Una mujer – Un relato de Sara Oportus

Una mujer – Un relato de Sara Oportus

Overview

Una mujer [Relato]

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Hugo Backmansson – Anna Hindström [1902]

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Una mujer

Una mujer que no camina por el seguro camino de la ciencia, pide ayuda a un señor de apellido Kant; éste la toma por la cintura y la voltea hacia otra dirección. Le dice, de paso, que tiene serios problemas psicológicos que le impiden conocer las posibilidades reales de su andar y que los límites estaban en su cabeza, más que en la realidad por la que ella avanzaba.

Primer giro de la mujer, llamado copernicano, que significó para ella el abandono de sus aspiraciones metafísicas, para concentrarse sólo en la experiencia posible. Todo lo anterior fue una verdadera revolución en el modo de conocer que tenía hasta entonces aquella doncella, y lo era no solo por su edad, sino que porque esto ocurrió durante el siglo XVIII.

Con mayor seguridad abandonó, entonces, sus ideales de juventud y comentaba con todos lo que había significado para ella el conocer a aquel pequeño, pero inteligente hombre de ciencia, filósofo, llamado Immanuel. El vio lo universal y necesario que tenían sus proposiciones. Se vio iluminada en ese siglo de muchas ampolletas, pero de un modo más autónomo que antes ya que contaba con condiciones de posibilidad de su experiencia que la hacían… sentir más espaciosa y temporalmente libre. Gracias a sus deducciones conceptuales puras, ella creía que era pura, con fascinación conocía fenómenos de todo tipo, pero no como lo hacían las demás ciencias.

Y comenzó a hablar y hablar de la cosa en sí, de la cosa para sí, de nóumenos y fenómenos, de lo que da a la consciencia, estaba revolucionada con tales descubrimientos y gritaba por las calles (todos la miraban como que si estuviese loca o medio enfermita, la pobre). Vociferaba con mucha fuerza que ella sólo conocía fenómenos y que su método era crítico y trascendental, que los noúmenos sólo podían pensarse, pero no conocerse, y que sin embargo, en aquello se sentía libre.

Uno de esos gritos despertó a otro hombre. Un sureño de esos territorios; era un idealista de esos que soñaban y que sabían de revolución, quien con una certeza sensible, la miró y supo inmediatamente que su problema estaba en la escisión. Conversó con ella, primero junto a dos amigos más, ellos hablaban de una religión invisible de la que ella formaba parte central. Pero Jorge Guillermo fue sincero: la trató de esquizoide, y le dijo que no era necesario andar separando las cosas en fenómenos y noúmenos, que la cosa en sí se podía desplegar por sí misma mediante el movimiento de su propio concepto a través de un sistema que contuviese todo el conocimiento de la realidad efectiva.

Jorge Guillermo había partido del Seminario donde la conoció, había estado en una ciudad llamada Jena entre muchas guerras, también en un liceo de Nüremberg y en Heidelberg, y en ese entonces ya tenía un buen trabajo en Berlín. La miró a los ojos, muy intensamente, y le preguntó por su realidad. Ella asombrada por esa mirada, le dijo que parecía ser que todo estaba en su mente, que tenía problemas psíquicos severos pero que intuía que él la podía ayudar.

Él le tendió una mano, ella no aceptó que la tomara de la cintura, estaba más grande, y cerró los ojos para pasar por ella las imágenes de su historia. Llevaba años, siglos, buscando un lugar seguro, y sentía que su historia no era en vano y que por algo estaba ante Jorge Guillermo. El filósofo, aun idealista, extasiado, como en un delirio báquico, que solo había sentido en su juventud, le dijo que ella estaba lista para plantear algunos lineamientos filosóficos, que no tuviera miedo que lo que pensaba era un desarrollo propio de su modo de ser, de su ethos, de su sustancia propia. Lo racional es lo real, le musitaba él en su oído y le sonreía a la mujer que con los años ya era toda una señora.

Los efectos que trajo para sí el conocer a ese dialéctico llamado Jorge Guillermo Federico fueron demasiado perturbadores para la ya loca mujer, quien ya ni gritaba y se conformaba con sólo pensar, pensar, pensar, pero de un modo autoconsciente, decía para sí. Afirmaba que ella conocía lo absoluto y que eso era lo único real. Que lo invisible existía, que la religión, el arte y ella misma podían mantener contacto con lo absoluto. ella era solo un vehículo, una realización de pensamiento mismo. Y claro, se valoraba mucho más que en su juventud, miraba con desdén a la lógica formal porque según decía conocer una lógica ontológica cuyo método dialéctico daba cuenta de la afirmación, de la negación y de la negación de la negación (que era una negación determinada), porque toda negación es una determinación.

Proposiciones de ese tipo comenzaban a tener sentido para los pobres alemanes que en ese entonces ya ni creían en el giro copernicano y pensaban que lo que ella narraba era sólo una muestra más de las profundas necesidades de un pueblo en crisis. No vamos a entrar en detalles de tales cuestiones ni menos respecto del fantasma que andaba rondando por esos años en Europa. Fantasma de largas barbas blancas.

¿Qué ocurrió luego con esta pobre y desgastada mujer que caminaba sin rumbo cierto, preocupada ya ni siquiera de su plusvalía? Simplemente había sido víctima de las circunstancias, dejándose conducir de modo externo y dominar, incluso, por estos hombres filósofos que lo único que hicieron fue aturdir y marearla con palabras sin sentido ni referencia alguna.

Siguió caminando sin perder la fe en el conocimiento de su ser, de la nada hacia la nada, del ser hacia el no ser: era puro devenir. Escuchó hablar sobre un círculo que quedaba en Viena, no era un círculo de tiza, era un círculo de hombres de ciencia que se reunían periódicamente a tratar temas de alto interés. Por lo que, sin pensarlo dos veces, partió tras estos otros hombres, porque éstos eran ya una verdadera pandilla que prometía para ella un lugar adecuado a sus años, un giro nuevo quizás para su miserable y crédula existencia.

Los miembros de aquel selecto grupo no dejaron de mirarla con desprecio, más aún conociendo su infortunada historia. Dentro del programa cientificista de estos hombres, porque eran hombres, ella era la única mujer, tenían, además de otros propósitos, acabar con la metafísica demarcando claramente la ciencia de la pseudo-ciencia, por ejemplo, mediante la verificación de una proposición; la verdad o la falsedad de un enunciado era decidible o a partir del significado de sus términos o bien mediante la comprobación empírica de lo que dicho enunciado postulaba.

Sin querer entrar en detalles tecnicistas es necesario detenerse en el aporte que esta mujer de polleras largas entregó voluntariamente a estos otros iluminados, pero del siglo XX. Primero ella fue rotunda en decidir su lugar: no estaba al lado de ellos, sino arriba o abajo; por lo tanto, ella no era una ciencia empírica más, que por favor la trataran como correspondía, que ella era de la vieja escuela y que podía servirles para clarificar lógicamente sus pensamientos y ésto sólo podía hacerlo mediante el lenguaje, único medio por el cual se expresan los pensamientos. Ella exigía un giro lingüístico, poner límites y clarificar las reglas de uso del lenguaje natural, lenguaje anterior a todo lenguaje artificial (porque hay que decir que dichos hombres estaban francamente obcecados con el nuevo lenguaje lógico-matemático).

Las opiniones con respecto a su propuesta no dejaron de tener disidencias, no vamos a reparar en lo que cada uno de los miembros y simpatizantes del positivismo lógico (así se hacían llamar) declaró.

De lo que sí haremos mención es que la mujer se hartó de sucesivas y acaloradas discusiones con los filósofos de la ciencia y con su dignidad acostumbrada, armó sus maletas y se separó para instalar su propio centro de operaciones, ya no en Viena ni menos en Berlín, como en sus tiempos más dialécticos.

Pese a que la mujer en su último tiempo pudo encontrar su quinta esencia, y con esto su, antes deteriorada mente, volvió a encausarse dentro de los márgenes objetivos de la realidad; ahora con un lenguaje propio y conceptual, no quedó exenta, una vez más, ni a los bombardeos y trincheras, ni a los panzers e himnos ensangrentados de una Germania controlada por un hombre de bigotitos negros. Por mucho que le gustase la bohemia y los bares de París tuvo que escapar del continente, por entonces, hasta Cambridge bajo el amparo de Wittgenstein, hombre que manejaba todo tipo de oficios. Estaba a salvo. Pero Wittgenstein, como todo ser humano, tenía límites, y lo reconocía públicamente, su amor por ella lo sumió en una soledad profunda. Estaba desilusionado. Decía que es mejor callar sobre lo que no puede hablar. Quedó el silencio y un quiebre rotundo entre ambos. Quedaba solo la terapia, para ambos.
No conforme con la actividad analítica-lingüística realizada por esta mujer Cambridge, sus ocultos afanes la condujeron hasta Oxford, no perdía la esperanza, aunque envejecía dramáticamente. Y se encontró con Austin mediante una serie de actos muy familiares a su historia. Él la valoro desde su habla. Desde sus actos de habla. Y se convirtió en ordinaria. Mujer al fin y al cabo. Era tan humana como los filósofos. Era su naturaleza.

Desde ese tiempo, la mujer quedó olvidaba y siguió muy lentamente los pasos del tiempo, llegando siempre tarde.

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Sara Oportus

Estudiante de Filosofía. Junio de 2005.

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