla.

¡Qué liberales los marqueses! Dejaron que su hija fuese amiga de una niña de clase humilde. No era corriente en esa época… Bueno, ni en esta.

No se equivoquen. Nunca fueron verdaderas amigas. Las dos supieron siempre cuál era su lugar: de niñas, mi abuela era la distrasión de Marianita; cuando cresieron, ella se convirtió en la señorita Mariana y mi abuela pasó a ser la “muchacha”, como todavía llaman aquí a las criadas. Pero, a pesar de todo, yo creo que se apresiaban sinseramente. Mi abuela tiene unos recuerdos muy bonitos de los veranos de su juventud, cuando los marqueses daban bailes, selebraban veladas musicales… Ella se asomaba a un mundo de lujos inimaginables en su dura vida de chica de pueblo. Mariana le regalaba sus vestidos usados, le contaba sus viajes, sus flirteos, incluso le enseñó a nadar en esa piscina. Creo que se casaron al mismo tiempo: mi abuela con un chico de un pueblo sercano, el que sería mi abuelo, claro, y Mariana con el hijo de una adinerada familia, grandes terratenientes, creo. Sin embargo, todos los veranos volvían a encontrarse en esta casa.

Vaya, una bonita historia. Sí, por las fotos parecen que eran una familia feliz, aunque Mariana solo aparece una vez y su marido ninguna.

Porque él era quien hacía las fotos. Eso también me lo ha contado mi abuela. Era un buen fotógrafo. Debía ser su afisión, algo exótica en aquellos tiempos. Incluso tenía su propio equipo de revelado. Un día mi abuela abrió sin querer la puerta del baño donde estaba revelando unas fotos; éstas se velaron y se ganó una bronca monumental.

Así que el señor tenía mal genio…

¡Qué va! Don Jaime, según mi abuela, era muy alegre, cariñoso y afable con todo el mundo. La señorita Mariana era buena, pero mantenía las distansias. Don Jaime, por lo visto, no. Era muy frecuente verlo alternar en el bar del pueblo con el médico, el farmacéutico, o incluso, trabajadores de la zona. Creo que mi abuela acabó apresiándolo más que a su señorita.

Terminaron por perder la relación, ¿verdad?

Sí, supongo que llegó la guerra y se acabaron para siempre aquellos veranos. Cada cual ocupó su sitio. Mis abuelos acabaron exiliados en Argentina, añorando a España, aunque allí han tenido una buena vida, quisás mejor que la que les aguardaba aquí.

Y como me temía la conversación acabó derivando hacía la política. Laura acabó asegurando a Libertad que muy pronto tendríamos en España la democracia por la que sus abuelos tanto lucharon. A la chica le brillaron los ojos al afirmar que para eso ella había venido a España, para ayudar en la lucha… Y yo en ese punto dejé de escucharlas: mejor que no me enterase de nada; tenía miedo y elegía no saber, tal vez porque era consciente de que mi debilidad podría poner en peligro a aquellas personas tan queridas para mí.

Recogí un poco la cocina y recuerdo que, de camino hacia mi dormitorio, me asomé al cuarto de mis hijos. Allí estaban los cuatro, durmiendo como angelitos. Sonreí al pensar en la gran siesta que me esperaba. Y en efecto, dormí durante algunas horas, aunque mis hijos no duraron tanto en sus camas. Pude escuchar sus risas y sus juegos en el jardín cuando todavía no me había dormido del todo. O al menos eso fue lo que pensé entonces. Después me quedé muy confundida al escuchar las palabras de Libertad cuando me levanté:

Los chicos acaban de despertarse; ahí los tiene merendando, sin haser ruido para no molestarla. No, no ponga esa cara… Son sus hijos, solo que les he hecho un pequeño chantaje: ellos no hasían ruido y yo les daba unos pastelitos muy ricos que he hecho.

Así que Libertad tenía buena mano con los niños… ¡Cuánto me gustaba esa chica! Pero mi sorpresa se debía a otra razón: si mis hijos acababan de despertarse, ¿quiénes eran los niños que yo había oído jugar en el jardín durante la siesta? Por unos instantes, sin que yo pudiera explicarlo, vinieron a mi memoria los cuatro niños del álbum de fotografías. Absurdo, me dije, y ya no volví a pensar más en ello.

 

III

 

En realidad, se fueron sucediendo los días sin que yo pensase en casi nada. Aislados en aquella casa de la sierra el tiempo parecía haberse detenido y mis preocupaciones con él. Laura estaba muy distraída, entrando, saliendo, unas veces sola, otras con Irene; algunas noches regresaba pronto, otras muy tarde. Había días que hacía planes con los niños, había días que los ignoraba por completo. Lo cierto es que no me había vuelto a mencionar a Javier. Me parecía raro, pero lo dejé estar. Me encontraba tranquila, aunque sabía que solo estaba volviendo la espalda a mi realidad. En algún momento debería tomar una decisión, quizás la más trascendente de mi vida hasta el momento, porque no solo me concernía a mí, sino también a mis hijos, la parte más inocente pero también más afectada de aquella historia.

Una noche, a petición de Laura, invitamos a cenar a Irene y a Libertad. Ambas se habían convertido ya en una parte muy importante de nuestro verano. No era la primera vez que compartían mesa con nosotras, pero sí con una invitación formal de por medio. Laura nos había advertido, además, que tenía que comentarnos algo importante. Yo no estaba muy intrigada, la verdad; conociendo a Laura, probablemente fuera un efecto más de alguna ocurrencia de seguro extravagante. Sin embargo, aquella vez me equivoqué.

Al llegar a los postres, cuando los niños ya estaban desperdigados por el jardín jugando, Laura nos miró a todas y, bajando la voz, dijo:

En esta casa suceden cosas muy extrañas, no me digáis que no os habéis dado cuenta.

¿Qué quieres decir?

Explícate mejor

Vamos, no os hagáis las tontas; a vosotras también os han pasado cosas que no podéis explicar. Solo quiero que las compartamos para que nos demos cuenta que no somos nosotras las que nos estamos volviendo locas, sino que aquí pasa algo realmente.

De repente nos quedamos calladas, como si ninguna se atreviera a ser la primera en decir lo que pensaba. Yo interpreté este silencio como que Libertad e Irene estaban pensando que Laura estaba mal de la cabeza, o algo parecido. No sabían que lo más probable es que a continuación mi cuñada nos sorprendiera con alguna broma más o menos divertida y que al final nos reiríamos todas juntas. Cuando iba a hablar para seguirle la corriente en lo que fuera que estaba maquinando, Libertad, muy seria, tomó la palabra:

Sé a lo que te refieres. Estoy de acuerdo con vos: lo mejor es desirlo en voz alta porque así nos dará menos miedo.

¿Miedo? ¿Es que tienes miedo? ¿De qué? Explícate mejor -cada vez entendía menos lo que estaba pasando.

Laura al menos me está entendiendo. Y vos también, aunque no querés reconoserlo. Desde el momento que puse los pies en esta casa noté, no sé, una sensación rara, extraña. Cuando vine a limpiar y a poner la casa lista para ser habitada, antes de que la inmobiliaria comensase a enseñarla, me llevé una gran sorpresa. Todo estaba ya en perfecto estado de revista: las habitaciones ordenadas, limpias, sin una mota de polvo, como si esa misma mañana alguien hubiese pasado el aspirador. Las camas tenían sábanas limpísimas, las cortinas estaban nuevas, sin polvo; en la cocina encontré todo tipo de utensilios perfectamente colocados, dispuestos según el criterio y comodidad de la cocinera… Pensé que la inmobiliaria ya había encargado el trabajo a otra persona, pero me pareció muy raro. Y entonces aparesiste vos, Irene.

Sí, y pensé que cómo era posible que hubieses trabajado tan deprisa. Porque no habíamos encargado a nadie más la limpieza. Es decir, no hasta ese momento. Precisamente yo vine a decirte que te había conseguido más ayuda. Recordaba el estado de la casa cuando llegó a nuestras manos: bien conservada pero polvorienta y sucia, lo normal en una vivienda cerrada. Por eso me pareció un abuso que te encargaran el trabajo a ti sola, aunque la segunda planta fuera a permanecer cerrada…

Y otro hecho sorprendente: el piso segundo se hallaba tan limpio y ordenado como la planta baja, tanto que yo pensé que también iba a ser habitado. Fuiste vos, Irene, la que me sacaste de mi error, al felicitarme por mi trabajo y al agradecerme que hubiera limpiado también la planta superior, aunque no iba a ser habitada.

El caso es que no me dijiste que no habías hecho el trabajo…

¿Vos querés que me tomaras por loca? Supuse que había habido una mala organización en tu empresa, y que alguien antes que tú había dado la orden de limpiar la casa.

Pues ya ves que no.

Sí, ya lo supuse al comprobar que se me pagaba, y generosamente, por cierto, por un trabajo que no había hecho.

Y otra cosa digna de atención: cuando vinimos a ver la casa para ponerla en alquiler nos sorprendió lo cuidado que estaba el jardín. El césped bien cortado, sin hojas marchitas, los rosales perfectamente podados… La piscina, sin agua, pero en perfecto estado, incluso la depuradora, algo anticuada, pero con sus mecanismos intactos. El columpio estaba perfecto. Mi compañero y yo pensamos que los propietarios se habían ocupado de cuidar el jardín. A veces se hace para evitar que una casa entre en el abandono total.

Yo escuchaba a mis amigas un poco sorprendida pero enseguida pensé que ellas estaban compinchadas con Laura y que la única víctima de la probable broma era yo. Todavía calculando cómo salir lo menos mal parada posible les hice esta observación:

Pero vamos a ver, eso que contáis no es nada inquietante. Puede explicarse de muchas maneras y todas ellas muy lógicas.

El caso es que, querida cuñada, hasta el momento, y según lo que parece, ni Libertad ni Irene han dado una explicación de las que tú llamas lógicas.

Claro porque vosotras…

Laura entonces me mandó callar y me pidió que mirara a mis hijos:

Fijaos vosotras también -se dirigió también a Libertad e Irene- y decidme si no percibís algo extraño.

Las tres nos asomamos al amplio ventanal del comedor que se abría sobre el jardín delantero. Mis hijos corrían alrededor de la fuente de mármol, persiguiéndose unos a otros y gritando sus nombres.

Pues yo no veo nada raro. Están jugando muy entretenidos

¿Seguro? Fijaos en sus gritos

Se llaman unos a otros, Laura, son escandalosos pero…

¡Sé lo que querés desir! Se llaman unos a otros, sí, pero también gritan otros nombres.

Presté más atención y en efecto, mi hija mayor gritaba:

¡Cógelo, Martina, es tuyo! ¡Cuidado!

Y Manuel, su hermano, se quedaba entonces pegado a un árbol como si alguien lo estuviese reteniendo.

¡No vale! Me has pillado porque he ayudado a Pepe.

¡Vamos, Carbón! Ven bonito, no tengas miedo. Así, así, buen perrito…

Sorprendida vi como mi hija mediana se agachaba para hacer el gesto de acariciar a un ser imaginario de cuatro patas.

Supongo que ya habéis visto bastante -la voz de Laura nos sacó de nuestra extrañeza-. Vamos, no me digáis que de un tiempo a esta parte no os ha parecido que mis sobrinos jugaban de una forma muy rara.

Pues sí -fue Libertad la que contestó- pero yo pensé que eran así, buenos chicos, pero raritos.

Sin embargo, yo que los conozco bien puedo aseguraros que mis sobrinos son unos niños perfectamente normales; hacen travesuras pero no cosas raras, como si hubieran perdido la cabeza. A ver lo que dice la mamá…

Yo trataba de encontrar una explicación a lo que habíamos visto, pero tenía que darle la razón a Laura: mis hijos eran unos niños de lo más normal.

No sé, es cierto que juegan de una manera extraña, pero los niños tienen tanta imaginación…

Vale, Irene, hasta ahí de acuerdo, pero…

En ese momento todas nos precipitamos a la ventana: habíamos oído claramente el ladrido de un perro y las cuatro habíamos tenido la misma impresión: el animal estaba en el jardín con los niños. Pero allí no había ningún perro; solo mis hijos que seguían persiguiendo y llamando a seres invisibles.

¿Tenéis algo que añadir?

Que yo he oído en otras ocasiones el ladrido de un perro como si estuviese en un lugar muy cercano, en el jardín o incluso, detrás de mí, en la misma habitación; pero nunca he visto ningún perro.

Bueno, tengo que reconocer que a mí también me han pasado cosas, como diría…

No te esfuerces, dilo ya, inexplicables

Está bien, inexplicables: golpes fortísimos, jaleo de niños en el jardín cuando mis hijos dormían la siesta…Un momento, esperad, vuelvo enseguida.

Se acababa de encender una lucecita en mi cabeza. Fui a mi dormitorio y volví trayendo entre mis manos el viejo álbum de fotografías.

Fijaos en los nombres escritos debajo de las fotos. ¿No os suenan de nada?

Inclinaron sus cabezas sobre el cuaderno y la exclamación fue unánime:

¡Ahí están los amigos imaginarios de mis sobrinos! Y también el autor de los ladridos…

Esperen un momento: ¿los niños han visto este álbum?

No -contesté- hasta ahora ha estado guardado con mi ropa interior

Estáis insinuando que los niños ven ¿fantasmas? Venga, esto es demasiado absurdo -Irene nos miraba con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Calma, calma. Me he puesto a investigar y creo que ya puedo daros algunas respuestas.

Todas miramos hacia a Laura con cierta sorpresa:

¡Qué! Solo quería que vosotras mismas sacarais conclusiones y lo habéis hecho porque todas hemos asistido a fenómenos extraños en esta casa. Pero según compruebo yo me llevo la palma… Escuchad: hace un par de noches cuando regresaba de madrugada, al abrir la puerta, vi luz en el segundo piso. Me extrañó porque nunca subimos allí, pero, bueno, pensé que tú o alguno de los niños había podido subir por curiosidad… aunque eran las cinco de la madrugada. Muy despacio subí las escaleras. La luz provenía de una habitación al fondo de la planta. La puerta estaba entreabierta y se oían voces de niños. Enseguida pensé que eran mis sobrinos, pero como ya tengo la mosca detrás de la oreja, consideré la posibilidad de que fueran nuestros amiguitos invisibles. El corazón comenzó a latirme muy deprisa, las manos me sudaban, las piernas me pesaban enormemente, pero aún así seguí por el pasillo. El rumor de voces era cada vez más claro. Llegué incluso a distinguir una voz de mujer que daba instrucciones en inglés. Abrí del todo la puerta y…

¡allí no había nadie! Pero las voces continuaron, incluso distinguí ruidos de pasos, de carreras; la habitación estaba llena de juguetes desperdigados por el suelo, cuentos, libros infantiles, cuadernos escolares… Apenas si tenía muebles; se trataba clarísimamente de un cuarto de juegos. Yo seguía en la puerta mirándolo todo, inmóvil por la sorpresa y el miedo, todo hay que decirlo. De repente, la puerta se cerró ante mis narices con un enorme portazo. Entonces fue cuando reaccioné y bajé corriendo las escaleras sin mirar atrás ni una sola vez.

Laura dejó de hablar por unos instantes; nos miró y la expresión que debió de ver en nuestras caras, le confirmó que la estábamos creyendo; así que se animó a continuar con su historia.

Creo que esta ha sido la gota que ha colmado el vaso; así que me he olvidado de las vacaciones y he sacado de paseo a la periodista de raza que soy. Hoy he estado en la ciudad y con la excusa de preguntar por un artículo que aún no me han pagado me he ido hasta la redacción de “Melva”, sí, ya sabéis, esa revista cursi y opusina para la que escribo de vez en cuando. Pues veréis, allí me he entrevistado con Anais, la vieja que escribe los horóscopos y que en realidad se llama Ana Mª. Nunca le había hecho mucho caso, pero se las da de adivina y de experta en fenómenos paranormales. Como el que no quiere la cosa, he conducido la conversación hacia el tema de los fantasmas, o espíritus en tránsito como le gusta a ella llamarlos. Lo cierto es que nadie le hace demasiado caso y estaba sumamente dispuesta a charlar conmigo de su tema favorito. Así me he enterado de un par de cosillas que pueden sernos útiles: los fantasmas permanecen ligados al lugar en el que han muerto, normalmente por dos razones, bien porque han dejado asuntos sin resolver, bien porque han tenido una muerte violenta o inesperada.

Vamos a ver, no nos volvamos locas, ¿de verdad estás hablando en serio?

Claro que sí, cuñada, tanto que no nos vamos a ir hasta que no descubramos lo que pasó en esta casa. Porque está claro que algo debió pasarle a esos cuatro niños, algo terrible que les causó la muerte. Yo creo que ellos quieren que lo descubramos para que por fin puedan descansar en paz.

¿Y no sería mejor que nos fuéramos? Mira que si les pasa algo a los niños…

A ellos no les pasará nada: son sus amigos, tan reales como tú y como yo. Según me ha contado Ana Mari parece ser que los niños tienen un sexto sentido que les hace percibir fenómenos que escapan a la racionalidad adulta. Tus hijos no están asustados; debemos procurar que sigan así. También debemos permanecer atentas a su comportamiento, a sus palabras porque todo lo que venga de ellos puede ser una pista interesante. Y aquí entráis vosotras, Libertad e Irene. Las dos tenéis familiares relacionados con el pasado de esta casa. Que os cuenten cosas, haber que podéis averiguar.

Es extraño, porque según la información que ha llegado hasta mí, los niños no murieron en esta casa. Interrumpieron su veraneo y se marcharon con su madre poco antes del 18 de julio, del 36, naturalmente. Según me dijo mi madre fue después de la guerra cuando se enteraron de la muerte de los niños y de las desgracias de la familia.

Sin embargo aquí siguen y me parece que acompañados: las órdenes en inglés de la otra noche no pueden ser más que de Miss Rossy.

¿Saben? Mi abuela me escribió el otro día. Yo pensé que se pondría contenta al saber que estaba trabajando en “Villa Rosa” porque sus recuerdos sobre esta casa siempre habían sido bonitos; por eso me extrañó su comentario, bastante lacónico. Me escribió algo así como “mejor dejar en paz su memoria”.

¿Qué habrá querido decir?

No lo sé, pero lo cierto es, Libertad, que no todos los recuerdos que tu abuela guarda de esta casa son buenos. ¿Podrías hacer que te contara algo más?

Lo intentaré, pero el correo tarda demasiado; aunque quizás pudiera utilizar el teléfono…

Mira haber cómo lo haces. Y tú, Irene, ¿cuánto hace que no comes con tu madre?

Vale, vale, mensaje recibido. No os preocupéis: me pongo manos a la obra.

Y todas las noches, reunión general, para poner en común los descubrimientos. ¡Ah! Vigilad a los niños, pero sin asustarlos. Ellos tienen muchas de las claves que nos hacen falta.

 

IV

 

Desde esa noche ya nada volvió a ser igual. De repente comencé a fijarme en pequeños y extraños episodios que antes había ignorado deliberadamente porque me hacían sentir miedo: el columpio balaceándose sin nadie sobre su asiento, chapoteos a deshoras en la piscina, rumor de pasos en el piso de arriba, ladridos misteriosamente cercanos… No volví a acostarme sola en mi cuarto; sin pedirle permiso, me planté en el de Laura y acabamos compartiendo la enorme cama matrimonial.

¡Quién me lo iba a decir a mí!

¡Ni un solo comentario, Laura! No estamos para bromas.

Entre tanto mis hijos seguían felices compartiendo sus juegos con sus misteriosos amiguitos, algo que cada vez era más evidente para nosotras, sobre todo, porque, a pesar de sus esfuerzos, les costaba mantener el secreto.

Mamá, ¿puede venir Pepe a merendar?

¿Quién, cariño? ¿Algún niño del pueblo?

¿Quieres callarte, Javi? Nada mamá, no le hagas caso, este niño está cada vez peor de la cabeza…

El caso es que era difícil pillarles en un renuncio: mis hijos se habían propuesto ocultar sus misteriosas amistades con un ahínco que resultaba hasta conmovedor. Sin embargo, fue esa lealtad la que nos condujo a la primera pista importante.

Aquella noche Libertad nos anunció que tenía algo que contarnos: parecía interesante pero no sabía muy bien en qué sentido:

Hoy Ana ha venido muy seria a pedirme un favor. Me ha preguntado si yo conosía a los niños del pueblo; al desirle que no a todos porque ahora hay mucha gente veraneando, me ha pedido que busque a una niña de su edad que se llama Queca. Me ha dicho que cuando la encuentre le entregue esto de parte de su amiga Martina. Es un regalo por su cumpleaños que por lo visto va a ser pronto.

Entonces nos enseñó un paquetito cuadrado perfectamente envuelto en papel de regalo con una tarjeta pegada bajo la lazada: para Queca, estaba escrito con una letra infantil.

No, no es posible. ¡Cómo va a poder ser!

¿Qué te pasa, Irene? Estás tan pálida como si se te hubiese aparecido Miss Rossy.

¡No bromees! Esto es muy serio

Lo que me pasa es que creo conocer a la niña a la que va dirigido el regalo. Queca… ¿Vosotras sabíais que este es el nombre familiar de mi madre?

¡Qué dices! Si tu madre se llama…

María Concepción, lo sé, pero de pequeña comenzaron a llamarla así porque a su padre le parecía una auténtica muñeca… ¿No lo pilláis? Queca, de muñeca…

¡Ah, claro! ¿Y tú crees…?

Que mi madre era amiga de nuestra Martina, algo que, no sé por qué, se resiste a reconocer abiertamente. Me habla de los niños, así, en general, que ella jugó mucho en esta casa, que los quería mucho a todos, que Miss Rossy era encantadora… Pero hasta ahí. Luego se pone a suspirar, y termina diciendo: La guerra fue terrible para todos nosotros. Y yo la encuentro tan triste que no quiero obligarla a hablar más.

Sin embargo ahora…

Ahora vamos a entregarle este regalito y lo haremos mañana, cuando vayamos a felicitarle por su cumpleaños.

El día 18 de julio amaneció soleado y, sin embargo, fresquito. Me desperté temprano; por primera vez en unos días conseguí disfrutar de aquella bonita casa, en medio de la sierra, con un clima tan agradable en pleno verano… Me asomé a la ventana del dormitorio que había sido en un principio solo de Laura. Aspiré el aroma del césped, de la vegetación que llegaba del jardín delantero, y también, del cloro de la piscina. Todo estaba tranquilo, quieto; el día parecía transparente, luminoso. Los pájaros invitaban al optimismo, a pensar: “¡qué bien!; hoy no puede suceder nada malo; es verano, los pájaros cantan, estoy en un sitio precioso, aislada de cualquier problema u obligación…” Javier quedaba muy lejos, tanto que los últimos días apenas si le había dedicado un pequeño pensamiento. ¿Cómo estaría? ¿Dónde? Seguro que andaba preocupado por los niños. Los estaría echando de menos. Como ellos a él. El otro día Teresita lloraba porque quería que su papá supiera que se le había caído un diente, que únicamente él podía llamar al ratoncito Pérez. Costó convencerla de que Pérez era un ratón sabio y que sabría encontrar el camino de su casa veraniega para cambiarle su dientecito por un regalo. Los niños estaban muy unidos a su padre. Javier había sido un desastre de marido pero era un buen papá. Poco a poco, casi darme cuenta, mi rencor hacia él se había desdibujado. Tanto que debía empeñarme en recordar todas sus ofensas para justificar todavía mi actitud. Bien es cierto que, embebida en investigaciones del más allá, Laura había dejado de darme la lata. Llevaba algún tiempo sin pedirme que hablara con Javier. Primero fue Irene la que la entretuvo y ahora unos pequeños que probablemente todavía no supieran que habían muerto.

El balanceo solitario del columpio ya apenas si me llamaba la atención; sus risas y juegos invisibles casi tampoco. Los chapoteos en la piscina solo me inducían a pensar que las nueve de la mañana era una hora muy poco adecuada para el baño de los niños. Como mis hijos, nos estábamos acostumbrando a su presencia. Eran como unos vecinos de veraneo: a veces su presencia era bienvenida, otras inoportuna.

Esa mañana viajamos a la ciudad en el coche de Laura. Los niños (los de carne y hueso, claro) se quedaron al cuidado de Libertad. Irene nos esperaba en el portal de la casa de su madre.

Ya le he comentado que os había invitado a comer. Total, este año todo el mundo está de vacaciones: mis tías, sus amigas… Así se sentirá más acompañada, le he dicho. Creo que no le ha importado. Laura, tú le caes bastante simpática.

Bien, eso siempre es bueno.

Supongo que el regalo será mejor dejarlo para los postres. Se lo daremos con los otros. Ya veremos cómo reacciona.

De cualquier forma, seguro que hoy hacemos avanzar un poco más la investigación.

La madre de Irene resultó ser una señora muy agradable, atenta, cariñosa. Desde el principio se mostró encantada con nuestra presencia. Me preguntó por mis hijos, por nuestro veraneo en Villa Rosa, si nos gustaba el pueblo. Habló por encima de sus vacaciones infantiles en esos mismos parajes. Sí, llevaba razón Irene: no era un tema que le gustase mucho.

En los postres (una tarta de queso con frambuesa y helado de vainilla) le dimos nuestros regalos. Quedó encantada con el perfume francés, el obsequio de Laura y mío; el regalo de Irene fue más original: un billete de avión y una estancia de cinco días en Palma de Mallorca.

Gracias, chicas; son unos regalos estupendos. Esta tarde sin falta llamaré a mi amiga Cuca. Seguro que podrá acompañarme a Mallorca. ¡Cómo nos lo vamos a pasar!

Instintivamente las tres nos miramos: había llegado el momento. Irene puso el paquete encima de la mesa.

Esto no es todo, mamá. Tenemos otro regalo para ti. Nos lo ha dado una amiga tuya. Creemos que te hará una ilusión especial.

Doña Concepción sonrió y se dispuso a abrir otro envoltorio más. Leyó el sobre de la tarjetita sin especial emoción; la sacó, la abrió y una expresión de sorpresa se asomó a sus ojos.

Pero cómo es posible que vosotras…

Y se precipitó nerviosa a rasgar el papel de regalo. Ante nuestras curiosas miradas apareció un bloc de dibujo infantil. Queca lo abrió y con manos temblorosas, fue pasando sus hojas. Miramos por encima de su hombro: cada una de las páginas estaba ocupada por hermosos trazos, unas veces de colores, otras de lápiz negro; había incluso acuarelas. Sus temas eran variados: paisajes de inocente e idealizada belleza, ramos de flores, muchachas de largas cabelleras y amplias pamelas, caballos pastando en frondosos prados, perritos juguetones… Era evidente que todos esos dibujos eran copias de láminas para aprendices: todas recordamos nuestras clases de plástica en el colegio. Pero estaban hechas con mucha gracia; se adivinaba la mano de una pequeña artista, de un talento que iría creciendo con su dueña.

El dibujo final era un jardín con una gran palmera, con unos rosales que rodeaban una fuente de mármol. Detrás se adivinaba una fachada coloreada de rosa. En primer plano, a ambos lados de la fuente, se veía la figura de dos niñas, una con trenzas, la otra con una rizada melena suelta, cogidas de la mano. Debajo del dibujo había una dedicatoria:

“Happy birthday! I hope you spend a very special day. We will always be best friends. I love you: Martina.”

Queca acarició la hoja del bloc mientras trataba de contener unas lágrimas que finalmente desbordaron sus ojos. Entonces abrazó el cuadernillo y llorando ya sin acordarse de nuestra presencia, repetía, balaceándose como una niña pequeña,”Me too, me too…”

Irene nos hizo señas en silencio para que abandonáramos la habitación.

Doña Concepción apenas si se percató de nuestra marcha.

Es mejor que os vayáis. Creo que ha sufrido una sorpresa demasiado fuerte. La conozco. Esto le va a poner los nervios de punta. Esta noche os veo para cenar. Espero poder contaros algo nuevo.

No, Irene, espera, que no se marchen tus amigas- la voz sorprendentemente serena de doña Concepción nos detuvo en la puerta- Creo que me tenéis que explicar algunas cosas y quizás también queráis preguntarme a mí otras. Es mejor que me oigáis todas juntas.

Volvimos sobre nuestros pasos y nos sentamos en el saloncito que había acogido nuestra sobremesa. La madre de Irene ya había secado sus lágrimas y se mostraba tranquila.

¿Cómo ha llegado este cuaderno a vuestras manos?

Estaba en Villa Rosa, doña Concepción. Mis hijos lo encontraron. Por la tarjeta Irene dedujo que debía ser para usted. No nos extrañó puesto que conocíamos su relación con la familia de los marqueses. Y como casualmente era su cumpleaños, pues decidimos darle esta pequeña sorpresa. Le pedimos disculpas si la hemos molestado en algo; desde luego ha sido sin querer.

Así que no os extrañó que fuera para mí… Y decidme, ¿no os ha extrañado alguna otra cosa? Porque a mí, sí, nada mas desenvolver el paquete.

¿A qué te refieres, mamá?

Que el cuaderno está nuevísimo, como si hubiera sido comprado la semana pasada; las hojas no están amarillentas, ni agrietadas; los dibujos conservan intactos sus trazos, su color. No es lógico si pensamos que han pasado casi cuarenta años

¿Insinúas que te estamos engañando, que el cuaderno es falso?

No, sé bien que el cuaderno es auténtico. Lo pintó Martina aquel verano del 36 para regalármelo el día de mi cumpleaños. Miss Rossy siempre nos decía que los mejores regalos son los que se hacen con imaginación y cariño, que esos no hay dinero en el mundo para comprarlos. Por eso siempre nos regalábamos cosas hechas por nosotras. Yo sabía cuál iba a ser mi regalo. A Pepe, el hermano más pequeño de Martina, se le escapó, aunque yo hice como si no me hubiese enterado de nada. Martina dibujaba muy bien y ese invierno había estado tomando clases de pintura. ¿Cómo ibais vosotras a saber todo esto? Además yo sé bien cómo dibujaba Martina: esas láminas son las que hizo que ella. Por otra parte… la imagen final, la de las dos niñas de la mano, es la copia de una foto que el verano anterior nos hizo su padre. Esa foto la tengo yo, guardada, bien guardada, como los recuerdos de mi amistad con Martina.

Queca… ¿puedo llamarla así?- la mujer asintió con una leve sonrisa- en Villa Rosa suceden cosas, bueno, difíciles de explicar. Por eso a nosotras no nos sorprende que el cuaderno esté en perfecto estado de conservación después de estar casi cuarenta años perdido. De hecho la casa entera está perfecta, como si los años y el abandono no hubieran pasado por ella. Incluso

no hubo que limpiarla cuando nos instalamos. Es como si nos hubiera estado esperando…

Quizás sea eso… ¿quién sabe?

Y ahora tú, mamá, cuéntanos, por lo visto eras muy amiga de Martina

Sí, éramos inseparables, al menos durante el verano. Nuestras casas estaban muy cerca; solo las separaba un caminillo de tierra que se cruzaba en cinco minutos. Hoy nuestra casería no existe. Hace tiempo que la vendimos y su terreno lo ocupa ese bloque de apartamentos que tiene un nombre ostentoso y ridículo

¿”El Encinar de los Duques”?

Sí, no me digáis que no es ridículo… En realidad vivíamos en la ciudad durante todo el año, pero allí nuestros ambientes eran muy distintos. Ella pertenecía a la aristocracia y mi familia tenía dinero, sí, pero no pasábamos de ser pequeños burgueses. No frecuentábamos los mismos círculos. Pero durante el verano era diferente: entonces las costumbres se relajaban, sus padres invitaban a los míos a su casa, a sus fiestas… De hecho, las familias se tenían cierto aprecio desde antiguo: los abuelos de Martina y los míos ya habían compartido veraneos. Yo aprendí a nadar en su piscina. Siempre quería estar en Villa Rosa. Me encantaba estar con Martina y sus hermanos. Ellos no se aburrían nunca, se tenían los unos a los otros; en cambio yo, siempre estaba sola: el eterno problema de los hijos únicos.

Sí, esto ya me lo habías contado. Pero nunca dejaste entrever que Martina fuera tan especial para ti.

Es que me pone triste recordarla… Supongo que ya os habéis dado cuenta. Soy incapaz de pensar solo en las cosas buenas, en lo felices que fuimos precisamente hasta ese verano del 36. Junto a su recuerdo aparece inevitablemente el fantasma de la guerra y todo el sufrimiento que vino después. Y es que el 17 de julio de 1936, un día antes de mi decimoprimer cumpleaños, fue el último que vi a Martina.

Todas nos miramos expectantes: por fin los recuerdos de doña Concepción parecían conducirnos hacia el camino que buscábamos.Cuéntenos, doña Concepción- le animé con una sonrisa.

Bueno, aquel mes de julio los niños estaban solos en Villa Rosa, al cuidado de Miss Rossy. Los padres iban a acudir más tarde, cuando se lo permitieran sus ocupaciones. Martina me contó que ese año su padre los iba a llevar a la playa, a Santander. Se sentían muy contentos. Mientras tanto estaban allí, en Villa Rosa, encantados de no tener a su madre encima. Y no es que doña Mariana fuera muy severa, no, simplemente sin ella cerca, las costumbres, los horarios se relajaban. Miss Rossy nos consentía bastante: “Las vacaciones son para disfrutarlas”, decía. La recuerdo con mucho cariño. A mí siempre me hablaba en español, pero a mis amigos nunca, siempre lo hacía en inglés. Pero yo aprendía también algo de este idioma, lo suficiente para haber entendido la dedicatoria de Martina. A ella le gustaba mucho el inglés. Me decía que había ciertas cosas que se expresaban mejor que en español. Creo que para ella el mundo de lo afectivo estaba unido al inglés. Y eso lo consiguió Miss Rossy. Tenía una relación muy especial con aquellos niños.

¿Cómo era Miss Rossy?

La recuerdo como una joven muy guapa, cariñosa, alegre… También era muy moderna en su forma de vestir y a nosotras nos encantaba: sus faldas siempre eran un poco más cortas, usaba pantalones, incluso cortos. Y fumaba: nunca delante de nosotros, pero sí cuando estaba sola o charlando con las muchachas de servicio. Nos ponía una música que nos sonaba muy rara; “esto es lo último en América, chicos”, decía, y nos enseñaba a bailarla. Nos divertíamos mucho con ella. Le gustaban los niños, y sabía cómo tratarlos.

¿Y qué pasó ese verano, mamá?

Pues veréis: los niños esperaban a sus padres para el santo de Carmela, el día 16 de julio. Habían quedado en celebrarlo todos juntos en Villa Rosa y después marcharse a Santander, a continuar con el veraneo. Sin embargo, las horas iban transcurriendo y allí no llegaba nadie. Por fin, durante la siesta, apareció ante la puerta el coche de la familia. Recuerdo la excitación de los pequeños: estábamos en la piscina con Miss Rossy, y cuando oímos el ruido del motor, todos nos precipitamos al jardín delantero. Pero la decepción fue muy grande: en el coche solo iba Anselmo, el chófer de don Jaime. Les trajo una tarta y un mensaje de doña Mariana: no podían estar con ellos en ese día; sabía que todos iban a estar tristes como ella lo estaba, pero había que celebrar el santo de Carmela. Por eso ella había hecho el pastel de chocolate que tanto les gustaba a todos, para que lo tomasen juntos, y pensaran que, aun en la distancia ella estaba allí. Les prometía también que no iba a tardar en reunirse con ellos. La decepción fue grande, pero tampoco duró mucho. Miss Rossy le dijo a Carmela que ya no hacía falta que esperase más, que ya podía abrir sus regalos. Así que todos nos fuimos en tromba a la habitación de juegos.

En la segunda planta, al final del pasillo…

Pues sí, Laura- Queca miró con incredulidad a mi cuñada- ¿Cómo lo sabes?

Bueno, he inspeccionado un poco la casa… Pero siga, por favor

Pues en realidad tengo poco más que contar. En ese momento llegó Rafaela, mi niñera, para buscarme. Tenía que prepararme para la merienda en casa de mi abuela Carmen. Así que me despedí de todos y me marché.

Un momento: usted dijo que el último día que vio a Martina fue el día 17…

Y es cierto. Veréis: nosotras nos encontrábamos todas las mañanas en el jardín de Villa Rosa, muy temprano, antes que pudiera levantarse nadie. Era nuestro encuentro secreto. Como ya os he dicho, nuestras casas estaban muy cerca; yo atravesaba el caminillo de tierra y me colaba por un agujero que había en la verja del jardín. Nadie sabía de la existencia del agujero porque nosotras lo cubríamos con ramas. Bueno, nadie, nadie, no, Miss Rossy sí conocía nuestros encuentros clandestinos y Carbón, que siempre aparecía para saludarnos. En fin… Esa mañana, la del 17, acudí a nuestra cita, como todos los días. Estuve esperando un buen rato y Martina no aparecía. Miré hacia la ventana de Miss Rossy. Algunas mañanas la había visto allí, sonriendo, fumando un cigarrillo. Pero hoy esa ventana estaba cerrada, como todas las de la casa. Me llamó la atención porque normalmente siempre había alguna ventana abierta: Miss Rossy decía que era bueno que el aire de la noche ventilase el interior de la casa. Estaba a punto de marcharme cuando apareció Martina seguida de Carbón que, meneando la cola, acudió a saludarme. Martina tenía todavía puesto el camisón, estaba despeinada y pálida. Me dijo que había pasado mala noche, que tenía poco tiempo para hablar. La encontré un poco asustada y cuando le pregunté por qué, me dijo que su madre había llegado muy temprano con la intención de llevárselos a todos. Era una buena noticia porque se iban a la playa, pero yo no la vi muy contenta. Me dijo que sentía no estar en mi cumpleaños, sobre todo, porque aún no tenía terminado mi regalo. Yo pensé que por eso estaba triste y le dije que no se preocupase, que ya me lo daría aunque fuese después de las vacaciones, que ya nos arreglaríamos para vernos durante el curso. Me dio un abrazo, acaricié a Carbón y se marcharon rápidamente. Yo también salí a escape por el agujero. Tenía miedo de que nos descubriese doña Mariana. Y en efecto, casi me descubre. Cuando volvía hacia mi casa, la vi organizando el traslado del equipaje al maletero de un coche muy grande. Daba instrucciones a unos hombres que levantaban baúles y maletas. Ni que decir tiene que me puse a correr hasta llegar a mi jardín.

Así que esa fue la última vez que viste a Martina…

Y se marcharon con su madre, supuestamente a Santander, antes del 18 de julio. ¿Vio también al padre, a don Jaime?

No, y ahora que me acuerdo, le pregunté a Martina por él y se encogió de hombros; “supongo que se reunirá con nosotros más tarde, debe estar trabajando”, me respondió. Y es que fue todo tan rápido, tan inesperado… Su marcha, la guerra… Tengo la impresión de que nos arrancaron la niñez de cuajo, sin darnos tiempo a crecer despacio, a descubrir el mundo sin prisas, a disfrutar con ello. Recuerdo a Martina con una emoción especial: era mi amiga, mi mejor amiga. Si hubiera sabido que esa mañana era la última que la iba a ver… Me hubiera gustado despedirme de ella diciéndole lo importante que era para mí.

Perdónanos, mamá. No tenemos ningún derecho a ponerte triste el día de tu cumpleaños.

No, no os preocupéis. En realidad me habéis dado una gran alegría: este cuaderno es como si hubiese recuperado un poquito de Martina.

Entonces fue cuando nos marchamos. Allí dejamos a Queca, sumida en sus recuerdos, abrazada a ese cuaderno infantil que tanto significaba para ella.

 

***

Marisa Garrido Lemus

 

Autor
Categories: Literatura