En época de rosas – El sueño de la Primavera [Tercera antología breve de poesía] – XX – Tomás Gago Blanco

En época de rosas – El sueño de la Primavera [Tercera antología breve de poesía] – XX – Tomás Gago Blanco

En época de rosas – El sueño de la Primavera [Tercera antología breve de poesía] – XX – Tomás Gago Blanco

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En época de rosas – El sueño de la Primavera [Tercera antología breve de poesía] – XX – Tomás Gago Blanco

De mar a mar

De oriente llegaban espejos incontables, húmedos ojos de camellos sin jinete, indiferentes a la monótona eternidad de nuestra pequeñez.

El ruido no existe desde la lejanía, ni los cuerpos en putrefacción, sólo la luz espejeando la mañana, insensible a lo que no sea su ser.

Y de occidente los ojos cerrados, la luz muerta mientras la puerta oriental vomita cristales y crisantemos.

Y yo en el cenit del misterio, por un azar del infinito que colocó mi cuerpo en cualquier lugar, donde sabía el tesorero de la noche que su siembra germinaría.

Es el punto mismo donde vida y muerte cruzan su filamento derramado para gestar la dualidad inseparable que engaña mis ojos y los vuelve torpes muñones que solo ven mi intimidad.

Sé que el vertiginoso paso de las horas, cadencioso para mí, terminará por romper las esclusas de occidente y los cristales: navajas de luz y de deseo, golpearán mi rostro, que indaga con la ignorancia de la espera y laxitud en la mirada, los rostros de los privilegiados por la estupidez compartida que buscan en el único sendero conocido y transitado, el cortejo real.

No olvido el ruido monótono y discorde: música; voz; lamento; insulto soez y caricia de esmeraldas diluidas. Ni tampoco el vómito de aquello ajeno que caprichosos arrojamos desde los acantilados. Vertidos oscuros y nocturnos que envenenan lo que devuelves con la sonrisa bronca de los sabios.

Donde la bruma condensa los colores, acercas y retiras arcos para cíclopes y diminutos pasos de espaldas a los que miran la contracción de tu cuerpo, tu respirar milenario, tumultuoso.

Escondes el lapislázuli pulverizado que brota de tu corteza como un tesoro añorado, como un misterio que hará inmortal a quien consiga retenerlo.

La tierra se hace liquen de deseos y cubre la corteza de la noche con luz derramada por astros exangües, presentes en la finitud de la congoja y lágrimas vertidas en el mar.

A veces, una sombra oculta la nobleza de la espera, el canto lejano de gargantas roncas por los muertos que debieron ser llorados, con ajorcas crueles y henna para perfilar el sexo y la palabra.

La sonrisa muerta que solo los ciegos palpan con sus dedos y el cuerpo dividido donde las manos perdieron la inocencia y las infantas ahogan el alba de sus ojos en los crepúsculos de la vida escondidas tras barrotes de seda y puñales de jazmín.

El juego es incontables días, la repetición perdura un instante para quien diseñó el espectáculo tardío, el sueño infinito del pez apresado por redes extendidas, por brillos de perlas en busca de profundidades y silencio.

Cuando occidente despierta cuchillos de zafiros, rasga el ópalo de fuego que desciende sobre la cresta calcinada, y el agua cesa un instante su movimiento para tintar topacios de Mar Negro y cintura delicada.

Incluso la pesada arena se deshace con los rayos que abren un camino de luz acuosa para devolver a la vida los rostros enterrados.

Bajo el cielo occidental están los pastos de los caballos del Sol, fresca ambrosía son los prados celestiales y divino resplandor.

En los confines de la tierra, al oeste del mundo, los héroes buscan un breve descanso, recelando confiarse a la noche, allí donde Atlas reina temeroso por los frutos dorados, hasta que el Lucero llame a los fuegos de la Aurora y ésta, al carro del día con los fatigados caballos del hijo de Hiperión.

Los que miran mi atardecer inmóvil y encorvado acercan un pétalo a mi rostro y una fugaz gota llena de luna mis labios cenicientos por la sangre derramada. No moveré mi cuerpo porque el firmamento escruta esta pequeña costa y los insectos serán contados uno a uno para evitar la huida y el colapso de la mañana.

Porque al alba, de oriente llegarán espejos incontables.

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Tomás Gago Blanco

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