Cuestión de narrativas – Respuesta a Adela Cortina – Luis Martínez de Velasco

Cuestión de narrativas – Respuesta a Adela Cortina – Luis Martínez de Velasco

Cuestión de narrativas – Respuesta a Adela Cortina

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Cuestión de narrativas

Respuesta a Adela Cortina

Decía Hegel que no era lo mismo una chispa cayendo en un desierto que cayendo en un polvorín. Con el lenguaje sucede algo muy parecido, sobre todo si se aplica al ámbito de la polítiva (o, para ser más exactos, de esta política). El tipo de expresiones empleadas o el énfasis puesto en ellas forman también parte del mensaje y en este terreno las confusiones suelen ser nefastas. El artículo de Adela Cortina publicado en El País del 7 de diciembre en la sección de Opinión titulado “¿Mayoría progresista?” (bien contestado por Roberto Rodríguez Aramayo en La Tribuna por medio de su artículo “En diálogo con Adela Cortina” publicado en la misma fecha) resulta ser, seguramente pese a sus intenciones, muy ambiguo al mezclar dos relatos incompatibles. Por un lado, un relato filosófico de clara raigambre habermasiana donde vienen a distinguirse muy acertadamente dos tipos de democracia, la democracia deliberativa (de corte ilustrado) y la democracia agregativa (de corte liberal) y, por otro, un relato llamémosle empírico de muy claras raíces derechistas que contiene elementos como “la indisoluble unidad de España”, “traición a la patria”, “negación de la igualdad entre los españoles”, “entrega de España a los separatistas”, “mentiras compulsivas”, “connivencia con los asesinos”, etc. El problema reside en que ambos relatos se excluyen mutuamente y si pueden aparecer juntos es sólo por su común denominador de ser “anti-Sánchez”. Un nexo demasiado pobre y, sobre todo, demasiado peligroso, pues el relato empírico, que tiene como único fundamento un arrebato sentimental inmediato con importantes ingredientes de resentimiento, amenaza con fagocitar el relato filosófico aunque sólo sea por su enorme facilidad y gratificación a la hora de estabilizarse en el ideario colectivo de los españoles, bien que a costa de generar resultados sencillamente grotescos, como es el presentar a España vejada y acorralada por Pedro Sánchez (“Perro Sánchez”, según los más exaltados) que, no obstante, no se rinde (sic) y pasa a la contraofensiva. Demasiado tendencioso, demasiado pobre y demasiado inverosímil. Contemplemos todo este asunto más de cerca.

Resulta interesante la contraposición establecida por Cortina entre la democracia deliberativa y la democracia que ella denomina “agregativa” (contraposición que se desarrolla sobre el telón de fondo de la célebre polémica entre Jürgen Habermas y John Rawls). El primer tipo de democracia exige la reflexión y el diálogo entre los ciudadanos con el objetivo de que su voluntad y sus intereses puedan llegar a ser modificados argumentativamente. El segundo tipo, en cambio, consiste principalmente –y así lo consigna su defensor, Rawls- en el mero resultado cuantitativo de la suma de las voluntades individuales (mediante un proceso democrático impecablemente limpio, eso sí) al margen de los contenidos decididos. En este sentido, Adela Cortina atribuye a Pedro Sánchez la utilización de una concepción agregativa de democracia (lo cual es absolutamente cierto) como si la opción alternativa, la coalición PP-Vox, no jugara exactamente con los mismos elementos y con idénticas aspiraciones. Lo que sucede es que, haciendo de la necesidad virtud, la coalición de derechas se viste ahora con los ropajes de la pulcritud democrática y la dignidad ofendida.

Caben pocas dudas de que Pedro Sánchez está manteniendo en todo este asunto (sobre todo con su indigesta coalición con Junts, como bien ha señalado Aramayo) actitudes y planteamientos oscuros, ambiguos y arriesgados. No se puede evitar cierta sensación de encontrarnos ante un chantaje en las pretensiones de Puigdemont y compañía de cara a mantener una coalición (cuya duración es un misterio) con el PSOE. Todo ello, además, agravado por el hecho de haber aceptado las dos condiciones impuestas por una Junts envalentonada (celebración de reuniones en Bruselas y bajo la vigilancia de observadores extranjeros) obliga al PSOE a pasar de puntillas por la cuestión de la legitimidad de su coalición con los independentistas catalanes activando un mecanismo parecido a un “trágala” de cara a sus militantes y, lo que es más grave, al conjunto de los ciudadanos españoles.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si consiguiéramos mirar más allá de los procedimientos seguidos en esta cuestión (que han de afrontar el justo reproche de que un gobierno democrático debe serlo no sólo de origen, sino también de fundamento, lo que le impide actuar como desea simplemente o tomas cualquier tipo de decisión al margen de su legitimidad interna) y contemplar los contenidos económicos y sociales (que el PP, jaleado por Vox, estaría dispuesto a derogar a la menor ocasión) generados o posibilitados por el gobierno de coalición progresista? Asuntos como la reforma laboral o la ley de dependencia, entre otros, representan un punto de apoyo fundamental para esta coalición progresista, lo cual puede llegar a conformar una perspectiva favorable a la “otra” coalición con los independentistas catalanes.

Por otro lado, el excesivo protagonismo del plano metodológico frente a al plano, digamos, semántico o de contenido puede responder –y así parece suceder en el problema que estamos analizando aquí- a una cierta mala intención por parte de un partido derechista que no sólo votó en su día mayoritariamente contra la Constitución o mantuvo una importante ambigüedad en este sentido, sino que ha recurrido y recurre, siempre que le resulta conveniente, a un concepto “superior” de España por encima de cualesquiera “tiquismiquis” metodológicos (como en el caso, por ejemplo, del alzamiento fascista de 1936, que el PP, hasta el día de hoy, se ha cuidado muy mucho de condenar). Que ahora coincidan uno y otro plano –el metodológico, nucleado en torno a la Constitución y el visceral, vertebrado alrededor de un planteamiento sentimental y patrimonialista de la nación española- no deja de ser una feliz coincidencia, una oportunidad a la que los elementos de la derecha se aferran febrilmente.

Esta mezcla de discursos, esta ambigüedad entre los planos ideal y empírico, lastran el planteamiento principal de Adela Cortina y parecen reducir el contenido de su artículo a la mera exposición –una más- de una impaciencia mal controlada que resulta perfectamente utilizable por una derecha que no deja de aprovechar, en una dinámica de “río revuelto”, aportaciones de intelectuales como Antonio Elorza, Félix Ovejero, Gabriel Albiac o el pionero de esta creciente deriva derechista, Gustavo Bueno, como si, cambiando los signos, representaran discursos intercambiables con la derecha pura (Federico Jiménez Losantos, Santiago Abascal, etc.). El común denominador de una y otra tendencia no es otro que la utilización, cada vez más profusa por unos y otros, de la “marca” España con todas aquellas connotaciones excluyentes e irracionales que cortan las alas a una reflexión racional capaz de superar la rígida estructura de lo que no es más que un mito agavillado en torno a una ambigua y sospechosa noción de “la indisoluble y sagrada unidad de la patria”.

Una chispa en un polvorín suele provocar, en efecto, un incendio capaz de arrasarlo todo. Adela Cortina, filósofa honesta y lúcida donde las haya, no debería colaborar en una empresa tan turbia como la de emborronar intencionadamente la barrera que separa dos narrativas tan distintas –en el fondo, tan radicalmente incompatibles- como son una crítica ilustrada, absolutamente necesaria y legítima, a las deficiencias democráticas de cualesquiera planteamientos empíricos y la crítica visceral y furibunda dirigida al adversario y capaz de ostentar falsamente los oropeles de una democracia en la que, en el fondo, no acaban de creer.

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Luis Martínez de Velasco

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