La última corrida del «Niño Salvaor» – Un relato de Josefina Martos Peregrín
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La última corrida del Niño Salvaor [Relato]
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La última corrida del Niño Salvaor
El Niño Salvaor no era ya ningún niño cuando le bulló la sangre con el deseo de revolver la fiesta.
Rejoneador veterano y de renombre, bregó lo suyo con su apoderado, que se resistía a arriesgar: a qué puñetas meterse en tramoyas, habría muchos palillos que tocar, que si el empresario, que si el prestigio, que “Cuidao, Salvaor, no te juegues los laureles, mira que no estás en tu ser”.
Que si esto que si lo otro, pero al fin todo quedó apalabrado y resuelto: el siete de Septiembre, en la enjundiosa arena de Ronda, tras la temporada de goyescas, cerraría plaza la lidia a caballo más original, “la solera de lo añejo unida a la frescura de aires nuevos”, como habrían de pregonar los carteles.
Pero nadie, ni el apoderado siquiera, conocía el intríngulis de lo prometido. Cierto que en el mundillo taurino no faltaron pronósticos, diferentes especies que giraban siempre en torno a la mujer del Niño, que tomaría la alternativa para torear a pie, o no, más bien lidiaría a caballo; eso si no trajinaban ambos en una faena al alimón…
Sólo una cosa estaba clara, que al hablar de “su mujer” nadie pensaba en la legítima, la buena de doña Ernesta; no, la mentada era la otra, la nueva, la querida, aquella que acabaría provocando el divorcio, esa mulata suave que, según algunos, se trajo del Caribe y, según otros, de la N-340, rescatada de un rosado club de carretera. Total, una completa y perfecta desconocida, afanosamente escudriñada por todos desde que la revista “Toma!” publicó aquellas fotos robadas en la playa, donde, completa y perfecta, se daba a conocer sobre la arena, rendida y abierta a las oleadas toreras del Niño Salvaor.
Transcurría el verano y para fines de agosto al natural sonsonete de las chicharras se sumaron coruscantes rumores sobre la misteriosa corrida; pero poco adelanta la impaciencia, la tarde fijada llegó cuando tenía que llegar, sin esfuerzo aparente, una septembrina calurosa henchida de sol y de expectación.
El programa se iba cumpliendo en acuerdo con lo anunciado: lidia a pie de cuatro bravos toros, uno tras otro bien trasteados y muertos por dos diestros de fama. Y después, una tregua, la pausa necesaria para preparar la plaza y el cuerpo a lo que hubiera de venir, a esa sorpresa que cada cual creía adivinar.
Las lonas de una pequeña carpa alzada en mitad del ruedo ocultaban el ajetreo de monosabios, subalternos, tablajeros… Todos parecían trajinar en el complicado montaje de algún extraño tinglado.
Pasaron diez minutos largos; la curiosidad, la emoción, las ansias crecían en la misma medida que ese recinto secreto y el griterío estalló unánime al advertir que una figura cubierta con capote salía de la barrera y corría directa y rauda a ocultarse bajo el singular pabellón.
Y cuando por fin todo quedó al descubierto, nadie se detuvo a alabar el admirable chiringuito, nadie fijó la mirada en la primera basa circular, de aspecto pétreo, que sostenía un segundo pedestal más ligero y pequeño, lentamente giratorio. Estúpidos detalles que desaparecían ante aquel cuerpo erguido, apenas apoyado contra un grueso poste de madera: pasmado, boquiabierto, “el respetable” vaciló entre la ovación y el silencio, entre el arrobo y el escándalo.
Porque en el centro del coso, en el centro de los círculos concéntricos, aquella mulata de hechuras cabales se encumbraba desnuda y altiva, inmóvil y segura, sin señal de vergüenza ni miedo.
“La suerte de don Tancredo, señores, pero a la moderna, digamos en versión ‘Instinto básico”, sentenció el entendido crítico y popular locutor televisivo Elías Plata y, excitadísimo, tomando carrerilla, continuó: “Amigos, el sexo nos invade la fiesta más allá de la clásica taleguilla, es el acabose del toreo y de la finura de las reglas toreras, dónde la sobriedad, dónde el clasicismo… Aunque reconozcamos, señores, que la hembra es de trapío…”
Y en esto, clarines y revuelo del aire en el chiquero, que abrió su boca negra para dejar escapar a un enorme toro zaíno, que arrancó con toda la fuerza de un grito de espanto largamente contenido. Y el Niño Salvaor que se planta, regio, jinete sobre un bien aderezado caballo overo de crines trenzadas y cola revestida de alamares verdes.
Desatento, el toro corría a su capricho, encampanándose contra el burladero, y el Niño, galano, caracoleaba en torno a su mujer desnuda, brindándole la faena a ella, al cielo y al usía, que se sospechaba inútil en esta lidia libre, sin leyes ni tercios…
La orquesta atacó un pasodoble antiguo, tan antañón que sólo a los más viejos les picó la memoria, y a las primeras notas el bicho, sin cita alguna, como a una señal convenida, se abrió, arremetió contra el caballo y recibió su primer castigo. Revoloteando, quebrando varas de lucimiento y quebranto, prosiguió el caballero.
“Salvo el supremo porte carnal de su señora y un poco de desorden en las suertes, nada de notable”, remachaba el comentarista televisivo; pero no bien acabó de decirlo, el aire se tornó tenso: un hilo tenue y vibrante ensartaba los ánimos y atirantaba los nervios.
Era la música. El pasodoble se había ido transformando gradualmente en un ritmo africanado, salvaje, marcado por estallidos de tam-tam.
Y era la mujer: sensual, hermosa, ahora parecía danzar con contoneos lánguidos de serpiente ahíta, tan laxa que hacía dudar de la realidad de sus vaivenes. Fijos los ojos en el desnudo ondulante, nadie vio amuscarse al toro cuando la distinguió; sólo Salvaor, que acudió al quite como un relámpago en su traje de cuero crudo y brocado de añil y bronce; atajó al astado y lo lanceó con fuerza en el morrillo. Presto y prevenido cambió a rejón de muerte.
La hembra soberana acrecía su baile, desplegando ahora en las manos un lienzo carmesí que flameaba atrayendo la fiereza del morlaco. El Niño se interponía y salvaba graciosamente cada acometida, aunque se vio muy apurado en un par de ocasiones, con el bicho a punto de trepar al segundo redondel en asalto brusco, coreado siempre por los gritos de angustia del público.
Por los rasgos duros de Salvaor, desde su frente rayada hasta la barbilla partida, por las salientes cejas y los caballones de su nariz resbalaban gotas de sudor ácidas, cegadoras, y traicioneras, pues el mínimo instante en que se pasó la mano por los ojos bastó al toro para alcanzar el pedestal.
Visto y lanzado: como una flecha cayó el rejón sobre la cerviz negra, un bramido barruntó el fin del juego y las suertes, de las fintas y revoleos. El toro, derrumbado, con medio cuerpo a los pies de la mujer, apresado entre la basa y el asta, bufaba agonizante.
La muchedumbre en vilo participaba de la lenta agonía; la sangre salpicó las piernas y el vientre de la hembra desnuda. Tardó todo un minuto en morir, atronado por la cuchilla que, poco a poco, sañuda, le iba horadando el alma.
Como un héroe matadragones desmontó el rejoneador. Y el caballo suelto, histérico, emprendió una carrera loca hasta aconcharse en el burladero; subió el Niño al pedestal y abrazó a la mujer, que acababa de frotarse con la sangre caliente del caído; sus pechos pintados de grana se refugiaron, enhiestos y palpitantes, en la abierta chaquetilla añil; Salvaor la tomó del brazo, avanzó unos pasos e inclinándose sobre el toro alzó una mano, chascó los dedos y el chulo le acercó una pequeña hoz con la que cortó los testículos y la verga del que fue macho y bravo.
Buena parte del público aplaudía a rabiar, saltaba, vitoreaba con chillidos salvajes, desarticulada su habla y su conciencia. Otros muchos protestaban airados, ofendidos por la burla, por el desdoro de la tradición y las reglas, aquello no era la fiesta nacional, ni arte ni nada…Y unos pocos luchaban, angustiados, contra la multitud, buscando la salida, ansiosos por huir rápida y calladamente, desconcertados, inquietos, incluso llorosos, incapaces de aceptar lo que sentían: que aquello había sido lo más grande y auténtico que habían visto en su vida.
En verdad, a la larga, todos los presentes acabaron renegando de aquella maldita tarde septembrina; nadie supo asimilar que en tanta brutalidad cupiera tanta belleza.
Dio mucho que hablar la última corrida del Niño Salvaor: la execraron los pacifistas, los ecologistas, animalistas de todas las tendencias, varios organismos europeos culturales y económicos e incluso el mismísimo Consejo de Europa, políticos nacionales e internacionales de izquierda y derecha, la FIFA, las asociaciones feministas, ONGs y todo tipo de instituciones humanitarias, la Conferencia Episcopal, el Papa, los críticos taurinos, los antitaurinos, los aficionados taurómacos, los toreros, los empresarios, los andalucistas…
Escándalo y denostación.
Condena universal.
Y nunca volvió a repetirse.
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Josefina Martos Peregrín
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