Hacia una mística del exilio – II – Olga Amarís Duarte

Hacia una mística del exilio – II – Olga Amarís Duarte

Overview

Hacia una mística del exilio – II

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Hacia una mística del exilio – II

[…] El ser que encuentra agradable su dulce tierra natal es todavía un tierno principiante; aquel para quien cualquier tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero el ser perfecto es aquel para quien el mundo entero es como una tierra extranjera […]

Hugo de San Víctor, Didascalicon, Libro III, XIX [N. d. E. 1]

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Anonyme – Hugues de Saint-Victor rédige le Didascalicon – Miniature extraite d’un Parchemin : Vucanius 45, f° 130 conservé à Leyde (Bibliothek der Rijkuniversiteit) [S. XIII] [Source:
http://classes.bnf.fr/ebstorf/grand/03.htm]

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Desenraizamientos

Al final de la película La grande bellezza de Paolo Sorrentino, el personaje de una monja, considerada una santa por sus poderes taumatúrgicos, hace la siguiente confesión: «Io mangio solo radici perché le radici sono importanti». La importancia de las raíces se ratifica en su ingesta. Las raíces nutren, conforman, reconfortan. Rumiar las raíces supone un regreso al origen, al momento fundacional antes de que todo empezase a fragmentarse en partes desiguales. El acto de comer las raíces escenifica el ritual que recuerda al ser humano su procedencia suprahistórica. La unión con ese hilo rojo, a veces negro, con el que se transmite la tradición.

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Fotograma de La Grande Bellezza [2013 – Paolo Sorrentino]

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También para Simone Weil las raíces son importantes. Son «le besoin le plus important et le plus méconnu de l’âme humaine».[1] El enraizamiento o arraigo del individuo contribuye a la construcción de una identidad armoniosa con el medio social, cultural y profesional en el que se inscribe su existencia. Las raíces son una ofrenda, un regalo que se otorga al sujeto por su participación real en una determinada colectividad que conserva vivo el legado del pasado, así como ciertos presentimientos respecto al futuro. Son, a su vez, la primera colonización amable que alisa el terreno para aquellas otras que vendrán más tarde con mayor violencia.

Pero si el arraigo es importante, el desarraigo, el déracinement, lo es en igual medida por su capacidad de desbaratar por completo la cohesión del individuo con el entorno, volviéndose «une maladie presque mortelle».[2] Para Weil, no obstante, el desenraizamiento resulta esencial en aquellos casos en los que, atendiendo a la movilidad del pensamiento, el sujeto rompe con la inmanencia del estado vegetativo que promueve la sociedad y emprende una singladura hacia una verdad trascendente. La ruta ascendente, aunque suponga primero un abismamiento, hacia otros enraizamientos superiores. Una frase de sus cuadernos, —desgajada del resto del enunciado mediante puntos suspendidos, en la separación de lo indecible—, desvela la textura mística que adquieren esos nuevos arraigos del exilio ontológico: «Être enraciné dans l’absence de lieu».[3] Lo interesante del planteamiento de Weil es que las raíces se conciben como plurales. A lo largo de la vida, el ser humano puede nutrirse de multitud de ellas, incluso de aquellas inexistentes: arraigarse y desarraigarse según su voluntad, o según la gracia concedida.

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La concepción acerca de la pluralidad de raíces concuerda con la reflexión de Joseph Roth de que el ser humano no es un árbol, anclado al suelo y condenado a permanecer inmóvil, sino un ser dotado de piernas para recorrer el mundo de un extremo a otro. Esta afirmación, que claramente enaltece el arquetipo del «judío errante», invalida cualquier retórica de Blut und Boden que privilegie el sedentarismo frente al nomadismo.

Resulta bastante improbable que Roth tuviese noticia del caso, harto interesante, de la Socratea exorrhiza, conocida popularmente como «la zancuda». Una palmera andariega que recorre las selvas tropicales de América del Sur en busca de la superficie más propicia para hundir sus raíces. El caso excepcional de esta palmera ofrece una variación muy sugerente al planteamiento que encontramos en la obra de Weil y en la de Roth. Propone una imagen del ser humano que sí tiene raíces, pero estas son móviles, plurales y las lleva consigo, al aire o a flote, dependiendo de la premura de la huida.

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Socratea exorrhiza [Fotografía de Jimfbleak – 2006 – Walking Palm at La Selva Biological Station – Costa Rica]

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Tampoco es probable que el pintor surrealista Max Ernst tuviera en mente la Socratea exorrhiza mientras pintaba su cuadro Marlene (Mutter und Sohn), entre 1940 y 1941, durante su exilio en Estados Unidos. Cualquier espectador avezado podrá reconocer, no obstante, la silueta de la zancuda en el cuerpo del personaje femenino, que permanece erguido, sin apenas doblarse pese a la carga de líquenes fosilizados que lleva a cuestas. En este Emigrationsbild, la madre-palmera lleva de la mano a su hijo, un ser quimérico y fabuloso, mitad niño, mitad lechuza; mitad recién nacido, mitad sabio milenario. Todo el cuadro está compuesto de esqueletos que parecen querer reverdecer a cada paso, con cada nueva ingesta de sustratos más benignos. Los protagonistas del lienzo intuyen que cada zancada hacia delante los salva de la petrificación inminente, de la condena sufrida por Dafne a causa del deseo de un dios exterminador. Las raíces móviles de la Marlene de Max Ernst, arquetipo del exiliado, sirven de sostén y, en los momentos de repliegue, le recuerdan de dónde viene y hacia dónde se dirige.

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Max Ernst – Marlene (Mutter und Sohn) [1940/41 – Menil Collection – Houston – Texas – USA]

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El exilio como viaje iniciático en la razón poética

María Zambrano no solo fue una espléndida degustadora de raíces, sino que comprendió a la perfección su naturaleza múltiple y móvil. Se convirtió en diestra jardinera de aquellas otras que, por inexistentes, hubo de hacerlas germinar mediante la imaginación creadora. El exilio es el suelo fértil en donde los signos se vuelven semillas, fermenta cognitionis, y en donde se reciben, a modo de ofrenda, los auténticos enraizamientos. Aquellos que no dependen de la tierra, sino que brotan de un arraigo supranacional y suprahistórico. El limonero de Vélez-Málaga de la casa materna se metamorfosea en el flamboyán encendido de Puerto Rico. Las raíces de uno y de otro entrelazadas en la matriz nutricia de la memoria.

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Localidad de Vélez-Málaga [Málaga] al atardecer.

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‟El aire huele a limonero en flor, y yo respiro despacio, como si quisiera beberme la luz entera de este patio. Es la misma de entonces. O eso quiero creer. Porque hay una luz que no se olvida, aunque pasen los inviernos, aunque uno cruce mares y fronteras y ciudades que se deshacen entre las manos como un puñado de arena. Esa luz es la única patria que no se pierde.” [N. d. E. 2]

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Rama de Delonix regia [Entre sus nombres comunes se encuentran, entre otros, los siguientes: acacia rojachivatotabachínmalincheárbol de caballeroárbol de fuego, ponciana realflamboyantflamboyánframboyán de Madagascar o clavellino de Madagascar]

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Vista de La Fortaleza desde la Garita del Paseo del Morro [Sitio Histórico Nacional de San Juan – Castillo de San Felipe del Morro [Detalle] [Viejo San Juan – San Juan de Puerto Rico]

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En Los bienaventurados, María Zambrano explica los distintos pasos y pruebas existenciales por los que pasa el sujeto hasta alcanzar el estadio superior del exilio. Aquel en el que «se revelan» los auténticos enraizamientos. El título de exiliado es un galardón que hay que merecer y que se alcanza, al modo místico, en un itinerario trimembre en clara sintonía con la tradición cristiana. De ascensión en ascensión, tras el hundimiento en la noche oscura de los sentidos, el exiliado neófito llega a la cumbre en donde aguardan los siete palacios con siete moradas, una dentro de la otra, como en el interior de una cebolla.

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A la condición de exiliado llega quien se atreve a ir más allá de los estados larvales del refugiado y del desterrado. En el pensamiento zambraniano, el «humano vivir» consiste en acabar de nacer del todo, en convertirse en la mariposa sanjuanista inflamada de piedad. El ser inconcluso ha de padecer múltiples metamorfosis antes de llegar a ser al completo. Ha de estar dispuesto a renacer tantas veces como sea necesario hasta convertirse en persona, tal y como afirma en Fragmentos de una ética. El exilio es así una de estas «hondas transformaciones» por las cuales el sujeto renace, o desnace a la nueva vida.

En el primer estadio del itinerario, el refugiado todavía no es capaz de dominar su memoria y vive de los recuerdos, así como de la falsa promesa de poder empezar una nueva existencia en el suelo prestado que «lo tolera». Por la vía purgativa de la privación de la patria y de todo aquello que un día le fue suave y conocido, el refugiado asciende a la nueva fase del desterrado.

El desterrado, por su parte, va cobrando consciencia de su estado de marginal de forma paulatina. No le atormenta aún el peso del exilio, sino el azote de la expulsión. Por la vía iluminativa ha ido purificándose hasta llegar a entender que «lo propio es solamente, en tanto que negación, imposibilidad».[4] En este estado de pasmo o de perplejidad es capaz de ensayar una mirada telescópica, aquella de la distancia cercana. Las primeras luces de la revelación son todavía muy tenues y, a veces, en los momentos de debilidad, le sigue asaltando la tentación de fantasear con un regreso que sabe imposible.

El exilio, por el contrario, es el estado de la desnudez original. El exiliado, en su total desasimiento, Gelassenheit, ha ido prescindiendo y despojándose de todo en una especie de reducción fenomenológica hasta quedarse desnudo, sin más envoltorio que su mera humanidad. En su condición sacrificial de superviviente, de «rechazado de la muerte», no le queda otra opción que volver a nacer. Como el recién nacido, bracea en una placenta oscura de escombros al tiempo que desata los nudos múltiples que lo arrastran al hundimiento. A la orilla salvífica solo llega el náufrago, el superviviente, el muerto en vida. La persona que sabe, porque lo ha experimentado, «que todo rescate tiene un precio».[5] El mismo que tuvo que pagar Edipo en su destierro en Colono.

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Fulchran-Jean Harriet – Oedipus at Colonus [1798 – Cleveland Museum of Art – Cleveland – Ohio – USA]

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El exilio en el discurso de Zambrano se consolida entonces como el lugar privilegiado para renacer a la patria original, situada en los intersticios, en las entrañas de la historia. Una patria que se convierte en seno matricial y que no requiere de una ubicación geográfica, sino que se configura a modo de un reencuentro con el origen, con ese sentimiento entrañal que tan bien experimentó la filósofa malagueña en las islas de Cuba y de Puerto Rico, países más que extraños, entrañados. Y ese lugar, que nada tiene que ver ni con el accidente del nacimiento ni con la arbitrariedad de un pasaporte, se encuentra en la escritura y en su obra filosófica.

En una carta que escribe a su hermana y a su madre desde La Habana, conservada en el manuscrito M-147, explica la imposibilidad de sentirse como en «casa» en Cuba mediante la siguiente fórmula: «Pues me sé ir a mi mundo y escribir, escribir. ¿Comprendéis ahora por qué he escrito tanto?». Zambrano, filosóficamente, creó una matria a su medida. O a la medida de su deseo. Allí habitó con el pensamiento, que también es otra forma de ocupar el espacio. Rumiando las raíces, recolectadas con tanto esmero del huerto íntimo de los sueños creadores.

La promesa de la isla

El topos de la isla es uno de los motivos imprescindibles de la literatura universal para describir una existencia fuera de los límites de la normalidad. Elisabeth Frenzel define en los siguientes términos el Inseldasein: «La vida en una isla es siempre una existencia singular; despierta en la conciencia la idea de una oposición entre el interior y el exterior, y transmite la sensación de una presencia constante, de permanencia en medio del cambio».[6] En la topografía poética y mística, la isla presupone el lugar de lo inaccesible, lo ilimitado, lo indescifrable. Atendiendo a la lógica de los contrarios, se opone a la imagen inmóvil y aprisionadora de la caverna en la alegoría platónica.

En la categoría establecida por Gilles Deleuze y Félix Guattari, se define como el «espacio liso»[7] en contraposición al espacio estriado en donde las coordenadas se encuentran organizadas y sometidas a una jerarquización fija. La isla no depende de unas referencias geográficas preestablecidas, sino que varía de forma azarosa y libre dando lugar a una transformación constante del espacio. Los espacios lisos por antonomasia son, en este sentido: el mar, el desierto, la estepa y el laberinto. Territorios adimensionales, sin centro, en movimiento infinito.

De gran importancia en la definición de Frenzel es la dimensión de singularidad que rodea el símbolo-motivo de la isla, convirtiéndolo así en una heterotopía en donde se propicia el encuentro con la alteridad del Otro, ya sean caníbales, Arieles o dioses, casi siempre diosas, pues la isla puede que también tenga género femenino. Calipso, Circe y Afrodita son claros ejemplos de anfitrionas insulares capaces de crear espacios liminares bisémicos: islas que son refugio y amenaza al mismo tiempo. La maldición que recae sobre quien llega a la isla consiste en no salir nunca de ella, o en acabar convertido en una de ellas, como le ocurre a Asteria según aparece en el Himno a Delos de Calímaco.

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[…] πρυμνόθεν ἐρρίζωσε: δὲ δ᾽ οὐκ ἔθλιψεν ἀνάγκη,
ἀλλ᾽ ἄφετος πελάγεσσιν ἐπέπλεες, οὔνομα δ᾽ ἦν σοι
Ἀστερίη τὸ παλαιόν, ἐπεὶ βαθὺν ἥλαο τάφρον
οὐρανόθεν φεύγουσα Διὸς γάμον ἀστέρι ἴση.
τόφρα μὲν οὔπω σοι χρυσέη ἐπεμίσγετο Λητώ,
τόφρα δ᾽ ἔτ᾽ Ἀστερίη σὺ καὶ οὐδέπω ἔκλεο Δῆλος […]

Καλλίμαχος, εἰς Δῆλον [30 – 40]

[…] A ti, en cambio, no te oprimió la necesidad;
navegabas a tu capricho por los mares.
Antiguamente, Asteria era tu nombre,
porque saltaste, semejante a un astro,
desde el cielo al profundo abismo,
huyendo de la unión con Zeus.
Entonces no habías recibido aún a la resplandeciente Leto;
eras Asteria, no te llamabas Delos todavía. […]

Calímaco, Himno a Delos [30 – 40] [N. d. E. 3]

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Entre el cielo y la mar, entre lo de dentro y lo de fuera, entre lo horizontal y lo vertical, la estructura espacial de la isla toma la forma de una cruz en multitud de relatos místicos marcando el carácter de prodigio o de maravilla. Al eje central de la cruz se llega como al paraíso recuperado, persiguiendo la promesa de un reposo que se atisba tras penosos días de nadar a contracorriente.

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Jan Brueghel de Oude – Odysseus en Calypso [1616 – Johnny van Haeften Gallery – London – UK]

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Jan Brueghel de Oude & Hans Rottenhammer
Allegorie van het leven, of De droom van Raphael (Odysseus en Circe) [1595 – Art Gallery of Ontario – Toronto – Ontario – Canada]

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Para René Guénon, autor metafísico de inicios del siglo XX y fundador de la escuela tradicionalista, las islas forman centros espirituales sagrados. En el capítulo décimo de Le roi du monde, aparecen mencionadas las islas blancas de la tradición hinduista, las islas verdes del imaginario celta, así como las islas de los Bienaventurados.[8] La denominación dispar no hace sino referirse a la tradición común de una región suprema, asimilable a la Atlántida o a la Tula hiperbórea, que constituye un centro inmutable en medio de la agitación exterior. Quien quiera disfrutar de la paz del santuario de la Isla Sagrada deberá primero atravesar el mar proceloso de las pasiones. Al monte del jardín del Edén o del reino perdido de Agarttha, solo asciende quien haya antes descendido de él. En la Fundación María Zambrano se guarda el ejemplar de este libro que poseyó la autora y que da testimonio de una lectura intensa y apasionada.

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En efecto, las islas también fueron, para Zambrano, el lugar de visibilidad en el exilio. El único suelo desde el que pudo escribir lo que todavía tenía que decir y no le dejaron contar en el continente. En sintonía con la tesis de Guénon, la pensadora malagueña describe la isla de Puerto Rico como el átopos de la evasión, fuera del espacio geográfico y físico, y apartado del tiempo histórico en el que pudo recluirse y refugiarse del espectáculo amenazante y pavoroso del mundo. La isla, las islas, se convierten en el polo cordial en donde germina la razón poética, la escritura que surge viva y pura a la vez:

«Las Islas, lugar propicio del exiliado, que las hace, sin saberlo, allí donde no aparecen. Las hace o las revela, dejándolas flotar en la ilimitación de las aguas posadas sobre ellas, sostenidas por el aliento que viene de lejos, remotamente, aun del firmamento mismo, del parpadear de las estrellas, movidas ellas por invisible brisa. Y la brisa traerá con ella algo del soplo de la creación».[9]

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Olga Amarís Duarte

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Notas del editor

[1] Hugo de San Víctor. Didascalicon. Liber III – Caput XIX

De exsilio.

Postremo terra aliena posita est, quae et ipsa quoque hominem exercet. omnis mundus philosophantibus exsilium est, quia tamen, ut ait quidam: Nescio qua natale solum dulcedine cunctos Ducit, et immemores non sinit esse sui. magnum virtutis principium est, ut discat paulatim exercitatus animus visibilia haec et transitoria primum commutare, ut postmodum possit etiam derelinquere. [778B] delicatus ille est adhuc cui patria dulcis est; fortis autem iam, cui omne solum patria est; perfectus vero, cui mundus totus exsilium est. ille mundo amorem fixit, iste sparsit, hic exstinxit. ego a puero exsulavi, et scio quo maerore animus artum aliquando pauperis tugurii fundum deserat, qua libertate postea marmoreos lares et tecta laqueata despiciat.

[2] Fragmento de Las estaciones del limonero, un texto escrito por Javier Lucas Domingo a propósito de María Zambrano y que puede encontrarse y leerse en: https://www.revivemadrid.com/literatos/maria-zambrano-patria-del-alma

[3] Texto griego establecido por Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff. Traducción al español: Himnos, Epigramas y Fragmentos. Introducción, traducción y notas de L. A. de Cuenca y M. Brioso Sánchez. Revisión: E. Fernández-Galiano Ardanaz. Editorial Gredos, Madrid, 1996. ISBN: 978-8424935498.

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Notas al texto [Olga Amarís Duarte]

[1] Simone Weil, L’Enracinement, Québec: Bibliothèque Paul-Émile-Boulet de l’Université du Québec à Chicoutimi Site, 1949, p. 36.

[2] Ibid. p. 37.

[3] Weil, Simone, Cahiers, II, Paris: Plon, 1972, p. 207.

[4]Zambrano, María, “Los bienaventurados”, en: Obras Completas, IV, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019, p. 402.

[5] Ibidem.

[6] Frenzel, Elisabeth, Motive der Weltliteratur, Stuttgart: Alfred Kröner 1992, p. 381.

[7] Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, Mille plateaux. Capitalisme et schizophrénie, vol. II, Paris: Minuit, 1980, pp. 592-625

[8] Guénon, René, Le roi du monde, Paris: Gallimard, 1958, pp. 82-86.

[9] Zambrano, María, “Los bienaventurados”, op. cit., p. 410.

Categories: Claros del bosque

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