Villa Rosa 1909 [Capítulos V – VIII] – Marisa Garrido Lemus

Villa Rosa 1909 [Capítulos V – VIII] – Marisa Garrido Lemus

Villa Rosa 1909 

Capítulos V – VIII

 

***

 

V

La vuelta a Villa Rosa la hicimos prácticamente en silencio. Laura conducía con la mirada fija en la carretera, sumida en sus pensamientos. Por mi parte, también permanecía en silencio. Una gran tristeza se había apoderado de mi ánimo. Habíamos descubierto una niñez interrumpida abruptamente. En mí permanecía la imagen de la madre de Irene abrazada al cuaderno de dibujo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

¡Joder!- el exabrupto de Laura me sacó de mis cavilaciones- ¡Estamos en un punto muerto!

¡Vaya! Yo compadeciéndome de la pobre Queca, pensando en lo horrible que tuvo que ser esa guerra, y tú dándole vueltas…

Sí, dándole vueltas a nuestro asunto, cuya investigación, por cierto, ha caído en un punto muerto. Pensé que la madre de Irene nos daría alguna información que nos permitiese avanzar, no sé, alguna pieza clave por dónde seguir encajando el puzzle, y ya ves, nada de nada.

¿Qué quieres decir?

¿Es que no te das cuenta? El relato de Queca nos confirma que los niños se fueron de Villa Rosa con su madre. No pudieron morir allí.

Y como nosotras solo manejamos la hipótesis de que los fantasmas permanecen ligados al lugar de su muerte, pues…

Hasta aquí hemos llegado. Y me da rabia, ya sabes cómo soy: ningún problema sin solución.

¿Y si los fantasmas pudieran estar en un sitio distinto al de su muerte?

Quizás el último lugar donde fueron felices.

Tal vez, como no sabemos mucho de estos temas… La verdad, yo siempre había pensado que eran tonterías sin fundamento científico alguno. Sin embargo, Anais me dijo que lo habitual era que los fantasmas permanecieran en el lugar de su muerte.

Lo cual vuelve a conducirnos a un callejón sin salida.

De todas formas, parece que hay algo que no termina de encajar. Todavía no sé el qué, pero lo averiguaremos. Esos niños se merecen descansar en paz.

Hicimos el resto del viaje en silencio. Cuando llegamos a Villa Rosa mis hijos jugaban en la piscina bajo la atenta vigilancia de Libertad. Ésta nos dirigió una mirada a modo de pregunta. Asentimos las dos sin mediar palabra. Entonces Libertad intercambió algunas palabras con mi hija Ana y a continuación, la niña se echó en sus brazos. Había recibido el mensaje: Queca, la amiguita de Martina, ya tenía su regalo y justamente el día de su cumpleaños. Ana corrió hacia el jardín delantero, tal vez para darle la noticia a Martina…

Más tarde, tras la cena, contamos a Libertad nuestro encuentro con doña Concepción. Laura volvió a manifestar su frustración ante el nulo avance de nuestras pesquisas. En contra de lo que habíamos pensado, la madre de Irene no nos había proporcionado ningún hilo del que tirar.

Quizás yo tenga ese hilo- manifestó pensativa Libertad.

Vamos, ¿quieres decir qué sabes algo que nosotras no sabemos? ¿Y te lo callabas?

Es que en realidad no tengo nada nuevo que aportar y quería que me contasen la comida con Irene y su madre. Yo también pensaba que ella nos podría aportar algún detalle, por pequeño que fuese, que nos permitiera seguir avansando. En fin, a lo que íbamos, hoy he recibido la llamada de mi hermano Roberto. Me ha dicho que ya tengo en el correo, vía urgente, además, los recuerdos de mi abuela sobre aquel verano del 36. Me ha dicho que espera que todo este embrollo sea por una buena causa porque a mi abuela le ha afectado mucho recordar esos días.

Luego algo sucedió, algo que se salía de lo habitual…

Desde luego, comenzó una guerra terrible y fraticida… ¿quieres algo más?

No, no, mi hermano se refiere a los recuerdos concretos de aquel verano aquí, en Villa Rosa. Mi pregunta a mi abuela fue muy presisa, si recordaba que hubiera pasado algo en Villa Rosa en aquel julio del 36, algo que tuviera que ver con los niños de doña Mariana y don Jaime. Por teléfono es difísil reconoser una reacción, pero yo juraría que mi abuela se quedó, cuanto menos, sorprendida. Rápidamente me preguntó por qué quería saberlo. Y le dije la verdad: que en Villa Rosa pasaban cosas extrañas y que tal ves nos ayudara conoser sus recuerdos. Me prometió entonses que trataría de recordar. Y hoy ha llamado mi hermano; estaba un poco enfadado porque los recuerdos han alterado mucho a mi abuela. Por lo visto él le ha ayudado a materialisarlos: ha grabado a mi abuela mientras ésta nos contaba sus recuerdos. Y eso es lo que nos envían: la cinta grabada con la declaración de mi abuela Inés.

¡Qué buena idea! ¿Y sabes cuándo llegará el paquete?

Pues, en un cálculo aproximado, si todo va bien, podríamos contar con ella en una semana.

¡Uf! ¡Qué largo se me va a hacer este tiempo!

Pero no teníamos más remedio que esperar. Ni Laura ni yo nos planteábamos marcharnos de Villa Rosa sin resolver el misterio, así que prolongamos nuestra estancia por segunda vez. Mis padres estaban extrañados de que a esas alturas del verano no hubiéramos ido a refugiarnos al chalet familiar en la costa levantina. Javier se había puesto en contacto con su hermana para preguntarle si ya estaba más cerca el reencuentro con sus hijos. A todos les habíamos dado largas, evasivas que apenas se sostenían pero que, inexplicablemente, colaron. Solo mis hijos seguían preguntando por su padre y su nostalgia era lo que a mí, sin saber por qué, me ponía un nudo en la garganta.

Por fin una tarde, mientras tomábamos el sol en la piscina, Libertad llegó agitando en el aire un pequeño paquete; en su otra mano transportaba un magnetofón. El día había llegado, y apenas si pudimos contener nuestra impaciencia mientras esperábamos el momento en que los niños se acostasen y poder así escuchar los recuerdos de Inés. Con gran solemnidad, Laura hizo los honores: enchufó el magnetofón, acomodó la cinta y todas a su alrededor nos dispusimos a escuchar:

Querida Libertad: no me ha extrañado saber que en “Villa Rosa” suceden cosas extrañas. Sus paredes guardan un secreto que yo solamente vislumbro pero que estoy muy lejos de conocer. Sin embargo, yo sé algo que quizás nadie más sabe, o al menos, nadie que todavía pueda contarlo. Sí, os relataré todos mis recuerdos, con la confianza de que tú y tus amigas logréis averiguar lo que en realidad pasó. Sí, ya lo sabes, mi niña, yo creo en el más allá, en una vida mejor que esta nuestra de cada día, donde seremos felices para siempre, si es que lo hemos merecido. Y desde luego, los niños son siempre los que más lo merecen… Prométemelo, Libertad, os lo cuento con esta condición: haced todo lo que esté en vuestra mano para que descansen en paz.

Abuela (era una voz masculina, el hermano de Libertad, sin duda), déjalo si quieres; no es necesario que sigas, Libertad lo entiende, seguro que ella no quiere verte mala.

No, no, quiero seguir hablando, me va a hacer bien, no te preocupes; me verás triste pero no me pasa nada. Y sobre todo, no me interrumpas; luego me haces las preguntas que quieras…

Está bien, pero si te veo demasiado alterada…

Lo dejamos, sí, te lo prometo; ahora permíteme continuar… Aquel verano los niños estuvieron solos en la casa al cuidado de Miss Rossy. Esperaban a sus padres para continuar el veraneo en Santander. Siempre lo habían hecho así, pero nunca habían estado tantos días esperando a los señores. A Miss Rossy no le extrañaba. Según nos contó, la relación entre la señorita Mariana y su marido no pasaba por su mejor momento. Mejor dicho, el momento que atravesaban era malísimo, con continuas discusiones, reproches en muy mal tono… Los tabiques dejan pasar las voces demasiado altas, decía Miss Rossy. Así que ella suponía que se estaban dando un tiempo para arreglar las cosas o al menos, tomar una decisión. ¿Qué decisión?, preguntábamos. Ella sonreía y nos decía misteriosamente: “En España ahora hay divorcio, ¿verdad?”. Y nosotras, esto es, la cocinera y yo, apenas si entendíamos lo que nos quería decir, así que lo dejábamos estar, pensando que los problemas de los ricos siempre son menos problemas pues al final todo se reduce a tener o no tener dinero. Mientras tanto los días iban transcurriendo plácidamente: los niños eran encantadores, traviesos, sí, como todos los niños, pero tenían un fondo excelente y Miss Rossy sabía cómo tratarlos, con la mezcla exacta de disciplina y afecto. Miss Rossy… Sin duda, era una mujer especial: instruida, con buenos modales, un poco más joven que nosotras, desenvuelta y con unas costumbres, muy pero que muy liberales para nuestra época y educación. Y no me refiero solamente a su manera de vestir o a su aspecto (las faldas lo más cortas posible, los pantalones como prenda usual, la melena rubia ondulada y breve, los labios siempre coloreados de carmín), lo digo sobre todo por su desenvoltura en el trato con los hombres. Sé muy bien de lo que hablo porque mi hermano Samuel quedó prendando de Miss Rossy y ella lo metió sin muchos preámbulos en su cama…Samuel era dos años menor que yo y ese verano había entrado a trabajar en “Villa Rosa” como jardinero. Acudía cuatro veces en semana a cuidar las plantas, aunque también acabó ocupándose del mantenimiento de la piscina, de cambiar las bombillas que se fundían, de arreglar un enchufe que no funcionaba… Por la noche, cuando los niños dormían, y en la casa solo estaban ellos y Miss Rossy, Samuel entraba por la puerta de la cocina, que ella siempre le dejaba abierta, y, bueno, creo que el resto os lo podéis imaginar vosotras, ¿verdad? Lo cierto es que lo hacían con bastante discreción, y solo yo estaba enterada de estos encuentros. No me gustaban nada, temía el escándalo si los señores llegaban a enterarse, claro, pero además temía que Samuel terminara con el corazón roto. No te preocupes, Inés, me decía, Miss Rossy es muy guapa y un poco puta; tengo muy claro que es solo una diversión, lo mismo que yo para ella. A nadie hacemos mal; cuando se marche a Santander con los señores, cada uno seguirá su camino, y aquí paz y después gloria. Sabes bien que la que quiero como mujer es otra… Bueno, pues aún así, no me gustaba esta relación tan desvergonzada. Sin embargo, yo apreciaba a Miss Rossy porque era una buena persona, siempre correcta y considerada con nosotras, las chicas de servicio, las muchachas, como siempre nos han llamado por ahí, cariñosa con los niños… En fin, la única explicación que encontraba a su actitud (mi hermano era al fin al cabo, un hombre y los hombres, ya se sabe, tienen sus necesidades, y ella, claro, se lo ponía tan fácil…) era su nacionalidad inglesa. Si hubiera sido española, me decía, no tendría unas costumbres tan relajadas.

Y a pesar de mi escándalo, los dejaba hacer, porque era cierto: guardando la discreción necesaria, ¿a quién dañaban? Bueno, en fin, el caso es que la noche del día 16 de julio, o mejor, la madrugada del 17, mi hermano llegó a mi casa pálido y muy, muy alterado. Esa noche yo estaba sola con mis hijos pues mi marido había acudido a la feria de ganado de un pueblo cercano. No recuerdo con exactitud la hora; debían ser alrededor de las dos o dos y media, lo que sí recuerdo es que mi Ramón tenía calentura, y yo me disponía a acostarme después de haber pasado varias horas intentando bajarle la temperatura a mi hijo, que por fin, ya dormía. Como digo, Samuel llegó muy nervioso. Al principio solo me pidió un trago de aguardiente, después pidió otro, y solo tras el tercero accedió a contarme la razón de su nerviosismo. Como todas las noches, había acudido a Villa Rosa, eso sí, un poco más tarde de lo acostumbrado pues había estado despidiendo a unos amigos que al día siguiente marchaban a la capital en busca de trabajo. Al principio no notó nada raro: la casa estaba a oscuras y en silencio; solo el cuarto de Miss Rossy tenía la luz encendida, como siempre, ya digo. Lo primero que le llamó la atención fue que Carbón no se acercara a recibirlo ni a pedirle la chuchería que Samuel siempre recordaba traerle, para distraerlo y evitar que ladrase. Se asomó al cuarto de Miss Rossy, pero a pesar de la luz encendida, ella no estaba allí. Ya muy escamado, Samuel decidió ir al cuarto de los niños, en la segunda planta; tal vez Miss Rossy estuviese con ellos y se hubiera quedado dormida. En la segunda planta no había ninguna luz encendida; menos mal que la noche era clara y Samuel pudo guiarse por los rayos de luna que entraban por las ventanas abiertas, porque aquella noche estaba siendo especialmente calurosa. Procuró avanzar sin hacer ruido; de repente, sus pies se toparon con algo blandito que habían estado a punto de pisar. Cuando dirigió su mirada hacia el suelo, se dio cuenta de que había tropezado con el cuerpo inmóvil de Carbón. El perrillo estaba tirado en medio del pasillo, y no reaccionó ante el encontronazo con Samuel. Alarmado, se agachó, tocó al animal y comprobó que estaba frío, que no respiraba. Samuel comprendió que solo podía estar muerto. Un escalofrío recorrió su espalda, quizás advirtiéndolo del macabro espectáculo que vería a continuación. Se dirigió al cuarto de los niños y por un momento, respiró: todo parecía estar en orden, o al menos así podía deducirlo por las sombras que adivinaba sobre las cuatro camitas. ¿Pero dónde estaba Miss Rossy? ¿Se había marchado dejando a los niños, sus niños, solos? ¿Qué le había pasado a Carbón? De repente, sintió cómo sus pies se metían en una especie de charco viscoso. Aquello era demasiado y casi sin pensarlo, decidió encender la luz del dormitorio. Lo que vio le heló la sangre: los niños, en efecto, estaban sobre las camas. Miss Rossy también estaba allí, encogida, abrazando al más pequeño de los niños, con una de sus manos entrelazada a la de Carmina, la menor de las chicas. Por un momento pensó que todos dormían pero esta impresión se desvaneció pronto. Al acercarse a la cama más próxima a la puerta se topó con los ojos muy abiertos y la mirada perdida de Martina. Fue entonces cuando se dio cuenta que el charco viscoso era vómito y que caminaba chapoteando entre un montón de inmundicia. Sobre la otra cama, Diego, el mayor, parecía mirarle con sus ojos desorbitados; su boca estaba abierta y de ella se escapaban unas babas sanguinolentas que le habían empapado el pijama; sus manos se agarraban crispadas a unas sábanas de color parduzco y amarillento. Y es que todos estaban tirados sobre sus camas, muertos, descomponiéndose macerados en vómitos, heces y orines. Samuel no pudo contener las náuseas que sacudieron su estómago y cuando por fin reaccionó, salió corriendo espantado hasta llegar a mi casa. ¡Muertos, Inés!, repetía, ¿te das cuenta?, están todos muertos, hasta Carbón está muerto. Y no he podido hacer nada, no entiendo lo que les ha podido pasar, porque algo les ha pasado, y ya no podemos hacer nada… Yo estaba tan espantada que no sabía qué decirle, solo lo abracé y dejé que llorara hasta que casi se quedó sin fuerzas. Entonces comprendí que, en su inconsciencia, mi hermano llevaba razón: ya no podíamos hacer nada por ellos. Por eso, no debíamos hacer nada. Samuel no tenía por qué estar en Villa Rosa a esas horas de la madrugada; nadie lo había visto entrar, como siempre, nadie sabía de sus encuentros con Miss Rossy, excepto yo. Luego él no había estado allí. Lo que tuviera que suceder podía esperar a la mañana siguiente, cuando yo acudiera, como todos los días, a lavar la ropa de los niños y a limpiar la casa. No sabíamos qué había ocurrido, no teníamos nada que ver con ello, que se ocupase en averiguarlo la guardia civil, o quien quiera que fuera que le correspondiese. Los señores siempre sabían cómo resolver sus problemas; en cambio, nosotros, los pobres, no teníamos escapatoria; si alguien supiera que Samuel había entrado en la casa se convertiría en el sospechoso número uno; y entonces sí que todo habría acabado para nosotros. Acabé convenciéndolo de que no debíamos dar parte a la guardia civil. Marcela, la cocinera, y yo seríamos las que encontraríamos los cadáveres y daríamos la voz de alarma. No habría nada anormal en nuestra presencia en la casa pues íbamos todos los días a trabajar allí. Él debería mantenerse sereno, como si este asunto, que, sin duda, estallaría a la mañana siguiente, no fuera con él, porque en realidad no iba con él; esa era la verdad y no debía olvidarlo. Por fin se marchó más o menos convencido con mis razones. El tiempo que faltaba hasta el amanecer procuré emplearlo en descansar, pero fue inútil: no se me iba de la cabeza lo que nos íbamos a encontrar en Villa Rosa. Era lo único que me preocupaba, eso, y cómo proteger a mi hermano de cualquier sospecha. Porque en ningún momento pensé que mi hermano no fuera inocente; para mí estaba limpio de toda desconfianza. También os diré que no dediqué un solo pensamiento a conjeturar sobre lo que les había sucedido a los niños y a Miss Rossy o sobre quién podía haberlos asesinado. Realmente no me importaba: como os he dicho antes, los ricos siempre encuentran soluciones. Por fin comenzó a amanecer; como todos los días, me dispuse a arreglar mi casa, preparar la comida de mis niños… Sobre las ocho venía mi hermana Pastora a quedarse con ellos para que yo pudiera ir a trabajar a Villa Rosa. Apenas si tenía 13 años, pero ya acarreaba las mismas responsabilidades que un adulto. Ramón parecía estar mejor: no había vuelto a tener fiebre y dormía plácidamente. De repente, alguien llamó a la puerta. Alarmada, observé por la mirilla antes de abrir: se trataba de un hombre desconocido para mi, vestido descuidadamente, que al sentirse examinado exclamó: “Vengo de parte de la señorita Mariana”. Sin pensarlo mucho, entonces abrí. “Buenos días -me dijo-, doña Mariana me envía para decirle que se marchan de la casa, que ha surgido un imprevisto y que se lleva a los niños. Aquí tiene el sueldo que le corresponde por su trabajo, bueno, el suyo y el de la cocinera; hay algo más que la señorita ha añadido por las molestias; me ha encargado que les dé las gracias y que le pida que hable usted con la otra chica. No van a necesitar más sus servicios durante este verano”. Aquello era demasiado, escapaba a cualquier esfuerzo de entendimiento que yo pudiera hacer. “Pero, si aún es muy temprano, logré balbucear, ¿cómo ha recogido toda la casa la señorita sin ayuda? ¿a qué hora ha llegado?” El hombre me miró fijamente y sonrió de una forma que me erizó el vello, han pasado muchos años, y fijaos, no he podido olvidarlo: “no pregunte, señora, ¿a usted qué más le da?” Yo, sin embargo, insistí: “¿Y dónde está Anselmo, el chofer de los señores?”; “Lo dicho, señora, me respondió, que tenga usted un buen día”. Y, entonces, dio media vuelta y se marchó sin despedirse. Cuando cerré la puerta tuve que sentarme porque las piernas me temblaban. ¿Quién era aquel hombre tan siniestro? ¿Sería verdad que la señorita Mariana había dado aquellas órdenes, que hubiera estado en la casa? Pensé que no, que la señorita no había podido estar allí, porque hubiera visto lo mismo que Samuel y entonces hubiera sido la guardia civil la que hubiera llamado a mi puerta y no ese hombre tan horrible… Mi cabeza daba vueltas mientras me afanaba en terminar mis tareas, en recibir a mi hermana, que ya había llegado, en salir corriendo al encuentro de mi compañera, en darle unas explicaciones que, dichas en voz alta, sonaron más convincentes de lo esperado. Hablábamos de los señores, ellos podían permitirse actuar sin dar explicaciones a nadie, y al fin y al cabo, ¿quiénes éramos nosotras para cuestionar nada? Lo nuestro era obedecer y punto. Más difícil me resultó convencer a Samuel para que no corriera al cuartelillo a dar parte de acontecimientos tan extraños. “Déjalo estar, le repetía, todo se aclarará a su debido tiempo, no es asunto nuestro”. Al final logré convencerlo, pero siempre recordaré su mirada llena de reproche y unas palabras tan amargas que jamás me han abandonado: “Está bien, Inés, quizás lleves razón, y callar es lo que más nos convenga; pero yo quisiera saber qué pensarías si los muertos fueran tus hijos…” Y jamás volvimos a hablar de este tema. Esto es todo lo que recuerdo de aquel día; como sabéis, Samuel murió en la guerra y todo lo que nos quedaba por vivir fue tan terrible como para sepultar la muerte de aquellos seres inocentes. No fueron más que los primeros de otros muchos que durante tres años se irían repartiendo por toda nuestra geografía. Quizás la guerra esté también detrás de las muertes de “Villa Rosa”, alguna venganza oscura e innombrable… Como digo, la guerra sepultó en el olvido cualquier explicación; y, que yo sepa, nadie jamás ha sabido de los sucesos que os he contado. Nosotros nos marchamos a Argentina cuando terminó la guerra, y comprendimos que había que irse para no morir de hambre. No había vuelto a hablar con nadie de los niños de “Villa Rosa” hasta ahora. Me sorprendió cuando supe la versión que ha llegado hasta vosotras, la muerte de los niños durante la guerra, no se sabe muy bien la causa, quizás en un bombardeo…

¿No os dais cuenta de que en realidad esa falta de datos puede deberse simplemente a un interés en ocultar la verdadera causa de su muerte? ¿Por qué nadie supo nada, por qué no saltó la noticia, por qué nadie investigó…? Al día de hoy sigo recordando las palabras de mi hermano, si los muertos fueran tus hijos, por eso os lo cuento: creo que así mi deuda queda saldada. Haced lo posible por saber, hijita, que todos puedan descansar en paz…

 

VI

 

La voz de la abuela de Libertad sonó asombrosamente serena; después, solo se escuchó el ruido de la cinta corriendo hasta que un chasquido interrumpió la grabación. La cinta seguía su curso en el magnetofón mientras nosotras permanecíamos en silencio, sin movernos, todavía incapaces de asimilar la información que habíamos escuchado. Laura fue la primera en reaccionar: se levantó y apagó la grabación, mientras nos miraba con el ceño fruncido, mordiéndose las uñas:

Hay algo en todo esto que no encaja, a menos que… esperad un momento…

Laura salió del salón para regresar al momento con un libro en las manos:

A ver dónde está, dónde lo he leído… – murmuraba mientras pasaba las hojas a toda prisa-. Sí, aquí está, sí, puede explicarlo, claro, no hay otra justificación…

La salida de Laura nos había sacado de nuestro ensimismamiento, y poco a poco, fuimos reaccionando, aunque no tan rápido como ella.

¡Menudo testimonio el de tu abuela!

Así que al final los niños y Miss Rossy sí murieron aquí…

Pero es todo tan raro… ¿Cómo un asesinato así pudo pasar desapercibido? ¿Qué intereses había para que no se investigara, para que no saliera a la luz?

Y luego ese bulo sobre la razón de su muerte… Creo que la guerra vino muy bien al asesino… quien quiera que sea.

¿Creéis que mi madre debería enterarse de esto? Desde lo del cuaderno tiene la mosca detrás de la oreja…

Precisamente, Irene, ahí, en los recuerdos de tu madre, hay un detalle que no casa con lo que nos ha contado la abuela de Libertad.

No te entiendo, Laura, ¿qué quieres decir?

Muy fácil, ¿todavía no lo veis?

Dubitativas, nos miramos unas a las otras sin decir una palabra, esperando que Laura nos sacara de nuestra perplejidad.

Recordad, la madre de Irene nos dijo que la última vez que vio a Martina fue el día 17 de julio por la mañana muy temprano, cuando acudió a su cita diaria, pero, si os dais cuenta, según lo que nos ha contado Inés, eso no puede ser, vamos, es totalmente imposible.

¿Qué…? ¡Vaya! ¡Llevas razón!

Por favor, no entiendo nada, explicaos.

¿No lo ves? Queca no pudo ver a Martina la mañana del 17 porque según el testimonio de Samuel, ya entonces Martina estaba muerta.

¿Qué queréis decir, que mi madre nos ha mentido? ¿Qué interés puede tener ella en mentirnos ahora?

Yo creo que tu madre no nos mintió, Irene. Ella vio a Martina, habló con ella, se despidieron, solo que… en realidad no era Martina, bueno sí lo era, quiero decir, que era su fantasma.

¡Sierto! Es la única manera de consiliar los dos testimonios… Las dos nos han dicho la verdad, de eso podemos estar seguras.

¿Pero cómo es posible?

Vamos, a estas alturas, ya no podemos dudar de la existencia de los fantasmas…

En ese momento, como para dar la razón a Irene, escuchamos carreras y risas infantiles en el piso de arriba.

Si tus hijos los ven y nosotras acabamos de oírlos, dijo entonces Laura,

¿Por qué Queca no pudo ver al fantasma de Martina? Como ellos, Queca pensó que se trataba de una persona real, ella con mayor motivo puesto que se trataba de su amiga y no sabía nada de lo que había pasado. Solo había un detalle que no me cuadraba… Queca dijo que abrazó a Martina y que acarició a Carbón. La idea que tenemos de los fantasmas es que son inmateriales, ¿cómo entonces se pueden agarrar?

Buena pregunta, pero mis hijos juegan con ellos, luego tampoco han notado, ¿cómo llamarlo?, su inmaterialidad.

Y la respuesta está en este libro. Me lo ha prestado la pitonisa Anais; nunca pensé que acabaría recurriendo a semejante esperpento, pero lo cierto es que aquí está una explicación. Veréis: “los espíritus- leyó- pueden presentarse en la forma que adoptó su cuerpo durante su vida, e incluso, pueden mantener un breve contacto físico con aquellas personas con las que les unió un lazo afectivo especialmente fuerte o que simplemente, no sepan que lo que tienen delante no es una persona sino un espíritu”. Por eso Queca la pudo abrazar y mis sobrinos juegan con ellos sin sospechar que no son personas.

Así que finalmente los niños sí murieron en esta casa, y miss Rossy y el perrillo…

¿Pero quién los mató y por qué? O, tal vez, sufrieron un accidente…

This is the question!, eso es lo que tenemos que averiguar

Sí, ¿pero cómo?, todo es muy raro; ¿y los padres, no dieron ni un paso para saber qué había sido de sus hijos?

Inés solo nos da el dato de que un hombre siniestro fue el que le vino a dar explicaciones, nada convincentes, por otra parte.

¿Y si los padres estuvieran detrás de las muertes?

¡Pero eso es monstruoso!

Sin embargo, es la única explicación para tanto silencio.

Chicas, creo que lo mejor será que lo dejemos por hoy. Estamos cansadas. Vamos a consultarlo con la almohada. Seguro que mañana se nos ocurre algo nuevo.

¡Cómo no hagamos espiritismo!

Con esto dimos por concluida la reunión; las voces y las carreras en el piso de arriba habían cesado; quizás nos habían oído, quizás por fin sabían que estaban muertos…

 

VII

 

Nuestras investigaciones habían llegado a un punto muerto; no sabíamos de qué hilo tirar para seguir avanzando. En el pueblo apenas nadie se acordaba ya de los niños de “Villa de Rosa” y Laura no encontró nada en su investigación por hemerotecas de la zona. Así que lo único que hicimos fue recopilar los datos de los que disponíamos y tratar de sacar alguna conclusión. Todas estuvimos de acuerdo en considerar las muertes de los niños y Miss Rossy un asesinato: la intervención del hombre que fue a ver a Inés a la mañana siguiente y el silencio que se levantó sobre el suceso nos lo confirmaban. El que los cadáveres estuvieran rodeados de vómitos, heces y demás fluidos corporales nos hizo suponer que la muerte les pudo sobrevenir por envenenamiento. Y que no saltara a la opinión pública un suceso tan terrible ni que los padres hubiesen dado parte a la guardia civil ni que ésta investigara, todos estos detalles, nos hablaban de un plan bien orquestado para que el asesinato quedara impune. Lo que más nos llamaba la atención era la actitud de los padres: ¿no echaron de menos a sus hijos? ¿por qué no quisieron saber lo que había pasado con ellos? Esto nos hizo pensar que, de alguna manera, los padres estuvieron implicados en las muertes. Monstruoso, pero no cabía otra explicación. Ahora bien, ¿por qué? ¿qué puede mover a unos padres a desear la muerte de sus hijos? O tal vez las muertes de los niños habían sido un accidente y el objetivo del asesino, o asesinos, había sido otro, por ejemplo, Miss Rossy. ¿Y si las discusiones entre el matrimonio eran por su causa? ¿Y si Mariana fuese una esposa despechada convertida en asesina? Quizás la víctima fuera solo en principio Miss Rossy y las muertes de los niños un lamentable accidente. Pero Mariana no pudo envenenar a nadie porque no estaba en Villa Rosa. Evidentemente había algo que se nos escapaba; necesitábamos más información para reconstruir nuestro puzzle.

También estuvimos todas de acuerdo en que debíamos informar a la madre de Irene de lo que habíamos descubierto. Pensamos que debía escuchar el testimonio de Inés y saber lo que había sido de su amiga. Intuíamos que esto habría de causar a Queca un gran dolor y que abriría su corazón a un montón de interrogantes sin respuesta. Pero también pensamos que tal vez esto bastaría para procurar la paz definitiva a nuestros fantasmas. Sin embargo, nunca pensamos que Queca acabaría por darnos la clave para resolver nuestro misterio.

Irene se llevó la cinta con el testimonio de la abuela de Libertad. La escuchó junto a su madre. Según nos contó luego, Queca había estado muy serena; oyó el relato hasta el final y solo murmuró entre dientes: “¿cómo es posible?”. Después, se secó una lagrimilla que resbalaba sobre su mejilla, miró a su hija y dijo con voz segura:

Tal vez todavía podamos recopilar un testimonio que nos ayude a comprender lo que pasó.

¿A quién te refieres?

Con lo lista que eres, hija, me sorprende que no se te haya ocurrido ya. Si la declaración de una abuelita ha sido útil, piensa: ¿a qué otra abuelita podemos preguntar, una abuelita que también conoció de primera mano a Villa Rosa y a sus habitantes?

¡A la yaya! Claro, ¡buena idea! ¿Pero tú crees que ella sabrá algo que nos pueda ser de utilidad? Además, últimamente se le va un poco la cabeza…

Sí, tal vez le falle un poco la memoria a corto plazo, pero te aseguro que en lo que se refiere a batallitas su cabeza funciona muy bien; puede que no se acuerde de lo que hizo ayer, pero perfectamente de lo que pasó hace 40 años.

Puede que lleves razón… Pero todo este asunto, ¿no le va a resultar muy extraño? Quiero decir, nos resultará complicado explicárselo y que no nos tome por locas.

Es que creo que tampoco hace falta contárselo todo. Simplemente le hacemos hablar de aquella época, de sus veraneos, de los marqueses, de su hija y su familia… Tal vez de esa forma nos proporcione algún detalle que nos permita solucionar nuestro enigma.

A todas nos pareció una buena idea; también estuvimos de acuerdo en que no debíamos ir todas a visitar a la abuela de Irene: se aturdía fácilmente en la compañía de mucha gente. Así que decidimos que solo Laura acompañara a Queca y a su hija. El plan era sencillo: se trataba de hacer hablar a la anciana sobre sus recuerdos, intentando que estos se centraran en lo que más nos interesaba, esto es, Villa Rosa, sus habitantes y aquel julio del 36. Era nuestra última esperanza; si no sacábamos ningún dato nuevo sobre el que investigar o que nos aclarara lo que pasó, nos daríamos por vencidas y abandonaríamos la casa y sus fantasmas.

Intuyendo que se acercaba el final de nuestra escapada, Laura había vuelto a insistir sobre la conveniencia de que Javier se encontrara con los niños. Aún no le había dado una respuesta definitiva pero cada vez me costaba más negarme en rotundo, como había hecho hasta entonces. Mis hijos no habían dejado de preguntar por su padre, era evidente que lo echaban de menos, y yo tal vez me estaba dejando influir por lo terrible de unos sucesos que aún no conseguíamos explicarnos del todo. Era tan triste lo que les había pasado a aquellos niños… Con frecuencia repasaba el viejo álbum de fotos; los miraba felices, tan parecidos a mis propios hijos que parecía que su desgracia iba a alcanzarlos a ellos también. Sí, pura aprensión, lo sé, pero era lo que sentía entonces. Una idea se abría paso en mi mente: mi actuación castigaba a Javier, sin duda, pero además estaba castigando a los únicos seres inocentes de todo este lío: mis hijos. Como ellos, sus fantasmales amiguitos se vieron con seguridad envueltos en unos acontecimientos de los que acabaron siendo las víctimas. No merecían sufrir y, sin embargo, ahí estaban, penando en medio de una inabarcable eternidad.

Laura e Irene regresaron con la excitación pintada en los rostros: habían conseguido nueva información, era evidente. Tras la cena, cuando mandamos a los niños a la cama, nos contaron lo que habían descubierto:

Pues sí, mi madre llevaba razón: mi abuela tiene más presentes los sucesos de hace 40 años que los de ayer. No nos ha costado mucho, la verdad, hacer que hablara de aquellos tiempos. A ella le encanta contar batallitas y no siempre encuentra un público que quiera escucharlas.

Sin embargo, nosotras lo hemos hecho encantadas. Y he aquí lo que hemos descubierto: la identidad de la amante de don Jaime.

Por lo visto, no era ningún secreto: en los ambientes “bien” de la ciudad era vox populi. Se trataba de Candela Sáez de Villasante, la hija de una familia muy adinerada y de noble alcurnia. Según nos ha contado mi abuela, esta chica era muy moderna, por no decir bastante “ligera de cascos”; la relación que mantenía con don Jaime era de todo menos discreta. Como siempre, se disculpaba al hombre pero no a la mujer. Así que Candela estaba en una situación cuanto menos delicada. Mariana, naturalmente, estaba al tanto de lo que sucedía con su marido, pero como siempre hemos hecho las mujeres, miraba para otro lado y mantenía las apariencias.

Unas apariencias que cada vez eran más difícil de mantener, de ahí que no nos extrañan las discusiones continuas entre el matrimonio.

Por tanto, podemos descartar a Miss Rossy como amante de Jaime.

Sí, tal vez en algún momento pudo serlo, pero desde luego el señor no la habría tomado nunca tan en serio como parece que se tomó a Candela. ¡Ah, qué injusticia! Al fin y al cabo, Candelita era hija de una familia muy poderosa; supongo que eso pesaría para dar el paso que finalmente dio Jaime.

Y en este punto mi abuela nos ha proporcionado una información que ya no era de dominio público, sino que la propia Mariana le contó confidencialmente. Por lo visto, a principios de ese verano coincidieron las dos un domingo en una misa muy temprana que había en el convento de La Encarnación. No eran amigas íntimas pero tenían la suficiente relación como para saludarse y compartir un chocolate a la salida de misa. Mi abuela recuerda que encontró a Mariana un tanto desmejorada y cuando le preguntó si es que se encontraba mal de salud, ella se echó a llorar. “Mi marido quiere dejarme, le dijo, no me digas que no te has enterado que anda liado con la niña de los Villasante”. Mi abuela trató de quitarle importancia, que si ya sabía cómo eran los hombres, que Jaime pronto se cansaría, que era un hombre cabal, que quería mucho a sus hijos; la que iba a acabar perdiendo era Candelita, que no comprendía cómo sus padres no le daban un buen sopapo y la hacían entrar en razón. “Precisamente, contestó Mariana, la familia ha debido tomar cartas en el asunto, y mi marido les ha dicho que quiere convertir a su hija en su legítima; por eso me ha pedido el divorcio”. Mi abuela no daba crédito: la República había legalizado el divorcio, sí, pero aquello estaba muy mal visto entre la gente de su posición. Le costaba creer que Jaime pudiera abandonar a su esposa y, sobre todo, a sus hijos.

Y aquí, chicas, viene un detalle fundamental para nuestra investigación. Doña Paz al llegar a este punto nos ha hecho notar que quedó muy impresionada por la actitud de Mariana; según ella, parecía no estar muy en sus cabales porque fue esto lo que respondió: “No, eso sí que no, Paz, podrá divorciarse de mi, dejarme tirada, pero yo te aseguro que a mis hijos no los vuelve a ver; antes soy capaz de matarlos”. ¿Cómo se os queda el cuerpo?

Lógicamente, mi abuela no se tomó en serio estas palabras, pensó que eran fruto del abatimiento y la depresión. “Fijaos, nos ha dicho, finalmente acabó sus días en un manicomio, de lujo, pero manicomio. La traición de su marido, que resultó doble traición porque siempre se manifestó abiertamente partidario de la República, la muerte de sus hijos durante la guerra, la acabaron por hundir en el abismo. Pero yo tengo la impresión de que su entendimiento había comenzado a perderse mucho antes, cuando no pudo soportar la pública humillación de verse abandonada por su marido”.

Hasta aquí el testimonio de doña Paz. Después Queca, Irene y yo hemos cambiado algunas impresiones y creemos que por fin podemos dar una solución bastante verosímil al misterio de Villa Rosa.

Me parese que puedo imaginarlo

Yo también, pero es tan aterrador que apenas si podría expresarlo en voz alta -realmente había quedado conmocionada y las lágrimas, sin quererlo, saltaban de mis ojos.

¿Verdad que sí? Pero creo que nuestros amigos tienen derecho a saber lo que les pasó, sobre todo porque así descansarán en paz. Así que permitidme que os cuente nuestras conclusiones. Hay aspectos que quedan sin una total explicación; sin embargo, es muy posible que lo que sucediera fuera esto: Mariana decidió matar a sus propios hijos para vengarse de su marido. Sabía que los niños eran lo más importante para él, su vida, y sin duda pensó que haciéndoles daño conseguiría infligir a Jaime un sufrimiento tal que la compensaría de la humillación que le estaba haciendo sufrir.

Creo que tiene razón mi abuela cuando dice que Mariana estaba trastornada. Lo estaba: no cabe otra explicación para su comportamiento, porque estaréis de acuerdo conmigo que ahora sí encajan las piezas.

¿Y cómo pudo envenenarlos?

En este punto Queca nos ha servido de gran ayuda. Ha sido ella la que se ha dado cuenta de cuál podía haber sido el alimento envenenado. ¿No caéis? ¡El pastel que Mariana envió para celebrar el santo de Carmina! Era una tarta que ella misma hacía y que les encantaba a los niños. Lo cierto es que se arriesgó un poco porque otras personas habrían podido probarla también, por ejemplo, la propia Queca, pero lo cierto es que se tuvo que ir muy rápido porque llegó su niñera a buscarla: debía ir a visitar a su abuela que también se llamaba Carmen. Así que la clave estaba en la hora en la que llegó la tarta a Villa Rosa, por la tarde, temprano, lo suficiente para que la merendasen los niños, solo ellos, porque Queca se iría a casa de su abuela, y las muchachas nunca estaban por la tarde. Solo quedaba Miss Rossy, pero Mariana la debió considerar un daño colateral sin importancia; además, ¿quién sabe?, tal vez tampoco le tuviera mucha simpatía…

Así que, imaginaos, todos, hasta el pobre Carbón, comen la tarta; poco a poco, los efectos del veneno comienzan a hacerse notar, se irían sintiendo mal hasta que… Desde luego, el veneno que utilizaría sería sumamente eficaz; en principio no podemos saber con certeza cuál fue, pero lo cierto es que siempre ha habido sustancias tóxicas muy fáciles de conseguir. Y las mujeres siempre hemos sido unas maestras en el arte de envenenar.

En lo que nos perdemos por completo es en cómo consiguió Mariana sacar los cadáveres de la casa y hacer que nadie, ni siquiera su marido, investigara lo que pasó. Supongo que el comienzo de la guerra jugó a su favor. Lo cierto es que con dinero todo es bastante más fácil de solucionar: contrataría a hombres cuyo silencio no sería difícil de comprar, dispuestos a cumplir órdenes sin preguntas ni escrúpulos. Es posible que incluso Mariana viniera a la casa; por eso Martina dijo que su madre había llegado de improviso. Lo que no puedo imaginar es que fuera capaz de ver muertos a sus niños; claro que para eso estarían sus contratados; quiero decir que no hacía ninguna falta que ella se implicara en las labores de recogida y limpieza.

Y hasta aquí llegamos; lo que sucediera después es casi imposible determinarlo con seguridad. Tal vez a Mariana no le terminó de salir bien la jugada; es posible que su marido jamás se enterase de lo que había hecho con los niños, o se enteró y ayudó a la familia a enterrar para siempre todo este horror. Sea como fuese, hoy nadie piensa que Mariana fuese una asesina, sino una pobre mujer perseguida por la desgracia que acabó perdiendo la razón. Tenía muchas coartadas, ¿verdad?

Permanecimos un buen rato en silencio, cada una atendiendo a sus propias cavilaciones. Las mías estaban centradas en un solo pensamiento: me parecía demasiado a Mariana; yo estaba haciendo con mis hijos lo mismo que ella hizo con los suyos. Ella estaba loca, claro, ¿pero quién sabe por los derroteros que puede conducir el odio? Sin embargo, yo aún estaba a tiempo de rectificar:

Laura, mañana llama a Javier; dile dónde estamos y que puede venir a llevarse a los niños cuando quiera.

Laura se levantó para abrazarme; Irene y Libertad aplaudieron; yo me eché a llorar sintiéndome enormemente liberada; no, desde luego que no, yo no era como Mariana. Mis hijos no serían las víctimas inocentes de nuestra separación. Javier me dejaba por otra, pues muy bien, ya pagaría su traición, pero no a través de mis hijos. Ellos merecían seguir teniendo un padre, además un padre como Javier; porque a mi me había fallado pero a sus hijos, yo lo sabía, no los iba a fallar nunca. Así que todo era cuestión de que yo me tragase el orgullo y me diese a mí misma la oportunidad de ser feliz. No parecía fácil, pero iba a contar con muchos apoyos, entre ellos, el más importante, el de Laura, la mejor amiga que hubiera podido desear.

 

VIII

 

Aquella noche Irene y Libertad se quedaron a dormir en Villa Rosa. De alguna manera, esperábamos que sucediese algún acontecimiento sobrenatural, que nuestros amigos los fantasmas nos dieran una señal de que veían la luz y que se encaminaban hacia ella para por fin descansar en paz. Según el libro que la vidente Anais había prestado a Laura, los espíritus en tránsito cuando obtenían la respuesta que buscaban o solucionaban sus problemas pendientes, veían una luz y ese era el momento en que podían entrar en una feliz eternidad. Sin embargo, nos fuimos a la cama sin notar nada extraño, a no ser un enorme silencio, lo cual ya era raro, puesto que durante todos los días de nuestra estancia, Villa Rosa nos había obsequiado con un concierto de ruidos, susurros, pasos, risas, ladridos de origen incierto que en más de una ocasión nos habían erizado los cabellos y los nervios. Pero nada más.

Bueno, tal vez este silencio sea la señal

No sé, yo esperaba algo más, ¿cómo decirlo?, espectacular.

Mi noche, sin embargo, no fue tranquila. Cuando conseguía dormir, me asaltaban inquietantes pesadillas: yo era Mariana y le decía a Javier que no volvería a ver a los niños nunca; mis niños retorciéndose de dolor en sus camas y yo mirándolos impasible, con una mueca de satisfacción en mi rostro… La luz del amanecer se llevó al fin mis temores y pude entonces conciliar un sueño más tranquilo. Me despertaron el ruido de unos pies corriendo por el pasillo. Por un momento pensé en nuestros fantasmas, pero eran mis hijos que se dirigían en tropel a la cocina. Allí estaban todos, mis amigas y mis niños desayunando tranquilamente.

Buenos días, dormilona; se te han pegado las sábanas.

Es que no he dormido muy bien esta noche.

¿Tú tampoco? Claro, es que todo es tan terrible…

¿El que es terrible? – era mi hijo menor quien preguntaba.

¡Las ganas que tengo de hacerte cosquillas! – exclamó Laura mientras se abalanzaba sobre el niño.

De repente escuchamos el ruido de unos frenos que se detenían ante la puerta.

No me mires – dijo Laura – Javier no puede ser porque todavía no lo he llamado.

Libertad, sentada al lado de la ventana, miró hacia el jardín.

¡Vaya! ¡Tienen que ver esto!

Los niños ya estaban ocupando el amplio ventanal que se asomaba al jardín delantero de Villa Rosa. Gesticulaban y gritaban:

¡Adiós! ¡Pasadlo bien!

Al final os vais vosotros antes… Ojalá no tardemos mucho en irnos, sin vosotros esto va a ser muy aburrido.

A través de la ventana nos llegaban ahora unos frenéticos ladridos.

Libertad volvió a insistir:

¡Asómense, rápido!

Por encima de las cabezas de mis hijos miramos hacia el jardín y entonces… ¡Los vimos!

Formaban un grupo alrededor de un coche, un modelo sin duda anticuado. Un hombre alto y moreno, vestido con traje y corbata, a pesar del calor que ya comenzaba a hacer, acomodaba bultos en el maletero. Una joven rubia le ayudaba en esta labor; mientras, cuatro niños corrían y jugaban con un perrillo negro. Los reconocí a todos: Martina, Diego, Carmina y Pepe. Ahí estaban, ante nuestra vista, haciendo gestos de despedida a mis hijos. La joven levantó un momento la vista de las maletas que metía en el coche; su mirada se encontró con la nuestra que, incrédula, permanecía fija sobre ellos; entonces Miss Rossy nos sonrió y agitó su mano a modo de saludo o despedida. Tocó el brazo del hombre para llamar su atención y pudimos ver cómo le dirigía unas breves palabras. Entonces el hombre levantó la cabeza, nos sonrió brevemente y también agitó la mano.

Adiós, adiós – gritaban mis hijos – buen viaje.

A una indicación de Miss Rossy los niños se metieron en el coche, este se puso en marcha, y se perdió de nuestra vista carretera adelante. Hasta el último momento divisamos las manitas de los niños, fuera de las ventanillas, diciéndonos adiós. Se habían ido, supusimos, hacia la luz, ese lugar atemporal, lleno de paz, donde todos debemos descansar tras nuestra muerte. Su padre por fin había ido a recogerlos: probablemente, ni los niños ni Miss Rossy supieran lo que les había pasado; les cogió totalmente por sorpresa y no le encontraron ninguna explicación; se limitaron a permanecer allí, esperando a que vinieran a recogerlos. Pero Jaime no llegaba, quizás porque no supo que le estaban esperando, o porque ni siquiera sabía dónde estaban sus niños. Pero finalmente se habían encontrado, porque, con toda seguridad, él tampoco había podido marcharse hacia la luz y estaría buscándolos, perdido en medio de la eternidad. Y los niños se habían reunido con su padre: la madre seguramente permanecería sola donde quiera que se encontrase. Quizás ese fuera su castigo: permanecer sola por los siglos de los siglos.

Mis hijos se alejaron de la ventana nada más perderlos de vista. Nosotras comenzamos a movernos con lentitud, intentando asimilar lo que habíamos visto.

Bueno, es hora de ponernos en marcha, aquí nos queda poco por hacer ya…

Les echaré de menos a todos.

No te preocupes, Libertad, seguiremos en contacto; yo creo que ese trabajo de recepcionista en mi periódico está hecho. Por cierto, me voy contigo, Irene, tengo que llamar a mi hermano…

Laura me apretó afectuosamente el brazo.

Sí, y yo voy a ir haciendo el equipaje

Estoy muy orgullosa de ti; no dudes de que haces lo correcto. En realidad, podemos sentirnos todas muy orgullosas: hemos hecho un buen trabajo.

Javier se presentó al día siguiente. Hablamos mucho rato; no fue fácil, claro, pero los dos estuvimos de acuerdo en que nuestras diferencias debían afectar lo menos posible a nuestros hijos. Ellos no notaron nada: se marcharon felices con su padre y yo me quedé con la promesa de que “la otra”, al menos de momento, no iba a tener contacto con los niños.

Recogimos la casa entre Libertad, Laura y yo. Poco a poco, ante nuestros ojos, Villa Rosa fue mostrándose con su verdadera edad; el paso del tiempo se hizo evidente en muebles, alfombras, cuadros… El columpio del jardín comenzó a chirriar, la fuente de mármol nos mostró unas grietas antes invisibles, la depuradora de la piscina dejó de funcionar. La magnífica casería comenzaba a pedir unas reformas. Supongo que al irse nuestros fantasmas el tiempo, detenido durante tantos años, cayó sobre la casa como una losa de mármol, enterrando para siempre una verdad recién descubierta pero que nunca saldría a la luz.

Dijimos adiós a Villa Rosa un atardecer de finales del mes de julio, cuando el sol hacía brillar el agua en la fuente y los cristales en las ventanas. Ahora sí que la dejábamos sola, tranquila, en paz, o al menos eso sentí yo cuando, al meterme en el coche de Laura, me volví hacia su fachada rosada, a echar el último vistazo, el de la despedida.

O quizás, simplemente, la que estaba en paz era yo.

 

Madrid, 31 de julio de 2012.

 

***

Marisa Garrido Lemus

Autor
Categories: Literatura

Comments

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