Citadel – Un relato de Arturo del Río Rodríguez
Overview
Citadel [Relato]
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Citadel
¿Qué ha sido del poderoso reino de Citadel?
Su glorioso pasado hoy apenas es recordado. No hace mucho su capital era una ciudad conocida por su esplendor más allá de las siete colinas. ¿Dónde ha ido a parar su grandeza? ¿Cómo ha podido desvanecerse en tan poco tiempo? ¿Qué ha sido de las vastas riquezas que cantaban los poetas?
No hay nada más triste que comprobar cómo se marchita la belleza. El tiempo ha pasado por encima del reino de Citadel, lo ha arruinado. La riqueza se ha transformado en miseria. La abundancia en escasez. Las cristalinas aguas del río bajan hoy negras. Hasta el cielo ha adquirido un tono gris. Como si de un sueño se tratase, un sueño de poder, todo se ha desvanecido con el paso de los siglos.
Citadel, la antigua décima maravilla de nuestro sistema de confederaciones, orgullo de la saga Enai, estrella del nuevo mundo, se ha convertido en una ciudad vulgar, de las muchas que luchan por sobrevivir en la periferia infinita. El centro de la galaxia, se diría que inamovible, se ha desplazado a las afueras del universo.
¿Quién es el responsable de este caos? Tal vez la razón del infortunio presente resida en el derroche de tantos siglos de poder de la sola familia Enai. Citadel no tiene aspiraciones hoy de un futuro mejor, y el pasado no le importa a nadie. Lo que antes estaba dispuesto para ser disfrutado, como regalado por los dioses, hoy es duramente trabajado, y aun así, la tierra, antigua madre de mil riquezas, parece haberse agotado. La lección parece no haber sido aprendida.
El último resquicio del lujo se encuentra dentro del palacio real. El rey controla el destino del reino desde su trono dorado. Sus manos están llenas de hilos enmarañados que parecen telarañas pegajosas. No hay pan para sus súbditos, pero su mesa es grande, y siempre está llena. Hay quien dice que el rey solo es bueno organizando orgías. Se habla de prostitutas que entran en el palacio, pero nunca salen de él. De sinfonías compuestas por gemidos de placer. El poder del rey viene directamente del Dios Único, no es negociable. Sólo hay un débil vínculo entre el monarca y el pueblo: las quejas, que llegan a palacio en forma de cartas. Estas informan de la profunda decadencia en la que está sumido el reino, pero nunca reciben contestación. Cualquier gasto ajeno a los propios del rey es inimaginable. Las fiestas y el mantenimiento del palacio se lo llevan todo.
Desde el trono dorado que en otro tiempo perteneció a la dinastía de Aldebarán, el rey de Citadel contempla las colinas humeantes y devastadas por el humo de las fábricas de miseria. Contempla el ocaso de su imperio. Últimamente le asalta una preocupación: un hombre llegado de más allá de las siete colinas que, armado con la única espada de su palabra, ha reunido a una multitud. La historia no es nueva, se repite cada cierto tiempo. Los predicadores van y vienen y acaban derrotados indefectiblemente. Éste último habla de restablecer la armonía del viejo orden, de acabar con la familia Enai y devolver a Citadel su antiguo esplendor.
Aunque la posibilidad de éxito de un levantamiento es minúscula, la idea deja al rey sumido en sombríos pensamientos.
La noche muestra su lado tenebroso. Los relámpagos rasgan el cielo. La lluvia cae torrencialmente sobre los campos desecados y marchitos. Hace años que no llueve, y lo hace precisamente ahora que el hombre ha llegado a la ciudad.
Nadie sabe su nombre, ni de qué lejanas tierras viene, pero hay algo que no se puede negar: sabe tratar a la muchedumbre. Les habla con voz firme, como si fuera partícipe de sus condenas. Se puede confiar en él. Les ha traído el agua, y eso es solo el principio. El predicador empieza a hablar bajo la lluvia. Hay algo en su voz, en su mirada, que es imposible explicar con palabras. La gente le cree ciegamente. Habla sobre el resurgir del mundo. El sol dejará de brillar y la luna se bañará en la oscuridad, pero un nuevo amanecer traerá un futuro mejor, y una nueva época de paz y esplendor germinará cuando la tierra desvele el mecanismo que se oculta tras la naturaleza. No hay que perder la esperanza, grita.
“¿Acaso hubierais imaginado la derrota final de los enairistas cuando sus botas aplastaban nuestros cuellos? ¡Gentes de Citadel, no perdáis la esperanza!”
El pueblo escucha con atención las palabras del predicador, que es aclamado como un nuevo mesías.
Pero mantener la esperanza es complicado. El futuro no se construye por sí solo.
Pasan los días. Los hombres han abandonado sus casas y duermen en la plaza, bajo las estrellas, frente a los jardines que lindan con el palacio. Si fuera por ellos, asaltarían el palacio esa misma noche y repartirían las riquezas que allí se guardan. El predicador no parece tener prisa. Sin embargo, hay quien se inquieta. El hambre es un espíritu que no escucha. Desde el balcón del palacio, el rey observa inquieto a la multitud y empieza a temer por su trono.
El octavo día hay luna llena. Las siete colinas están en silencio. El predicador deja su lecho de paja y señala hacia los árboles que engalanan la plaza. La expresión de su rostro es de confianza y de seguridad. Todos – hombres, mujeres, niños y ancianos, hasta los animales domésticos -, despiertan al unísono. Parece que una fuerza sobrenatural guíe sus pasos.
Entonces aparecen los soldados. Son unos trescientos, y su misión es expulsar a los hombres de la plaza. Están vestidos con el hierro de sus armas. Las flechas vuelan. La pólvora abre grietas en el suelo.
Sin embargo, el ataque no causa el efecto deseado por el rey. De cada esquina salen mil hombres, como lobos de las cuevas. Las espadas ceden ante el empuje furioso de la multitud. La noche oculta un río de sangre.
Desde el palacio el rey contempla su primera derrota.
Luego vendrán otras.
El problema se le escapa, trae de cabeza a sus consejeros, que habían tomado el asunto como algo insignificante. Incluso los sacerdotes sienten su poder amenazado. Ya no hay orgías dentro de las paredes del palacio. Un revuelo de pasos acalla el clamor que fluye tras los muros.
Después de reunirse, los más altos estamentos del reino llegan a una conclusión: un cuerpo no puede andar sin cabeza. Hay que acabar con la vida de ese predicador, cuyo rostro, según cuentan, ni tan siquiera parece humano.
Cada vez son más las personas que se unen al predicador. Gentes de reinos vecinos que han visto en los disturbios una esperanza de prosperidad. No faltan tampoco los que abandonan sus trabajos en el palacio. Estos traen planos y documentos que serán muy útiles a la hora de atacar la fortaleza.
Dos semanas después, el predicador decide que se ha agotado el tiempo. Han intentado asesinarle dos docenas de veces en la última semana, pero el pueblo, guiado por su palabra, expulsará al rey de su trono, y el reino volverá a renacer. Las fábricas serán derribadas. Sus humos han anegado los campos. Ya no son necesarias.
Se rompen las hostilidades. El ejército del rey se encara en una encarnizada batalla, pero su armamento y superior preparación se ven contrarrestados por la multitud dirigida por el predicador. Los resultados de la confrontación se muestran muy pronto.
Al alba, las líneas defensivas del rey han cedido. Hay muchas deserciones. Pocos son los dispuestos a defender con su sangre la vida del monarca. La mayoría de los soldados se entrega voluntariamente. El rey huye precipitadamente por un túnel subterráneo que conduce al mar, donde tal vez le espere una barca que le ayude a cruzar el océano que separa a Citadel del Continente. Entonces, el predicador ordena que se abran las puertas de la fortaleza. La muchedumbre le aclama. Él, que ha entrado en el palacio a lomos de un asno, se sienta simbólicamente en el trono real. Ahora, la responsabilidad de organizar y volver a poner orden donde no había sino caos es suya, por lo que provisionalmente, aunque en contra de su voluntad, accede a tomar las riendas del reino.
Citadel volvió a adquirir grandeza. La riqueza retornó a las tierras. Todo cobró un nuevo valor, hasta que llegaron los cambios. Han pasado muchos años. Otra vez es otoño. El esplendor dura lo que el arco iris.
Las fábricas han vuelto a levantarse. Sus chimeneas se alzan hasta el cielo. El predicador – ya nadie le llama por ese nombre, ahora todos lo llaman nuevo rey – ha tenido que tomar decisiones muy duras. Decisiones que nadie hubiera imaginado que pudieran rondar en su cabeza. Su personalidad ha cambiado. Ya no es aquel hombre que solo se preocupaba por los demás. El trono dorado le pertenece. Su nombre ha dado lugar a una nueva dinastía. Ahora él también es rey, pero un nuevo problema lo inquieta. El descontento ha vuelto a instalarse en las casas de los humildes.
De más allá del mar verde, ha llegado un hombre. Habla en voz alta sobre la corrupción en palacio. El predicador, armado solo con su palabra, ha reunido a una multitud de hombres y mujeres.
La idea no deja dormir al nuevo rey de Citadel. Vuelve a su cabeza, una y otra vez hacia las colinas. Desde su trono dorado, contempla el ocaso de su imperio.
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Arturo del Río Rodríguez

