Poesía Ặntiviral – Poemas para la vida [Una acción poética urgente con motivo de la excepcional situación ocasionada por la pandemia del Covid – 19] – XXXV – La ciudad muerta – Tomás Gago Blanco

Poesía Ặntiviral – Poemas para la vida [Una acción poética urgente con motivo de la excepcional situación ocasionada por la pandemia del Covid – 19] – XXXV – La ciudad muerta – Tomás Gago Blanco

Poesía Ặntiviral – Poemas para la vida [Una acción poética urgente con motivo de la excepcional situación ocasionada por la pandemia del Covid – 19] – XXXV – La ciudad muerta

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Miro la ciudad vacía, solo los perros y sus dueños tienen libertad para caminar bajo los árboles, hablar como viejos conocidos, dejar restos de orín y de excrementos en la base de farolas y en el césped, que hace algún tiempo esperaba a los niños al salir de sus clases para los juegos infantiles.

También observo la sonrisa de los que viven el aislamiento desde sus paseos furtivos, para escamotear su presencia a los vigilantes, gran hermano, de una causa que nos presentan necesaria, una medida para habitantes sumisos a los que falta el valor que ellos atesoran.

Y veo el parásito celular que pasea en grupos sobre la boca, los dedos y los ojos de inocentes ciudadanos y celebra la victoria de su equipo.

Mujeres y hombres con febrícula, asfixia, toses y abandono, asoman a las ventanas con la mirada errática y perdida para sobrellevar el fracaso, porque toda merma de libertad es una derrota que nos hace vulnerables y nos acostumbra a ceder lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido.

Es la primera prueba a nivel planetario. Todos obedientes: ¡Que viene La Pandemia!

Ya lo dijo Brecht, consentidor o disentidor. Lástima, esto no es teatro. No puedes buscar, estás recluido.

No sabemos si la obligada cuarentena doblegará a los que habitan nuestras casas, esos pequeños virus de escasas micras, con su circunferencia perfecta y sus irregulares pedúnculos, todos hermanos gemelos de los millones que trotan por la tierra.

¡Son hermosos estos patógenos diminutos!

Esféricos personajes que solo adquieren relevancia por la multitud de su presencia, como un cardumen que juega por el mundo, como la lluvia fina que riega nuestros campos, como el sol generoso que ilumina la vida.
También he visto las pistolas que apuntan la frente de miles de hombres y mujeres, con un láser delator de hipertermia que devuelve viajeros a su origen y arroja inocentes a un aislamiento consentido, satisfechos del gran favor que reciben, hasta levantan las manos con agrado.

Lo habitual oculta lo arbitrario.

Me pregunto si ese láser solidario lee pensamientos, inocula obediencia ciega y doblega voluntades.

Nadie habla de los ancianos que permanecen aislados, sin que se note su ausencia. Su débil parpadeo apenas despertaba significancia en sus paseos silenciosos cogidos de la mano.

Ahora se miran en silencio después de llamadas inútiles. De visitas que nunca llegarán, de esperanza en un final que nunca soñaron.

Sabemos que están inmóviles, acumulando síntomas, solos, unidos por el destino que los lleva, con la aceptación en la mirada, a esperar que alguien, cuando esto acabe, rompa su puerta y los vea muy juntos, con una sola muerte que se han repartido como se repartieron la vida.

¡Si van a morir, que no molesten! La sociedad tiene otras prioridades.
Pasa el tiempo y la locura anida en los ojos de los confinados, más astuta que cualquier patógeno la llevamos acantonada desde tiempos remotos en alguna parte inaccesible de la mente.

No será necesario tratamiento, como una sombra cubrirá la risa y los afectos, mostrará su velo de tristeza y sumisión para erradicar la rebeldía y el pensamiento.

Tal vez un día no lejano sea preciso elegir: vivir encerrados o morir por las calles.

Si alzo la vista, el horizonte manda un mensaje de esperanza, nos regala violetas y amarillos, una suave brisa y aire puro que tanto añoramos cuando todo va bien para que pueda ir todo mal: smog y ruido, prisas y saludos urgentes.

Palabras que nunca se decían llenan ahora nuestra boca y nuestros ojos de esperanza, ahora nos miramos para buscar los sones que siempre acompañaron los juegos en el parque, la mano del amigo, los labios con deseo.

Yo miro la ciudad muerta a la que sobran avenidas, parques, luces y silencio, que llena tu risa en el recuerdo, en el roce de tu cuerpo y en las lejanas caricias de tus dedos.

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Tomás Gago Blanco

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