De la guerra y su ebriedad – I – Arturo García Ramos

De la guerra y su ebriedad – I – Arturo García Ramos

De la guerra y su ebriedad – I

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De la guerra y su ebriedad – I

Paso algunas horas de la mañana leyendo unas páginas de Rafael Cansinos-Assens que tratan de ironizar a propósito de la pena capital y de la guerra entendida como una de las bellas artes. El elogio de lo aborrecible puede conducir a repudiarlo aún más, me digo, para justificar las horas que el escritor pasó indagando razones que justifiquen los actos execrables de los que habla. Puede haber incluso una justificación de estilo: la ironía es la máscara del estilo cuando nos enfrentamos a lo inexorable y Cansinos estaba convencido de que el acto de matar forma parte desde siempre del ser humano y nada puede hacerse sino invitar a su repudio a través de su exaltación ditirámbica. De ahí que a contrapelo de lo que nos dicta la sensatez sugiera que “La pena de muerte es una institución necesaria y pintoresca en una humanidad que cada día se sume más en una mediocridad maligna”, y que, además, “padecemos la embriaguez humanitaria”.

Las imágenes que nos recuerdan diariamente la insoportable multiplicación de las tragedias en Gaza o Ucrania tienen esta doble faz de lo horrísono y lo ditirámbico. Hoy muestran junto a las ruinas y las caras de desesperación, caras sin alma, cómo la batalla se lleva a cabo desde un asiento y con un dispositivo que semeja el que los niños manejan para sus vicios de ludópatas. La escena de los drones me ha recordado un primoroso ensayo de Montaigne -nadie debería pasar por esta vida sin haber sido, siquiera unos instantes, Michel de Montaigne- en el que describe el mayor grado de crueldad que puede concebir: “que un hombre sin ira, sin temor, mate a otro hombre sólo por el espectáculo”. Me pregunto cómo hemos llegado a esta actitud de crueldad sin ira y si hubo un momento en la historia de esta ebria humanidad en que todo se desbarató para siempre o si ha estado con nosotros como un estigma del que no podremos desembarazarnos nunca. Me pregunto si podemos llegar a aprender a desterrar la guerra para siempre de nuestra conducta y me vuelve el recuerdo de otra reflexión de Montaigne en el mismo ensayo. Un complacido discípulo del filósofo Antístenes le pregunta cuál es el mejor aprendizaje y el maestro le contesta: “Desaprender el mal”.

Trato de recordar las apelaciones a la paz de los héroes de las palabras, de los poetas, de los sabios. El diccionario de citas de la lengua francesa que consulto apenas recoge dos. Rimbaud habla de la “paz de los campos sembrados de animales, de la paz de las arrugas en la frente de los estudiosos”. Posiblemente el viajero de Hararr era aún más cínico que Cansinos, pues sumaba a su condición de poeta genial la de traficante de armas en Abisinia. La otra referencia corresponde al doble Charles de Orleans, quien a su condición de poeta -casi fundador de la lírica francesa, para la que compuso poemas pastoriles de fina simbología y de amor cortés – sumó la de desastroso guerrero, pues debe su fama a la imposible derrota del ejército francés frente a las tropas de Enrique V de Inglaterra que invadieron Francia en 1416 en Agincourt. Tras la desbandada de su ejército, el apresamiento final lo condujo a un cautiverio en la isla británica de más de veinte años. Fue hijo de Valentina Visconti y Louis de Valois y su padre murió asesinado por los borgoñeses. La lucha por el poder en el reino de Francia enfrentaba a los señores de “Borgoña y Armañac”, nada tan ilustrativo ni tan evidente acerca de la ebriedad de la guerra, la crueldad y el insaciable deseo de sangre. Desde niño se le ejercitó en el aprendizaje del mal, es decir, en el deseo de venganza por el asesinato de su padre, que guardó secretamente durante toda su vida y ejecutó al fin a distancia, dando las órdenes precisas desde su cautiverio en Inglaterra, desde donde escribió:

Paix est trésor qu’on ne peu trop leur. / Je hais guerre, point ne la dois priser.

La cita recogida en mi diccionario está manca, el siguiente verso la completa: De voir France que mon cueur amer doit !

La paz le parece un bien que no puede ser elogiado suficientemente, confiesa. Odia la guerra, de la que no quiere hablar, pues le ha privado de regresar a su añorada patria. El poeta-vengador estaba comenzando a “desaprender el mal”.

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Battle of Agincourt – 15th century miniature [ca. 1422 – English with Flemish illuminations, from the St. Alban’s Chronicle by Thomas Walsingham – Lambeth Palace Library – London – UK / The Bridgeman Art Library]

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El poeta-ensayista Octavio Paz escribió: “todos los días nos sirven/ el mismo plato de sangre” y, ¿acaso podemos hacer algo?, “la razón, madre de la tolerancia, es la única que puede conjurar los fantasmas sangrientos”, se respondía. Mientras viajo para encontrarme con un amigo en la ciudad consulto ese espía que nos ha inoculado la modernidad y del que ya no nos desprenderemos nunca para informarme de si hay previstas incidencias de tráfico. Hago una lista mental de las últimas reclamaciones que han vindicado un cambio de rumbo y todas me parecen banales o de menor importancia que la de acabar con la crueldad y con el dolor que provocan las guerras. Esa fue la pasión última que hizo sufrir a Bertrand Russell: “Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro”. El 3 de agosto de 1914, tomó el tren a toda prisa en Cambridge al saber que su amigo John Maynard Keynes había sido convocado por el gobierno y acudió al parlamento para escuchar la declaración de Edward Grey (“The lamps are going out all over Europe; we shall not see them lit again in our lifetime.”), pero no alcanzó a entrar porque la gente que se arremolinaba a la entrada le impedía el acceso. Se puso a recorrer las calles de Londres para sumergirse en aquel bullir de opiniones y emociones. “Durante ese día y los subsiguientes, descubrí para mi gran sorpresa que el común de los hombres y mujeres estaban encantados con la perspectiva de una guerra.

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World War I – Southwark Recruiting Office [London]

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Ingenuamente, yo creía lo que afirmaban la mayoría de los pacifistas: que las guerras eran impuestas a la fuerza por gobiernos despóticos y maquiavélicos a una población reticente.” La guerra fue su Mefistófeles, reconoció, pues despertó su conciencia y le dio el valor y el ánimo que necesitaba para incorporarse con todas sus fuerzas al pacifismo. No paró la participación del Reino Unido en la Gran Guerra, pero señaló un camino, acaso el único camino digno para un filósofo. Ya Josep Pla, pacifista y pacífico (era partidario del ideal de vida de Michel de Montaigne: vivir en el hostal, conversar con la gente propia y morir entre desconocidos) sintió los efectos de la guerra en su entrañable y apartado Palafrugell: “el nombre de morts, la quantitat de dolor, el volum de destrucció i devastació que la guerra ha produit no es pot descriure”; y observaba que producía en las gentes transformaciones delirantes, confirmando lo que ya había observado con asombro Bertrand Russell, quien descubrió que todos sus amigos pacifistas, al día siguiente de la declaración de Grey, eran furibundos belicistas. Para explicar el cambio producido en las gentes por la guerra, Pla recurre a la duración de la misma: cuatro años, nadie resiste la tensión tanto tiempo. Montaigne habla del “plato de sangre” que cada día le traen las guerras civiles pero, “de ninguna manera me he acostumbrado”. Y no creía que seríamos capaces de superar ese estigma trágico: “El mundo es incapaz de curarse”, se decía el filósofo bordalés, que opinaba con pesimismo que al mal no seguía necesariamente el bien, sino que le podía suceder otro mal; es decir, que todo es susceptible de empeorar. Una anécdota de sus ensayos recuerda la guerra entre el rey Ferdinando y la Viuda de Juan en los alrededores de Buda, en Hungría. Un soldado desconocido tuvo una actuación de extraordinario valor, pero al fin pereció en la batalla. El rey conmovido pidió que le quitaran la armadura y reconoció a su propio hijo. La tristeza se apoderó de él y cayó muerto en aquel punto. Tal es la fatalidad de la guerra, tal su poder de autodestrucción y el abismo al que nos conduce. Michel de Montaigne no dejó de quejarse de que -al contrario de aquel famoso adagio latino que recuerdan siempre los belicistas- “no puede evitar la guerra quien no puede gozar de la paz”. Virgilio se espanta de la “pavorosa disposición de tantos miles de hombres armados, tanto furor, bravura y coraje”. ¿Hay un arte de la guerra? ¿Tiene justificación estética? Si lo hay, “es el arte de destruirnos y matarnos mutuamente, de arruinar y echar a perder nuestra propia especie” (Montaigne de nuevo).

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Aun en su exaltación sarcástica, hay una verdad ciega en la conclusión de Cansinos-Asséns acerca de la diferencia de las guerras modernas con las antiguas. El espectáculo trágico y épico de la antigüedad protagonizado por hombres obligados a encarar su destino como héroes o víctimas, en que la embriaguez y el horror de la batalla conducían a “la más pavorosa catarsis” ha perdido todo su significado para convertirse en un ejercicio de frío cálculo -no sólo de estrategia, sino de presupuesto económico-, de asepsia, de estadística. “No hay épica posible cuando las guerras desde el aire dejan indemnes a los soldados y sólo matan a los civiles”, nos recuerda el mexicano Carlos Fuentes (En esto creo). La guerra planifica hoy una muerte subrogada del individuo, al que apenas intuye, lo aniquila a distancia. Es una cobardía, la de quien no se atreve a mirar cara a cara a su enemigo, lo que lo ennoblecería. La muerte a distancia y la guerra transmitida contaminan los hechos de irrealidad. Las guerras presentes hurtan la presencia del enemigo porque este puede inspirar compasión y hacer germinar la duda en ejecutar el acto irrevocable, el disparo, la deflagración. Aquiles mira a Príamo y se estremece: “Los otros también se estremecieron mirándose entre sí”. Es un sólo instante, pero es el instante que les hace humanos, luego, todo lo humano se lo lleva la fuerza. La mayor parte de quienes se oponen a la guerra lo hacen porque creen que es evitable, dice Cansinos con sangrante humor. Un primer paso sería adoptar aquella actitud de Sócrates que recoge el inventor del «ensayo»: le preguntaron en cierta ocasión de dónde era y no respondió “de Atenas”, sino “del mundo”. Y Monsieur Eyquem, Seigneur de Montaigne, apostilla: “El, que tenía la imaginación más llena y más extensa, abrazaba el universo como su ciudad”.

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Jean-Léon Gérôme – Diogenes [1860 – Walters Art Museum – Baltimore / Maryland – USA]

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Arturo García Ramos

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