John Dos Passos: Por los caminos de España – César Rodríguez de Sepúlveda

John Dos Passos: Por los caminos de España – César Rodríguez de Sepúlveda

John Dos Passos: Por los caminos de España

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John Dos Passos: Por los caminos de España

Ayer, 14 de enero de 2024, se cumplió el aniversario del nacimiento del escritor John Dos Passos [1896-1970]. Del tumultuoso grupo de escritores de la llamada «generación perdida», el autor de Manhattan Transfer fue quien más relación tuvo, durante toda su vida, con España.

Su autobiografía, Años inolvidables, recuerda, en una vertiginosa sucesión de instantáneas, algunos de los momentos de su primer viaje a España, en 1916. Gracias a las cartas de recomendación que le había escrito Juan Riaño, embajador de España en los Estados Unidos, había sido admitido en la Residencia de Estudiantes, pero, a la espera de que hubiera plaza, tuvo que instalarse en la pensión Boston, en la Puerta del Sol. Se entusiasmó con El Greco y con Velázquez en el Museo del Prado. Fue invitado a tomar el té a casa de Juan Ramón («que ya entonces me parecía sacado de un cuadro de El Greco»). Le presentaron a Valle-Inclán «a las tres de la mañana en un café lleno de corrientes de aire». Devoraba las novelas de Pío Baroja. Tomás Navarro Tomás fue su profesor en el Círculo de Estudios Históricos. Con su amigo Pepe Giner (1889-1979), sobrino del fundador de la Institución Libre de Enseñanza, se iba los fines de semana de excursión a la sierra de Guadarrama. Vio actuar a —y, por supuesto, se enamoró de— Pastora Imperio.

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Hizo varias amistades para toda la vida: en un tren, volviendo de Toledo, conoció al que sería su primer traductor al español, José Robles: «Nos entendimos tan bien que seguimos tratándonos hasta su muerte. Pepe Robles tenía una lengua más afilada que la de mis amigos liberales interesados en la educación. Se reía de todo. Su conversación se parecía más a la desenfadada manera de escribir de Baroja». Años después, durante la Guerra Civil Española, la muerte de José Robles a manos de agentes soviéticos haría que Dos Passos se distanciara del socialismo y enfriaría su amistad con Hemingway: de esta historia se ocupa Martínez de Pisón en su novela Enterrar a los muertos, publicada en 2016.

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Poseído de quijotesco y etílico frenesí, una noche de farra decide, con otro estadounidense, irse andando desde Madrid hasta Toledo. Llegan hasta Torrejón de Ardoz: «Volvimos a Madrid en tren, pero, pese a todo, el paseo nos dejó un recuerdo imperecedero». De esta «aventura» nació uno de los libros más peculiares de John Dos Passos, Rocinante vuelve al camino, híbrido de novela y libro de viajes en que un personaje, significativamente llamado Telémaco, hace a pie con un compañero el camino de Madrid a Toledo. Por cierto que este Rocinante vuelve al camino, en el que es fácil reconocer en el personaje de Telémaco al propio autor, ve la luz editorial el mismo año en que Sylvia Beach publica el Ulysses de James Joyce.

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La primera estancia de Dos Passos en Madrid dura apenas unos meses. Regresa a principios de 1917, al morir su padre, es de suponer que dejando interrumpidos sus estudios. Vuelve a España años después, a finales de la Primera Guerra mundial, y recorre el País Vasco, Cantabria y Asturias, antes de volver a recalar en Madrid, donde reencuentra a viejos amigos, como Pepe Giner. Es en este segundo viaje cuando conoce a Machado en Segovia: «Una noche de luna paseé por Segovia con Antonio Machado, cuyos poemas estaba yo por entonces intentando traducir al inglés». Así lo describe, con cierta ternura, en su tan machadiano «torpe aliño indumentario»: «Machado era corpulento, andaba torpemente y vestía traje arrugado con brillos en la rodilla. Su sombrero siempre tenía polvo. Daba la sensación de estar más desamparado que un niño ante los asuntos de la vida diaria, de ser un hombre demasiado sincero, demasiado sensible, demasiado torpe, a la manera de los eruditos, para sobrevivir: «Machado el bueno», lo llamaban sus amigos. […] Era un gran hombre».

Contrasta este retrato con el que hace de Picasso, a quien conoció en París en los años veinte, y por el que siente también una admiración genuina, pero de muy distinta índole: «Picasso era un hombre moreno, pequeño de estatura y cerrado en sí mismo. No tenía nada de ese buen humor espontáneo que hace tan fácil el tratar con españoles. Era sardónico, cínico a la manera especial de los campesinos españoles —el cinismo de Sancho Panza. A mí me parecía impenetrable incluso cuando reía o descansaba. Era fundamentalmente el maestro albañil, el maestro cantero, el artesano. Era la encarnación de la destreza. Pero le faltaba humanidad».

En los años veinte coincide en Pamplona con Ernest Hemingway, viejo amigo suyo —las páginas de su autobiografía dejan muy clara la profunda admiración y aprecio que tenía por él—, aunque Dos Passos se confunde de mes y dice que estuvo con él en los sanfermines «en agosto». Fue, en todo caso, la segunda vez que Hemingway asistió a la fiesta: si calculo bien, debió de ser en julio de 1924. A Dos Passos la intensidad con que su amigo vivía los festejos le termina cansando: «Nos divertimos y comimos y bebimos bien, pero había demasiados exhibicionistas en el grupo para mi gusto. El espectáculo de una pandilla de gente joven tratando de probar lo hombres [en castellano en el original] que eran acabó por molestarme. Soy capaz de disfrutar de una corrida de cuando en cuando, pero todos los días durante una semana era demasiado». Es el ambiente que Hemingway describe en su famosa novela Fiesta (1926). Por la misma época hizo Dos Passos, gran amigo de las caminatas, otro viaje a pie, desde Pamplona hasta Andorra, en una travesía del Pirinero que recuerda como extremadamente fatigosa.

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Gerald Murphy, Ernest Hemingway & John Dos Passos

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En otro momento —no precisa cuándo, solo que fue «durante una breve visita a Madrid en los años veinte»—, Dos Passos asiste a una ceremonia de la corte. De Alfonso XIII, notorio crápula, dice que «[s]u aspecto céreo se debía quizá a una resaca de la noche anterior; muy posiblemente no había podido acostarse». En otro viaje, ya después de la proclamación de la República, Dos Passos conoció a Manuel Azaña, que era por entonces presidente del Ateneo de Madrid, y cuyo optimismo histórico deja al norteamericano un tanto escéptico. En su despacho, frente a la fuente de Cibeles, Azaña hace frente a Dos Passos una encendida defensa de la república, que va a traer a España por fin la prosperidad; según su relato —pero hay que recordar que estas memorias fueron escritas muchos años después de la guerra civil española— Dos Passos ya barruntaba que España sería barrida por el «vendaval de odio» que estaba formándose en Europa.

También fue en los años treinta cuando Dos Passos conoció a Unamuno, quien «con su piel apergaminada y su frente estrecha y abombada cada vez se parecía más a Don Quijote». Unamuno solía burlarse de Dos Passos por desconocer la lengua de Camões pese a ser de ascendencia portuguesa —el abuelo del escritor, que emigró a Estados Unidos en el siglo XIX, era originario de Funchal, en Madeira—. Dice de don Miguel: «Admiraba mucho la literatura portuguesa. Su aprendizaje intelectual se había basado tanto en Camões, especialmente en sus sonetos, como en Cervantes. Esto me sorprendió, ya que consideraba al autor de El sentimiento trágico de la vida como el más castellano de los escritores».

Dos Passos viaja por aquella España en que nadie intuye todavía la cercanía de la guerra civil  —tal vez él sí— en un Fiat de segunda mano al que él y sus amigos bautizan como «la Cucarachita». Lo compran, puesto que no es posible alquilar un vehículo, con la idea de revenderlo antes de marcharse del país. Pasan por Segovia, por Ávila («era como si Santa Teresa, otra de las grandes personalidades españolas, estuviera todavía viviendo allí»), por el valle del Ebro («donde las colinas y las quebradas son de unas dimensiones tales que rivalizan con las Montañas Rocosas en Colorado» y por Galicia. Cuando, de regreso en Madrid, quisieron vender el coche, se presentó un teniente del Ejército dispuesto a comprarlo. Se lo llevó para probarlo y se olvidó de devolverlo. Denunciada la sustracción, la policía envió a un agente de paisano de quien Dos Passos recuerda que era un gran conocedor de la poesía gongorina y con el que mantuvo una larga y barroca conversación. «La Cucaracha» apareció finalmente, pero demasiado tarde para que pudiera llevarse a cabo la venta. «Aquella estúpida serie de incidentes empezó a parecerme tan ilustrativa de la condición humana como las aventuras del Caballero de la Triste Figura se lo parecían a Unamuno.

Con el tren nocturno desde Madrid a Gibraltar, desde donde se embarcaría, concluye Años inolvidables, que Dos Passos dio a la imprenta en 1966. Volvería una vez más a España, donde coincidiría de nuevo con Hemingway, en 1937. En esos días durísimos tuvo lugar el torpe asesinato de José Robles, el desengaño de Dos Passos con el comunismo y su ruptura con Hemingway. Nada de esto se recoge en su autobiografía, aunque sí en otros textos del autor.

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Ernest Hemingway with John Dos Passos, Joris Evans, and Sidney Franklin in Madrid during the Spanish Civil War.

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No sé si Dos Passos regresó alguna vez a España después de la guerra (como sí hizo Hemingway, por cierto). En todo caso, su historia de amor con España no concluyó allí: está muy presente en su obra. Pocos autores extranjeros pueden presumir de conocer tan bien la cultura española como John Roderigo Dos Passos.

Para que luego digamos que los extranjeros que visitan España no se enteran de nada…

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César Rodríguez de Sepúlveda

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Nota

Las citas proceden de John Dos Passos, Años inolvidables [Alianza Editorial, Madrid, 1974. ISBN: 978-8420614885.]

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