Notas a pie de página – Discursos e intervenciones con motivo de la presentación de la Revista Cultural Café Montaigne en el marco del homenaje a Federico García Lorca en el centésimo vigésimo aniversario de su nacimiento – Cátedra Ámbito de la Cultura y el Conocimiento de El Corte Inglés de Málaga [20 de Junio de 2018]

Notas a pie de página – Discursos e intervenciones con motivo de la presentación de la Revista Cultural Café Montaigne en el marco del homenaje a Federico García Lorca en el centésimo vigésimo aniversario de su nacimiento – Cátedra Ámbito de la Cultura y el Conocimiento de El Corte Inglés de Málaga [20 de Junio de 2018]

Notas  a pie de página – Discursos e intervenciones con motivo de la presentación de la Revista Cultural Café Montaigne en el marco del homenaje a Federico García Lorca en el centésimo vigésimo aniversario de su nacimiento – Cátedra Ámbito de la Cultura y el Conocimiento de El Corte Inglés de Málaga [20 de Junio de 2018]

 

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Rafael Guardiola Iranzo, Sebastián Gámez Millán y José Miguel García de Fórmica-Corsi junto a Enrique Baena Peña, presentador del acto.

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La mirada crítica

 

Buenas tardes a todos. Después de que mis compañeros Rafael Guardiola y Sebastián Gámez Millán han abordado la naturaleza y contenidos de la revista, así como la razón filosófica de su nombre, yo voy a intentar acercarme a ella desde una doble y complementaria dimensión: como colaborador de la misma y como lector admirado. Voy a intentar explicar, en primera persona, qué busco en ella y qué es lo que pueden encontrar quienes se tropiecen, dentro del café, con una colaboración de cualquiera de sus integrantes, entre los cuales tengo la fortuna de contarme.

Es un tópico, pero es verdad. La rapidez informativa que ofrece la Red es abrumadora y, por ello, engañosa. En ella, todo el mundo tiene su opinión, de hecho todo el mundo parece tener su blog (lo tengo hasta yo: por cierto, se llama La mano del extranjero e invito a todos cuantos están aquí a que se paseen por él cuando quieran). Ante tal abundancia, nuestro interés se dispersa con facilidad: el buscador de Google nos lleva a demasiados sitios que olvidamos con gran rapidez.

Es un placer, por ello, tropezarnos de vez en cuando con un espacio de encuentro cultural que tenga la virtud no ya de satisfacer una curiosidad puntual, sino de abrirnos a nuevos descubrimientos con los que no contábamos cuando dimos con él. Creo que Café Montaigne es uno de estos lugares: en primer lugar, una página que te recibe con los atractivos sones de una composición de Django Reinhardt ya incita a permanecer en ella al menos un rato más. Y aunque la enorme diversidad de intereses y de temas (del ensayo a la ficción, de las artes gráficas a la música, de la filosofía a la ciencia, etc) que presenta la revista le da cierto aire laberíntico, es un laberinto al estilo borgiano, un jardín de senderos que se bifurcan, en el que cada recodo invita a demorar cada vez más nuestra estancia, quién sabe si como le sucede a ese personaje del cuento de Wells La puerta en el muro, que recuerda toda su vida un lugar de ensueño que conoció en su niñez, donde el tiempo se desvanecía literalmente y cuya entrada se le aparece de vez en cuando, tentadora, en distintas paredes de las calles de Londres, hasta que un buen día él desaparece sin que nadie vuelva a verlo más.

Ahora bien, no piensen que hablo de un espacio peligroso donde corramos el riesgo de disolvernos, sino bien al contrario, de un lugar capaz de enriquecer nuestra mirada sobre el mundo, lo cual puede que sea otra clase de peligro. Café Montaigne es un punto de encuentro que intenta contagiarnos la idea de que las miradas no pueden ser unívocas, porque el mundo nunca lo es. Por eso, tomando como punto de referencia la revista, yo quiero hacer un rotundo panegírico de cómo las miradas ajenas me han ayudado y me ayudan, nos ayudan, a entender mejor esta pasión mía y de tantos que es la creación artística.

En este café han tenido la bondad de ofrecerme un pequeño rincón donde poder contemplar pero también ser objeto de contemplación. Mi colaboración con la revista —al lado de nombres que poseen tal relieve que produce un lógico complejo—, consiste en comentarios (quizá sea presuntuoso llamarlos críticas) sobre obras del cine y de la literatura.

Escribo lo que a mí me gusta leer en un comentario o una crítica: un contexto general del autor y de la obra, datos sobre la composición de la misma que me parecen relevantes para la comprensión de su contenido, una breve recensión del mismo (fundamental para establecer un terreno común en el que poder comprendernos) y un juicio justificado, incluso extensamente justificado. No me gustan las opiniones simples, lacónicas, por lo común tajantes, que no intentan ser matizadas o explicadas como si debiéramos aceptarlas porque sí, y por eso me gusta dar razones pormenorizadas (no niego que, en buena medida, en esta obsesión por lo explicativo influya la condición de profesor de secundaria, que comparto con mis compañeros de mesa).

Y es que la clave está en las razones. Lo decía Jean Renoir en La regla del juego: todo el mundo tiene sus propias razones. Sin ellas, los juicios carecen de sentido. Y puesto que en la Red, con excepciones, todos somos, como Ulises, Nadie, pretender atraer la atención de un lector casual con un juicio sin motivación me parece tan insípido como beber tónica sin ginebra.

Después de leer un libro o ver una película, me gusta buscar una opinión que no ratifique sin más la mía propia sino que me ofrezca una forma de mirar distinta (por ello, cuántas veces he admirado un análisis con el que no estaba de acuerdo, pero cuyas razones me obligaban a revaluar mi propio juicio). Sin críticos como Pietro Citati o Claudio Magris en el campo de la literatura, o José María Latorre y Carlos Aguilar en el del cine, creo que yo tampoco habría abandonado el lugar común del esto es bueno o malo porque me gusta o no me gusta a mí.

Es verdad que, ante una crítica, suelo poner condiciones, y por tanto me las aplico a mí mismo al escribirlas. La primera es que quienes se dedican a valorar (ya sea profesionalmente o de modo amateur) no deben alardear de un sentido reductor a la hora de acercarse a la creación artística. C. S. Lewis dijo: «No critiques sin grandes cautelas aquello para lo que no tienes gusto».  Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que no existe la dicotomía entre «alta cultura» y «cultura popular» (entendida esta de modo peyorativo o, en todo caso, condescendiente), ni entre «géneros mayores» y «géneros menores». Solo existen las obras buenas, las malas y las regulares. Tan dignos me parecen Franz Kafka como Howard Phillips Lovecraft, Homero como Julio Verne, Schopenhauer como Chesterton, Ingmar Bergman y Federico Fellini como tantos modestos directores de Hollywood (Jacques Tourneur o Anthony Mann) que jamás gozaron de la autonomía artística que tuvieron estos (en todo caso, y por eso mismo, sus aciertos me parecen especialmente meritorios). Hace tiempo que aprendí que el éxito no es garantía de calidad, como no lo es tener un lugar de honor en los planes de estudio universitarios, al igual que he acabado pensando que un «autor maldito» o una «obra de culto» muchas veces lo son porque estas categorías a su vez han acabado convirtiéndose en objeto de esnobismo.

En particular, me interesan los vínculos entre distintas obras y autores, incluso de distintas épocas, los vasos comunicantes que enlazan, qué sé yo, la Odisea con los relatos de Conan el bárbaro, La Divina Comedia con El Señor de los Anillos, o el mito de Frankenstein con Blade Runner. Siempre he encontrado gran placer en seguir una obra a través de sus múltiples reencarnaciones, normalmente una novela llevada al cine, incluso en más de una ocasión: las adaptaciones, las secuelas, la secuela de una secuela, los remakes, los ciclos, los personajes adoptados por un autor distinto al que lo creó. No siempre suelen tener buena prensa pero nada revela mejor que ellos la vitalidad de una obra o de un personaje, además de demostrar cómo cambian las miradas según la época y el lugar. Por poner un ejemplo, no es lo mismo el Macbeth de Orson Welles (cuya barroca estilización persigue, al tiempo que expresar la megalomanía del personaje y de su director, encubrir las limitaciones del presupuesto de serie B) que el de Roman Polanski (sórdido y naturalista, propio de un momento, principios de los 70, en que por fin se podía expresar en pantalla la violencia en toda su crudeza), o su conversión en un relato de samuráis a manos de Akira Kurosawa, por no hablar de la infinidad de versiones teatrales que lo han modernizado o deconstruido o sencillamente abordado de tal manera que en poco se reconocía la historia original de Shakespeare.

Si me fascina especialmente el concepto de adaptación de un libro al cine es, primero, porque exige convertir un lenguaje, el literario, en otro muy diferente, el visual. Y segundo, porque implica la vampirización de una obra ajena, es decir, la posesión de un alma por parte de un nuevo demiurgo. Por ello, me parece un caso de esterilidad artística, muchas veces lindante con la falta de ética, el mero traslado de un argumento literario a la pantalla, casi sin más novedad que dar un rostro concreto a cada personaje que antes imaginábamos a nuestro gusto. Para entendernos, es lo que sucede de cuando en cuando con determinados autores del ámbito anglosajón como Henry James, Jane Austen o E. M. Forster, en versiones que dejan bien claro que la fuerza del original no estriba en sus argumentos (por lo común sencillos, incluso poco llamativos) sino en el estilo y en la profundidad psicológica de sus autores, justo lo que es más difícil de adaptar. Por ello, cuando escribo sobre adaptaciones siempre defiendo especialmente aquellas que no se contentan con transitar el mismo terreno del autor original y buscan otros senderos.

Por cierto que siempre me ha llamado la atención el hecho de que (fuera de las obras incontestables) la cultura literaria de muchos cronistas cinematográficos suele ser limitada, o es su pereza la que carece de límites. Es cierto que es imposible leerlo todo, y menos cada novela que sea el punto de partida de la película sobre la que escribimos. Pero por eso me parece muy censurable otorgar todo el mérito de un argumento y de unos personajes complejos al director que los adapta, sin mencionar para nada al escritor que los concibió. Suele pasar con novelistas menos prestigiosos que el director que, al abordarlos, los «dignifica» (lo entrecomillo) o con novelistas directamente desconocidos.

Pongo como ejemplo la película Vértigo, de Alfred Hitchcock. Declaro antes que nada que para mí es una obra maestra, del director y del cine, pero me llama la atención que casi nadie hable nunca de la novela adaptada, como si la historia se le hubiera ocurrido al mismo Hitchcock. Y no es así. El original se llama De entre los muertos y pertenece a una pareja de escritores franceses hoy olvidados pero muy populares en su día, Boileau y Narcejac: buena parte de ese malsano atractivo, de esa turbiedad sentimental, de ese aroma necrófilo que desprende el film se encuentra ya en un libro que, si no es una obra maestra, desde luego no merece el menosprecio del silencio. Por cierto, en ese casi nadie está la clave, con lo que vuelvo a mi razonamiento anterior: si yo conozco la novela y, por tanto, puedo disfrutar la película desde un punto de vista que no es el habitual es porque en una de las críticas que leí en su momento sobre el film (escrita por Carlos Aguilar) incluía una encendida reivindicación del libro, que en buena hora me impulsó a buscarlo.

Ese es el papel, creo, que cumple una buena valoración literaria o cinematográfica. No decir lo que esperamos escuchar, no escribir lo que se cree que queremos leer. Todo lo contrario: estimular nuestro juicio, hacer que cuestionemos nuestra valoración, abrirnos otra puerta en el muro. Ese estímulo intelectual es lo que yo busco y creo que en Café Montaigne se encuentra sobradamente. Que me hayan ofrecido una mesa en este acogedor establecimiento es para mí un gran honor. Muchas gracias.

[Intervención realizada ante el público reunido en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés (Málaga), el 20 de junio de 2018]

 

José Miguel García de Formica-Corsi

 

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Café Montaigne, nuestra voz en otras voces

 

Café Montaigne es una revista de artes y pensamiento crítico. El subtítulo puede resultar muy ambicioso, pero no es inexacto. A continuación procuraré justificar brevemente por qué y relacionarlo con el apellido del destacado pensador renacentista con la que la hemos bautizado. Vaya por delante que por falta de espacio y tiempo aquí no aparecerán todos los nombres que componen Café Montaigne: les pido disculpas a cada uno de los ausentes.

El autor de los Ensayos escribió que la cualidad más universal de todas es la diversidad, pues en rigor no hay nada exactamente igual, ni dos granos de arena ni dos gotas de agua. Comenzando por las artes, Café Montaigne incluye lo que muy pocas revistas poseen, el poder cautivador de la música, variada y certeramente escogida por el editor, Tomás García Mojonero. Posee la magia de las imágenes, y ya no solo por las cuidadas ilustraciones que acompañan a las imágenes, sino por los artistas de los colores que colaboran: las sinestesias de Ana María Vacas; las imágenes entre dionisíacas y metafísicas de Rafael Bacon Guardiola; las elegantes abstracciones de Nuria Vicente; la pintura espiritual de Juan Carlos Savater…

Y pronto verán la luz materiales audiovisuales y textuales sobre Giorgio de Chirico, René Magritte y Paul Delvaux. No hay que olvidar que uno de los propósitos explícitos de Montaigne a lo largo de la escritura de los Ensayos es “pintarse a sí mismo”. ¿Hay alguna escritura o actividad artística que de una manera o de otra no sea a fin de cuentas biográfica? Biográfica e histórica, estas dos dimensiones atraviesan la vida de los seres humanos, si bien son contados los que logran captar el espíritu del tiempo y, menos aún, trascenderlo.

Hay poesía, desde la lírica narrativa de Jesús Munárriz a la metapoesía de Jaime Siles, desde el justo decir de Rosa Romojaro a la palabra encarnada de Heliodoro Fuente o la poesía de la experiencia de Luis García Montero. Hay cine, y no solo por esas maravillosas escenas de clásicos cuidadosamente escogidas de nuevo por el editor, sino también por los estudios sobre Orson Welles, Elia Kazan y otras figuras imprescindibles del séptimo arte realizadas por Pedro García Cueto, así como las excelentes críticas de José Miguel García de Fórmica-Corsi. Ambos nos guían e ilustran a través de las imágenes en movimiento como por medio de la crítica literaria.
Por supuesto, hay filosofía y pensamiento crítico e independiente, desde la voz experimentada y dilucidadora de Javier Sádaba a María José Edreira, de Maru a Fabio o Rafael Guardiola Iranzo, en cuyos ejercicios filosóficos transitamos por su biografía al tiempo que recorremos la historia de la filosofía, de la literatura y de las artes sin otro fin que llevarnos a la seducción y al erotismo del pensamiento, siempre con ironía, con picardía, con humor, con amor, con todo aquello que contribuye a celebrar y afirmar la vida.

Los Ensayos de Montaigne son inconcebibles sin los ecos de la imperecedera tradición grecolatina, cuna de Europa. Montaigne es, asimismo, uno de los grandes escritores que bajo un escepticismo moderado y civilizado representa lo mejor del viejo continente sin caer en el eurocentrismo (recuérdese “De los caníbales”) y, por lo tanto, es un diálogo abierto entre diferentes orillas, siempre dispuesto a reconocer los mejores frutos, provengan de donde provengan. Creo, me gustaría creer, que algo de este espíritu sobrevive en Café Montaigne.

Si naufragara en una isla y solo pudiera elegir un libro, elegiría los Ensayos de Montaigne: con la posible excepción de Don Quijote de la Mancha, y ni siquiera, no conozco ningún libro que nos acompañe tan bien, que nos ejercite en el que acaso sea el más sabio y decisivo aprendizaje, saber estar con nosotros mismos, pues al fin y al cabo con nadie pasamos tanto tiempo como con nosotros mismos. Ojalá Café Montaigne también logre tender su mano infinitamente solidaria entre amigos y sea “nuestra voz en otras voces”.

 

[Intervención realizada ante el público reunido en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés (Málaga), el 20 de junio de 2018]

 

Sebastián Gámez Millán

 

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En una memorable escena de la película Una noche en la ópera, el intrépido Groucho Marx, a quien convendría clonar para beneficio de la Humanidad, aprovechando los vestigios de su histriónico ADN, se reúne en un camarote de reducidas dimensiones con la Señora Claypool, encarnada por Margaret Dumont, buscando intimidad, y ambos asisten atónitos al ir y venir de catorce personas que llenan el espacio como los átomos de Demócrito, gracias a su “movimiento eterno”. Lo cómico se mueve con frenesí, sin resquicio alguno para el no-ser, dibujando en el aire un espacio inmenso, capaz de dilatar las paredes del camarote y convertirse en un arma de “construcción masiva”. Y es que, para Groucho Marx, «no reírse de nada es de tontos” y “reírse de todo es de estúpidos”. Busquemos, pues, el término medio aristotélico y seamos virtuosos.

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La Revista electrónica Café Montaigne (www.cafemontaigne.com) en la que escribo con auténtico placer, un nuevo camarote ilustrado redivivo, satisface las pretensiones renacentistas de ver reflejado el macrocosmos en el microcosmos o, como diría Hegel, lo universal en lo particular (y eso que se llamaba Jorge Guillermo Federico). Aunque somos más de catorce los personajes que entramos y salimos de él con asiduidad, en cualquier caso, nunca echamos el cerrojo, con la esperanza de ver nuevas caras y muslos aplastando nuestros cuerpos serranos. Yo prefiero muslo, así como ejercitarme en el noble arte de “escribir para no pensar”. Reconozco, no obstante, que muchos de mis colegas, más disciplinados y crédulos, todavía albergan la esperanza de “pensar para escribir”. Y hacen bien, porque si algo que se identificaba claramente en el siglo XVIII con el café, ese exótico brebaje, era el poder de la diosa Razón, el juego del análisis y la síntesis, las mieles de la sospecha exprimidas gracias a la cafeína. Ahora nos hace falta su capacidad para despertar el pensamiento crítico frente a los excesos ora del pensamiento posmoderno –para el que “un par de botas valen lo mismo que una tragedia de Shakespeare”-, ora de la razón instrumental y el imperio del utilitarismo y el vil metal del mismísimo Mercader de Venecia.

En nuestro camarote los cuerpos quebrados parecen ejecutar una coreografía meditada. Los miembros de esta extraño colectivo que residimos en Málaga nos dimos cuenta de ello en pleno baile en el salón de actos que acoge las actividades públicas de la Cátedra Ámbito de la Cultura y el Conocimiento, en El Corte Inglés, en la tarde del martes 19 de junio de 2018. De forma simbólica, la bebida de científicos y filósofos, la bebida de la Razón, ha tomado posesión de nosotros, definitivamente. Y nuestro camarote, además de locuras, sirve de sosiego para el espíritu, se encuentra animado por el respeto y la tolerancia, y no es proclive a arabescos ni rocallas, como parece que ocurría en los cafés, tertulias y salones literarios de otro tiempo. Cuando conseguimos eliminar la tensión de nuestros músculos, despiertos y con los ojos bien abiertos, nos lanzamos al debate y la reflexión, y procuramos despojar a los ídolos de sus máscaras, sin perder la compostura.

Agradecemos especialmente a D. Enrique Baena Peña, nuestro anfitrión, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Málaga, y Director de la Cátedra mentada, la posibilidad de podernos expresar y de dar la bienvenida a nuestro joven Café a todos aquellos que sientan la llamada de la cultura y la creación artística, como emisores o como receptores. Al timón del actual Equipo de Redacción se encuentra el Editor, Tomás García, primerísima causa eficiente –que no motor inmóvil- de este proyecto. A su tenacidad y entusiasmo debemos la aparición de esta Revista en noviembre de 2017 y el cobijo que ha dado y da a la gloriosa pluralidad de nuestras inquietudes, aunque resulten ser un abigarrado elenco de pasiones inútiles, a Dios gracias. Y aunque es una Revista que se edita en y desde Madrid, la amistad que me une a Tomás García desde nuestro paso por la Universidad Autónoma de Madrid, me ha permitido extender sus dominios, de forma libertaria, por las tierras del sur, donde resido felizmente desde 1994, abriendo las puertas del camarote a pensadores y creadores andaluces y amigos de otras tierras. Tal vez por eso me honra sobremanera pertenecer también al Equipo de Redacción y encargarme de la sección “Ut pictura poesis”, como también es el caso de Gloria Jimeno Castro –excelente gestora del sentido y la sensibilidad, y de la sección “Manual de Amor (a la Lengua)”-, la filósofa gallega feminista María José Edreira Vázquez, la pensadora argentina María Eugenia Piñero, seducida por lo dionisíaco y la reflexión sobre el arte, el amante del decor ordinis ciceroniano, la belleza natural y “Las palabras del árbol” Heliodoro Fuente Moral, y el inquieto filósofo, ensayista y poeta malagueño Sebastián Gámez Millán (admirable alquimista de la sección “Libros. Libres”). Este último, así como el historiador y crítico de cine y literatura también malagueño, José Miguel García de Fórmica-Corsi, compartieron la responsabilidad de dar a conocer pasiones heroicas en nuestro entorno más cercano, en el acto en el que acabamos descubriendo nuestra inútil identidad. El doctor Sebastián Gámez Millán se deshizo en elogios hacia los que escribimos en la Revista, y no tuvimos la decencia de corresponder a su gesto como merece. Y dejó claro, también, las razones que nos hacen ser seguidores –aunque heterodoxos, algunos- del formidable pensador que fue y es Michel de Montaigne. José Miguel García de Fórmica-Corsi, por su parte, nos regaló una medida reflexión sobre el significado de la crítica de cine y literatura de la que es ya un consumado maestro, a pesar de su juventud.

Cuando se cierne la oscuridad prematura de las tardes de invierno, sobre todo si ésta se ve acompañada por agrias tormentas cerebrales, me consuela pensar que podría toparme, gracias a una varita mágica, con el calor de la amistad. Gracias al pintor belga René Magritte –al que le gustaba pintar, como a mí, en el salón de su casa- soy consciente de que un verde bosque puede llegar a ser inquietante y hasta terrorífico en manos de los largos y puntiagudos dedos de la noche. Gracias a las pisadas del viento en un escenario sin luz, agitando las alargadas hojas del maíz en tierras gallegas, en plena juventud, supe lo fácil que es confundir la respiración de la tierra con la cercanía de las fauces letales de un lobo. Gracias a la tiranía del perfeccionismo más osado sé que es fácil, incluso, caer en las delirantes redes de la locura más negra. Gracias al inmenso poder de la risa y de los más preclaros productos del pensamiento científico y filosófico he dejado de reptar, no pocas veces, esclavizado por la amígdala cerebral, nadando torpemente en el mar de las emociones. Y he sentido, como en un encantamiento, el calor púrpura de mi amigo Tomás García, uno de los pensadores más osados que conozco, alumbrándome con sus velas y candelabros en la tertulia del café y protegiéndome bajo su manto, el manto del sentido común y el buen vivir, como si pudiera refugiarme en el corazón de una preciosa muñeca rusa. Bienvenidos a Café Montaigne.

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[Intervención realizada ante el público reunido en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés (Málaga), el 20 de junio de 2018]

 

Rafael Guardiola Iranzo

Autor
Categories: Café Montaigne

Comments

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