Remedio contra los fanatismos – Antonio Costa Gómez

Remedio contra los fanatismos – Antonio Costa Gómez

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Remedio contra los fanatismos

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Remedio contra los fanatismos

Álvaro Cunqueiro pudo evitar las guerras de la antigua Yugoslavia. Bastaría con que los jefes de las distintas naciones hubieran leído “Las crónicas del Sochantre” o “Las mocedades de Ulises”.

De él tomarían esa ligereza, esa gracia, esa capacidad para mezclar las distintas culturas, para extraer lo mejor de los distintos países, esa capacidad de disfrutar, esa falta de solemnidad excluyente, esa negación de todo fanatismo, el gozar lujurioso de todos los nombres, el intercambio de sugerencias, el cocinar como en platos exquisitos los sabores de varias tradiciones.

Cunqueiro mezclaba lo céltico con lo oriental, lo antiguo con lo moderno, lo cristiano con lo clásico, los licores de todas las religiones, lo gallego con lo europeo, lo real con lo fantástico. Y en todo encontraba esa levedad que nos impide aplastar a nadie. Para él la creatividad era la libertad, el tomar de todos los seres  sus mejores olores y seguir destilando otros nuevos. Su obra es una fiesta de la captación y de la invención.  Destila lo invisible de todo, como quería Rilke. Y viaja en persona o con el lenguaje a todos los países y a todas las épocas y se alimenta de todas. Como viajó a todas partes, al menos con las palabras,  también viajó a Yugoslavia y  habla de Dubrovnik o  Split en Viajes imaginarios y reales, etc.

Pero hubo un escritor en Serbia que se parecía mucho a Cunqueiro, Milorad Pavic. Concitó la admiración de todos los ex yugoslavos y todos disfrutaron de él, como de la música de Goran Bregovic. Tal vez si lo hubieran leído un poco más tampoco estallarían las guerras yugoslavas con sus esputos  de intolerancia y de sangre. Porque el Diccionario jázaro tiene muchas de las cualidades de Cunqueiro:  juego y levedad, y gastronomía, y mezcla de realidad y fantasía, y ocurrencias interminables, y fabulación desatada, y juego con los nombres y las culturas. Y aparecen los diablos traviesos, igual que hay muchos diablos en Cunqueiro.

Su idea de montar una novela a partir de un diccionario está implícita en los diccionarios de personajes que pone Cunqueiro al final de sus novelas. Se basa en un pueblo que existió de verdad a orillas del Caspio en el siglo VIII, pero  lo mezcla con inusitadas fantasías y caprichos. Tres cazadores de sueños de las tres grandes religiones se sueñan mutuamente y después de encontrarse escriben versiones modernas de un  desaparecido diccionario jázaro.

Dos de ellos son un diablo cristiano o musulmán  y el tercero es un judío que se acuesta con una diablesa que vivía en Dubrovnik. La versión mítica del Diccionario jázaro se escribió con tinta venenosa y todo el que lo leía se moría. Pero la obra de Pavic, como los libros de Cunqueiro, al revés, está escrita con tinta que vivifica y cura de todos los fanatismos.

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Antonio Costa Gómez

    

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