Epifanía acuática – II – Sara Oportus

Epifanía acuática – II – Sara Oportus

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Epifanía acuática – II

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Epifanía acuática – II [Junio de 2023 – Fotografía tomada en Palermo – Ciudad Autónoma de Buenos Aires – Argentina]

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Epifanía acuática – II

Escribo desde este ser, desde esto que soy ahora. Escribo y me muevo con mis manos haciendo brotar mi vientre, lo descubro con mi escritura, soplo su espesura en esta niebla de la que estoy hecha. Escribo y me sumerjo para aparecer en estas aguas sin saber muy bien qué soy. Sin saber bien de mí y de mi fondo. Miro soterradamente. Me detengo y me percibo. Quizás sea también mi fondo, eso que solo alcanzo a imaginar.  Me sumerjo y escribo con los pies, intento desplegar mis brazos en un nado más abajo y  no sé qué hay en el fondo ¿Quizá sea yo misma? ser superficie y también goce de esa profundidad que me sigue y me encandila, me llama y me repele  y que esto no se trate nada más que de contenerme desde la tierra, desde esa espesura, desde esa dulce falla que voy cavando con mis brazos y mis dientes en cuanto voy nadando desde esta orilla a la otra, desde esta agua a la de más allá. Y  desde esta hasta aquélla,  pero más suspendida de lo que veo en mi vientre más adentro.

Y sigo. Sigo en mi escritura, me conmueve esta pacífica exaltación. Quiero y decidido hundirme.  Nuevamente mi cabeza, primero y  luego mis extremidades más allá de esa orilla en la que he vivido toda mi vida, quiero aprender a hundirme sola, quiero explorar ya no solo el contorno, lo que conozco en el pliegue de mi piel. Y de pronto, mi figura desaparece toda, entera.  Y no deja de ser un tránsito constante hacia eso que llamamos Vida.

No lo puedo creer, pero no puedo negarlo. Es que no encuentro otra explicación,  es que no me cabe otra respuesta que saberme viva. Estoy viva, Vida. No, no. Soy vida.

Yo no soy un pez, yo soy mujer ¿Si? Pero, ¿qué es todo eso junto a todo lo que muevo?

Yo no soy una gacela, pero me gustaría moverme como un pez y como una gacela.  Ellos son parte de mi ser, y si  no lo fueran, me gusta presentarlos como figuras, como símbolos de lo que quiero para mí. 

Quiero aprender a caminar desde lo grácil y etéreo, como sí lo han sido mis pensamientos  en estos años. Quizás en el hacer lo mismo, en intentar escribirme, hacerme, aparecer en mis manos  he sido un poco etérea, pero más bien me percibo dura, obstinada, ruda. Me he comportado fuerte, no porque no sea sutil.

Mis ojos los vuelvo, ahora,  mis ojos hacia mí misma, y aquí está la niña dulce y hermosa que fui un día ¿Por qué no reconocerme bella? ¿Por qué no saberme y acariciar mi ser más allá de esto que hoy no sé qué soy?

Mis pensamientos son dulces, han sido  dulces, pero no hacia mí misma. Mi pensamiento, mi pensamiento, delante va mi pensamiento como un farol que me guía hacia la no esperanza. Nací y supe que perdía. Nací y me sentí en pérdida. Me he permitido salir fuera de mí, y  observarme siempre desde la orilla, desde esta orilla más acá, pero que está justo puesta al borde, bordeando una nada, nada nunca nadie me vio.

Al borde de ese abismal océano de piel. Al que temo, y que a veces pienso que soy yo misma. Mis pensamientos son frágiles y se rompen, pero van pegados y pegados a mi sangre y estallan en mi cabeza mientras reanudo el nado.  Mis pensamientos me alarman pero debo dejarlos transitar así como el agua me inunda  desde el pelo hasta mis pies, desde mi ombligo y hasta mi lengua, desde mis orejas hasta  mis ojos.

Es cierto, han pasado años. Es cierto, no he dejado de buscar. He tenido bastante  experiencia conviviendo con seres humanos y hoy decido estar sola. Hoy decido por mí. 

Hoy, me atrevo a decir que mi nado irrumpe en las olas, que las sorprende, que las enardece  y que esas olas tampoco serían las mismas sin mi presencia, sin mi vida. Que es cierto que  han pasado los años, pero que no es cierto que todo está dicho porque nada he podido decir  realmente.

Que puedo aprender a caminar, al menos.  Si estoy flotando ya, puedo ir y erguirme  hasta la orilla de mi mano y observar el vacío, observar mis vacíos. Esos vacíos que me constituyen y de los cuales solo veo canales y fisuras. Solo veo unas islas. Quiero aprender a caminar, a desplazar mi vientre más allá de esta tierra, y ser libremente por mi mundo. Este que tengo gracias a todo cuando he vivido y que observo con la meticulosidad de un relojero, ese que se escurre como el agua que siento en mi y que escucho en mis venas, en la yema de mis dedos. De cada dedo.  Esa agua que, sin embargo está y que me contiene  y que no quiere expulsarme. Esa agua que absorbe mis miedos más ardientes, mis lágrimas más internas y convulsas. Esta agua que compañera de viaje convive con mi ser interno hace tiempo y  de la cual he podido aprender a sostenerme.

Y hoy no persigo seguir flotando, no quiero oponer resistencias. Quiero simplemente ser en el agua, con el agua, gracias a ella.  Precipitarme a mí misma. En esa honda cavidad sin fin que oculta mi cuerpo y que nadie es capaz de ver. Ni yo misma. Quiero caer en mi misma y abrazarme hasta que se fracture este tejido urdido por mí y que me asfixia.

Desprenderme de mi ropaje y armadura y dejar  que el agua me dirija en un flujo libre. Sin resistencias internas, ni opresiones ni reclamos ni “peros”  ni “sin embargos”. Solo nadar y nadar y ser una con mi mano.

[De viaje de Santiago a Angol, Chile. Sábado 16 de septiembre de 2017, mañana]

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Sara Oportus

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