Otra pieza prestada – Juan Luis Calbarro Morales

Otra pieza prestada – Juan Luis Calbarro Morales

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Otra pieza prestada

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Otra pieza prestada

Los romanos se alumbraban con lámparas de aceite que llamaban lucernae. Se trataba de unos sencillos recipientes de aceite provistos de mecha que alcanzaron todos los grados de la sofisticación. Aunque podían ser de bronce y otros materiales más lujosos, estas antepasadas de la mágica lámpara de Aladino solían fabricarse en terracota. Las más ricas presentaban relieves elaborados de tipo religioso, ornamental o incluso pornográfico; las más populares, adornos sencillos pobremente incisos en la arcilla modelada antes de su cocción. Una lucerna constaba de varias partes: el depósito (infundibulum) para el aceite; el pico (rostrum), con el orificio en el que se colocaba una torcida de material textil; la cubierta (discus, por motivos evidentes), que incluía el agujero de recarga y solía acoger la principal decoración de la lámpara; y el asa (ansa), también susceptible de mayor o menor aislamiento y de poco o mucho ornato.

La lucerna que acabo de incorporar a mi caótica colección de piezas prestadas del pasado es de las más modestas; de ahí que haya podido adquirirla sin gran remordimiento. Tosca, maciza y ornada escasamente, con un asa apenas insinuada, parece seguro que no lució en palacios ni casas nobles, sino más bien en alguna insula modesta, en un cuartel, en un taller de artesanos, quizá en un burdel de los menos caros. El certificado me dice que data de los siglos I a III de nuestra era; su anterior propietario, un tal Van den Bosch residente en Bazel (en el antiguo territorio de los galos menapios), la compró en su país en 1966, donde la acabo de conseguir también yo gracias a Internet. Se podría, así, conjeturar que procediese de algún rincón de la Galia Bélgica romana, a orillas del Escalda, pero nada nos autoriza a afirmarlo. Los casi dos mil años que separan su datación de su primera compra documentada, la mayor parte de los cuales pasó seguramente enterrada, hace de mi lamparita un enigma del que lo desconocemos casi todo. Analizar muestras de la capa de sarro y tierra que la recubre, fina e irregular, tal vez nos daría más pistas de su historia.

Pero sí sabemos algunas cosas. Sabemos, por su factura, que la fabricó algún artesano no muy experto. Sabemos que alguien –con alguna probabilidad un galorromano– palió la oscuridad de sus atardecidas con ella. Sabemos que ese alguien disponía de aceite para alimentarla, pero seguramente no en grandes cantidades ni en su estado más fresco. Sabemos que las manos de su dueño estaban endurecidas por el trabajo y le permitían sujetarla por su brevísima asa, prácticamente indistinta del cuerpo del artefacto o, incluso, portar la lámpara, sin abrasarse, en la palma de la mano. No sabemos si alumbró a una familia o a un menestral soltero. Sabemos que, antes de dormir, la lucerna inundaba su estancia de un suave olor a Mediterráneo; o, bastante más probablemente, a aceite rancio quemado. Sabemos que aún funciona; y siento unas ganas terribles de encenderla. Si lo hiciera, este trozo de barro habría iluminado el siglo I y el XXI, lo que me parece una verdadera heroicidad para un objeto tan pequeño y humilde; pero encenderla puede dañar su frágil condición y resquebrajarla, así que me limitaré a limpiarla con un cepillo delicado y jabón neutro, con la satisfacción y la conciencia de estar devolviéndole el brillo a dos milenios de luz entre sombras.

Atesoro esta pieza –igual que tantas otras– como un préstamo impagable, un frágil puente espiritual entre nosotros y personas que vivieron hace veinte siglos y eran de carne y hueso y tenían ojos, y manos, y frío, y hambre, y amaban, y odiaban, o deseaban la gloria y, quizá, tenían miedo a la oscuridad.

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Juan Luis Calbarro Morales

Categories: El signo de Caín

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