El último atardecer de Almásy – Nicanor Gómez Villegas
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El último atardecer de Almásy
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El último atardecer de Almásy
La enfermera curó por enésima vez sus pies necrosados, resultado de tantas travesías por el desierto de Gilf Kebir con aquellas espantosas e insanas alpargatas de esparto de las que era tan devoto, agravado todo ello por las irreversibles quemaduras ocasionadas por el incendio del fuselaje de su avión. Ahora su vida estaba reducida a sufrir las curas dos veces al día y al gozo de contemplar cada tarde el ocaso desde la ventana de la biblioteca del castillo, con vistas al Tirreno, a Elba y, más allá, a Córcega.
Anna le había puesto una vez más la mascarilla hidratante en los pies y en aquel rostro que tanto espanto producía la primera vez que se veía. Él, siempre con la alusión histórica precisa e instantánea, que casi nadie entendía, hasta el punto de que sus palabras pocas veces trascendían la categoría de broma privada verbalizada en voz alta, dijo que ahora sí que se podía decir de él que había logrado convertirse en Stupor Maremmae, refiriéndose al marbete de Federico II de Hohenstaufen, Stupor Mundi.
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Acababa de terminar la biografía de éste escrita por un antiguo profesor suyo de Heidelberg, Ernst Kantorowicz, quien a pesar de su ferviente patriotismo alemán y sus años mozos en los Freikorps, debido a sus antepasados judíos tuvo que abandonar su amada Alemania, primero rumbo a Oxford y después a Princeton.
Almásy, que todo lo había leído, pues prefería leer a hablar, siempre sintió una íntima conexión espiritual con Federico II y, en general, con los emperadores alemanes enamorados de aquella tierra de belleza sobrehumana, Italia.
Cuando lo trasladaron del convento de Sant’Anna in Camprena hasta el castillo de los condes Periccioli en Tatti, muy cerca de Massa Marittima, dijo al conde y a su enfermera al pasar por Buonconvento:
—Aquí murió el emperador Enrique VII. Desde aquí llevaron sus restos mortales hasta el lugar de su eterno descanso, el duomo de Pisa.
La alusión a Enrique VII, de quien ninguno de los presentes había oído hablar, ni siquiera el conde, a quien algo le debería tocar por responsabilidad feudal, no en vano Tatti había sido un feudo imperial, llevó su mente, ocupada por la historia, al peculiar tratamiento de los restos mortales del emperador, esto es, la aplicación del mos teutonicum: hervir el cadáver para poder transportar los huesos, mondos y lirondos, esquivando de este modo la putrefacción y el consiguiente hedor.
Bien pensado, se dijo para sí, algo así podrían hacer aquí con mi cadáver para llevar mis restos al castillo de mis antepasados en Hungría.
El viejo señor, László Ede Almásy de Zsadány et Törökszentmiklós, regresaría al castillo de sus antepasados, Borostyánkő, para reposar junto a ellos en la iglesia centenaria.
El sol fue pasando rápidamente del naranja al rojo, para pasar el testigo al rosa y el morado, hasta fundirse con la línea del horizonte hacia occidente, donde apuntaba el caserío de Massa Marittima.
Sol, llorando cada tarde
tus hermosos ojos enrojecen,
cuando, bañándote en el mar
la temprana muerte te alcanza;
pero resucita en viejo esplendor,
gloria del tenue mundo,
tú en la mañana, recién despierta,
como un orgulloso héroe de la victoria.
Pero Almásy sabía que este era su último ocaso, que no habría un nuevo amanecer para él. Esa noche, a la luz de las velas, llegaría su final. Todo estaba minuciosamente preparado.
Ay, cómo debería lamentarme entonces,
Cómo, mi corazón, tan apesadumbrado de verte,
¿Debe el mismo sol desesperar,
¿Debe el mismo sol ponerse?
Las nanas de la niñera húngara. Los cánticos con sus compañeros en los verdes campos de cricket en el internado en Sussex. Los años de intenso estudio en Heidelberg. Los viajes por el desierto, buscando el oasis de Zerzura, hasta llegar a Jabal al-ʿUwaināt, “la montaña de las fuentes”, y a la cueva de los nadadores, en Gilf Kebir.
Todo se fundiría en la nada dentro de muy poco tiempo, en los castillos de la eternidad.
En el fresco de Botticelli que había en la biblioteca del castillo, su última morada, en la mujer de la derecha veía el rostro de Katharine Clifton. Recordaba los momentos de amor físico escuchando al muecín llamar a la oración en el zoco de los vendedores de pájaros en Jan el Jalili. En su lecho, orientado hacia la ventana, se sentía identificado una vez más con Guidarello Guidarelli, en su sepulcro de la iglesia de San Francisco en Rávena.
Szerelem, szerelem
Átkozott gyötrelem
Mért nem virágoztál
Minden fa teteje?
Cuando llega el final, dicen que el oído es el último sentido que se apaga, después del tacto y de la vista.
Amor, amor,
amor,
maldita agonía,
¿por qué no floreciste
en la copa de todos los árboles?
Se oían con enorme intensidad las voces de las niñeras que cantaban viejas baladas de amores imposibles, como aquella que sonaba en sus oídos como un ritornelo, Szerelem. Las voces de los seres a los que amamos, la más sutil cadencia de su voz, de una palabra de amor. El canto de los pájaros de su infancia en Hungría, cuyos nombres había olvidado, pero cuyo canto aún era capaz de distinguir. El canto del muecín desde la cercana mezquita de Al-Azhar, al lado del zoco de los pájaros.
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Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado, como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos trepado como si fuesen árboles, miedos en los que nos hemos ocultado, como en cuevas. Deseo que todo eso esté inscrito en mi cuerpo, cuando muera. Creo en semejante cartografía: las inscripciones de la naturaleza y no las simples etiquetas que nos ponemos en un mapa, como los nombres de los hombres y las mujeres ricos en ciertos edificios. Somos historias comunales, libros comunales. No pertenecemos a nadie ni somos monógamos en nuestros gustos y experiencia. Lo único que yo deseaba era caminar por una tierra sin mapas.
Es tan dulce este naufragio, esta disolución en la nada de la que procedemos y que nos acogerá gentil en nuestro descanso eterno, que es el fin de las pasiones humanas. De los grandes amores, que jamás se nos olvidan. De las dentelladas de la pasión.
El campanario de la iglesia de la Assunta dio las once de la noche. Las cigarras de agosto habían enmudecido hacía rato. Soplaba la brisa desde el mar, desde Massa Marittima. No era el sirocco abrasador al que los florentinos llaman el viento de Siena, de donde solo puede venir el mal sin mezcla de bien. Al contrario, era una brisa fresca que llenaba el castillo de armonía y profundidad.
¿Es posible un lugar mejor para el último estribo?
Ya no oía bien la voz de la enfermera. No era preciso. Tenía grabadas en la memoria las conversaciones al atardecer en el refectorio del convento de Sant’Anna, cerca de Petroio y Castelmuzio. Recordaba el tono de su voz, las ciruelas que pelaba para él, a las que quitaba el hueso para que pudiera saborearlas.
Ya lo sé, esta es una de las fincas de recreo, un piacere o delizia para matar el aburrimiento, en las que se reunían los miembros de la academia neoplatónica de Lorenzo el Magnífico, Poliziano, Pico della Mirandola y otros afortunados que tuvieron el gozo y el privilegio de escucharlos construir castillos de belleza y sabiduría.
Él, que había leído todos los libros y hablaba todas las lenguas, ahora solo escuchaba el francés quebequés de la enfermera, que era el perfecto contrapunto con el francés deliberadamente arcaizante que él había utilizado en el gran mundo antes y después de la derrota en la Gran Guerra, cuando personalmente condujo el coche del rey Károly, cuando este trató de entrar sin ser invitado en Hungría para recuperar la corona de San Esteban.
Ahora ya nada importaba.
Solo regresaban a su mente, que se iba apagando, ahora a un ritmo in crescendo, aquellos momentos de armonía en Sant’Anna que le acompañarían toda la vida, es decir, durante unos pocos minutos.
Las tres ampollas de morfina que la mano piadosa de Anna le había administrado ya estaban empezando a hacer efecto.
Qué naufragio tan dulce.
Qué visión panorámica de una vida que había sido un fracaso absoluto, dedicada a tiempo completo a apartarse de los demás, a impedirles flanquear los muros del castillo que había construido con sillares de desdén olímpico y ladrillos de sabiduría esotérica que lo alejaban de los miembros de la familia humana, a quienes no invitaba al paraíso de su inteligencia; a negarse, en definitiva, la alegría de construir vínculos estrechos y duraderos.
Solo en Sant’Anna, en su inmovilidad que apenas se diferenciaba de la de un sepulcro, en su soledad, esta vez no elegida, tuvo la absoluta certeza de que se había equivocado radicalmente, de que nunca había sido capaz de amar, de que solo había encontrado armonía —a falta de sentido— en su vida en la soledad inapelable del desierto de Libia.
Los pájaros habían enmudecido. La niebla invadía el bosque a los pies del castillo.
Era preciso concluir.
Le gustaba su final y el lugar de su final. Pero, sobre todo, le complacía la presencia a su lado, tranquilizadora, reconfortante, de Anna.
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Para un hombre común, le había dicho la tarde anterior al conde, en lo más parecido a una extremaunción que iba a tener, la muerte es una tragedia, un desatino y una injusticia insoportables. Para alguien como usted o como yo es una buena solución. No necesito convertirme en uno de los fantasmas de este castillo. Pues hace tiempo que soy un fantasma en vida.
S, a régi szeretőm
Mit nem cselekednék
Tengerből a vizet
Kanállal lemerném
S a tenger fenekéről
Apró gyöngyöt szednék
S a régi szeretőmnek
Gyöngykoszorút kötnék
Por última vez sonó en su mente la voz de su aya:
Haría cualquier cosa
por mi antiguo amante,
me zambulliría en el agua
del mar. Recogería perlas
del fondo del mar
y bordaría una corona de perlas
para mi viejo amante.
Pero todo eso ya no importaba.
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Llevé a Katharine Clifton al desierto, donde está el libro comunal de la luz de la Luna. Estábamos entre los rumores de los pozos, en el palacio de los vientos.
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Nicanor Gómez Villegas

