¿Quién es el monstruo? – Notas sobre «La vida hace historia», de José Olivero Palomeque – Rafael Guardiola Iranzo
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¿Quién es el monstruo? – Notas sobre La vida hace historia, de José Olivero Palomeque
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¿Quién es el monstruo? – Notas sobre La vida hace historia, de José Olivero Palomeque
He tenido el placer de compartir ilustres escenarios del ciberespacio –como son las revistas electrónicas Homonosapiens y Café Montaigne– con mi amigo José Olivero Palomeque y con su hija Silvia, protagonistas de esta singular jornada familiar en el Ateneo de Málaga.
Comparto también con Silvia Olivero Anarte, autora de Sendas entrópicas (Marbella, Algorfa, 2023) la pasión por la música y la magia de la codificación del ruido que otorga sentido a mi mortal existencia, junto con mi culto apasionado al conocimiento racional, el amor, el humor y la solidaridad. José Olivero, como el perfecto anfitrión, enarbola asimismo, en su nuevo libro (La vida hace historia. Dónde estamos, hacia dónde vamos, Marbella, Algorfa, 2023), la bandera de la compasión de raíces cristianas y traza en sus ensayos breves los perfiles de la situación de emergencia vital que nos ha tocado vivir.
Se atreve a interpelar al lector, sacudiendo conciencias si es preciso, en un peculiar oficio de tinieblas, con la convicción de que la “la vida hace historia” y del valor de la palabra. Mas la pretensión de “que se haga presente lo humano” no sólo transita en el libro de José Olivero los caminos de la teoría, sino que en sus páginas se reflejan los gestos de un auténtico activista del Humanismo Solidario en la era del transhumanismo, que tuvo el valor de nacer en Sevilla, en pleno verano, y que ha encontrado su lugar en el tejido cultural de Málaga, donde reside desde 1970, junto con su compañera de gozos y sombras, la pintora Pilar Anarte, autora de la imagen que aparece en la portada y de muchas de las felices ilustraciones de este libro.
José Olivero da en la diana al afirmar que tal vez sea el egocentrismo del Dr. Frankenstein la clave de lo monstruoso de nuestro tiempo y la actitud de renuncia frente a la utopía. ¿Quién es el monstruo, el ser creado, que nos infunde asco y miedo, o el ilustrado y ambicioso diseñador?, se pregunta José Olivero. La denuncia que hiciera Schopenhauer de la enfermedad cultural del individualismo ha sido amplificada con solvencia por pensadores franceses como Alain Fienkielkraut o Pascal Bruckner en sus alegatos en contra del pensamiento posmoderno contemporáneo, en el marco de la crisis de la democracia. Con la deriva hacia el individualismo y el relativismo absoluto se cae con facilidad en la “tentación de la inocencia”, en ese pernicioso estado social caracterizado por la irresponsabilidad perpetua de la ciudadanía. El individualismo se hace carne en el victimismo reinante, de tal modo que asistimos a la autoproclamación de los mártires de todo signo en una sociedad de víctimas y culpables. De otro lado, el individualismo engendra el infantilismo, cuyo símbolo es la ostentación de la figura del inmaduro perpetuo que goza de la despreocupación e ignorancia juveniles por el todo social. El inmaduro vocacional es presa fácil del consumismo y abusa del respeto a la diversidad cultural. La incertidumbre se ha apoderado de la luz de nuestro tiempo, un tiempo en el que la ilustración se hace cada vez más necesaria.
Por eso, pienso que la reivindicación sincera del Humanismo en todas las dimensiones de la vida que hace José Olivero en su libro es pertinente. Dice su autor: “Que la globalización no signifique aumentar las diferencias entre ricos y pobres. Que la justicia se aplique en igualdad de condiciones a todos los seres humanos independientemente de su situación socio-económica. Que la política de los gobiernos se ejerza como un servicio a la sociedad con una actitud responsable y transparente. Que se controlen con eficacia los mecanismos de gestión y desarrollo económico de los entes públicos. Que los esfuerzos de quienes controlan la economía se centren en el desarrollo de los pueblos posibilitando un trabajo digno a toda la población; de esta manera, tanto los recursos como la productividad, la investigación y la educación, harán realidad ese crecimiento económico y social que repercuta en la globalidad del país. Que se trabaje a conciencia por llevar la paz a todos los pueblos, haciendo posible una convivencia sin miedo y con respeto por todo lo que significa la vida de las personas y de la naturaleza”. Con estas palabras describe José Olivero un programa humanista con altas dosis de utopismo.
Para el filósofo de Coín, Javier Muguerza, el de utopía es un concepto intencional. Se trata de “ciertas intenciones relacionadas con la realización de la convivencia social”, y estos ideales irrealizables, aunque deseables, de transformación social tienen dos componentes: por una parte, la denuncia de los problemas con los que se enfrenta la sociedad contemporánea; por otra, la propuesta de una sociedad ideal. Los ensayos que incluye José Olivero en su libro, se hacen eco, fundamentalmente, de la inmadurez de la situación social del presente. Espero que en sus próximos libros perfile su propuesta con medidas concretas, para convencernos de que la sociedad por la que aboga es, de algún modo, asequible, al menos provisionalmente, sumergiéndose en el horizonte que para la Política reserva Aristóteles. La inacción no es una respuesta acertada en el contexto de la emergencia vital en la que vivimos. Pero, una vez superada la inacción y descrito el estado de cosas que conviene transformar, necesitamos delimitar el mapa de una acción racional capaz de alimentar la rebelión interior y la acción colectiva.
En el año 2015 el filósofo valenciano afincado en Granada, José Antonio de la Rubia [i] publicó un libro con título en inglés Evil Screens, denso y claro a un tiempo y modelado con grandes dosis de ironía, sobre la relación entre los valores sociales y los medios de comunicación que, a mi juicio, no ha perdido actualidad. El profesor José Antonio de la Rubia sospecha que todos aquellos que proclaman que padecemos en la actualidad una perniciosa crisis de valores están alimentando en realidad una forma de pensar falsa y más perniciosa que aquella. Más bien se podría afirmar que “hay valores por todas partes, empezando por las pantallas malignas” [ii], como es el caso de la televisión. Esta forma de pensar es el moralismo apocalíptico contemporáneo que se dedica a ponernos mal cuerpo con aburridas letanías sobre la crisis de valores y la disipación de las costumbres. Es este un moralismo “ritual” característico del imaginario conservador de “derechas”, al que se incorporó con pasión el discurso de “izquierdas” cimentado en los ideales de progreso y emancipación. Proclama que la crisis de valores es la causa universal de todos los males de la sociedad. Sólo quedan a salvo los terremotos y la pertinaz sequía de esa malvada bruja que se asoma a las pantallas, cercenando valores con su guadaña, en un proceso constante de degradación y destrucción. No obstante, la irrupción del coronavirus de la Covid-19 desplazó momentáneamente la condición de villano oficial urbi et orbe de la crisis de valores.
Según el moralismo apocalíptico, nuestras sociedades desarrolladas sufren por la acción malévola de asesinos, violadores, pederastas, machistas, obesos o fumadores o, para ser más exactos, por su degeneración moral. Todos somos culpables, en mayor o menor medida. En mi caso, soy culpable, entre otras cosas, por ser calvo y obeso y haberme dedicado a la enseñanza de un saber que viene corrompiendo a la juventud desde el siglo V a. C. Reconozco que debo recibir mi castigo y purgar mi culpa.
El pensamiento posmoderno triunfante nos ofrece una solución: la reparación del mal gracias a la tecnificación de la subjetividad de la que habla Foucault, es decir, bien a través de la ética o bien por medio de la espiritualidad, como si de un problema técnico se tratase. Y si no nos convence demasiado la vuelta a escena de Dios no nos queda más salida que “educar en valores” a través de las dóciles redes que teje el sistema educativo. Por consiguiente, los culpables deberemos sufrir un “reeducación” y gracias a ella alcanzaremos la salvación y combatiremos la maldad. Obviamente, a los educadores se nos señala constantemente con el dedo como los superhéroes que lograrán tan loable fin.
Curiosamente, la derecha política española ha resucitado aquí el tema de la objeción de conciencia –parte del discurso canónico de la izquierda-, y la izquierda abraza con pasión el valor salvífico del poder coercitivo de las leyes, olvidando su tradicional rebeldía. En términos prácticos, como recuerda un viejo chiste de Forges, “El problema reside en que –los de siempre-, enfrentan la libertad de enseñanza con la enseñanza de la libertad”, cuando son indisociables. ¿Se imaginan que alguien pidiera intervenir telemáticamente para orientar la acción del cirujano en una operación a corazón abierto alentado por la osadía connatural a la ignorancia y el desprecio de la sanidad pública? En cualquier caso, la solución de nuestros males sigue estando para nuestros políticos y gran parte de la opinión pública, en manos del educador. Mientras se sigan produciendo crímenes, violaciones, repeticiones de curso por parte de estudiantes de secundaria o no quepamos dentro del bañador del verano pasado, somos culpables y debemos expiar nuestra culpa.
Según José Antonio de la Rubia, antes de la era del moralismo apocalíptico que ha alumbrado la posmodernidad se aceptaba que había valores y había maldad, es decir, una conjunción constante entre maldad y valores. En nuestro tiempo se considera incontestable la conexión necesaria entre la maldad y la presunta crisis de valores: “hay maldad porque no hay valores” nos dicen hasta la náusea (o “si no hay valores, hay maldad” –hablando en términos lógicos-). Y la pérdida de valores tiene sus peores demonios, aparentemente, en las pantallas malignas de la televisión y los dispositivos electrónicos con los que accedemos al ciberespacio. ¡Con cuánta facilidad nos olvidamos del poder real del orden económico, como resultado de la acción de gente malvada, loca o estúpida, y del imperio de los “señores del aire” –como le gusta decir al filósofo vasco Javier Echeverría [iii]– que mueven con soltura y diligencia los hilos del gran teatro del mundo!
En un ensayo titulado Diderot como pretexto [iv], el profesor Enrique Tierno Galván afirma que“La inteligencia humanística y la tristeza son inseparables”. A diferencia de los intelectuales de Oriente, más confiados en la marcha de la historia –si es que es ello posible dado el carácter circular del tiempo- y más contentos de vivir, los de Occidente comparten el estigma de la tristeza. Me temo que éste es también el caso de José Olivero, hasta que no nos demuestre lo contrario.
En su libro Humanismo impenitente, el filósofo Fernando Savater [v], se atreve a promover un Humanismo optimista, fiel al sentido de la tierra, del que me siento más cercano. Defiende la ética del máximo interés en la humanidad de los humanos, en lugar de buscar una ética desinteresada; la humanidad no se siente cercana y unida por efecto del amor fraterno, sino por la comunicación eficaz y sincera; y la ética se perfila aquí a partir de los sujetos y su autonomía moral, “cuya forma moderna de asumir la solidaridad común es radicalizar la libertad responsable de saberse y quererse individuo”.
La compasión, la vieja “piedad” que se discute generosamente en el Eutifrón de Platón, no es ya la fidelidad al dolor, una piedad trágica por simpatía hacia los que sufren de inspiración cristiana –como sucede en el caso de Rousseau o Shopenhauer-, sino la fidelidad al placer y la alegría, al modo de Spinoza, Voltaire y Nietzsche. Como apunta Hannah Arendt. “Se distingue una filosofía de la humanidad de una filosofía del hombre en que aquélla insiste en el hecho de que no es el hombre hablándose a sí mismo en un diálogo solitario, sino los hombres hablando y comunicándose unos con otros quien habita la tierra” [vi]. Con el dolor nos entregamos a los otros; con el placer, subrayamos nuestra autonomía y convertimos la amistad en la clave de la organización política, evitando el riesgo de las conductas de apego. Pues, como afirma con lucidez Hannah Arendt: “Parece evidente que compartir la alegría es absolutamente superior (…) a compartir el sufrimiento. Pues es la alegría la que es locuaz, no el sufrimiento, y el verdadero diálogo humano difiere de la simple discusión en que está enteramente penetrado el placer que procuran el otro y lo que dice; la alegría, por decirlo así, marca el tono. Lo que hace esta alegría imposible es la envidia, que en el mundo del sentimiento de humanidad es el peor de los vicios” [vii]. Así que ya saben, compren los libros de José y Silvia Olivero, dos títulos imprescindibles y un buen antídoto frente a la envidia. Salud, alegría, música, filosofía y un poco de picardía [viii].
En Málaga, a 12 de abril de 2023.
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Rafael Guardiola Iranzo
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Nota
José Olivero Palomeque. La vida hace historia. Editorial Algorfa, Marbella [Málaga], 2022. ISBN: 978-8412634440.
Notas al texto
[i] José Antonio de la Rubia Guijarro, Evil Screens. Valores sociales y medios de comunicación, Mosto Ediciones, Granada, 2015.
[ii] op. cit. p 21.
[iii] Véase, por ejemplo, a este respecto: Javier Echeverría, Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno, Barcelona, Destino, 1999.
[iv] Tierno Galván, Enrique, Diderot como pretexto, Madrid, Cuadernos Taurus nº70, 1965.
[v] En el capítulo titulado “Nota sobre la noción de Humanismo” (en Savater, Fernando, Humanismo impenitente, Barcelona, Anagrama, pp. 99-191), Fernando Savater propone los siguientes rasgos característicos del Humanismo:
- Predominio de la disposición activa sobre la contemplativa;
- Importancia concedida a la educación;
- Interés en los intereses humanos y disposición a participar en lo común;
- Énfasis en los valores de la pluralidad y la búsqueda, frente a los de la unanimidad y la certeza;
- La realidad última del hombre está hecha de sus placeres y sus dolores.
[vi] Arendt, Hannah, Vidas políticas. Karl Jaspers, cit. en Savater, Fernando, Humanismo impenitente, Barcelona, Anagrama, p. 23.
[vii] Arendt, Hannah, Vidas políticas: De la Humanidad en tiempos sombríos, cit. en Savater, Fernando, Humanismo impenitente, Barcelona, Anagrama, p. 31.
[viii] Conviene recordar aquí, por si acaso, las palabras del “testamento” del Divino Marques de Sade: “…La fosa, una vez recubierta será sembrada de bellotas, para que en lo venidero se confundan sepulcro y bosque. De este modo, los rastros de mi tumba desaparecerán de la superficie de la tierra, como espero que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres; excepto, pese a todo, del pequeño número de los que han querido amarme hasta el último momento y de quiénes llevaré un dulce recuerdo a la tumba”.
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