Infinidad de revoluciones ligeras – Enrique Lapuente
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Infinidad de revoluciones ligeras
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Infinidad de revoluciones ligeras
En reciente lectura compruebo la acertada frase de Marcelo Cohen en su libro Notas sobre literatura y el sonido de las cosas. Habla ahí Cohen de «los cambios silenciosos sin aura de acontecimiento» a propósito de aquellos autores desinhibidos que vieron la literatura como dispositivo en que es más importante el proceso que las metas. Y esto me recuerda a textos de Blumenberg y de Walter Benjamin leídos hace algún tiempo.
Cuando me he decidido a usar la cita de Cohen sobre cambios silenciosos he visto que toda idea que ponemos en marcha puede haber sido escrita o dicha por otro anteriormente. Ya se sabe: escribimos después de otros.
A propósito del artículo dedicado por Diderot a la palabra encyclopédie, nos advierte Hans Blumenberg de la tarea plástica de la lengua y niega que ésta posea la capacidad creadora. La lengua —añade el filósofo alemán— se adapta a las exigencias de la descripción «siguiendo la realidad con la paulatina transformación de sus medios». Citando a Diderot, Blumenberg alude a une infinité de revolutions légères que acaban cambiando la lengua.
Estas fluctuaciones —dice el autor— recuerdan las «variantes subliminales que, para Leibniz, deforman las repeticiones de la historia». Diderot hace hincapié en los elementos involuntarios, esporádicos, no centrales ni revestidos de una forma acabada a la hora de comprender el lenguaje de un escritor. Se trataría, sobre todo, y aquí coindicen ambos autores, de prestar atención a las mots échappés par hasard en un texto, a sus luces, su exactitud y su indecisión.
En todo autor, viene a concluir Blumenberg, existe una grieta entre propósito y horizonte y, en ese rastreo minucioso, el crítico o el lector deben encontrar las huellas de aquellas revoluciones ligeras. El filósofo alemán toma las reflexiones de Diderot y las estruja para sacar sus propias conclusiones.
A su vez el análisis de Blumenberg parece conectar con un breve texto de Walter Benjamin titulado Secreto signo incluido en el libro Discursos interrumpidos. En ese texto de apenas diez líneas, Benjamin se refiere a las «desviaciones insignificantes» que hacen avanzar el conocimiento. El autor de El libro de los pasajes cita una frase de Schuler en la que éste utiliza la metáfora de los dibujos en los tapices para comprender que lo decisivo en el conocimiento son esos pequeños contrasentidos, las desviaciones insignificantes y los saltos imperceptibles que dan rango de autenticidad a toda obra frente a las mercancías elaboradas en serie.
Me parece ver cierta conexión entre esas «infinitas revoluciones ligeras» de Diderot, las «desviaciones insignificantes» benjaminianas (o schulerianas) y esos «cambios silenciosos» de Cohen. Aplicados tales conceptos a la obra de un autor —o mejor, a su estilo— vendríamos a concluir que lo relevante son esos saltos o elementos involuntarios y esporádicos (imperceptibles, dice Benjamin) que revelan la autenticidad de ese autor y muestran su desviación del canon mercantil de manufactura seriada.
Por tanto, aquí todos hemos reutilizado frases de otros para establecer conclusiones propias. Más que conclusiones, me digo, son una especie de amasado de una materia para construir nuevas formas o interpretaciones.
La lectura en paralelo —accidental en mi caso— de los tres textos me avisa de cierta correspondencia con propiedades de la ciencia física. Volumen y movimiento se hacen cargo de los conceptos: Lo mínimo, lo insignificante, lo imperceptible vendrían a ser metáfora del ser y de lo real; contrasentido, desviación y salto parecen postular un vector espaciotemporal de leve movimiento histórico.
Pero me ha sucedido algo raro. De lo volumétrico y material he pasado a pensar en lo que carece de volumen y materia, como si ahora me viniera a la mente aquello que Marcel Duchamp llamaba lo infraleve, inframince, en francés, y que no tenía masa ni peso.
Para Duchamp, era infraleve el calor de un asiento que se acaba de dejar, o el roce de las piernas en un pantalón de pana. Podríamos decir que lo infraleve es también un instante, algo que introduce un cambio transitorio, es decir, algo que ocurre en un tiempo oportuno, un Kairós, que decían los griegos. Al fin es un acontecimiento. Pero hay algo que diferencia a instante y acontecimiento. Para Nietzsche, lo segundo «parte en dos la historia del mundo».
Así, aquellos cambios ligeros de los que hablan Blumenberg y Benjamin, serían leves acontecimientos que hacen avanzar la narrativa. En algunos autores, aquellos que buscan la dinámica ligera, las desviaciones insignificantes, los pequeños contrasentidos y que a la postre, son ligeras marcas de su estilo, en aquellos escritores esas «mínimas, arduas vías de mutación», en palabras de Ferlosio, no dejan de manifestar una voluntad de cambiar lo real.
Ese Kairós, el tiempo en que el acontecimiento sucede y que detectamos de pasada —aquí sí es infraleve—, sostiene los avances de la materia estilística; a veces por azar, palabras escapadas; a veces como leves hilos de mecánica manual. Son las fluctuaciones y pequeñas fricciones que al fin modifican la realidad.
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Referencia de la imagen : 4N13732
Difusión de la imagen : l’Agence Photo de la RMN]
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Enrique Lapuente

