Spade & Marlowe Asc. – Expediente: Palabras secuestradas

Spade & Marlowe Asc. – Expediente: Palabras secuestradas

Spade & Marlowe Asc. – Expediente: Palabras secuestradas

 

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Me llamo Jake Gittes y fumo mucho. La gente me gusta poco. Tomadas una a una, individualmente, las personas son bastante decepcionantes, pero qué decir de los grupos, de los colectivos, de las masas. En fin, el ser humano, si es que existe, es un experimento del que el tiempo dirá, como señalaba ese viejo rufián, Sammy L. Clemens el Dos Brazas, si ha sido un éxito o un fracaso. Adivinen lo que presiento. Pero vamos a lo que íbamos.

Agradezco de veras al Editor de Café Montaigne, aunque me cueste reconocerlo, la oportunidad que me ha concedido para desahogarme un poco escribiendo estas bagatelas. Había pensado, inicialmente, hablar del amor y zarandajas similares, pero es algo muy trillado ya. No hace falta, me parece, seguir insistiendo en remarcar el fracaso esencialmente inherente a cualquier relación sentimental, ni en la cara de idiota que tienes antes, durante y después. Por suerte, los androides nos sustituirán pronto y los problemas se resolverán en el servicio técnico. En cualquier caso, y aún a regañadientes, aconsejo la lectura de uno de los textos más extrañamente deliciosos (no sé si se debe decir así) de ese marciano llamado Roland Barthes: los Fragmentos de un discurso amoroso (y si puede ir aliñado con la lectura de los textos del seminario titulado El discurso amoroso, allá ustedes). Así que, me dije: bueno, Jake, ¿por qué no hablas de pintura? No sé, del arte del retrato, por ejemplo; ya que tú no tienes idea, probablemente dirás algo sensato. Pero no. Le consulté a mi sobrina Adèle, la hija menor de mi afrancesada hermana Marcelle, quien a pesar de tener tan sólo ocho años demuestra tener bastante más sentido común que el resto de la familia. Estaba tan absorta dibujando que no me oyó, pero al cabo de un rato se acercó para entregarme un dibujo en el que se me veía a mí (o, bueno, alguien parecido) tumbado en una hamaca y fumando en una especie de vago paisaje paradisíaco. Fue una revelación, como la del caballo cuando tiró a San Pablo. Ya lo tengo, me dije: hablaré de desubicados, de perdidos y pérdidas en la traslación. Aunque el cine de Sofia Coppola no me interesa un pimiento, he de reconocer que tiene cosas de las que uno haría bien en apropiarse.

Afirmar que vivimos en un mundo repleto de lugares comunes es ello mismo un lugar común, aunque no por ello sea menos cierto. Es un mundo tejido con clichés, tópicos, frases de ida y vuelta, en donde las palabras gastadas son, por decirlo con Richard Nietzsche, ‟monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal”. Si la cita no es del todo exacta, lo siento. ¿Era ‟Richard”? Ni soy un ‟intelectual” ni me importa mucho lo que haya querido decir ese señor. Era tan sólo para darle barniz a la cosa. Transcribo a continuación un fragmento del capítulo IV del libro de Richard W. Buttle, Adiós a todo eso. Cambios y transformaciones en el paradigma de la Modernidad [1]:

‟La nueva configuración de la transmisión de la información, posibilitada por la apabullante transformación tecnológica en curso de los medios de comunicación (iniciada hace apenas treinta años), permite, entre otras cosas (y no todas negativas), la distorsión, deformación y perversión del lenguaje, del contenido y de la forma, tanto de lo que se dice cuanto del modo en que se dice. Ello puede producirse por mor de intereses muy variados y determinados o bien por la simple razón del desconocimiento, de la ignorancia. Sin entrar ahora a analizar en detalle cómo el ocultamiento y la desfiguración son los efectos más claros y directos de cualquier uso interesado, ideológico, del lenguaje, sí me interesa llamar la atención sobre un recurso retórico actualmente muy extendido, no fácilmente controlable y, por consiguiente, muy difícilmente contestable. Me refiero al secuestro de las palabras, a la extracción arbitraria, normalmente impune, de las palabras de sus originales contextos, aquellos que no sólo les dieron nacimiento, sino en los que adquieren el sentido y significado que cabría suponerles. No estoy hablando, desde luego, del robo de tramas, historias y  palabras ajenas que, por razones estéticas y artísticas, cometen los grandes escritores. Eso está plenamente justificado y, en bastantes casos, muy justificado. Bastaría con recordar que Shakespeare, por ejemplo, robó todo lo que pudo, y menos mal.”

Desde luego, qué razón tiene Buttle. Qué sería de la literatura sin semejantes tropelías[2].

Efectivamente, yo tampoco quiero escribir acerca de eso, sino del transporte, de la transposición, de la libérrima traducción, de la reubicación intertextual a que son sometidas, después de su secuestro, determinadas frases, aserciones, opiniones y preguntas de reconocidos y significados autores. Alienadas, enajenadas, son cosificadas y se convierten en simples mercaderías, lo que permite que resulten visibles en camisetas estampadas, en anuncios publicitarios o que se cuelen en los parlamentos de los personajes de las películas. No estoy ejerciendo, por otra parte, de censor moral. No soy juez ni teólogo, y no me corresponde a mí, desde luego, juzgar nada ni a nadie. Tan sólo describo una situación. Pero es cierto que semejante situación podría no ser deseable. Llevar una camiseta en la que figure Ética y Estética son uno, o Ética y Estética son una y la misma cosa, como he visto por ahí, por ejemplo, pues, bueno, no parece que vaya a alterar gravemente el orden cósmico. El problema está, me parece, en el uso perverso y claramente ideológico de las palabras (de acuerdo con el credo o el conjunto de dogmas de que se trate) posibilitado por una indebida apropiación.

Durante muchos años he trabajado como guionista y crítico de cine (y, bueno, también como detective privado, pero ésa es otra historia), lo que, sin duda, me proporciona un buen bagaje para cualquier viaje relacionado con el lenguaje y sus trampas. Y también sé cómo se las gastan los tramposos.

En esta sección, que no sé si me permitirá mantener mucho tiempo y he decidido denominar Spade & Marlowe Asc. – Expediente: Palabras secuestradas, se seguirá la pista de dichas palabras con el fin, no ya de reconducirlas y devolverlas a su hogar, lo que se me antoja una tarea imposible, sino más bien de identificar con rigor el contexto original en que vieron la luz e informar de ello al público lector. Sam Spade y Philip Marlowe son experimentados detectives que intentan realizar del modo más profesional posible su trabajo y no hacen juicios de valor. La valoración de la posible bondad o maldad morales de las acciones de los individuos con que se las han no es asunto suyo.

Para empezar, entre los casos que se les van acumulando en la desordenada mesa de su oficina, encontramos uno realmente interesante. Si concierne al insigne Dr. Freud es muy probable, además, que sea polémico. Y así es de hecho. Lo diré desde el principio para que se vea que no hay trampa ni cartón: soy hincha de ese doctor y lo he sido desde que uno de sus ‟descendientes”, el Dr. Aronson, dejó que me acomodara en su diván y me permitiera relatar mis sueños y divagaciones sin ton ni son. Nunca he acabado de entender la inquina que le tienen algunos, o, bueno, sí la entiendo, pero creo que se debe, en el fondo, al pánico que sienten al sospechar que ciertos rumores escuchados dentro de su cabeza están causados por los ruidos que hacen los monstruos habitantes de esa caja de Pandora. En cualquier caso, y es lo que aquí importa, de lo que se trata es de averiguar si lo que supuestamente dijo o dejó escrito el Dr. Freud puede atribuírsele realmente o no.

Hay dos películas, si no recuerdo mal, cuyo tema es, precisamente, lo que está en juego y debe dilucidarse: una es de 1941, y es del genial Ernst Lubitsch, That Uncertain Feeling, que, al parecer, se tituló en España como Lo que piensan las mujeres, y la otra es de 2000, dirigida por Nancy Meyers, What Women Want, titulada en español como ¿En qué piensan las mujeres? Antes de que a nadie se le encrespe nada, debo recordar, también, que el trompetista de jazz Boris Vian, bajo el heterónimo de Vernon Sullivan,  publicó en 1950 una novela, Elles se rendent pas compte (Con las mujeres no hay manera) que parece, no sé si inconscientemente (¡y qué freudiana maravilla!), seguir tirando del hilo de aquella madeja. Pero es que, Wolfgang, el mismísimo Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart​, anticipándose a este artículo, compuso junto al divertido libretista Lorenzo da Ponte, la maravillosa Così fan tutte (Así hacen todas), estrenada el 26 de enero de 1790[3]. En fin, que no puede ni debe acusarse al pobre Dr. Freud de nada.

Y ¿qué es lo que se supone que dijo o escribió, y que tanto revuelo (probablemente malintencionado) ha armado? Pues, al parecer, ‟Was will das Weib eigentlich?”

Antes que nada, me gustaría llamar la atención sobre el uso del sustantivo neutro (en alemán) das Weib, tal y como aparece en la oración atribuida al Dr. Freud, que en ocasiones, en citas fuera ya de todo control, resulta transformado en el sustantivo femenino die Frau [4]. Yo lo traduciría así: ‟¿Qué quiere la mujer realmente?”, propiamente, de un modo auténtico.

Es una extraña pregunta. ¿Es una pregunta extraña?

En el caso de que semejante oración haya sido proferida o escrita alguna vez por el Dr. Freud, ¿cuál podría ser el contexto de su enunciación? A lo mejor, digamos, se refería, si fuere el caso, a una vecina que pedía algo que no estaba suficientemente claro. Tal vez se lo estaba preguntando a Martha, su mujer: ‟Oye, Martha, ¿qué quería (quiere) realmente esa (la) mujer?”  Me puedo imaginar perfectamente la situación, y no creo que Martha Bernays, madre de seis hijos, pueda resultar sospechosa de nada. Ahora que, por fin, se está editando la correspondencia entre ambos, Die Brautbriefe [5], en cinco volúmenes, sería interesante cotillear un poco y leer entre líneas.

Pero, claro, las feministas radicales dicen que ni hablar del peluquín. Que de vecina, nada; que el padre, tío, abuelo, cuñado o lo que sea de esa cosa llamada ‟Psicoanálisis” es culpable. Y, por su parte, los machistas recalcitrantes, escondidos o no, se regocijan. ‟Ahí le has dado, Sigi, eso… ¿qué diablos quieren realmente las mujeres?” Pero, y si el Dr. Freud jamás hubiese dicho nada semejante, si nunca se hubiese preguntado (en voz alta) ante nadie algo parecido. Y si todo no fuese más que una falaz e interesada, malévola construcción, aprovechando los resquicios dejados por su análisis de la psique humana. El propio Dr. Freud, puro en mano, se lo pasaría bomba desvelando el tráfico inconsciente de deseos reprimidos con tanto ir y venir a través de resquicios e intersticios. Y hablando de deseos reprimidos y sin reprimir, ¿no hubiese deseado Jacques Lacan formular la susodicha pregunta, si es que de hecho no la formuló, cuando expulsó a Luce Irigaray tanto de la Universidad de Paris-VIII (Vincennes) cuanto de su propio círculo psicoanalítico allá por los años 70 del pasado siglo? [6]

Pienso que es hora de que Spade y Marlowe se pongan a trabajar. En la instantánea que tomé de ellos se aprecia cómo Marlowe aguarda a que Spade termine de hablar por teléfono. Al parecer, estaría recibiendo una llamada telefónica de algún Deep Throat que podría estar proporcionándoles alguna buena pista. Veremos.

 

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Jake Gittes

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Notas

[1] Richard W. Buttle. Good-Bye to All That. Paradigm Shifts in Modern Age, p. 163.

[2] Agradezco al Editor de Café Montaigne el haberme puesto al tanto de que, en español, podría usarse en ese sentido dicho sustantivo de acuerdo con la tercera acepción del término tal y como la recoge la R.A.E., aunque ya en desuso.

[3] Cuya adaptación en el espléndido montaje de Giorgio Strehler para el Teatro Piccolo di Milano el autor de estas desgarbadas líneas tuvo la fortuna de disfrutar hace unos años.

[4] Acerca de la diferencia entre (das) Weib y (die) Frau y la historia semántico-política y cultural que hay detrás, échese un vistazo a Damaris Nübling: Von der ‚Jungfrau‘ zur ‚Magd‘, vom ‚Mädchen‘ zur ‚Prostituierten‘: Die Pejorisierung der Frauenbezeichnungen als Zerrspiegel der Kultur und als Effekt männlicher Galanterie?, Jahrbuch für Germanistische Sprachgeschichte, 2011, y Friedrich Kluge, Alfred Götze: Etymologisches Wörterbuch der deutschen Sprache. 20. Aufl., hrsg. von Walther Mitzka, De Gruyter, Berlin/ New York 1967; Neudruck („21. unveränderte Auflage“) ebenda 1975, S. 844 (Weib)

[5] Sigmund Freud – Martha Bernays: Die Brautbriefe (Fünf Bände). Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag, 2011.

[6] Efectivamente, Jake Gittes se refiere al lamentable desenlace de la controversia provocada en 1974 por la crítica sostenida en la tesis doctoral de Luce Irigaray, Speculum. La fonction de la femme dans le discours philosophique, tesis dirigida por François Chatêlet, al discurso ‟falo-logo-céntrico” del psicoanálisis freudiano y lacaniano [Nota del Editor].

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