Del ingenuo ilustrado al idiota moderno – Enrique Lapuente
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Del ingenuo ilustrado al idiota moderno
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Del ingenuo ilustrado al idiota moderno
Como bien indica Jorge Gimeno en su texto El idiota en las diez direcciones, existen al menos dos idiotas: «el idiota de la Ilustración, que es un tonto tout court, y el idiota preilustrado o posilustrado, que es un sabio”.
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Luego el autor detalla la genealogía de cada cual diciendo que «el primero va del Candide de Voltaire a Forrest Gump y el segundo nace con Lao Tse, crece con Nasrudín y muere con la Ilustración, para renacer con Dostoievski”. El que nos interesa aquí es el que se inscribe en el período del siglo de las Luces y que tendría, según mis averiguaciones, tres ejemplos a dilucidar. Los tres libros de los que quiero hablar aquí tienen el nombre del protagonista, es decir, están denominados como individuos. Tristran Shandy, Jacques y Cándido son los personajes que sus respectivos autores, Laurence Sterne, Diderot y Voltaire, inventan para contarnos las vicisitudes de tres sujetos en el mundo.
En puridad solo Voltaire quiere representar con claridad a un idiota, pues pinta a su Cándido como un ser ingenuo, bobo, amable y sincero que se echa al mundo porque, como afirma el propio protagonista «¡Gran cosa es viajar para desengañarse de mil tonterías!» En el trascurso de su periplo por el mundo, Cándido es robado, engañado, traicionado, pero al final de su aventura se transforma (por deseo del autor) en un hombre realista y resignado.
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Por tanto, Voltaire lo que pretende es demostrar que un idiota, un ingenuo, un hombre bueno no tiene lugar en la sociedad moderna. La Ilustración eleva la razón (el pensamiento crítico) a categoría moral. El individuo demasiado humano que aún mantiene un hilo con atributos ancestrales no representa al ciudadano esclarecido y atento que proclama el espíritu ilustrado. Es decir, Voltaire usa a Cándido como ejemplo de lo que no es aceptable. El personaje es, pues, una herramienta moral para denostar la idiotez sabia.
Pero si la ingenuidad ilustrada era externa, funcional y subordinada a la razón, el idiota moderno es interno, existencial y sensible. Mientras que Cándido sale a recorrer el mundo para aprender de él y —como le obliga su creador, Voltaire— hacerse más racional y realista, Mishkin o Macabéa apenas logran habitarlo. Para estos idiotas el mundo es un vértigo, un abismo. Su resonancia, como apuntaría Hartmut Rosa, estaría restringida a un plano particular, limitado.
La afirmación final de Cándido —“hay que cultivar nuestro jardín”—, es la conclusión del esclarecido, no del idiota resonante.
La Ilustración, como vemos y, siguiendo con Jorge Gimeno desacredita al idiota como lo hará «con sus variantes: el poeta, el cómico, el creyente, el taumaturgo, cualquier mezcla de ellos”.
Sin embargo, no todo está perdido. En el mismo tiempo que Voltaire escribió su Cándido, otros dos autores, uno inglés, el otro francés, parecen querer ir contracorriente. Laurence Sterne (1713-1768) y Diderot (1713-1784) desarrollan su actividad creadora en el tiempo central de la Ilustración y, por tanto, son hijos (o padres) de aquel período. En el caso del francés su actividad como uno de los promotores de la Enciclopedia lo convierte en faro de los valores racionalistas y del concepto de progreso como motivo de avance de la modernidad.
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Y, a pesar de esta evidencia, ambos escritores mantienen una suerte de escepticismo, una ironía, un vínculo con cierta irracionalidad. Sus propios personajes, Tristram Shandy y Jacques comparecen como individuos a contracorriente de esa hegemonía de lo racional.
Tristram es locuaz, contingente, su discurso —la historia de su vida— no acaba de ponerse en marcha. Gasta la mitad del libro en la descripción de su nacimiento, saltando de atrás a delante, en una pirueta entrópica avant la lettre como si hubiera perdido la perspectiva de lo importante y se perdiera en las nimiedades. Laurence conecta a su personaje con los idiotas tipo Mishkin y con los del siglo XX mediante este arte de la digresión y de la divagación interminable. Es justo lo contrario de la estupidez que, recuerden lo que decía Flaubert, desea concluir. Tristram quiere aplazar la conclusión (de su historia, de su vida) y se pierde en una distracción del lenguaje. Deja de ser racional desde una fervorosa puesta en escena del sinsentido.
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Jacques, por su parte, rompe la jerarquía amo siervo que le une a su caballero y mantiene un diálogo entre absurdo e insumiso con su acompañante. Su amo, en cambio, parece pertenecer al dominio de la estupidez musiliana. Es el sujeto que necesita certeza, orden, que apenas duda. Jacques, por el contrario, es libre en su incertidumbre. Su idiotez lúcida es su antídoto contra la razón materialista.
Jacques no es un idiota en estricto sentido pues su juego convierte el fatalismo en ironía. Parecería un precedente del Švejk que ha de hacerse el tonto para sobrevivir en la guerra. Como el Tristram, Jacques rezuma humor. No en vano tanto Sterne como Diderot están considerados como fervientes admiradores y seguidores de Cervantes.
Diderot es también el autor de un diálogo crítico con lo racional. Se trata de su libro El sobrino de Rameau en el que el autor francés da voz a un verdadero cínico de la modernidad. El sobrino, que debate con el filósofo, es un bufón, un trilero que vive de engañar a los ricos. No tiene moralidad alguna o la suya va en contra de los valores ilustrados. Es, por tanto, de nuevo un personaje alejado del modelo racionalista. El propio personaje dice de sí, «soy un ignorante, un tonto, un loco, un perezoso, un impertinente, lo que nuestros borgoñones llaman un pícaro de siete suelas, un timador, un glotón…».
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Como Jacques, este sobrino desmonta la estructura moral del código ilustrado y racionalista acercándose a la figura del idiota, del loco y del irreverente. Con todo, la idiotez de Jacques es una idiotez lúcida, irónica; y esta lucidez no es teórica sino práctica. Le sirve para mantenerse vivo y avanzar. De algún modo sigue el instinto humano del idiota rossetiano, eso de aceptar la realidad como es. Por eso es fatalista. Igualmente desmonta el racionalismo con una ética spinoziana. «Porque no sabiendo lo que está escrito allá arriba, uno no sabe ni lo que quiere ni lo que hace, y uno sigue su fantasía llamada razón o su razón que, a menudo, no es más que una peligrosa fantasía que a veces resulta bien, y a veces, mal”.
Por otro lado, la idiotez de Tristram, con su interminable verborrea, se convierte en idiotez formal, en el anhelo de que su discurso sin fin lo haga inmortal como Cervantes hace con Don Quijote.
Vemos, pues, que en plena vigencia del racionalismo ilustrado algunos autores proponen una vía de escape que los emparenta con lo más humano del individuo: la contingencia, el azar, el sinsentido, el desorden. En definitiva, una suerte de idiotez escéptica.
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Enrique Lapuente

