Baloncesto de antes y de ahora – Antonio Villalba Moreno
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Baloncesto de antes y de ahora
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Baloncesto de antes y de ahora
Al día siguiente de la gran alegría que nos ha dado Unicaja con la victoria en la BCL veía a Alberto Díaz en el balcón del Ayuntamiento con la Copa en los brazos hablando a los aficionados y lo recordé cuando era un chavalín en Los Guindos. Tiene la misma edad que mi hijo pero no coincidieron ninguna temporada porque el pelirrojo siempre estuvo en cantera (desde pequeño se le veía maneras).
La nostalgia me hizo buscar fotos de aquellos años y en la misma balda del álbum encontré el libro “Baloncesto para educar” escrito por mi amigo Ángel G. Jareño. Comencé a releerlo. Al principio del texto el autor nos cuenta un sueño en el que ve al baloncesto como herramienta educativa, pero no todos los preparadores saben ejercer como educadores. Mientras me adentraba en sus páginas pensaba que le habría venido de escándalo a uno de los entrenadores que tuvo mi hijo, siempre que se hubiera dignado a leerlo (que lo dudo) y, por supuesto, si lo hubiera puesto en práctica (que lo aseguro).
Aquella temporada de hace más de veinte años la vida le mostró a mi hijo que todo no es de color de rosa. Durante nueve meses soportó un monitor que le hizo ver lo dura que es la rivalidad y a mí me tocó verle sufrir, cómo contenía sus lágrimas cada vez que lo descartaba para los partidos porque no le aportaba lo suficiente. Era un niño pero lo trataba, los trataba, a él y a otros tres compañeros suyos, los cuatro “apestados”, como jugadores profesionales, sin tener en cuenta una mínima pedagogía, una psicología para hacerlos partícipes del grupo. Pero ellos le dieron una lección de pundonor; mi hijo me enseñó que la fortaleza mental está por encima de la física y me rogaba haciendo pucheros que no hablara con su entrenador, que no se me ocurriera protestarle por la injusta situación que sufría. Afortunadamente todo cambió en la siguiente temporada, cuando un nuevo entrenador, Pablo, se hizo cargo de estos chicos y los recuperó anímicamente haciéndoles ver que ellos también eran importantes.
Continúo leyendo. Sigo recordando. Ahora me traslado unas décadas atrás cuando aún había un club de baloncesto en mi barriada, en Churriana y yo llevaba al equipo juvenil. Apenas me da tiempo a evocar unos momentos porque oigo que llaman a la puerta, es Pedro, “el amigo sano de tu hijo” (como él se autodenomina), que viene a jugar al pádel, mientras espera a su rival, observa que estoy leyendo, ojea el libro, el título y me dice que me vendría muy bien si fuera entrenador. “Lo soy”, contesto orgulloso. Sonríe incrédulo y apura a su compañero de juegos.
Comienzo a rebuscar entre mis papeles ante la mirada inquisitorial de mi mujer, busco mi título de monitor de baloncesto, increíblemente lo encuentro en tiempo récord, justo para enseñárselo a Pedro antes de marcharse, al verlo, se sorprende, por dos motivos: el primero porque, efectivamente, el título está a mi nombre, pero el asombro es aún mayor al comprobar la fecha: 1988, ¡36 años! Por Dios, pienso. ¡Cómo pasa el tiempo!
En la década pasada asistí a una charla del exárbitro malagueño Daniel Herrezuelo en unas jornadas de baloncesto organizadas en Alhaurín de la Torre y comenzó con unas frases significativas, nos decía que los que habíamos obtenido el título hace más de veinte años podíamos romperlo porque ya no servía. Ahora los jugadores son más fuertes, más altos y más rápidos.
Lo que sí tenemos claro los amantes al deporte de la canasta es que siempre se debe aplicar una premisa fundamental en la formación, sea en el baloncesto de antes o en el de ahora y es que el protagonista debe ser el niño, no ya como jugador, sino como persona.
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Antonio Villalba Moreno

