Epifanía acuática – Sara Oportus

Epifanía acuática – Sara Oportus

Overview

Epifanía acuática

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Epifanía acuática

Me sumerjo nuevamente luego de haber alzado mi cabeza sobre el agua. Un agua un tanto espesa, un agua que me ha detenido, que ha sabido detenerme y que no ha vacilado en intentar calarme hondamente. Me sumerjo nuevamente, y mi cuerpo no es el mismo, Nunca ha sido el mismo, no he querido que sea el mismo, no he renunciado a que cambie, a que se desprenda de él, de su armadura, de su ropaje, de su aparente corporalidad. Es que puedo asegurarlo: no soy la misma de hace algunos años, no soy la misma, ya no soy la misma, y esto, el tener esta sola certeza me abre un sinfín de preguntas que no son tan profundas, pues no alcanzo a dimensionar los cambios que se dejan entrever en cuanto alzo mi cabeza para nuevamente respirar y narrar, narrarme algo a mí misma.

Escribo desde ese axioma. Escribo para aclararme como quien le echa un poco de agua a la arena y ésta pueda diluirse y expandirse. Escribo porque mi cuerpo no puede sobrellevar el todo que siento, escribo también para interpretarme a la luz que puedo vislumbrar en cuanto me sumerjo en el agua que superficialmente me hace retroceder hasta el fondo de la tierra, hasta el fondo de mi cuerpo, hasta el fondo de lo que soy. Realmente no sé cuál es el fondo, no sé qué tan hondo sea, pero siento que estoy dando un giro, estoy girando nuevamente sola, sin saber ni tener noción de lo que acontece en mi interior, sin noción de qué es lo que ocurre ahí donde ya no soy consciente de mis actos, ahí donde el agua ya no fluye producto de la espesura y densidad de mi existir. No temo a escribir porque sé que lo único que lograré será sumergirme un tanto más, pero que jamás seré capaz de llegar al origen, o a los orígenes de lo que soy, a la creación que hay en mí misma, al amor que perpetuamente me impulsa a alimentarme de esto, de estas letras que parecen tan… tan cándidas, y pre configuradas, tan poco sorpresivas, pero a la vez tan urgentes y envolventes que me  instan a seguir nadando, respirando, pataleando en el agua, intentando alcanzar el fondo.

Un fondo al cual, a veces, temo, pero un fondo que al saber que existe me hace sentir  irrenunciablemente atraída a él, una profundidad que desconozco pero que quiero alcanzar aunque sea para intentarlo, para acercarme o llegar a imaginar qué es este cuerpo constituido por órganos, por estelas cósmicas, por resabios de culpa, de engaño, de tristeza y alegría y todo eso junto  a una mente inquieta que me urge, que me molesta, que a veces, me ha hecho conocer el  peligro, delinearlo con mis actos, dibujarlo y conocerlo, sentirlo y continuarlo en mi piel, en mi respiración de mujer que nunca está conforme, que no se aquieta y busca y vuelve a un  punto relativo para volver a comenzar, nunca de cero, nunca se comienza de cero en la vida. 

Sin embargo, siempre hay un sin embargo, un pero, algo que me hace nuevamente no mantenerme en un lugar confortable, nuevamente mi espíritu y mi carne confabulados arremeten en contra de mí misma, y me hacen retroceder, y no determinarme, no poder decir aquí me quedo, aquí hay calor de hogar, aquí puedo descansar. Es que no quiero descansar cuando las ideas aparecen, ideas que no son abstractas, sino muy concretas  y vivientes.

La profundidad de la que hablo es una que nace desde mí pero que no acaba en mí, es una  que carga con años ya ni siquiera de mi vida, sino que de mi historia, de mi historia  como mujer. Que se  conecta con el hecho de ser mujer, mujer, mujer. Y no un hombre, hombre, hombre. Quiero conocerme, eso es lo único que puedo saber, sé ese deseo. Y quiero. ser en lo hago, para conocerme y vivir,  y así, experimentar la profundidad de las aguas que recorren mi cuerpo, de esas que me impulsan  y de las cuales no tengo el control, de las cuales ni yo misma sé su porvenir.

Solo me lanzo  sin saber qué deviene, qué ocurre al seguir pataleando, Y me doy cuenta, que hay sentido en esto, que aprendí a flotar, ¡he aprendido a flotar!, al menos, he podido observar mi vientre henchido en el agua, y ver que el aire se posa en esa zona y que me permite mantenerme a salvo, y que realmente no importa cuáles ni cuántos sean los vaivenes de la tempestad, que he podido seguir respirando con vida a pesar de que las olas han azotado mi cuerpo uterino. Que las olas del océano que soy,  se han encargado de ponerme límites pero yo, sigo, porfiada mirando la luz de mi sol, la luz de ese sol que observo sin poder mirar porque me quemo, porque no puedo mirarlo a los ojos, a  sus ojos, a los infinitos ojos que tiene este sol que aparece cada vez que alzo mi cabeza, mi  desordenada y pertinaz cabeza. No puedo dejar de querer asomarla por entre las aguas,  entonces debo saber respirar, entonces debo deleitarme, siento, no debo, porque me  extasían los límites que yo misma me he puesto, me regocijo para poder violentarlos, para  poder violentar todo ese edificio reglamentario que me puse, por temor, por miedo a lo que  me pudiera ocurrir.

He hablado abstraída sin querer posarme en algún pasaje de mi vida, porque no quiero ni  persigo lástima. Lo menos que quiero y que he querido ha sido victimizarme, lo que tengo  me lo debo a mí misma, es cierto, siempre hay una familia que está ahí apoyándote,  luchando por tus sueños pero quienes verdaderamente me han apoyado no son ellos, al menos no directamente. Quienes me han apoyado más íntimamente son gentes que ni siquiera me conocen, personajes ficticios que he leido, que luego he construido,  porque con ellos me he podido construir, con ellos he podido crearme y recrearme. Cuando he estado mal, sin ni siquiera yo darme cuenta, mis cercanos tampoco se dieron cuenta y cómo culparlos. No.  Nada de eso. Lo que ocurrió así ocurrió y nada puedo hacer ni tampoco nada puedo cambiar. Es algo enfermizo poner pensamientos hipotéticos cuando los hechos ya fueron  así, ya ocurrieron de ese modo. La vida es de una misma, nadie vive por una, siempre para  mí ha sido claro eso. Nadie puede meterse en tu alma, en tu cuerpo y experimentar  angustia, angustia por no poder llorar, por no poder soltar todo en un instante y escapar.  Porque escapar es de valientes, porque rehuir es ponerse a salvo, como ahora que luego de  un tiempo, asomo mi cabeza para observarme, para tomar aire y continuar. Y quiero  continuar, eso es una decisión, quiero continuar gracias y a pesar de todo.

Lo quiero, no podría desperdiciar un poco de vida, un poco de libertad. Pienso y siento, las  dos cosas al mismo tiempo, que mis brazos están suficientemente entrenados como para  seguir nadando y pataleando sola, que es necesario que aprenda a estarlo, que mi angustia  es más conocida y que ya no le temo a su profundidad pues he comprendido que jamás  podré determinar su naturaleza y que es una mezcla de muchos ingredientes que me hacen  seguir soplando, exhalando dentro del nado, y que tengo que aprender a sumergirme con confianza en mi nado, que hay que seguir avanzando aunque sea para reconocer que en la vida no se  avanza ni se retrocede, sino que más bien se hace, se nada, se mueve pero sin dirección  cierta, que los movimientos son envolventes, que los movimientos y su diseño son curvos,  convexos, y cóncavos, y que el tiempo es una línea recta, no es una linea recta la que vamos trazando en nuestra  vida, sino que más bien es un espacio donde conviven todo tipo de figuras, de preferencia curvas o sinuosas como las de un árbol, y, que la superficie de ese habitar  no es plano, que el piso no se pisa con los pies con zapatos, sino que hay que aprender a caminar descalzos, sobre terrones de tierra, sobre espinas o en el grácil contacto de los pies sobre una seda.

Santiago de Chile, 8 de septiembre, 2017

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Sara Oportus

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