Desolación en el tocador – Alberto Ruiz de Samaniego

Desolación en el tocador – Alberto Ruiz de Samaniego

Desolación en el tocador

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Trataré de dilucidar cuál es la raíz del asombro, y quizás también de la burla, que ha provocado esta fotografía con pretensiones egregias que se ha hecho/le han hecho a Pablo Casado. Lo que más llama la atención es el tono enfático con que el documento se presenta. Hay en él una clara voluntad de “creación de significado” que resulta tan ampulosa como irrisoria. El gesto de contemplarse ante el espejo se nos ofrece como algo que es, al tiempo, espectáculo e impostura. Todo resulta afectado; todo nos avisa, evidentemente, que hay, por decir así, un trabajo excesivo del estilo. Ese ceño entre apenado y torvo, esos puños prietos, casi truncados sobre el lavabo – que nos recuerdan a los del enano de Velázquez, conocido como Sebastián de Morra, llamado ahora “el primo”- no quieren trasmitir otra cosa que un pesar, un sufrimiento indecible, casi expiatorio.

He aquí una imagen del dolor absoluto, el dolor infinito, el dolor inútil, esto es: hecho estilo. Vemos al político en un aislamiento despiadado, tanto más cuanto que ese baño tan pulcro en el que ha sido captado no manifiesta para nada la apariencia de un auténtico hogar. Ese baño inmaculado, como de hotel de última tendencia, de aeropuerto recién limpiado o de megaempresa internacional, no deja de transmitir el significado, más obvio que recóndito, de lo que ha de definirse como: eficacia, seguridad, trabajo, esfuerzo, tecnicidad. Esa atmósfera gélida y pulcra en blanco y negro con tonalidades cromáticas como de los sesenta, brillante, impersonal y nítida como la camisa blanca y la corbata negra – camisa y estilo de aires kennedianos que quieren apuntar a una mitología política, la de un líder pop de la modernidad, figura a la que también su adversario y némesis, Sánchez, ha convocado en infaustas fabricaciones icónicas –, todo eso quiere ser formal y seguro como el propio nombre: Casado (Habría aquí que recordar, con Lévi-Strauss, el carácter significante y no indicial que tienen los nombres propios).

Habría, en fin, que deletrear toda esa intensidad indicativa, por ejemplo: la camisa remangada y el grifo abierto (la presencia de agua y el dispensador de papel nos llevan a una conexión desafortunada: invitan a pensar, inmediatamente, en Pilatos).Todo quiere volverse indicio de un esfuerzo y de un trabajo titánicos y penosos; donde el protagonista, doliente, parece obligado a no acabar jamás y, a la vez, a no dejar de lamentarse sin cesar. Destaquemos cómo esta tarea llena de penalidades se refuerza por el propio aislamiento a que el sujeto parece haberse abocado. Casado se encierra, está aislado, buscando extrañamente su centro no en la mesa de trabajo, no en un sillón, sino en el baño. Es como si nos quisieran decir: el esfuerzo y la resistencia, allí, han tocado fondo. Arrojado al espejo, como quien se arroja saturado y desolado sobre el sofá, el gesto mítico no puede ser más ambiguo. Si ese punto de cristal especular es el signo del principio de una redención, si ese es el punto nuclear sobre el cual el trabajo volverá a comenzar, es bien sabido también que el maléfico espejo acostumbra a ser, no ya el lugar del doble o el fantasma, sino el del propio fracaso de quien aspira a medirse fáusticamente con sus propias ensoñaciones.
Vemos, pues, en el baño al doloroso Casado y la escena nos remite al ciclo de Sísifo, o a la imposible recompensa que el prisionero de las cárceles de Piranesi recibirá por el sacrificio de su vida. La escena del espejo, lo sabemos, es siempre complicada y bífida. El espejo, lugar de los conjuros, funciona también como señal de una ilusión y de una decepción. Entre el (mal) sueño y el despertar. Lugar siempre, inevitablemente, de una simulación, o, como diría Platón, de una “fantasmagoría”.

La imagen, por lo demás, se nos presenta con los caracteres dramáticos de una iniciación. Por cierto, ¿quién hace la foto? La propia indecidibilidad de la autoría entre el actor y el fotógrafo elimina cualquier pretendida naturalidad, en favor de la sospecha de la “fabricación”. ¿Quién, por otro lado, puede compartir ese momento crucial y proustiano de captar al político en el tocador? ¿Un sirviente, como el que en el palacio de Guermantes le alcanza la servilleta almidonada al narrador, o su amante, o su confesor sadiano en el tocador?

He aquí una gran historia, se nos quiere decir. Una historia articulada, quizás, en tres momentos: 1) la revelación del desastre, 2) la asunción de la noche oscura, la nada, los peligros, y, finalmente, pero esto es lo que no puede todavía aparecer, la victoria, envuelta aún y únicamente en la plenitud de la impotencia o del fracaso.

Así pues, una odisea…en el tocador. El gesto o la escena para la Historia se diluyen en pura retórica, en el sentido más inane. Escena de una impotencia. Escena del espejo como la cruz de la existencia. Escena de la desilusión. Da, en el fondo, del protagonista una imagen desalentadora, como de figura pasiva y en cierto modo ridícula: prestigiosa e ilusoria o irrisoria a la vez. Le confirma su impotencia – incluso por comparación con la imagen superyoica del espejo – para transformar la sensación en positiva acción. Aún más gravemente, puesto que ella parece recaer sobre su sensibilidad misma y no sobre su talento.

¿Cómo, en esa situación, desde el baño – lugar legendario del fracaso – podría recuperar el poder? Baño, encerramiento y espejo: la continua dualidad o especularidad es la huella misma de esta contradicción vivida, se diría que en carne viva, por el protagonista a lo largo de las -se supone- innumerables horas durante las cuales se encierra en ella y con ella; es como la detención gratuita de una libertad infinita: en ella se inscribe una forma de contradicción metafísica.

Bien podría ocurrir, entonces, lo siguiente: tristemente liberado de toda obligación hacia un voto que es decididamente incapaz de cumplir, nuestro protagonista – como el valentón del soneto cervantino- acepta al cabo reintegrarse a la frivolidad del mundo y volver a una “nueva normalidad” de tedio y papeleo habitual.

Esto es, entonces, lo que esta foto, hipersemántica, acaba por decir: mientras este hombre se siga mirando al espejo, estará encadenado – aquí vuelve la idea de un Titán inútil – a una psicología, pero no a una acción, o a una técnica. Es el mismo encadenamiento pertinaz que apreciamos, dicho sea de paso, en la intención del fotógrafo: que la imagen sea el reflejo absoluto de una idea. Solo que, aquí, el “artista” y el personaje se lo han tomado de una forma radical. Creen en una especie de realismo brutal, en el sentido escolástico del término. De modo que todo indica que, en esa especie de exilio de andar por casa que representa el baño, falte el gesto decisorio y federativo que inicie el paso al acto, a la acción misma. En conclusión: lo que este hombre necesita es un elemento propiamente “poético” (en el sentido que Jakobson, o los griegos, le han dado a esta palabra). O lo que es lo mismo: un acto creador.

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Alberto Ruiz de Samaniego

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Nota

La imagen que encabeza el artículo no es, exactamente, aquella en relación con la cual su autor propone una reflexión, sino una copia de la fotografía original retocada por el editor con el fin de producir, si fuere posible, un efecto «en abîme».

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