Y seguía lloviendo… – Un poema de Carmen Cebrián Bueno
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Y seguía lloviendo… – Un poema de Carmen Cebrián Bueno
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Y seguía lloviendo
En este acá qué haremos,
amor, lavar con fuego las corrientes,
ocultar la verdad,
encender la esperanza
y todas las malezas de los bordes
acercando el olvido
hasta la súbita existencia.
Todas las ruinas expoliamos,
y en el ansia de un seno sin camisa
se alzaron a volar nuestras figuras.
Por detrás de este sueño, donde desgastas
el aire de mi estatua,
atravesando el hemisferio
en que se vierten mis sollozos,
limo de espumas, donde amasar mis brazos
con sábanas y respirar de ti,
quiero que me recuerdes
con la inocencia despeinada,
con mi alma cristalina,
con mi abdomen de tierra,
umbral donde derrocar a las noches,
desierto y disfraz
de lo que es imposible.
Recordarás que era tan blanca
en aquel mundo a medio hacer.
Iré hasta tu memoria
como si a Eva observaras
zambulléndose en los mágicos augurios,
descalzos y silvestres, de aquel edén,
abriendo las compuertas
de la siguiente oscuridad,
debiendo nada y todo
a la única palabra que las nieblas levanta,
a la única navaja que suplica tu voz,
la que me hará morir
hasta mi muerte.
Eva mordió
y yo tenía sed,
y en mi boca un diluvio de centuria
repatrió tus estruendos y gemidos
hasta mi huella,
marcó el compás de un expatriado,
el andar de un descalzo construyó,
y noticias traía desde la otra orilla.
Cubrió de loto las esposas
y los temores
eran un ruido pálido en tu frente.
Recuérdame secándote la herida,
vaciando de tu vértigo el silencio,
estirando un minuto para hacer
un boquete en el mundo.
Porque estas son mis únicas certezas,
porque tal vez nunca sepamos
por qué desintegraron nuestros cuerpos
entre gusanos y escorpiones,
con la lumbre y la luz
de un cirio hueco;
por qué incrustaron el cristal
en la maroma calcinado
de los tupidos ojos.
Y seguía lloviendo,
y el temporal despedazó
poco a poco tu nombre.
Entiendo ahora qué hago acá:
no hay sacrificio en existir
ni ofrenda superior
que mi carne desnuda ante los dioses,
que recoger esos pedazos
de tu mano primera,
para tapiar el cielo
con la preclara opacidad
de tu divina gloria.
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Carmen Cebrián Bueno

