Isabela – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

Isabela – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

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Isabela

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Arturo del Río Rodríguez – Isabela

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Isabela

Isabela colocó la blusa sobre el respaldo de la silla. Luego vino el sujetador. Se miró los dedos de los pies – las uñas descascarilladas pintadas de azul, como témpanos -, y sintió una especie de vértigo victoriano. No tenía sentido aquella timidez. Aquello era como desvestirse ante un ginecólogo. Finalmente, entre sombras y luces, se quedó desnuda. Ya en el sofá, recostada sobre sus muslos, escrutó los ojos del pintor buscando en ellos el menor atisbo de curiosidad lúbrica. Pero él no la miraba: sin inmutarse siquiera ante la perfección femenina del cuerpo desnudo que tenía delante, el pintor se limitaba a mezclar escrupulosamente las pinturas en su paleta, como si el resto del mundo no fuera sino un planteamiento filosófico que le era ajeno.

Era la octava vez que Isabela posaba desnuda para él y en todo ese tiempo el pintor no había mostrado interés por su cuerpo más que desde un punto de vista artístico, y esto le parecía a Isabela algo extraño en un hombre, pues desde que su anatomía había mudado de la ingenuidad infantil a los dulces descubrimientos adolescentes y más tarde al voluptuoso refinamiento de la madurez, había tenido que apartar de su camino a decenas de ellos, algunos brutos, otros incluso delicados que, con lujuria no disimulada salivaban ante ella todo tipo de ansias animales. Isabela, sin embargo, típicamente, siempre se enamoraba de quienes no querían saber nada de ella. Y aunque parecía que al joven pintor no le gustasen las mujeres – o simplemente era tan profesional que ponía su trabajo por encima de los más elementales instintos primarios -. Y a pesar de que Isabela pensara que aquella modestia monacal tuviese mucho de orgullosa, no podía evitar cierta ansiedad ante lo que consideraba un desprecio indolente. En cierto modo nunca se había sentido tan menospreciada, y lo que es peor, despachada, como una mercancía: un bodegón humano sin nombre ni apellidos. Sin girar la cabeza, Isabela miró los cuadros y los bocetos del pintor, las otras mujeres desnudas, pintadas anteriormente. ¿Se había enamorado de alguna de ellas? ¿Les había hecho el amor? Isabela necesitaba saberlo. Si la respuesta era positiva, cada uno de los retratos podía ser considerado como un trofeo de caza. Desde luego él no hacía comentarios obvios ni trataba de acercarse a ella con excusas inventadas. Su amabilidad era de vendedor. Quizá fuese homosexual, volvió a pensar Isabela, pero aun cuando no tuviera necesidad de hacer averiguaciones incómodas, el aguijón de su orgullo avivaba su sed de curiosidad. La mirada impermeable del pintor no dejaba entrever siquiera un gramo de interés hacia ella, y eso la hacía sospechar. Tal vez se hubiera enamorado de ella, y en ese caso, no podría achacarle nada, pues eso era lo más normal, aunque no le atraía la idea de iniciar una relación con un bohemio solitario seguramente pobre. El verdadero amor, especuló, no es más que una obsesión, y como tal, una patología muy peligrosa. Por eso tenía que averiguar cuanto antes los verdaderos sentimientos del hombre que compraba su tiempo libre.

El cuadro, al igual que el tiempo en el pequeño estudio, avanzaba muy despacio, casi imperceptiblemente, y esto también le parecía a Isabela muy sospechoso. Ella admiraba la belleza intrínseca de la pintura; la solemnidad ancestral del acto de pintar, pero esa mañana, al entrar por la puerta había lanzado dos miradas furtivas al lienzo sin que el pintor se diera cuenta – no quiso dar la impresión de estar interesada en el resultado final de la obra, pues también temía intimidarle en ese aspecto -; la pintura seguía limitándose a unas líneas de carboncillo y unas pocas pinceladas de óleo: poco avance con respecto a los primeros días. Sin embargo, a Isabela le placía aquella lentitud. No era una entendida en arte, pero sospechaba que no existía una forma matemática para llegar a él: el arte es inexplicable, y eso hace inútil la labor de los intelectuales. El arte no es fruto del conocimiento, ni del estudio, sino de la inspiración – pensó -, y este pintor no sabe por dónde se anda. El misterio de la creación, de cualquier tipo de creación, adjudicaba al artista el papel de mago; un dios en un sistema politeísta; por eso solo había un Picasso, un Rembrandt, un Van Gogh, y cada uno de ellos había heredado su talento de una ciencia propia, intraducible e intransferible. Luego estaba el comercio. Ella estaba allí por dinero, y mientras más tiempo tardase el pintor en completar la obra, si es que llegaba a terminarla, más ganaría. Además, en el estudio sentía una paz interior que luego se desvanecía de golpe en cuanto salía a la calle y afrontaba problemas más serios. O quizás – pensaba a veces -, no hubiese precisamente nada más serio que lo que sucedía dentro de aquellas paredes, y entonces un regusto amargo la inundaba, pues sabía que a pesar de que era su cuerpo el que quedaría reflejado en la tela, con el tiempo su rostro se olvidaría en el anonimato de un cuadro enmarcado en una galería o en el salón de la casa de un comprador burgués. Lo que seguía sin entender era la imperturbabilidad del pintor.

La mañana siguió su curso. El ruido de una excavadora, la misma que había abierto el asfalto más de cuatro veces en la última semana, comenzó a retumbar por las habitaciones, mezclándose con el chillido estridente de la alarma de un supermercado. El pintor tuvo que cerrar la ventana.

– ¿Te parece bien que la cierre? – preguntó antes de girar el picaporte.

– Prefiero morir de calor a quedarme sorda – contestó Isabela.

– El barrio está imposible. No hay quien transite por la calle. Hoy es una tubería rota la que impide el paso a los transeúntes, ayer una apisonadora caminando por encima del asfalto recién derramado en una zanja. Mañana quién sabe. Las obras tienen visos de prolongarse hasta el infinito.

– Espero que eso no afecte al resultado final de tu pintura.

– No afectará. Pero creo que alguno de los vecinos del barrio tiene previsto el suicidio en su agenda.

– A ti nada te perturba, ¿verdad?

– Procuro concentrarme en mi trabajo – dijo el pintor, volviendo a sus pinceles. Su mirada seguía siendo de piedra.

Isabela se relamió. Sintió cierto cosquilleo. Aquel hombre era impenetrable. ¿Qué pensaría realmente? A algunas amigas suyas les gustaba sentarse en el diván y soltarle toda una sarta de mentiras al psicólogo. A ella la pagaban por posar desnuda, pero a veces, las tardes en el estudio se hacían tediosas, y el severo estoicismo del pintor no ayudaba mucho. Isabela volvió a sospechar que el lento ritmo de las pinceladas no era sino una estratagema para retenerla el mayor tiempo posible. No encontraba otra explicación a la masculinidad dormida del pintor. Se compadeció de él. Estar enamorado es el peor papel, volvió a pensar. La casa parecía haber quedado en silencio, pero el instante duró unos segundos. El ruido – de la calle, de los coches, de la excavadora, de la alarma -, volvió a surgir de la nada, como un incansable enjambre de avispas, a pesar de las ventanas cerradas. Otro ruido, procedente del piso de al lado, como de cristales rotos, rompió la impenetrabilidad del momento. El ambiente se distendió. Ella relajó el cuello y movió los tobillos para desentumecer su cuerpo. El pintor buscó en el maletín de pinturas un rojo adecuado para los labios.

– ¿Quieres beber algo?

– Sí, gracias. Un vaso de agua. Porque supongo que esas frutas serán para un bodegón.

– Puedes coger lo que quieras.

Entonces, Isabela cogió una manzana y le dio un mordisco; el barniz sensual de sus labios resplandeció ante el lienzo y la plácida e implícita intimidad entre hombre y mujer se vino abajo. El gesto no premeditado de morder la fruta hizo que el pintor se ruborizara. Una sombra cruzó su mirada. Ella lo entendió enseguida, y corrió a por su blusa para cubrirse.

– Me voy – dijo, vistiéndose.

– ¿Continuamos mañana?

– No lo sé – dijo Isabela, saliendo del estudio, calzándose las chanclas en mitad de su huida. Bajó las escaleras de dos en dos y salió del edificio. El pintor era un hombre, uno más al fin y al cabo, igual que el resto y – no era vanidoso por su parte asegurarlo – estaba locamente enamorado de ella, como había sospechado desde un principio. El rubor de sus mejillas era la única prueba que necesitaba. Se lo imaginó recogiendo la manzana del suelo y comprobando la geometría perfecta de su mordisco.

– Eva, expulsada del paraíso – pensó, aliviada.

El calor había remitido y el cielo amenazaba tormenta. El murmullo de la calle fue como una bofetada. El pulso de Isabela se aceleró, sintonizando con la marea humana que transitaba mecánicamente por las aceras. En lugar de tomar el metro, como había hecho los otros días, decidió volver andando a su casa.

Isabela siguió pensando en el pintor durante un buen rato. Su resistencia había sido en vano. Subió las escaleras esperando no cruzarse otra vez con el obeso vecino del tercero, que parecía haberse aficionado a taponar los descansillos cuando ella subía o bajaba. Al fin, en casa, se descalzó, puso música en la radio, no muy alta, y se dejó caer a ciegas sobre la cama. Volvió a pensar en el pintor y en la manzana y rio sádicamente mientras Charlie, el gato, se desperezaba. Ahora estaba segura. Pobre chico, pensó. No hay enfermedad más desgraciada que la del enamorado, concluyó.

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Arturo del Río Rodríguez – Isabela

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Arturo del Río Rodríguez

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