De la guerra y su ebriedad – II – Arturo García Ramos

De la guerra y su ebriedad – II – Arturo García Ramos

De la guerra y su ebriedad – II

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A little French girl kissing an American soldier after the liberation of France from German occupation [1944]

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De la guerra y su ebriedad – II

La mayor lección nos la da sin embargo Simone Weil, quien interpreta La Ilíada como un espejo del presente, como una advertencia imperecedera: “quienes soñaron que el progreso había desterrado para siempre a la violencia, pueden mirarse aquí en el testimonio vivo de la fuerza”. La guerra perpetua es la fuerza que nos deshumaniza y nos anula. El irredimible acto de matar nos deshumaniza y nos convierte en cosa. Quien ha matado ya no vuelve a ser hombre o mujer, vive una muerte prolongada, como objeto, como cosa. La víctima, el prisionero, el desterrado, la cautiva, corren la misma suerte. Nada más preciso y más desgarrador que el título de Primo Levi Si esto es un hombre. La virgen, hija de un sacerdote y condenada a acompañar a su captor a su país y a acompañarlo en el lecho. La esposa del príncipe, cautiva, condenada a tejer para siempre su propia desdicha. El niño heredero al trono acompañará a su madre y será para siempre un muerto en vida. El derrotado, el cautivo, es esclavo de sus necesidades vitales, es decir, desaparece su vida interior, “aun su dolor de madre”, dice Weil. Al vencedor es la fuerza la que lo deshumaniza: lo embriaga, le hace creer que es el dueño de la guerra, pero no es más que su siervo. Lo hace desear más allá de lo que precipitó su ira y deseará aniquilarlo todo, poseerlo todo. La guerra desata su sed insaciable, lo embriaga. Nadie se salva, el destino es ciego y Ares es implacablemente “equitativo” y mata a los que matan. En la guerra no hay cabida para el pensamiento y Aquiles corta las cabezas de doce adolescentes troyanos como si estuviera cortando flores. La guerra es “un destino bajo el cual verdugos y víctimas son igualmente inocentes; vencedores y vencidos, hermanos en la misma miseria. El vencido es causa de desgracia para el vencedor como el vencedor para el vencido.”

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Que el poema homérico escrito y recitado desde hace tres mil años no nos haya afirmado en la creencia de Tersites de que nada vale tanto como la vida es una lección humillante para quienes turbamos en el presente:

“Nada vale para mi lo que la vida, aun todos los bienes que se dice
que contiene Ilión, la ciudad tan próspera…
Pues se pueden conquistar bueyes, gordos carneros…
Una vida humana, una vez que ha partido, no se reconquista.”

Si no por aprecio de la vida, habría de bastar el horror de la muerte que el poema de Homero nos enseña para derrotar a la guerra:

“Entonces saltaron sus dientes; vino por ambos lados
la sangre a sus ojos; la sangre que por labios y narices
derramaba, la boca abierta; la muerte con su negra nube lo envolvió.”

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Amphore attique à figures noires, représentant Hermès et Athéna à l’extrême gauche d’une scène montrant Achille en train d’affronter Hector et Enée tandis qu’il se tient à côté de l’auteur d’Apollon Thymbraios et domine le cadavre de Troïlos, dont la tête apparaît suspendue entre les fers des lances d’Hector et d’Achille. Au-dessous, le registre inférieur du vase est occupé par une frise montrant des lions et des harpies (ou des sirènes, ou des sphinx). Le vase est attribuée, de manière incertaine, au Groupe tyrrhénien [autour de 550 avant J.-C – Staatliche Antikensammlungen – Kunstareal München – München – Deutschland]

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En Semejante a la noche, Alejo Carpentier formuló cómo se produce la abolición de todas las épocas en el momento en que los soldados se preparan para la batalla. Es decir, refrendó en la ficción lo que ya había concluido Simone Weil. Carpentier tomó de un inolvidable verso de La Ilíada el título de su cuento: “Y caminaba, semejante a la noche”. Los griegos son urgidos a acudir a las “cóncavas naves” contra Troya, los españoles se embarcan para la conquista de América, los franceses se preparan para conquistar de nuevo América y salvarla de los españoles. La guerra es sin tiempo, un solo guerrero es todos y el mismo a lo largo de milenios. A punto de subirse a la nave que le conducirá a Troya, el protagonista presiente el horror: “Ahora, serían las dianas, el lodo, el pan llovido, la arrogancia de los jefes, la sangre derramada por error, la gangrena que huele a almíbares infectos.”

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El deseo de Robert Graves de decir Adiós a todo eso es el mismo de sentir cualquier aqueo o troyano asqueados de participar en aquel acontecimiento absurdo. El británico recoge una carta de un soldado que repudia la guerra: “La presente declaración es un acto de desafío a la autoridad militar, porque creo que la guerra ha sido deliberadamente prolongada por aquellos que tienen los medios de ponerle fin […] Creo que esta guerra en la que había decidido tomar parte por tratarse de una guerra defensiva y de liberación, se ha convertido en una guerra de agresión y conquista”. El propio Graves recordará en un poema:

War was return of earth to ugly earth,
War was foundering of sublimities,
Extinction of each happy art and faith
By which the world has still kept head in air,
Protesting logic or protesting love,
Until the unendurable moment struck –
The inward scream, the duty to run mad.

[from Recalling War]

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Guerra era la vuelta de la tierra a la horrible tierra,
guerra era el fracaso de sublimidades,
extinción de todo feliz arte y fe
por las que el mundo había aún resistido, la cabeza en alto,
profesando lógica o profesando amor,
hasta que el insoportable momento golpeó—
el oculto grito, el deber de volverse locos

[de Recalling War]

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Dialogue between Krishna and Arjuna on the battlefield of Kurukshetra [ca. 1820 – Bhagavadgītā – The San Diego Museum of Art – San Diego / California – USA]

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Simone Weil finaliza así su lectura de La Ilíada: “no admirar jamás la fuerza, no odiar a los enemigos ni despreciar a los desgraciados”. Pertenecía a esa estirpe de mujeres extraordinarias que pensaban que era posible cambiar el mundo y entregaron la vida a esa causa. Literalmente, hasta el último aliento. El segundo paso para extirpar la guerra sería ponerse en lugar del otro, que al fin es, como nos enseñó Borges, el mismo. Weil, judía y francesa, cristiana y revolucionaria, piadosa con la humanidad hasta la médula, murió el 15 de abril, hospitalizada en Inglaterra, se negó a comer más de lo que comía un prisionero en un campo y murió de inanición. Esa fue su última lección: ponerse en el lugar del otro.

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Permis de la France combattante de Simone Weil [1943]

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“Si somos un Homo sapiens racional en pleno ascenso, ¿qué es lo que nos hacemos unos a otros? ¿Por qué nuestras guerras son cada vez más asesinas?” Se preguntaba George Steiner. Este humanista furibundo tiene páginas memorables que nos alertan y nos asombran cuando nos pone frente al espejo de lo que somos y de lo que hemos logrado. De paseo por Alemania del Este, cuando se derribó el muro de Berlín, Steiner llegó a Weimar, la ciudad de Goethe, de Liszt, de Thomas Mann. Su desilusión fue inmediata. El albergue en que se alojaron los tres le produjo la sensación de un motel de carretera. Los lugares que Steiner recordaba, eran un espectro de su pasado. Curiosamente, lo único que permanecía incólume era un pequeño cementerio donde se alojan los restos de los soldados rusos que perecieron en las inmediaciones de Weimar cuando la ciudad fue tomada casi por completo. No más, calculo, de treinta o cuarenta tumbas. Muchas de ellas pertenecen a soldados de dieciséis o diecisiete años, salidos de las estepas asiáticas, de Kazajstán y de Turkmenistán, y conducidos hasta la muerte en una tierra y en una lengua de las que jamás habían oído hablar por la insensata y mecánica resistencia y la habilidad militar de un Reich agonizante. Este desconocido cementerio pone de manifiesto la estúpida inutilidad, inutilidad e inutilidad de la guerra, su voraz apetito” (Errata). Al mismo tiempo, Steiner pone de manifiesto que en aquel lugar, símbolo del más acendrado humanismo, se revelaba asimismo todo el horror de la brutalidad y la barbarie de que somos capaces, que permanecía así en aquel cementerio para que no podamos olvidarlo.

Martin Amis nos recuerda la fría insensibilidad de Koba (el Temible), para quien la muerte de un millón de personas no era una tragedia, sino una mera estadística. Steiner no se cansa de contabilizar, ni de herirnos con la paradoja de que esas cifras se produzcan en el período de la historia que consideramos más civilizado: “Los historiadores han reconocido que el siglo XX ha sido sin duda el más mortífero. Se estima en alrededor de cien millones el número de víctimas causadas por la guerra, el hambre, la deportación, los campos de concentración y los genocidios entre agosto de 1914 y la lenta desaparición del régimen estalinista. Desde Madrid a Moscú, desde Narvik a Messina, Europa y Rusia occidental han sido un osario, un escenario de atrocidades” (Gramáticas de la creación). “Omnium contra omnes”, así definía Lucrecio la guerra. Pero la destrucción va más allá, nada permanece indemne, ni siquiera el lenguaje: “En Occidente sobre todo, el léxico y la sintaxis relativos al amor, tan antiguos como el Cuarto Evangelio y Dante, se han vuelto mendaces.” Adamov en 1938 se preguntaba si la idea de ser escritor no era absurda, si en la cultura europea volvería a haber un idioma en el que expresarse. El demasiado humano César Vallejo presintió esa misma pérdida de la palabra poética, liquidada por el dolor que consentimos cada día: “Un albañil, cae de un techo, muere y ya no almuerza/ ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?”. Y presintió también la pérdida de nuestra humanidad:

“Y horrísona es la guerra, solivianta,
Lo pone a uno largo, ojoso;
Da tumba la guerra, da caer,
Da dar un salto extraño de antropoide!”

¿Qué podemos hacer? ¿Qué pueden hacer la palabra, la música, la pintura? Nada. Muy poco. Acaso todo lo que podemos es no aceptarlo, no acostumbrarse como decía Montaigne. Hallo una forma de consuelo en esta cita de Steiner, de Gramáticas de la creación, que hubiera hecho las delicias de Cortázar y que, tal vez, pueda suplir una forma de respuesta:

“Kurt Schwitters […] soñó con la Gesamtkunstwerk, una totalidad figurativa que prolongaría, al tiempo que ridiculizaría, las monumentalidades canónicas y wagnerianas. Sus collages debían ser inmensas metáforas, mientras que, por su propia contigüidad, los objetos y las imágenes debían afirmar su disparidad, su resistencia anárquica a cualquier propósito armónico o significativo. La Merzbau fue proyectada en 1919 y se comenzó en los años veinte. Debería ser un mosaico (aunque esta denominación implica orden) de desechos de la vida cotidiana, billetes usados de tranvía, fichas de consigna, posavasos de cerveza, jirones de periódicos, envoltorios de caramelos, fragmentos de cristal y metal, virutas de madera, alambres de gallinero, trozos de cuerda. De manera totalmente independiente, Schwitters se propuso completar el programa de recuperación mesiánica de Walter Benjamin, rescatar del olvido lo más humilde. Al utilizar los desechos más sucios rechazados por la vida moderna, Schwitters declaraba que «incluso las basuras pueden gritar» contra la guerra, contra la opresión económica.”

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Kurt Schwitters – Merzbau [desde 1919 – Proyecto inacabado]

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Arturo García Ramos

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