Magdalena mata-algoritmos – Antonio Costa Gómez

Magdalena mata-algoritmos – Antonio Costa Gómez

Magdalena mata-algoritmos

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Fotografía de Consuelo del Arco

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Magdalena mata-algoritmos

Proust nos habla de matices únicos, de instantes irrepetibles. De lo que no puede fabricarse de ninguna manera. De lo que ningún remedo externo puede ni siquiera copiar. Proust nos da la vida profunda, el algoritmo nos da parodia y vacío.

«Lo abstracto es el mal», escribió Albert Camus en sus Carnets. Y también : “Lo que más daño me hace son las reglas generales”. Como si dijera: no me comprenden a mí, a mí que soy único. Ni este instante único en que toco la tierra. También escribió: «Nos alejamos de la tierra concreta, hay que volver a ella. Y el algoritmo nos da generalidades y producción en serie sin espíritu. Nos da la máscara rígido y no el rostro inagotable.»

Y así estamos: haciendo el imbécil y destruyéndonos a nosotros mismos. Como el Heautontimorumenos («el que se atormenta a sí mismo») de que hablaba Terencio en una comedia.  Y de Proust exquisito y profundo pasamos a la vulgaridad del algoritmo y la producción en serie. De todo, de personas también, o de supuestas personas. Porque lo que se hace es eliminar a las personas y dejar los prototipos. Nosotros mismos nos quitamos el aire.

Ninguna especie en la ya larga historia de la vida ha hecho algo parecido nunca. Porque aquel pingüino que, según Werner Herzog, se salió del grupo y se dirigió solo hacia el mar a miles de kilómetros lo que quería preservarse a sí mismo (como deberían muchos otros “sí mismos”), aunque fuera frente a la muerte.

Digamos que el algoritmo conoce muy pocas cosas. Solo cuatro abstracciones vacías. Yo quiero leer a Proust. Precisamente hoy, cuando se cumple exactamente su centenario, el 18 de noviembre de 2022, un día único que no cabe en ninguna fórmula. Con vino tinto en un instante único fuera de cualquier algoritmo. Y apreciar como él los infinitos matices de la vida.  Los que no caben en ningún algoritmo.

Nos ponen nombres exóticos a quienes no queremos que se mecanice absolutamente todo. Como si fuera algo extraño y curioso. Nos llaman «neoludistas» o algo así. Joder con la palabrita. Cuando podrían llamarnos simplemente «humanistas» o «defensores de la vida». Porque no queremos que hasta el último esté programado y mecanizado. Porque queremos algo de vibración y de vida todavía. Porque queremos personas vivas y no robots muertos por todas partes.

Porque queremos el encanto y no el aburrimiento. Porque queremos la vida y no la muerte. Porque queremos decir buenos días cada mañana a nuestras amantes y no que se lo diga una máquina programada para el mes entero. Porque queremos que nos sirva el café una camarera que sonríe y nos hable de  su abuela y no una máquina programada y gilipollas. Porque queremos algo de gracia en las personas y no una voz metálica que diga: eso no está en mi programa.  Porque queremos hablar por teléfono con alguien vivo y no  un artefacto monótono y muerto que dice: opción 1, opción 2, opción 3. Como si la vida asombrosa cupiera en tres miserables opciones.

Nos llaman «neoluditas.» Bueno, la palabra no está mal. Viene de ludus, juego, y sugiere algo de libertad, de fantasía, de escaparse de los esquemas y los programas. Marcuse y otros  colocaron el juego como forma de liberación, como manifestación libre de la vida. Como huida del productivismo mecánico y repetitivo.  Pero quieren ponernos como raros. Como raro será un día que le quieras dar un beso a alguien y te desvíe a un  máquina de besos.  Como raro será que te quieras limpiar las encías con la lengua  y te metan un aparato que limpia mil encías por segundo.  O que quieras decirle a alguien que lo amas y que lo diga sin fallos (y sin vida) una máquina por ti que se lo dice a quinientos seres cada mañana.  Somos luditas, qué raros.     

Querer ser humano y no mecánico es ser un bicho raro.  Ya te ponen en una casilla rara para que todo el mundo te mire raro. Solo porque  tú quieres funcionar como un ser vivo y no como una máquina. Tener imaginación, sentimiento, espontaneidad, intuición, sensibilidad, adaptación a lo imprevisible y no fórmulas y códigos.

Querer tratar con personas y no solo con máquinas es ser un bicho raro. Que te cobre la cajera con una sonrisa y no una máquina muerta y tonta. Que te dé tu dinero en el banco una persona, aunque sea desabrida y automática, y no un cajero muerto, o un programa de internet muerto. Un programa que  no te escucha y te remite rutinario a las “preguntas frecuentes” donde nunca está tu pregunta.

Eres un bicho raro, eres un neoludita y cosas así. Como un ser humano sencillo cuando todos se han vuelto rinocerontes en la obra de Ionesco. Como contarle un chiste a los algoritmos. Como bailar con gracia con un algoritmo. La gracia (en sus distintos sentidos), quién conoce ya esa palabra. Hay que producir y no reír. O reír mecánicamente., como los campesinos con mono azul en aquellos carteles chinos.

Nos ponen nombres raros. Y solo queremos a Proust y el prodigio de su literatura. Y una magdalena con toda la vida sutil que no cabe en ningún algoritmo. Y sus frases infinitas e infinitamente matizadas que nadie podía prever ni  fabricar. Al final con los algoritmos la gente se va a encontrar tan desolada y vacía.  

Lo siento, a mí dadme a Proust que me regala lo único y lo irrepetible. Y lo profundo y lo que tiene textura. Y meted vuestro algoritmos estandarizadores en vuestro culo estandarizado.

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Antonio Costa Gómez

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