Apuntes para Occidente – La cara oculta de la India desde la no-vida de los «intocables» – Isabel Guerra Narbona

Apuntes para Occidente – La cara oculta de la India desde la no-vida de los «intocables» – Isabel Guerra Narbona

Apuntes para Occidente

La cara oculta de la India desde la no-vida de los intocables

 

 

Dedicado con todo mi cariño a una persona que transformó por completo mi persona; me ofreció sus ojos para mirar el doloroso rostro del mundo, y, luego, sus manos para transformarlo. A ti, Narendra Jainwal

 

 

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La India es un país que, a pesar de ser muy visitado por su sorprendente y exótica cultura, muy pocos conocen verdaderamente. Ni siquiera muchos de los turistas que han pisado su cálido suelo, han probado su atípica gastronomía o han estado en sus maravillosos y emblemáticos templos han tenido la suerte de penetrar su realidad única y percibir todo un mundo lleno de infinitos matices que nos proyecta hacia un pasado que cumple más de mil años. Porque ciertamente, por muchos siglos que hayan transcurrido, hay algo vivo allí todavía presente que se mantiene indemne, y que, lamentablemente, pasa desapercibido para la gran mayoría de extranjeros de todo el mundo, que pareciera que únicamente se contente con haber pisado su suelo, probado su cocina o realizado multitudes de fotografías junto al Taj Mahal, el Templo Dorado o Akshardham. Pero existe, tras su bella y exótica apariencia, otra realidad más insólita que merece ser re-conocida, si con ello queremos hacer justicia a la Verdad y a la India, si con ello pretendemos transformar la realidad que nos oprime cada día con sus innumerables extravagancias y sinsentidos, ya que visitar la India y no vivir su propia realidad es, de alguna manera, estar preso de la ignorancia que habita con tanto fanatismo y devoción en nosotros mismos, en nuestras conciencias humanas, en el propio corazón de Occidente. Precisamente, esa ignorancia, que muchas veces suele sospecharse y que pocas las que queremos asumirla como real porque incomoda, enmudece aún más el dolor y la tragedia que sostiene en sus espaldas ese maravilloso mundo, convirtiéndonos, al mismo tiempo, en cómplices y amigos de ese sufrimiento tan pesado y difícil de soportar, que se llama esclavitud. En cualquier caso, ese misterioso mundo, que nos parece tan atractivo y diferente al nuestro, ha sido levantado durante siglos gracias al trabajo esclavo y a la muerte injusta de los intocables (Dalit), casta inferior que ha sido cruelmente oprimida por las castas superiores, hasta nuestros días. Y aunque, en efecto, la India cuente a día de hoy con una democracia, ésta sólo sirve como lavado de imagen de cara al exterior. Porque, en realidad, existen grandes desigualdades que no dejan que una parte de la población india, las castas inferiores, pueda prosperar. La democracia se ha convertido, pues, en una maquinaria de hacer esclavos, o al menos, de ocultarlos, que suele ser a veces mucho peor. Este hecho se puede percibir claramente observando cómo funciona el mundo laboral. En éste, aquellos que pueden prosperar profesional y económicamente son los que pertenecen a las castas superiores, que tienen total libertad para establecer cualquier negocio y, además, disfrutan de una buena educación. Pero los de castas inferiores, los más pobres, estos no lo tienen nada fácil. Si alguien de casta inferior decidiera abrir una tienda de alimentación, lo que ocurriría es que casi nadie iría a comprar allí. Sus productos serán considerados inferiores, sucios, tal y como son considerados ellos mismos por el Sistema. Ciertamente, se parte de la idea de que los intocables han nacido para vivir en la suciedad, por eso, sus trabajos consisten, prácticamente, en limpiarla; esto es, para que los de castas superiores puedan vivir cómodamente, sin tener que ensuciar sus delicadas manos. Pero además, debemos sacar a la luz otra cuestión no menos terrible. En esta particular democracia, el 90% de las violaciones y abusos son cometidos por las personas de casta superior a las de casta inferior. Ellos se aprovechan de que los pobres no puedan pagar las tasas del juicio, y si realmente hay juicio, la sentencia puede durar unos treinta años. Esto significa que no hay justicia para los pobres. Incluso, la mayoría de las veces, cuando una persona de casta inferior sufre algún tipo de delito y recurre a la policía, ésta ni siquiera atiende sus quejas. ¿No es, por tanto, la cultura de las castas una cultura de la violencia y la esclavitud que refleja, además, la esencia de nuestro mundo oprimido?

Pero tras ese rígido muro que parece infranqueable para la limitada condición humana, hay, a pesar de ello, quienes viven ejerciendo una labor muy significativa, e incluso valiente, para transformar esa realidad y derribar, al fin, el muro de la barbarie.  Narendra Kumar Jainwal nació en Bandikui, Dausa (1985). Pertenece a una familia muy humilde, que tuvo que pasar ciertas penurias en el pasado para subsistir, todos ellos intocables. No obstante, ya desde muy temprana edad tomó conciencia de la realidad de su pueblo, y, desde entonces, se negó a vivir bajo el yugo amargo de la humillación. Por eso, hace algo más de un año, este entusiasta joven, al ser despedido injustamente de una empresa de turismo por no haber comunicado a ésta que pertenecía a una casta inferior, no se dejó abatir por la impotencia y la rabia, y, a pesar de que todo parecía ir en su contra, decidió crear su propia empresa de viaje, a la que, con mucho motivo, llamó Intocable India Tours. Afortunadamente, se trataba de un negocio que, al tener sus miras puestas hacia el exterior del país, no encontraría ningún obstáculo por parte de las castas superiores. En efecto, Narendra pensó que una de las pocas oportunidades para que una persona de casta inferior pudiera prosperar social y económicamente sin ser hostigado por el egoísmo del propio sistema de castas, era la de crear un negocio que se mantuviera fuera de ese sistema. Optó entonces porque sus propios clientes fueran extranjeros. Sin embargo, este negocio se estaba convirtiendo en algo más que una mera empresa, a saber, en un proyecto que tuviera como fin obtener fondos con los que construir una escuela, para que muchos huérfanos y niños de castas inferiores y sin suficientes recursos económicos pudieran disfrutar de la educación. Si algo tenía por seguro Narendra era que la educación era la mejor arma para combatir la sinrazón y violencia de un sistema político que se sustenta históricamente gracias a la falta de derechos de un grupo y los privilegios de otro. De todos modos, su proyecto no es sólo un acto de buena voluntad y compromiso en favor de los más desfavorecidos, sino un ejercicio de auténtica rebeldía y denuncia contra todo un Sistema político que, en nombre de la Democracia, mantiene en la exclusión absoluta a una gran mayoría de personas que carecen de oportunidades reales para poder desarrollarse dignamente.

Me pregunto si, tal vez, no será esa labor tan significativa un ejemplo claro de lucha reivindicativa en nombre de la humanidad que sufre, y que se muere en la más absoluta sombra, aplastada por el peso de la crueldad y del sinsentido; y si en nuestro tan preciado primer mundo, donde existe aparentemente un consolidado sistema político democrático que dio a luz esa solemne Carta (el documento más traducido en todo el mundo según el Libro Guinness de los Récords ), que nos enseña, con sumo detalle, cuales son nuestros derechos humanos más universales, no habremos olvidado que, precisamente, los grandes logros comienzan siempre con bajarnos al fango de la miseria, dejarnos ensuciar por ese lodo espeso que todo lo va tragando lentamente y, desde él, abrazar, en verdadera solidaridad, a aquellos que viven completamente enterrados por él desde que nacen; es decir, en ser capaces de reconocer desde nuestra pequeña humanidad la gran humanidad del pobre y su dignidad, y no, precisamente, en dictar bellos discursos desde las deslumbrantes y altas cumbres de la riqueza, que sólo sirven para enmascarar la dolorosa realidad del mundo y su terrible fealdad; como hacen a día de hoy los grandes mandatarios que nos representan; como, exactamente, hacen los poderosos dictadores que elegimos periódicamente de entre todos los tiranos que, con su pronunciada pero sarcástica sonrisa, aparecen ante nosotros para dominarnos en nombre de la Democracia. Todos ellos desconocen, ciertamente, que la sed de poder por el propio poder es la tumba de la verdadera Política. Habrá, entonces, que inventar, desde la humilde casa del pobre y del excluido, un nuevo sentido de la política y del poder que esté al servicio de los más desfavorecidos y vulnerables, si queremos, realmente, transformar nuestro mundo; si queremos, con ello, limpiar el fango que persiste con tanta severidad en nuestras conciencias, y que no nos deja contemplar la inconfundible realidad de la miseria, su silenciosa violencia, que tanto daño causa a la Vida.

Allí mismo, cerca de la casa de Narendra, a tan sólo unos metros, hay una pequeña escuela de apariencia moribunda que nos enseña cómo es la vida de los más pobres. Sus aulas, casi vacías, porque no hay ni mesas ni sillas donde sentarse y apoyarse para escribir, recuerdan las ruinas de algún emblemático edificio que ha sido arrasado por la crueldad y barbarie de la guerra. Pero allí están, apenas cincuenta niños, sentaditos en el vasto suelo, aprendiendo, desde un profundo respeto y admiración al maestro, el lenguaje simbólico y matemático del mundo y de la misma Vida.  Por eso, esta escuelita es un templo de la sabiduría que muy pronto, la mayoría de ellos, tendrá que abandonar a su pesar para trabajar y percibir un “salario”, que no ayudará, en absoluto, a curar la enfermedad político-social que todos ellos vienen padeciendo por herencia cultural desde hace más de mil años: la deshumanización. En verdad, la educación es un lujo si eres un niño intocable; pero si además eres un adulto pobre, es un imposible. En nuestro primer mundo, curiosamente, también la educación está herida de muerte; no, precisamente, porque falten niños o materiales escolares, sino porque se la desprecia y se la considera un juguete poco divertido para pasar el rato. Asimismo, me pregunto si, quizá, nuestra falta de educación no nos esté incapacitando demasiado para la actividad reflexiva y crítica de la realidad del mundo, al mismo tiempo que nos esté haciendo más manipulables ante los que dicen ser nuestros fieles representantes. O, tal vez, lo que pueda ser aún peor, que esta falta de educación, que nos caracteriza en estos últimos tiempos, nos haya llevado, sin apenas darnos cuenta, a ser nosotros mismos, los propios ciudadanos, los que verdaderamente estemos representando a esa escoria política que se ha instalado sobre nuestras vidas para beber nuestra sangre. Y es que la política debe comenzar ejerciéndose siempre desde los barrios y Asociaciones vecinales, con la participación de los vecinos en asamblea para tratar en comunidad los temas más perentorios que nos hayan tocado vivir en este presente siglo. Sin embargo, hoy más que nunca vivimos esa pobreza política, que se refleja, justamente, en una falta de compromiso y empatía social que nos hace ser más egoístas e insolidarios con respecto a épocas anteriores, en cuanto preferimos quedarnos en casa, metidos en nuestra burbuja personal, ausentes de la humanidad, antes que salir al encuentro con la comunidad y asumir nuestros roles ciudadanos junto a los demás. Porque todos, querámoslo o no, somos seres políticos por el hecho de que vivimos en comunidad. Sin embargo, al contemplarnos en el espejo insólito de la Historia, parece que en todo este tiempo hayamos perdido mucha capacidad de sacrificio y lucha en defensa de nuestros derechos fundamentales, porque siempre estamos esperando que sean otros los que nos realicen y transformen socialmente. Pero sea como fuere, lo que si debe quedar claro es que, de una comunidad insolidaria y poco participativa políticamente, es poco probable que puedan emerger grandes políticos; y si, de alguna manera, lo hicieran, estos, seguro, pasarían inadvertidos en el privilegiado horizonte del Poder.

En cualquier caso, como bien sabe Narendra, la Educación tiene el poder de transformar la realidad social de un pueblo y de toda una comunidad política, y, por eso, es un bien que debemos no sólo defender, sino sanar desde abajo, desde la familia y la escuela. Porque si, efectivamente, no tenemos una buena educación, todas las esferas de nuestra vida se irán deteriorando con el paso inevitable del tiempo, y llegará el momento en que no podamos reconocernos ni en la Historia, ni en el conjunto de la Humanidad, ni siquiera en nuestra propia Comunidad. Por eso, apostar por la Educación es apostar por la Vida, y por el futuro digno del propio Ser Humano; para que algún día seamos capaces de reconocer con facilidad el sufrimiento oculto del Otro, y tengamos la fortaleza suficiente para combatirlo en nombre de la Solidaridad.

De esta manera, la Educación nos ayudará a que cuando estemos paseando por alguna ciudad de la India y contemplemos su fantástica arquitectura, no sólo estemos viendo los grandes y bellos templos que se levantan majestuosos en nombre de los dioses, sino que también estaremos percibiendo, en todo su esplendor, la esclavitud y el sufrimiento de quienes dieron sus vidas en esa maravillosa obra; que cuando vayamos a los restaurantes más reconocidos a probar su rica gastronomía, seamos capaces de sentir el hambre y la miseria de los millones de hindúes que no cuentan con ningún recurso para subsistir, y que mueren en la calle, en la absoluta indigencia; y que cuando visitemos el parlamento, el Sandad, y las numerosas instituciones políticas, estemos viendo, al mismo tiempo, la injusticia política y la falta de derechos que padecen las castas inferiores. Ciertamente, cuando esto sea posible, cuando al fin seamos capaces de ver lo que oculta la aparente realidad que nos aparece en su faceta más atractiva e inocente, algo ya habremos cambiado el mundo y su falsedad.

 

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Isabel Guerra Narbona

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