Abejas y tábanos – Rafael Guardiola Iranzo

Abejas y tábanos – Rafael Guardiola Iranzo

Abejas y tábanos

 

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El emperador Marco Aurelio tuvo el buen gusto de nacer el mismo día que yo, y de aparecer fugazmente al principio de la película “Gladiador” dirigida por Ridley Scott. Fue también un destacado filósofo estoico, como el cordobés Séneca, y se atrevió a decir cosas tales como: “no debes apartarte de tus principios cuando duermes, ni al despertar, ni cuando comes, bebes o conversas con otros hombres”. En fin, que debemos estar siempre atentos para no desviarnos de nuestras convicciones, hasta el punto de sacrificar, con la misma firmeza, el placer si fuera necesario, y tratar de representarnos anticipadamente los problemas de la vida como la pobreza, el sufrimiento y la muerte, mirándolos de frente y recordando que no son propiamente males, puesto que no dependen de nosotros. Las claves para este aprendizaje tan disciplinado y exigente son la meditación y la memorización, dos recursos muchas veces despreciados en las actividades docentes. Les confieso, no obstante, que a mí me siguen resultando más simpáticos los frugales seguidores del Jardín de Epicuro, empeñados en gozar de la contemplación de la naturaleza, de la concentración en  los placeres presentes y pasados y, sobre todo, de la amistad.

La intensidad del latigazo eléctrico que me provocó una osada abeja malagueña fue superior al que recibí certeramente de un tábano resentido, en la localidad madrileña de San Martín de Valdeiglesias, en los albores de la adolescencia. De vuelta a casa, derrotado por una pertinaz burocratitis en aquella lejana mañana de julio de 1996, mes de mi debut “a la fuerza” como Secretario del IES Jacaranda de Churriana-Málaga, me descalcé rápidamente en el dormitorio e introduje el pie derecho en la que, hasta aquel día, había sido una confortable zapatilla, con ánimo de repetir acto seguido la operación con el pie izquierdo. Pero fue el dolor el que se apoderó ipso facto de mi res extensa, por obra y gracia del certero aguijonazo de un soberbio ejemplar de himenóptero suicida, y practiqué, como un acto reflejo, un involuntario salto del tigre sobre la cama, escocido y mancillado, y lancé al aire una serie encadenada de quejidos y exabruptos (ya saben que los miembros del género masculino somos poco resistentes al dolor y tenemos tendencia a exagerar). Una vez restablecido –y eso que mi mujer no accedió a practicarme el boca a boca-, hice salir de la zapatilla, con gesto decidido, al responsable, ya cadáver, de mi quemazón, y me apiadé franciscanamente de la infortunada abeja. No en vano, de la polinización de las abejas depende un tercio de los alimentos que consumimos y casi el 90% de las plantas silvestres que pueblan la Tierra y, en cualquier caso, este sentimiento de extraña compasión hacia los insectos, aunque nos incordien o piquen, me viene de lejos. Seguramente de aquel feliz momento en el que mi profesor de Ciencias Naturales y ciberamigo, D. José Cañeque, me invitara a explorar en el laboratorio la anatomía de los grillos bajo la lupa binocular, e iniciara en los secretos de la entomología, en unas clases presididas por el rigor, la ironía, el humor inteligente y la pasión por las múltiples manifestaciones de la materia viva.

Antes de que mi deteriorado cerebro me juegue una mala pasada y tenga la tentación de tejer telas de araña conceptuales de altos vuelos, acompañando a las admirables habitantes de las colmenas, les hablo de la puntería de aquel tábano madrileño que estuvo a punto de arruinar la magia de un día de verano. Tal vez el tábano mentado era un enviado del filósofo Sócrates, en honor a su conocido apodo (“el tábano de Atenas”, que pretendía espolear a la ciudad con su aguijón), para darme pistas sobre mi futuro profesional. Lo cierto es que la picadura del insecto en la zona lumbar, en el momento en el que me afanaba en transportar un gran capazo negro cargado de uvas, no pudo borrar la sonrisa de mi rostro adolescente. Las uvas eran un regalo destilado en el tiempo, el dulce fruto de un reencuentro, y yo me sentía importante, tocado por la Historia. Horas antes, mi padre había vuelto a abrazar a Juan Rey Díaz, un amigo de su adolescencia robada, de aquellos años en los que una guerra fratricida hizo que compartieran jornadas en las que recogían bellotas en pleno frente de El Pardo, desafiando inconscientemente el peligro de morir en medio del fuego cruzado. Al fin y al cabo, aunque de uniforme, no dejaban de tener la edad que tenían, y derrochaban la vitalidad propia del que se siente inmortal.

 

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Rafael Guardiola Iranzo

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