Diomedes o el síndrome del Vietnam – II – Santiago Blanco del Olmo
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Diomedes o el síndrome del Vietnam – II
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Diomedes o el síndrome del Vietnam – II
MENCIÓN DE DIOMEDES EN LA ODISEA
En el canto IV de la Odisea asistimos al relato que Menelao refiere en honor a Telémaco, el hijo de Ulises, que ha viajado desde Ítaca hasta el Peloponeso para buscar información acerca del paradero de su padre. En él figura su progenitor brillando con luz propia, pero también otras figuras principales del ejército griego; se trata del ardid del caballo de madera. Veamos: (versos 271-289)
“¡Qué servicio prestó a los aqueos aquel extraordinario varón con el caballo de madera, cuyo interior ocupábamos los mejores argivos para llevar a los troyanos la carnicería y la muerte! Tú misma saliste de la ciudad (se refiere a Helena) –pues debió moverte a ello algún numen que anhelaba dar gloria a los troyanos- y te seguía Deífobo, tan semejante a un dios. Tres veces diste la vuelta al caballo; tres veces llevaste las manos hacia la hueca emboscada llamando a los principales argivo por su nombre, imitando la voz de sus mujeres. El Tidida y yo, que con el divino Ulises estábamos en el centro, reconocimos tu voz, y aquél y yo tomamos la decisión de salir espada en mano antes de esperar a ser descubiertos; pero Ulises nos lo impidió y nos contuvo a pesar nuestro. Entonces todos guardamos silencio. Y como Anticlo fuese a responderte, Ulises tapole la boca con su robusta mano y nos salvó, sujetándole, hasta que Palas Minerva te apartó de allí.”
(Traducción española de Juan B. Bergua)
Este fragmento, sorprendente por muchas razones, nos sirve para corroborar que en la acción militar más renombrada y famosa de la guerra de Troya, la del caballo de madera, también participó junto con los mejores Diomedes Tidida. En este mismo libro de la Odisea se nos hace saber que Helena nunca estuvo en Troya, que fue tan sólo un fantasma, una camisa vacía a decir de Seferis, puesto que la verdadera Helena pasó todo ese tiempo en Egipto junto al promontorio de Proteo, el prodigioso pastor de focas. Por esto la traición imperdonable para con los caudillos griegos no fue tal, aunque se aduce la responsabilidad de un numen, de una divinidad, sobre la actuación de Helena-fantasma. Es también sorprendente cómo Menelao presenta a Deífobo, sustituto de Paris en el lecho de la bella, “tan semejante a un dios”; parece cuando menos chocante, viniendo de labios de un marido engañado, o que creía ser engañado en ese tiempo.
MENCIONES DE DIOMEDES EN LA ENEIDA
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about 490–480 B.C. – [Caskey-Beazley, Attic Vase Paintings (MFA), no. 070. / Museum of Fine Arts Boston – Boston – Massachusetts – USA] [Source: https://collections.mfa.org/objects/153649 / https://www.perseus.tufts.edu/hopper/artifact?name=Boston+97.368&object=Vase]
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A continuación vamos a ir viendo qué se dice de nuestro héroe en los diferentes pasajes de la Eneida previos al famoso fragmento del libro XI, donde, como es sabido, habla en primera persona el argivo domador de caballos.
Canto I: En medio de la tormenta que sacude la superficie del mar donde se encuentra la escuadra de Eneas, el caudillo troyano alza sus palmas al cielo y exclama presa de la desesperación su deseo tal vez más oculto: (I verso 94 y ss)
“…O terque quaterque beati,
Quis ante ora patrum Troiae sub moenibus altis
Contigit oppetere! O Danaum fortissime gentis
Tydide! Mene Iliacis occumbere campis
Non potuisse tuaque animam hanc effundere dextra,
Saeuus ubi Aeacidae telo iacet Hector , ubi ingens
Sarpedon, ubi tot Simois correpta sub undis
Scuta uirum galeasque et fortia corpora uoluit!”
A continuación ofrezco una traducción española de Eugenio de Ochoa:
“¡Oh tres y cuatro veces venturosos aquellos a quienes cupo en suerte morir a la vista de sus padres bajo las altas murallas de Troya! ¡Oh, hijo de Tideo, el más fuerte del linaje de los dánaos! ¿No me valiera más haber sucumbido en los campos de Ilión y entregado esta alma al golpe de tu diestra, allí donde Héctor yace traspasado por la lanza de Aquiles, donde yace también el corpulento Sarpedonte, donde arrastra el Simois bajo sus ondas tantos escudos arrebatados y tantos yelmos y tantos fuertes cuerpos de guerreros?”
Es evidente que aquí a Eneas sólo se le viene a la memoria el nombre de Diomedes como el más valiente, más fuerte traduce Ochoa, de los griegos. También el hecho de que Eneas preferiría estar muerto. Como pasa con frecuencia en Virgilio, uno supondría que, en comparación con las actuales circunstancias, la posibilidad de morir en su patria ante los ojos de sus seres queridos y gozar de los debidos honores fúnebres le parece preferible al hecho de perecer en alta mar, de manera poco gloriosa y sin tumba. Sí, pero uno también podría suponer que sencillamente quisiera estar muerto. Virgilio deja abiertas ambas posibilidades a juicio del oyente o lector. A Eneas se le vienen con frecuencia los recuerdos de la guerra a la mente y lo hace dolorosamente, uno pensaría que más que recordarlos, los revive. Más tarde en el famoso verso que pronuncia ante la reina de Cartago: “Infandum Regina iubes renouare dolorem”, “me ordenas, reina, renovar un dolor inefable”, vuelve a contar el final de Ilión, pero lo hace bajo el mandato de su enamorada anfitriona. También en la cita siguiente del libro I llora y se cubre el rostro, contemplando el friso de un templo en construcción, ya sea bajorrelieve o pintura, en el que se refleja la muerte de Troilo. Tal vez las lágrimas, tal vez la palabra ayuden a sanar un dolor tan metido dentro del alma, “lacrumae rerum”.
Nuevos recuerdos se le echan encima en el verso 469 y siguientes del libro I:
“Nec procul hinc Rhesi niueis tentoria uelis
Agnoscit lacrimans, primoquae prodita somno
Tydides multa uastabat caede cruentus,
Ardentisque auertit equos in castra prius quam
Pabula gustassent Troiae Xanthumque bibissent.”
Siempre en la versión de Ochoa:
“No lejos de allí reconoció con lágrimas las tiendas de Reso con sus blancos pabellones, que sorprendidas traidoramente durante el primer sueño, el sanguinario hijo de Tideo asolaba con espantosa carnicería, llevándose luego a sus reales los fogosos caballos del infeliz vencido, antes que hubiesen gustado los pastos de Troya y bebido las aguas del Janto.”
Y piénsese que han transcurrido ya siete años desde la destrucción de Troya, y ocho desde el episodio de la Dolonía, que ha sido previamente citado en la Ilíada. Aquí Diomedes es sanguinario, “cruentus”, recordemos que en esta acción de guerra Diomedes degüella a catorce enemigos, uno de ellos cautivo, los demás mientras dormían.
Canto II:
En el verso 162 y siguientes se vuelve a hacer mención de Diomedes, aquí usando nuevamente su patronímico, y haciendo referencia al robo del Paladión. Veamos:
“Omnis spes Danaum et coepti fiducia belli
Palladis auxiliis Semper stetit. Impius ex quo
Tydides sed enim scelerumque inuentor Vlixes,
Fatale adgressi sacrato auellere templo
Palladium caesis summae custodibus arcis,
Corripuere sacram effigiem manibusque cruentis
Uirgineas ausi diuae contingere uittas”
En español: “Toda la esperanza de los dánaos y su confianza en la emprendida guerra estribaron siempre en los auxilios de Palas; pero desde que el impío hijo de Tideo y Ulises, inventor de maldades, acometieron sustraer del sacro templo el fatal Paladión, después de haber dado muerte a los guardias del sumo alcázar, y arrebataron la sacra efigie, y con ensangrentadas manos osaron tocar las virginales ínfulas de la deidad…”
En este pasaje se hace referencia a un Diomedes impío, en tanto en cuanto comete la profanación de un templo y la sustracción de una estatua, tal vez de un xóanon que representaba a la diosa Palas Atenea.
Seguidamente, en el verso 197 del mismo libro, se nos vuelve a citar a Diomedes como al paladín de los aqueos en compañía de Aquiles. Se refiere al engaño del célebre caballo y a las supercherías del excelentísimo actor Sinón, que logra embaucar a los troyanos:
“Talibus insidiis periurique arte Sinonis
Credita res, captique dolis lacrimisque coactis
Quos neque Tydides nec Larisaeus Achilles,
Non anni domuere decem, non mille carinae.”
En castellano, ahora: “¡con tales insidias, y con el perjuro artificio de Sinón, creímoslo todo, y así fueron vencidos con engaños y fingidas lágrimas aquéllos a quienes no pudieron domar ni el hijo de Tideo, ni Aquiles de Larisa, ni diez años de combates ni mil bajeles!”
Vemos como Diomedes es transformado en la memoria de Eneas en el Enemigo por antonomasia.
Canto VIII:
En este comienzo del canto octavo, Turno alza la bandera de guerra en Laurento. La juventud latina acude a la movilización y junto al rey Latino y los rútulos de Ardea, acuden también los mejores capitanes de guerra: Mesapo, Ufente y Mecencio, el ateo. Un heraldo es enviado a conseguir la alianza de Diomedes quien, como es sabido, se encuentra en la recién fundada ciudad de Arpi, y que es muy probable que quiera adherirse a la alianza contra Eneas y los troyanos, toda vez que ya combatió contra ellos durante diez años y resultó vencedor. Por otro lado tener a Diomedes de aliado es un as en la manga de cualquier ejército. Veamos: (versos 9 y 10)
“mittitur et magni Venulus Diomedis ad urbem
Qui petat auxilium, et Latio consistere Teucros.”
En nuestra lengua: “Enviado Vénulo, parte a la ciudad del gran Diomedes en demanda de socorros y para noticiarle que los teucros se hallan en el Lacio”.
Para los aludidos latinos y para los oyentes o lectores del poema épico resulta más que evidente que el guerrero argivo, cuyo currículum hemos venido estudiando hasta ahora, acudirá de buen grado a la batalla contra su viejo rival. Aquí se le califica de “magnus”, grande.
Canto X:
Comienza el canto X con una asamblea de los dioses, Júpiter los ha convocado a todos para dirimir las cosas de Italia. Van a intervenir Venus y Juno en este concilio, cada una hablará a favor de cada uno de los dos oponentes. Al final Júpiter se declarará neutral. Oigamos ahora las palabras de Venus, que teme por su hijo Eneas y no ceja de protegerle: (verso 26 y ss)
“…muris iterum imminet hostis
Nascentis Troiae nec non exercitus alter,
Atque iterum in teucros Aetolis surgit ab Arpis
Tydides. Equidem credo, mea uulnera restant
Et tua progenies mortalia demoror arma.”
Esto queda en la versión española de Ochoa: “Por segunda vez el enemigo, por segunda vez un ejército no menos formidable que el de los griegos amenaza los muros de la naciente Troya; por segunda vez se levanta de la etolia Arpis contra los teucros el hijo de Tideo. Paréceme en verdad que aún está abierta mi herida, y acaso no sea la última que reciba tu hija de armas mortales.”
En este fragmento observamos cómo la diosa del amor y madre de Eneas recuerda la acción de guerra en que, con voluntad de recoger a su hijo herido en combate y retirarlo del peligro, ella misma sufrió el ataque del Tidida y fue herida en la mano. Venus se pregunta muy retóricamente si tal acción volverá a suceder y apremia a su padre a que ponga remedio a esta eventualidad, porque de lo que Venus está convencida, al igual que todos los lectores u oyentes del poema, es de que Diomedes acudirá sin falta a esta nueva guerra y se volverá a enfrentar a su hijo.
Hay una nueva mención a Diomedes en este canto X; nos encontramos en medio de la batalla y un carro de guerra conducido por Líger, a las riendas, y Lucago, combatiendo, está causando estragos entre las filas troyanas. Eneas se encara contra ellos y Líger le dirige las siguientes palabras: (verso 581 y siguientes)
“Non Diomedis equos nec currum cernis Achilli
Aut Phrygiae campos: nunc belli finis et aeui
His dabitur terris.”
O sea: “No estás viendo los caballos de Diomedes ni el carro de Aquiles ni los campos de la Frigia; ahora en este suelo van a terminar la guerra y tu vida.”
Jactanciosas palabras, como vemos, propias de los guerreros de antes. Lo que nos interesa es que se siguen nombrando a Diomedes y a Aquiles como a los baluartes del ejército griego en Troya y principales causantes de su victoria, ambos distintos, sí, pero ambos igualmente dañinos para la ciudad de Ilión. Al mismo tiempo, como de pasada, se alude a la blandura o molicie, por no decir afeminamiento, que en la Antigüedad se atribuía a los pueblos de Asia Menor, y que es un tópico que se repite hasta tiempos de Virgilio.
Canto XI:
A continuación, a partir del verso 225 y siguientes, volvemos a tener noticia del rey etolio; en efecto, vuelven los emisarios a la ciudad de Arpi con la inesperada respuesta, oigámosles:
“Hos inter motus, medio in flagrante tumultu,
Ecce super maesti magna Diomedis ab urbe
Legati responsa ferunt: nihil ómnibus actum
Tantorum impensis operum, nil dona neque aurum
Nec magnas ualuisse preces, alia arma Latinis
Quaerenda, aut pacem Troiano ab rege petendum.”
Seguimos, como hemos venido haciendo hasta aquí, la traducción de Ochoa: “En medio de aquellas turbulencias y en el hervor de aquellos bandos he aquí que llegan los embajadores enviados a la gran ciudad de Diomedes, tristes con la respuesta que traen de que nada han conseguido después de tantos afanes y de apurados todos los medios; de que nada han valido ni las dádivas, ni el oro, ni las más rendidas súplicas; de que es fuerza, en fin, a los latinos buscar el auxilio de otras armas o solicitar la paz del rey troyano.”
¡Oh sorpresa! ¿Que Diomedes no va a luchar? ¿Pero cómo es esto posible? De repente en unos pocos versos se nos anuncia una noticia a todas luces increíble, una noticia que rompe con el mito que este grandísimo guerrero se ha labrado con sus manos en numerosísimas batallas a lo largo de años, el hijo de Tideo, el nieto de Eneo, el grande, el sanguinario, el valiente, el impío Diomedes ha renunciado a los tesoros acumulados por los latinos y que se le han ofrecido casi por motivos protocolarios y no quiere luchar… ¿Por qué?
Los motivos de tan inesperada respuesta nos serán expuestos pronto en boca del propio Diomedes en un discurso breve transmitido en estilo directo. Pero antes de pasar a los versos finales de este canto sólo quisiera llamar la atención de un adjetivo latino que Virgilio coloca de forma ambigua en el verso 226, se trata de “maesti”. Esta palabra (maestus –a –um) podría entenderse de dos maneras, o bien como nominativo plural masculino, en cuyo caso concertaría con “legati”, sustantivo sito en el siguiente verso; esta es la forma como lo ha traducido en el texto castellano Eugenio de Ochoa. Y tiene sentido, porque es más que lógico que los embajadores enviados a Arpi en busca de una alianza con Diomedes vuelvan “tristes”, toda vez que no han cumplido su cometido. Pero también es posible una lectura en que “maesti” es genitivo singular masculino, en cuyo caso concuerda con “Diomedis”, y la traducción sería más o menos así: “…he aquí que llegan los embajadores enviados a la gran ciudad del triste Diomedes…”
Se me preguntará tal vez cuál de las dos opciones es la correcta: ambas. En efecto, como el genio de Virgilio nos tiene ya acostumbrados, sus versos guardan una complejidad de significados que no se puede traducir a otra lengua, y cuando se hace, indefectiblemente hay parte de los significados que se pierde. Virgilio hace dar de sí a la lengua latina con la que escribe, la ensancha, la fecunda, la multiplica. Para el oyente que escucha estos versos en lengua latina los dos significados coexisten de alguna manera. Ahora bien, “maestus” significa en latín, y cojo el significado del diccionario Latino – Español de Agustín Fraile: “de maereo. Adjetivo. Abatido, profundamente apenado, afligido; que denuncia la tristeza, la aflicción.”
El oyente comprende pues, decíamos, ambas posibilidades de sentido simultáneamente, pero se queda asombrado cuando se percata de que se le atribuye a Diomedes este adjetivo: “apenado”. Se le queda dando vueltas en la cabeza sin acabar de entenderlo del todo: “¿apenado por qué? Bien, ha sido precisamente el adjetivo “maestus” el que me ha movido a escribir este trabajo.
A continuación dejemos a Vénulo, el jefe de la frustrada embajada a Diomedes, que se exprese con sus propias palabras: (verso 243 y siguientes)
“Vidimus, o ciues, Diomedem Argiuaque castra,
Atque iter emensi casus superauimus omnis,
Contigimusque manum qua condidit Ilia tellus.
Ille urbem Argyripam patriae cognomine gentis
Victor Gargani condebat Iapygis agris.
Postquam introgressi et coram data copia fandi,
Munera praeferimus, nomen patriamque docemus´
Qui bellum intulerint, quae causa attraxerit Arpos.
Auditis ille haec placido sic reddidit ore”
En traducción española: “Hemos visto, oh ciudadanos, a Diomedes y el campamento argivo. , y arrostrando todos los azares del camino, hemos tocado aquella mano a cuyo empuje cayó la ciudad de Ilión en ocasión en que vencedor estaba edificando en los campos de Yapigia, al pie del monte Gárgano, la ciudad de Argiripa, denominada así en recuerdo de su antigua patria. Introducidos a su presencia y autorizados a hablar, presentamos los regalos que llevábamos y declaramos nuestros nombres y nación; quiénes habían traído la guerra a nuestro suelo, y el motivo que nos llevaba a Arpos. Oído esto, respondionos así con apacible continente”.
Las palabras de Vénulo son tan sólo el preámbulo del discurso narrado en estilo directo que Virgilio pone en boca de Diomedes. Éste es: (versos 252 a 293)
“O fortunatae gentes, Saturnia regna,
Antiqui Ausonii, quae uos fortuna quietos
Sollicitat suadetque ignota lacessere bella?
Quicumque Iliacos ferro uiolauimus agros
(mitto ea quae bellando exhausta sub altis,
Quos Simois premat ille uiros) infanda per orbem
Supplicia et scelerum poenas expendimus omnes,
Uel Priamo miseranda manus; scit triste Mineruae
Sidus et Euboicae cautes ultorque Caphereus.
Militia ex illa diuersum ad litus abacti
Atrides Protei Menelaus adusque columnas
Exsulat, Aetnaeos uidit Cyclopas Vlixes.
Regna Neoptolemi referam uersosque penatis
Idomenei? Lybicone habitantes litore Locros?
Ipse Mycenaeus magnorum ductor Achiuum
Coniugis infandae prima inter limina dextra
Oppetiit, deuictam Asiam subsedit adulter.
Inuidisse deos, patriis ut redditus aris
Coniugium optatum et pulchram Calydona uiderem?
Nunc etiam horribili uisu portenta sequuntur
Et socii amissi petierunt aethera pennis
Fluminibusque uagantur aues (heu, dira meorum
Supplicia!) et scopulos lacrimosis uocibus implent.
Haec adeo ex illo mihi iam speranda fuerunt
Tempore cum ferro caelestia corpora demens
Appetii et Veneris uiolaui uulnere dextram.
Ne uero, ne me ad talis impellite pugnas.
Nec mihi cum Teucris ullum post eruta bellum
Pergama nec ueterum memini laetorue malorum.
Munera quae patriis ad me portatis ab oris
Uertite ad Aenean. Stetimus tela aspera contra
Contulimusque manus: experto credite quantus
In clipeum adsurgat, quo turbine torqueat hastam.
Si duo praeterea talis Idaea tulisset
Terra uiros, ultro Inachias uenisset ad urbes
Dardanus, et uersis lugeret Graecia fatis.
Quidquid apud durae cessatum est moenia Troiae,
Hectoris Aeneaeque manu uictoria Graium
Haesit et in decimum uestigia rettulit annum.
Ambo animis, ambo insignes praestantibus armis,
Hic pietate prior. Coeant in foedera dextrae,
Qua datur; ast armis concurrant arma cauete.”
Los textos latinos de la Eneida pertenecen a la edición de R. A. B. Mynors en la edición crítica de Oxford. Y a continuación ofrezco una traducción propia del discurso del rey Diomedes:
“¡Oh pueblos afortunados, saturnios reinos, antiguos ausonios! ¿Qué azar os solivianta a vosotros que estáis en paz y os persuade a arrostrar desconocidas guerras? Cuantos a hierro violamos los campos de Ilión (dejo aparte todo cuanto se ejecutó combatiendo bajo las altas murallas y a los guerreros que el Simois aquel allí oprime) sufrimos todos suplicios inefables y el castigo de los crímenes a lo largo del mundo; tropa que causaría compasión incluso a Príamo. Lo sabe el funesto astro de Minerva y los escollos eubeos y el vengador Cafereo. Después de aquella expedición militar fueron arrojados contra diversas costas: el Atrida Menelao está desterrado junto a las columnas de Proteo, Ulises ha visto los Cíclopes del Etna, ¿referiré acaso los reinos de Neoptólemo o los derribados penates de Idomeneo? ¿Acaso a los locros que moran en la líbica costa? El mismísimo caudillo micénico de los grandes aqueos pereció en el umbral de su casa a manos de su horrible esposa: un adúltero se sienta sobre el trono de la vencida Asia. ¿Acaso no me impidieron los dioses que, una vez de vuelta a mis altares patrios, pudiera ver a mi deseada esposa y a la hermosa Calidón? Como consecuencia de aquello todavía hoy me persiguen abominables fantasmas de espantoso aspecto y mis compañeros, sin yo quererlo perdidos, tendieron con sus plumas hacia el éter y, convertidos en aves, andan errantes por los ríos (¡Ay, crueles suplicios de mi gente!) y llenan las rocas con sus lamentables chillidos. Pero estas cosas ya debiera yo esperármelas a partir del momento en que, enloquecido, ataqué con el hierro a los celestes cuerpos y vulneré la diestra de Venus con una herida.
Pero no, insisto, no me empujéis a tales luchas. Por otro lado, después de la destrucción de Ilión, no queda ya guerra alguna entre los teucros y mi persona, ni recuerdo o me alegro de sus viejas desgracias. Los regalos que ante mí traéis desde vuestras patrias costas, volvédselos a Eneas. Estuvimos a pie frente a frente con los ásperos venablos en la mano y trabamos combate; creed de quien lo ha experimentado cuán grande se alza con la adarga, con qué movimiento de rotación dispara la lanza, si el país del monte Ida hubiera además producido dos varones iguales, habría llegado el dárdano hasta las ciudades inaquias y guardaría luto la Grecia, mudados sus destinos. Si la victoria de los griegos ante las murallas de la dura Troya quedó en suspenso y se prolongó hasta el décimo año, fue por causa del brazo de Héctor y de Eneas, insignes ambos en su espíritu, ambos en sus excelentes armas, mas éste primero en piedad. Estréchense vuestras diestras en un pacto, mientras se pueda, y cuidaos muy mucho de chocar vuestras armas con las suyas.”
Hasta aquí, el texto. A continuación procederé a hacer un comentario de estos 42 versos. El discurso de Diomedes comienza con un vocativo que le ocupa los dos primeros versos, o mejor dicho, el primer verso y la mitad del segundo ( versos 252 y 253). En este inicio hay una “captatio beneuolentiae”, propio del “exordium” de todo discurso bien estructurado, y se hace uso de palabras que tienen un profundo poder evocativo. En primer lugar se les llama a los latinos “afortunados”, es decir, gente a quien sonríe la fortuna. El rey elige esta palabra porque inmediatamente después les va a preguntar por qué motivo desean arrostrar las incertidumbres de la guerra y renunciar así, y, se entiende, perder, los beneficios de la fortuna. Acto seguido hace referencia al reinado de Saturno, y la mención de este dios nos trae a la mente la memoria de la edad de oro, cuando reinaba Saturno, a la sazón tan sólo un “deus otiosus” sobre cuyos altares ya nadie ofrece sacrificios, no había propiedad privada, dinero, ambición, agricultura ni minería, todo era de todos, no había guerra ni comercio y la tierra producía copiosos frutos para todo el mundo. Incluso los corderos, a decir de Virgilio en las Bucólicas, producían lana multicolor para poder llevar vestidos polícromos sin necesidad de teñir la lana.
En el mismo verso 253 se inicia una interrogación retórica en la que se echa de ver, ya en el segundo verso, que Diomedes no está por la labor de secundar sus marciales afanes: ¿qué azar les impele a trocar su paz (estando tranquilos y en calma) y a emprender “ignota bella”? “Ignota” porque se enfrentan a un enemigo cuya capacidad militar les es desconocida hasta ese momento, y él ya se encargará de explicarles con quién se las han de ver. “Ignota” también porque el resultado de las guerras es siempre incierto, no se sabe nunca cuándo acabarán ni quién resultará vencedor; incluso el vencedor puede salir de la guerra tan entristecido, perturbado y sufriente, como el propio Diomedes, pues para Diomedes la guerra de Troya dista mucho de haber acabado. Aquí hablamos ya de cualquier guerra. Los contemporáneos de Virgilio que oían estos versos cuando fueron compuestos habían padecido múltiple guerras: guerra civil entre Mario y Sila, sublevación de Espartaco, guerra social, conjuración de Catilina, guerra contra los piratas, expedición desastrosa de Craso contra los partos, guerra de las Galias, guerra civil entre César y Pompeyo, luego contra los hijos de Pompeyo, guerra entre los cesarianos y los tiranicidas, guerras entre los miembros del segundo triunvirato extendidas hasta Egipto y culminadas con la victoria de Augusto, por citar algunas, y todas ellas en menos de 80 años. Me pregunto ¿cuántos soldados desmovilizados de estas guerras conoció nuestro bucólico poeta? Ni siquiera él estuvo ajeno a la expropiación de sus propias tierras y granja en Mantua para satisfacer las reivindicaciones de los veteranos licenciados. Amigos íntimos de Virgilio fueron así mismo militares, como Cornelio Galo, el poeta elegíaco y ominoso prefecto de Egipto, o el mismísimo Horacio, de cuya actuación como tribuno en Filipos no parece guardar un buen recuerdo. Y también las confiscaciones arruinaron a Propercio en su Asís natal. ¿Acaso el cansancio producido por tantas guerras no ayuda a la creación de “héroes cansados”, como Eneas, como Diomedes?
En el verso 255 y siguientes comienza la “narratio” del discurso, que se va a extender hasta el verso 277. Empieza hablando de todos aquellos que han experimentado la guerra, sabedor de que él mismo ha sido uno de los que ha participado en ella de forma principal y cuyo valor nadie discute. Así habla de la guerra de Troya: “cuantos violamos con hierro los campos de Ilión”; en este verbo latino “uiolamus” hay simultáneamente los significados de “hacer uso de la violencia”, “profanación religiosa” y “infracción de la legitimidad”. “Agros uiolare” puede ser talar, pero hay algo más que eso, recuérdese la mención del reinado de Saturno y de la edad de oro, donde el hombre no violentaba a la madre tierra con agricultura, minería o guerra. Por otro lado decir “ferro” no deja de ser un error en el que el mismo Homero incurre, pues es sabido que es un anacronismo por “bronce”. Aquí, no obstante, carece de importancia, pero además ese “ferro” le da más fuerza al texto.
“Sufrimos todos suplicios inefables y el castigo de los crímenes a lo largo del mundo” dice en los versos 257 y 258. A combatir en una guerra se le denomina “crímenes”, es decir, cometer actos ilegítimos contra la ley divina y humana. Quienes están con las manos manchadas de sangre han de pagar un castigo divino, una ἄτη, y la limpieza de esa sangre debe buscarse mediante una purificación. En el final de estos versos dice que “todos”, “omnes”, es decir, cuantos llevaron la guerra a los campos de Ilión, son dignos de compasión incluso para el mismísimo Príamo, el viejo rey asesinado junto al altar por Neoptólemo después de ver morir a sus cincuenta hijos y presenciar el derrumbe de su ciudad. Pero ese “omnes” yo lo entiendo de una manera más general, no sólo los griegos, sino también los troyanos, y como tantas veces en Virgilio, nada me impide leerlo también así. El impacto y las consecuencias psicológicas de aquella guerra no son inferiores en Eneas a las de Diomedes, se trata de una mancha para vencedores y vencidos por igual.
Después pone ejemplos conocidos de las desgracias acaecidas a los vencedores en su regreso a casa (versos 259 en adelante hasta el verso 274) Por este catálogo circulan algunos de los más conocidos caudillos griegos como Menelao, Ulises, Neoptólemo e Idomeneo, que sufrieron grandes penalidades hasta volver a casa definitivamente, aunque en puridad, Ulises aún no había regresado a Ítaca cuando Diomedes pronuncia este discurso, después cita el tristísimo final de Agamenón y alude paradójicamente y con amargura a que un adúltero, Egisto, se sienta en el trono del vencedor de Asia. Finalmente le llega el turno a él mismo, pero al igual que hace con el resto de los ejemplos citados más arriba, no nos dice qué es exactamente lo que pasó, se limita a señalarlo con el dedo como si el oyente o lector ya conociera estos sucesos. Así nos dice que los dioses no le permitieron ver a su deseada mujer; pero ¿por qué? Tampoco pudo visitar la hermosa Calidón y el motivo se nos oculta nuevamente. Sabemos que todo aquello fue causa de gran pesar para el caudillo argivo porque no pudo permanecer en su hogar. De hecho nos lo encontramos ahora en Italia como fundador de una ciudad llamada Arpi en el territorio del rey Dauno. Luego se suceden los prodigiosos portentos, sus compañeros fueron metamorfoseados en aves rupícolas, al parecer, y sus graznidos llenan los roquedos.
A partir del verso 275 el propio Diomedes nos expone la causa, según cree él, de estos infortunios: el hecho de haber herido en combate a la diosa Venus. Cuando lo hizo estaba como loco, “demens”, enfurecido y en un estado que antes hemos llamado de “berserk” o éxtasis guerrero durante el cual uno no puede hacer uso libremente de la razón. Fue en el curso de su ἀριστεία, donde olvidado del peligro, dotado de fuerzas casi sobrehumanas, creyéndose inmortal o ya muerto, o no dándosele un ardite por su vida, se entregó a una lucha a ultranza en que mandó al Hades a muchísimos guerreros enemigos y en la que tuvo la inconsciencia de herir a toda una diosa, contraviniendo así los consejos de Atenea. De acuerdo con esta explicación religiosa tiene sentido el acontecimiento que él silencia acerca de su esposa deseada al regreso de Troya: la diosa del amor hace que su mujer, Egialea, le sea infiel con uno o varios hombres y que lleve su adulterio al extremo de expulsar a su marido en su regreso al hogar y a obligarlo para salvar su vida a buscar asilo en el templo de Hera en un primer momento, para poco después marchar al destierro hacia occidente. Pero todo esto Diomedes lo silencia. Tal vez porque el oyente ya es conocedor de estos detalles, o tal vez porque decirlo es imposible, porque renovar el dolor padecido también aquí, revivirlo, está fuera de su alcance; pasa por tanto también esto a formar parte de las “infanda”, de las cosas inefables.
En el verso 278 empieza la “conclusio” o fin del discurso. Y lo hace con una categórica orden: no me mandéis a más guerras. Añade luego que después de finalizada la guerra de Troya no le unen a los teucros otras guerras futuras, que ni se acuerda ni se alegra de las penas pasadas. Sigue pidiéndoles que le entreguen a Eneas los presentes que han acarreado ante él. Luego hace referencia a la valentía y a la destreza de Eneas en el combate, sin par en el lanzamiento de venablos y de una espectacular presencia y bizarría, y habla por experiencia. Con dos hombres como él tal vez el resultado de la contienda hubiera sido distinto, pues sólo su brazo y el de Héctor mantuvieron a salvo Troya durante diez años. Como gesto de buena voluntad en relación a los latinos, los exhorta finalmente a que hagan las paces con Eneas y a que en ningún sentido se les ocurra oponérsele en batalla.
Diomedes ya no quiere combatir. Como le cuadra a un espíritu noble y aristocrático, no se alegra de las desgracias de los troyanos y “ha olvidado” Troya. No tiene ningún problema en alabar las virtudes de su archienemigo Eneas, ni tampoco en resaltar su piedad, su “pietas”.
Hemos dejado expresarse a Diomedes libremente y en estilo directo, es más, “placido ore”. Ahora tenemos derecho a preguntarnos al hilo de lo que sabemos del hombre descrito en la Ilíada y que hemos resumido en la primera parte de este artículo, ¿cómo es posible que el guerrero más valiente de la guerra de Troya, con excepción de Aquiles, el primero en las misiones peligrosas, incansable en la batalla, infalible-todos-los-días, el que duerme con las armas puestas (como en el poema de Alceo), el que no duda en enfrentarse a los dioses, el que degüella al cautivo sin ningún miramiento y mata en combate a decenas de guerreros enemigos, rehúse ahora la batalla contra su viejo enemigo, que se esfuerza en la lejana Hesperia (al igual que él) por fundar una ciudad para establecerse en ella y que legar a sus descendientes? ¿Tanto se parecen Eneas y Diomedes? Ambos son ya distintos; la experiencia de la guerra y los sufrimientos y trabajos los han marcado a ambos. Han debido abandonar su patria los dos, aunque por diversas razones. La guerra es un pecado contra la piedad y supone un miasma contra la conciencia de lo que está bien y lo que está mal que no se puede borrar. Verter sangre humana es pecado y es tabú, y matar es algo abominable que no se expía nunca o que es difícil de expiar independientemente de las situaciones en que se presente. Requiere purificación, sanación.
Recordamos las dudas y las reticencias de Arjuna en su carro de guerra guiado por Krishna a la hora de entrar en combate en el campo de Kuruksetra, donde habrá de enfrentarse a sus primos. ¿Pero qué otra cosa puede hacer un guerrero si no es combatir?
El mismo Diomedes describe en pocas pinceladas las consecuencias de lo que ha acontecido en la guerra, que son los síntomas de una enfermedad hasta aquel momento desconocida, que él dictamina que es ἀσέβεια, es decir impiedad. (En el diccionario de Oxford se define el verbo ἀσεβέω como: “to be impious, to act profanely, sin against the gods”) Es decir, haberse atrevido a combatir a los mismos dioses y haber llegado a herir a Cipris. Es tal vez por ello por lo que resalte la “pietas” del hijo de Anquises. Es una explicación apropiada a su tiempo, buscar la raíz de los sufrimientos en alguna ofensa contra la divinidad; en el caso del Tidida, esto salta a la vista.
¿Acaso la defensa de Helena de Troya elaborada por el sofista Gorgias de Leontinos, aunque en un momento cultural bien distinto, es verdad, no achaca el rapto y su huida a Troya con el rubio Priamida a la voluntad de Afrodita, diosa del amor, con la que nadie puede luchar?
Nosotros, sin embargo, estamos en situación de establecer un diagnóstico de la enfermedad de Diomedes que transciende lo religioso: en sus siglas en inglés, P.T.S.D. (post traumatic stress disorder)
A continuación paso a escribir la última mención de Diomedes, también en el libro XI (versos 403 y siguientes) Es ocasión de ella una asamblea de notables habida en Laurento y donde se oponen dos opciones ante el momento crítico en que se hallan: por un lado Drences sostiene que es necesario pedir la paz; por otro, Turno, quien habla con fogosidad, “uiolentia Turni”.
El rútulo insulta a Drences y lo tacha de cobarde por intentar hacer las paces con el advenedizo enemigo, mientras él se gloría de haber derrotado ya antes a los troyanos y afirma que volverá a hacerlo. En un momento dado de su alocución dice:
“Nunc et Myrmidonum proceres Phrygia arma tremescunt,
Nunc et Tydides et Larisaeus Achilles
Amnis et Hadriacas retro fugit Aufidus undas.”
En castellano: “¿Y por qué no añades que los caudillos de los mirmidones, y el hijo de Tideo, y Aquiles de Lárisa, tiemblan de las armas frigias, y que el río Aufido hace retroceder su corriente medrosa de las costas adriáticas?”
Se trata de una figura retórica conocida como “ἀδύνατα”o “impossibilia”, es decir, una enumeración de hechos imposibles. En efecto no es creíble que los soldados de Aquiles teman a los blandos frigios, ni su propio jefe ni el Tidida, así como tampoco que las aguas del Aufido fluyan hacia las montañas. También es notoria la anáfora. Lo interesante aquí es que vuelven a aparecer juntos los nombres de los dos valerosísimos caudillos griegos y que nadie duda, ni siquiera después de haber denegado su auxilio a los latinos, del coraje de Diomedes.
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Santiago Blanco del Olmo
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