Esto no es soma – María Solano Marmolejo

Esto no es soma – María Solano Marmolejo

Esto no es soma

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John Hurt como Winston Smith en un fotograma de 1984 [Michael Radford, 1984]

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Estamos viviendo en una confluencia de distopías que han caído de la nada, aunque no sin una estructura social y de poder ya establecida que lo permitiera. Acaso ¿no estaba ya construido el perfecto panóptico para asegurar nuestro cumplimiento del nuevo régimen? En cuestión de días los ciudadanos de este país han demostrado lo sencillo que resulta armar un ejército ubicuo de policías desde sus propias casas, convirtiendo más que nunca las ciudades en improvisadas cárceles. Orwell ha conseguido su 1984, unos años más tarde y en medio de la Guerra Mundial de este siglo, esta vez principalmente contra un virus que supuestamente nos tiene más unidos que nunca.

Y es que, más allá de la pequeña rebelión que todos llevamos dentro respecto a la situación, cada uno con sus contingentes frustraciones, incertidumbre y voluntad de crear ánimos para ser productivos todo este tiempo que la naturaleza nos ha dado para precisamente no serlo; justamente cuando el gobierno nos da un poco de libertad, salir a pasear o hacer deporte, cuando vemos que hay esbozos de un “plan” para una nueva normalidad, es entonces cuando nos sentamos en la terraza, bebemos un par de ginebras de la Victoria y amamos al Hermano Mayor. Y Winston muere / Ya hemos muerto.

La realidad no es tan dramática. O sí y nos es fácil olvidar estos meses porque para ello se nos ha acunado en la contemporaneidad de lo inmediato y lo efímero, por no hablar del individualismo que esta vez nos va a costar más muertes que nunca. Incluso cuando la magnitud de la vigilancia supera a cualquier precedente, persiste el afán de rebelarse a pequeña escala. Si el poder existe es porque la libertad goza de su misma propiedad. Siendo así, ¿estamos esquivando el poder de forma responsable o con un pequeño propósito revolucionario al menos? ¿Foucault podría estar orgulloso?

No.

Bueno, quizás algunos sí.

Pero no.

Lo que más me asusta de los paseos por las grietas de lo legal y lo ambiguo es que muchas personas no alcanzan a entender lo que se les está con normas exigiendo. Porque la empatía y la solidaridad están jugando a ser más apariencia que costumbre en algunos. Siguiendo los ecos de la excusa más sencilla “todo el mundo se está saltando las normas cuando no los ven”, esa indignación en masa justifica su deseo de desobediencia y su reconquista de libertades en imitar a una supuesta mayoría, la cual gracias a este pensamiento colectivo acaba emergiendo.

Y no es culpa suya.

Ya vivíamos en un borrador de Un mundo feliz, de Huxley, cada persona es condicionada por a lo que puede aspirar según x características biológicas y, sobre todo, culturales con las que ha aparecido en el mapa. De hecho nos preparan para ser felices con nuestra posición y la escalada que se nos permite dentro de ella. Sería sin duda la distopía que más futuro -y presente- tiene, desde mi punto de vista. Todos seríamos felices / Todos somos felices en nuestra gran hipnosis.

Volviendo a que no es su culpa de nadie, estas personas estaban destinadas a desobedecer -mejor dicho a obedecer a sus hábitos-, sobre todo si los medios de comunicación, su gran fuente de opinión y conocimiento, les muestra el mismo patio de recreo político, cada vez más inmaduro y poco respetuoso, también en momentos serios -la audiencia, el entretenimiento, el espectáculo es lo que importa-. Es lo que vende. Es lo que consumimos. Y se nos olvida el gran poder y responsabilidad que tenemos las personas como consumidores. Este país está consumiendo, está comprando y alimentando un ideal que crea una población ignorantemente experta en lo mediático, que se ve confundida ante el tornadizo mundo de la información por no haber adquirido recursos para digerirla y, la cual, aunque sea capaz de ver o creer ver el fallo colectivo, prefiere dormir en el conformismo de la aceptación.

Todavía existen grietas de libertad en todo este panorama, cuando te planteas cuestiones sobre por qué hacemos una u otra cosa, si es por la inercia y fuerza gravitatoria de atracción a una masa o si flotas en tu propia decisión y responsabilidad, cuando escuchas opiniones diferentes a las que sostienes y lo haces sin miedo a cuestionar ambas y cambiar, cuando te rebelas cada día para que algo pequeño cambie, cuando somos agradecidos con todos aquellos que están ahí para hacernos pensar, emocionarnos, crecer, cuidarnos y confiar en que no somos una sociedad sentenciada por ninguna distopía.

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María Solano Marmolejo

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