Gabinete de curiosidades léxicas – VII – Becas flacas – Nicanor Gómez Villegas

Gabinete de curiosidades léxicas – VII – Becas flacas – Nicanor Gómez Villegas

Overview

Gabinete de curiosidades léxicas – VII – Becas flacas

***

***

Gabinete de curiosidades léxicas – VII

Becas flacas

En asientos anteriores de La morada de la melancolía, aquella derelicta bitácora de una singladura eterna a través de las aguas de las palabras y de la historia (Cabeza de turco y El cero y el infinito) traíamos a colación los hallazgos lingüísticos que algunos traductores han puesto a disposición de todos nosotros, sus humildes lectores (habría que añadir una coda al famoso verso de Borges, yo me enorgullezco de los libros que he traducido), de qué manera han enriquecido nuestra lengua tras darle vueltas al magín para naturalizar a la parte más compleja y plena de significado de un libro: su título. Sólo hay que pensar en las resonancias, ecos, profundos significados y poesía que hay en los dos títulos (¿para qué iba a escribir más, me pregunto yo) de Juan Rulfo: Pedro Páramo y El llano en llamas. Esa complejidad, que hará sudar la gota gorda a sus traductores a otras lenguas, es la misma que se encuentran nuestros traductores cuando les toca hacer el trabajo inverso: dar en el clavo con el título, para que no se pierda la idea del creador, pero adaptándola a la idiosincrasia de la lengua de llegada, que es a su vez portavoz y legado precioso de una cultura, el medio en el que ésta se expresa.

*

*

Los dobladores de películas de Hollywood, gente bienintencionada que trabajaba a destajo, hicieron verdaderas barbaridades, algunas de las cuales rozan el ridículo (John Ford fue especialmente maltratado. Solo hay que pensar en Centauros del desierto, aunque qué belleza tiene ese título ya. ¿Alguien se imagina llamar The searchers de otro modo?).

*

*

En la literatura universal también hay algunos gazapos o precipitaciones muy difíciles de enmendar ya. Qué decir de La tierra baldía, cuando El yermo o incluso El páramo hubieran sido más adecuadas. Otro título, también muy relevante pues ha dado lugar a una expresión en nuestra lengua también es imposible de enmendar: la traducción de Steppenwolff como El lobo estepario. No, ese animal, en nuestra lengua no existe, se trata, simplemente del chacal. Pero vaya usted ahora a cambiarle el título a una de las novelas más emblemáticas de Hermann Hesse. Aunque tal vez esté equivocado y su traductor tenía razones poderosas para traducir de esa guisa el título.

*

*

*

Pero a veces la traducción del título es un acierto, un hallazgo feliz, como en el caso de El cero y el infinito o Cabeza de turco. El título, absolutamente anecdótico, que encabeza estas líneas es una traducción brillante que responde además a un momento histórico muy concreto, el de la enfermedad de “las vacas flacas”. ¿Qué hizo, pues, el traductor de la desternillante segunda parte de Zafarrancho en Cambridge (que no está mal, pues el título original es Porterhouse Blue, hay que leer la novela entera para comprender el título), eligió Becas flacas para trasladar (“pasar algo de o traducirlo de una lengua a otra”, DRAE, sinónimo pues de traducir, no de comunicar, como suelen decir los políticos y los futbolistas) Grantchester Grind?

*

*

Las Becas en Oxbridge (portmanteau o palabra compuesta para designar ese anacronismo delicioso en pleno siglo XXI que es el universo Oxford & Cambridge) siempre fueron un ejercicio de nepotismo que nadie se tomaba la molestia en ocultar. Hubo un director (MasterDeanRectorPrincipal, cada uno con su idiosincrasia secular) de un college que llegó a afirmar “He dado becas a todos mis sobrinos, hijos de primos, de amigos. Va a llegar el momento que voy a tener que conceder alguna por méritos académicos”.

Los años 60, y el propio thatcherismo ―Margaret Thatcher nunca ocultó su desdén por su propia alma mater, Oxford, y la visión elitista del Reino Unido que se destilaba de ella; fue correspondida en su desamor: fue el único primer ministro británico educado en Oxford que no recibió un doctorado Honoris Causa por esa universidad, o más bien civilización― cambiaron un tanto las cosas y esas universidades empezaron a admitir a estudiantes de otras extracciones sociales, por supuesto con becas. Con becas exiguas, pero becas, al fin y al cabo.

Becas flacas. Como las que parece que se están imponiendo en nuestro país, pues al fin y al cabo hay mucha gente que considera que la universidad es un privilegio para quien lo pueda pagar, que además siempre tendrá la opción de estudiar en una universidad privada, donde precisamente se paga más y uno no se encuentra a gente de otros pastizales sociales. Normalmente quien suele soltar el mantra “no todo el mundo puede ir a su universidad” nunca incluiría a sus hijos en ese “todo el mundo”.

Quien firma este artículo es un producto de un sistema de becas que dio oportunidades a mucha gente que de otro modo no hubiera podido estudiar, menos aun acudir a la universidad. No puedo ver con simpatía que se recorten las becas o se suban las tasas, “porque la universidad le cuesta mucho a este país.”. ¿Y lo que le va a costar desmantelarla o convertirla en un producto mercantil en el que el estudiante es un cliente que evalúa el producto? Pero esto es harina de otro costal, y ya volveremos a ese molino.

*

Fotografía de Manuel de Corselas – Gil de Albornoz entregando simbólicamente al Papa San Clemente I la capilla del Colegio de España en Bolonia, dedicada a dicho santo (reconocible en la miniatura por sus vestimentas papales, el nimbo de santidad y el áncora con que fue martirizado) [1475 – Miniatura del códice nº 30 (Postilla in libros historicos Veteris Testamenti, Genesis-Liber II Esdrae), fol. 001r – Biblioteca del Real Colegio de España en Bolonia – Italia]

*

Hoy quiero hablar un poco del origen de la palabra beca. Esta palabra tiene un origen, como tantas otras cosas hermosas, italiano. En el siglo XVI el protocolo universitario español adoptó el atuendo del Colegio de San Clemente de los españoles de Bolonia, la institución que inspiró a los primeros colegios mayores de la universidad española. Y que creo que supera la ficción de Tom Sharpe cuando describió un college anclado en la época isabelina, pero de Isabel I de Inglaterra. Parece ser que la realidad superaba a la ficción. Hugh Trevor-Roper, hombre de Oxford, culminó su carrera como si fuera un virrey de la India siendo Master de Peterhouse, el colegio en el que se inspira Tom Sharpe, que fue alumno de la casa. Leyendo su biografía ―fascinante― uno llega la conclusión de que Tom Sharpe se quedo cortó, supongo que por pudor, en la descripción de su, es un decir, alma mater.

Jorge Esteban, que fue Embajador de España ante la República Italiana, nos contó a sus lectores hace unos meses en un artículo de opinión del diario El Mundo (sus artículos en la prensa suelen ser “opinión” en el genuino sentido de la palabra; lo que se suele presentar muchas veces como opinión es un “y yo digo que”) lo que se encontró en el Real Colegio de San Clemente de los Españoles y lo estéril de sus intentos por adaptar aquel estado de cosas al siglo XX. De nuevo la realidad supera a la ficción. Ojalá a algún bolonio que se decida alguna vez a romper la omertà del lugar nos brinde conocer a quienes nos chiflan este tipo de reliquias de la época del Cardenal Cisneros (en puridad, anterior, pues el Real Colegio tiene unas constituciones ―que se cumplen a machamartillo― del siglo XIV) los arcanos de esta institución. Sería materia de un extraordinario libro de ese género híbrido entre realidad, historia y ficción que no me queda claro cómo hay que denominar.

Pero hoy no nos vamos a centrar en Bolonia, santos lugares de los colegios mayores universitarios españoles, en donde hacemos un esfuerzo descomunal por quitarnos tanta caspa, tanto pelo de la dehesa y tanta tradición (en aquel caso, genuina, de nepotismo, arbitrariedad y caciquismo, tradiciones todas ellas absolutamente paleohispánicas, como las de la cabra en el campanario).

Terminaremos con una breve elegía de aquella estrecha banda de tela con la que se reconocía a los colegiales distinguidos, y que formaba parte de su, llamémoslo así, uniforme, pues en la España de otro tiempo cada profesión, y los colegiales, letrados y eruditos no eran ninguna excepción, tenía un traje propio, un hábito que en algunos casos sí, otros no, hacía al monje. El origen de la palabra es el latín vitta, que se encarnó en el italiano antiguo becca, que quiere decir “liga”, es decir, aquello que nos liga a algo o a alguien, que nos vincula, en definitiva, con un lazo poderoso. En este caso a una institución como un Colegio Mayor. Recibir la beca de mi auténtica alma mater, el Colegio Mayor Isabel de España, tras haber vivido y convivido con nuestros colegiales durante tres cursos académicos, fue más que una ceremonia. Fue la ceremonia de iniciación en una orden de caballería. Valoro tanto mi beca de colegial como mi medalla de doctor.

*

*

***

Nicanor Gómez Villegas

About Author