En época de rosas – «El sueño de la Primavera» [Primera antología breve de poesía] – XXVIII – Carmen Cebrián Bueno

En época de rosas – «El sueño de la Primavera» [Primera antología breve de poesía] – XXVIII – Carmen Cebrián Bueno

El sueño de la Primavera – Primera antología breve de poesía – XXVIII

 

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Atajo de girasoles

No he pedido permiso para entrar,
adentrarme sin indicios,
pasear sobre suelo las piquetas,
mi mejilla labrada con el filo del aqueo,
forzando el caminar
con la nave torcida, los riscos en costales,
torbellinos de peces saltando su agonía.
He alzado mi mano
para levantar a las reses, sus ubres grisáceas,
embriagar a los muertos
de sed y de euforia
con las rutas que besan la ciudad
recién estrenada.
Ha llegado de puntillas
un cuerpo sin marañas, libre ya de
las redes, deseante
del regalo de la tierra reflejada en vidrieras,
un cuerpo que se tumba en el haz de luz,
sobre el reposo del lecho,
sin prisas.

 

… por eso se tejieron unas redes

La contienda es de tus huesos y de mis huesos por
competir con los días,
apuntalando los párpados, rindiéndose a la luz,
perdidos
los pechos somnolientos en la inmensa
huella del tigre, inmenso charco de
duermevelas, de imágenes golpeando neblinas
entre balsas de potros; de dedos galopantes
buscando nuestra orilla, esa soledad nuestra
de tinta desgastada traída a lomos de un potro.
La soledad era un atajo de girasoles
pintando unas barcas atracadas con preguntas,
las incógnitas rojas que pasean
postergando la hora
del derrumbe hacia el sueño.
Ya no pueden decir no,
ya no deben surcar las primaveras sus atajos
amarillos y se rinden al aliento,
al jugo de la flor, el veneno que bebo sin miedo.

Aunque estos huesos arrastren los caminos
y sean comedero de los días
se serenan
en el desvelo de la piedra arada de promesas,
por el perfume del papel perforado de voces,
cuando el murmullo sacude la tarde
y despiertan los huesos
en almohadas de dalias.

No lanzaré más botellas al agua,
el sosiego quiso venir
desde lo profundo, desde las galerías corales, desde las vigas sumergidas
construyéndose puentes,
desgastando el pulso de la sangre hasta
los días que quedan
por recorrer.
Allá los ecos se muerden la voz
hasta que acaben los días.
Allá es el lugar más antiguo de aquel fondo, donde el sueño
da zancadas sobre los rostros girados, sobre el párpado idéntico
a sí mismo,
en el mármol en llamas.
Y la luna
va girando despacio
e hilvana los pechos,
mientras ruedan pilastras y piedras,
mientras inventan los cuadernos al viento,
a la vez que se desploman los huesos y pintan esferas
en la playa de dalias.

Les comen los pétalos las notas al aire
si los ritmos se animan, si oscila el párpado
desgastado, si los ojos se miran
atentos,
porque si no es canción
es solo un eco, un eco,
el vuelo de perfil del águila enjaulada.

Cada vez que quieran helar las esferas estas flores,
derretirlas y herirlas cada agosto,
cada vez que vuelvan a caer unos copos
y perforen con puñales los estíos,
los cuerpos comprenderán la distancia
y los puñales de agosto
compondrán la sinfonía para
unos brazos.
La llevarán el soplo que agita las esferas y los huesos
descalzos, otra vez, sobre escamas de girasoles
derretidas, y los brazos, desnudos del sabor de la araña, surcarán
otro ciclo de mares, otra contienda de devastadas mejillas.

Quizá debas saber que los días me amanecen
verticales, en caída libre hacia
los surcos de mi piel,
que la tarde tarde me cae al subterráneo de los huecos
que cavó la mirada
en mi piel.
Por eso se tejieron unas redes
y duermen nuestros huesos en el hambre,
y las voces chorrean en los caños
palabras de agua
vertiendo espirales.
Por eso no he pedido permiso
para remar los corceles,
ni los espacios sin hueco de una espalda.
Y a pesar de los coros de las ramas
que apenas dejan palpar los abrazos,
ni bullir la herida de la carne
avivándose,
ni siquiera oír el mantra de mi nombre
en los dientes de agua rebosando,
es verdad,
es verdad que ahora descanso, que he querido
reposar, sentir el ardor de la grava,
retornar sin atajos mi osamenta y volver,
volver pausadamente a la brisa.
Es verdad que reposo, y mis huesos
y sus lunas
giran despacio.

 

Paul Delvaux – Les Ombres [1965]

***

Carmen Cebrián Bueno

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Categories: En época de rosas

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