La invención de la realidad – Un relato de Arturo del Río Rodríguez
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La invención de la realidad [Relato]
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La invención de la realidad [Relato]
Es tal el desorden, que una vez consultados, los volúmenes quedan apilados unos encima de otros. Buscar un libro puede convertirse en una peregrinación baldía y desesperante. Encontrarlo es otra historia.
Muchas obras están sin traducir. Los expertos en neopúnico, o en copto, llevan años de huelga. Solo uno o dos sabios dominan el hiperbóreo. Los filólogos y los historiadores trabajan en solitario. Clasifican, espigan, desclasifican, purgan, forran tapas, queman libros prohibidos, ocultan ejemplares valiosos. Solo saben de la existencia de los demás estudiosos cuando se cruzan con ellos en las barandillas de las escaleras, en los pasillos, ahogados en sus catálogos, con las barbas colganderas.
Para alcanzar el códice XLII hay que bajar dos escaleras de caracol y recorrer ocho galerías pobladas por infinitos anaqueles. ¿Dónde están los bibliotecarios?
Los acontecimientos del año 23 se narran en las páginas 789 a 797 del IV Libro de Tinurcio. Hay dos códices más, fechados en el 47 y en el 89 y un pergamino con textos en griego y braque, que afirman que Juan de Uricata nunca fue querido por su pueblo. Terraplanistas ambulantes, garamantes genómicos, burócratas del método, mártires de la metonimia, parásitos de las notas a pie de página, pescadores de pececillos de plata, académicos en chándal, traductores de pictogramas, cuentan diferentes versiones extraídas de distintas fuentes. El material es abundante, pero la enciclopedia solo admite una entrada de tres líneas.
En un fragmento rescatado por un anticuario del IX códice monotelista del 47, se dice, en las páginas 1889 y 1890:
“Adorado por el ejército y los iconódulos pero repudiado por los burócratas; zaherido por sicofantas, los golem, y los patronos de la congregación de San Motileno, Juan de Uricata – cuyo ascenso al trono causó indignación por tratarse del hijo de un liberto ascendido a cónsul -, tuvo que enfrentarse en el 23 a la revuelta de los toletianos liderados por el bitinio Umidio Saotero Casar. Los bitinios amenazaban desde siglos atrás las fronteras del imperio. La cruenta batalla final, en la que se utilizó maquinaria siracusana, llegó hasta las murallas de la capital. Sin embargo, la fe y los afanes de Juan lo guiaron a la victoria. Los festejos por la derrota del cruel bitinio de cabellos dorados duraron semanas. El pueblo lo celebró por todo lo alto y también por todo lo bajo, en ese submundo-ciudad-dormitorio-alcantarilla donde residen comunidades enteras de odradeks. Los desfiles militares, los juegos, las danzas viequenses, y los partidos de pelota se sucedieron ininterrumpidamente hasta que el último de los súbditos imperiales quedó exhausto. Además, se concedió queso para todos los súbditos, y los mayores de treinta años una reducción de impuestos de cuatro piezas de plata. Pero poco duró la euforia. Al cabo de seis meses, Juan de Uricata tuvo que aceptar la intromisión de los Saotero en los asuntos de familia, y por ende, imperiales: su hija, Tomasa IV, se había enamorado perdida y estúpidamente del hijo de Umidio, el bruto, salvaje, y analfabeto Luis, y ante el evidente embarazo, Juan, aconsejado por la corte de sabios tacfarinos, y mediante previa aprobación de la obsoleta institución de la curia de los monjes del Studion y del hoy desacreditado Consejo General de Bucarestis, no tuvo más remedio que sancionar positivamente el desposo de la joven con el hijo de su enemigo. El códice XLVI no registra mucho más sobre ese caballo de Troya travestido de amor, que logró lo que se les había negado a las espadas de los toletianos: la destrucción, lenta y aparentemente imperceptible, y desde dentro, del linaje de los Uricata. Vitrasia Saotero nació al tiempo que moría su madre, Tomasa IV. Los tacfarinos aconsejaron a Juan cortar también el cordón umbilical que, si nadie lo remediaba, ataría al trono a quienes históricamente habían sido sus peores enemigos. Se decidió casi por unanimidad, con el único voto en contra de los sabios tacfarinos, que lo mejor era pagar a alguien para asesinar a los usurpadores, pero nadie puso sobre la mesa el oro suficiente. Después no hubo consenso ni siquiera entre odradeks y bucarestis, y Juan de Uricata se encontraba demasiado debilitado como para tomar decisiones por su cuenta. Estudiando los registros de la época, se aprecia que al poco tiempo de nacer Vitrasia, los burócratas ya alababan a los Saotero Casar. Más tarde se destruyeron iconos, y se quemaron amuletos con la efigie de Juan, de quien se dice que murió de pena, o de sífilis. Así, Vitrasia, supuesta hija del amor, dio comienzo a una dinastía, completamente ajena a los orígenes que la ataban a su combatiente abuelo, antaño fiero enemigo del trono en el que ahora ella, su nieta, se sentaba cómodamente, sobre unos cojines comprados en las rebajas de Zarata”.
Esta es, tal vez, la versión más conocida de los hechos. Pero hasta los capiteles del templo de los hodegoi tienen algo que contar. Hay muchas otras historias, a veces contradictorias, que no aparecen en las actas de los concilios X y IX.
Durante siglos, un consejo de sabios ha trabajado en la UBT (Universae Bibliothecae Tyrrheniae) con el objetivo de esclarecer los hechos de estos siglos tan oscuros.
Buscar el significado de una sola palabra conlleva un trabajo de varios días. Es tan difícil hablar con los bibliotecarios que cuando los sabios se topan con uno, se arrastran a sus pies. Los bibliotecarios acumulan retrasos de años, evitan el contacto visual con los sabios y desparecen de pronto por pasillos simétricos, poblados por pasadizos ocultos entre anaqueles y montañas de libros.
Tal y como atestiguan varias estelas funerarias, el Consejo General de Bucarestis ya no existía en tiempos de Juan de Uricata. La vajilla de Leiris, también procedente de Zarata, fue recuperada de río Anulino. Se cree que en su interior había un pergamino esclarecedor. Pero a los sabios no se les pide tener imaginación.
Según el protocolo cortesano existía un cuerpo de opinión que negaba la sangre real de Juan de Uricata. La aristocracia superviviente de los conflictos armados de la zona jázara, apoyó la revuelta de los Saotero. Todo estaba bien documentado. Sin embargo, un incendio dio al traste con el anhelo totalizante de la biblioteca. Algunos estudiosos aseguran que los hechos recogidos en los extractos posteriores no son sino propaganda.
La composición de la imaginería uricatiense constituyó un sumario lento y discontinuo. Es factible que el autor de las miniaturas (4 y 8, de los libros IX y X) fuese drazako. La obra firmada por este artista cuántico corresponde a los años 27-29. Sin embargo, esta historia sin lugar a dudas alternativa fue parcialmente adaptada a partir de leyendas constantinopolitanas. Estas páginas – por otra parte bellamente ilustradas -, muestran a Umidio Saotero entrando en la ciudad, atravesando el tetrapylon a lomos de su caballo. En el libro tercero de los “diálogos con mi odradek”, el autor pone en valor el sínodo de Fvlcor. ¿Podría ser que existiesen otros monjes, contemporáneos de los del Studion, que también protegiesen con sus vidas esta historia tan distinta, completamente opuesta a la oficial?
En un fragmento recuperado dentro de un salterio, se afirma lo siguiente:
“En el 23, la XIII scythica, acantonada frente al mar, se levantó en armas y cruzó el Orantes sin apenas resistencia y apagó una revolución shandinista. Después, atravesó el Antiñíbano y se unió a las tropas del valiente Umidio Saotero – uno de los héroes de la guerra de la Tramontana -, y con la furia de una manada de connochaetes, se abalanzó sobre el usurpador Juan de Uricata, hijo de una prostituta de Nísibis, coronado por sus enemigos como filarca de los desarrapados. Quienes pensaban que el origen ni siquiera plebeyo de Juan solo eran habladurías destinadas a socavar la legitimidad de su gobierno, pronto se convencieron de la inadecuación al trono de ese hombre que en las semanas que duró la guerra vivió subido a un campanario, como una cigüeña más. Umidio entró triunfalmente en la capital, sin más resistencia que la palabrería del consejo de sabios factarinos, y entregó al emperador a los bucaresti, quienes lo crucificaron cristianamente. A partir de ese momento, los adoradores del queso único ocuparon los más altos cargos. Eso no impidió que Luis, el hijo de Umidio, violara a la Tomasa y la asesinara después de nacer Vitrasia, quien a la sazón heredó el trono.”
Los libros habitan la UBT desde tiempos inmemoriales. En su ADN está escrito el pasado y el futuro de la humanidad, pero el presente suele patinar por delante de las narices de los sabios. A veces se escuchan raras carcajadas en los pasillos. Es la posteridad, que se ríe de las inexactitudes transformadas en dogmas. Una vez que se ha fijado una traducción para un jeroglífico, resulta muy difícil de reemplazar. Como mucho, se multiplican las notas a pie de página y se desarrollan inexorables análisis filológicos que enmiendan palabras, amplifican adjetivos sencillos, y, o centuplican matices a su mínima expresión.
Cuando se sospecha del fraude de un texto, o de su correspondiente traducción, lo primero que se hace es investigar si las palabras han sido amañadas. Entonces, descifrar el significado de cada línea se convierte en una tarea artificiosa:
“Mientras sus enemigos acechaban su palacio día y noche, Juan de Uricata se dedicaba a desmantelar una herejía monotelita y a distraer a sus tropas dándoles de comer queso fresco. Durante todo su reinado, los sufetas garantizaron el suministro de queso para cada ciudadano legal del imperio. Sin embargo, Juan fue tratado con desprecio por sus propias fuerzas de combate. En sus Diálogos narra sus desavenencias con los más veteranos oficiales”. (Manuscrito IXL N. R.)
Los expertos en copto cooptaron en grupo para ingresar en la Biblioteca. Una vez admitidos, encontraron un papiro acadio fechado en el 42, que se tradujo al demótico en el 47 (actualmente conservado en la sección III, de la sala 8). Reza así:
“Juan de Uritaca, el Corrupto, ha desatendido la seguridad de las fronteras del Imperio; ha abandonado el culto a la Virgen de Túrtura; ha violado a su hija; ha comprado armas a los desleales siracusanos, y con su giro hacia la ortodoxia bolivípariana ha cruzado todos los límites morales. Incluso ha desenterrado viejas controversias que solo benefician a la corte abasida, a cuyo rey ha cubierto de grifos de oro. Juan de Uricata, el Secularizador, debería ser sin más dilación ejecutado en la plaza mayor. La lucha partidista por el queso lo hace responsable de una catástrofe humanitaria que hoy asola hasta el último confín del imperio (…fragmento perdido…) ha hecho que sus devotas tropas permanezcan inanes ante la tragedia; en su progresiva degradación institucional, lo único que ha sabido hacer es perjudicar la imagen y el prestigio de cada una de nuestras instituciones, comenzando por el Consejo General de Bucarestis. Los apoyos de su siniestra coalición hacen que su trono esté en manos de shandinistas, que le hacen gobernar entre escándalos y corruptelas – saqueo de iconos, reliquias, amuletos, conspiraciones gálicas – por lo que exigimos su entrega inmediata, o en su defecto, su decapitación pública, y para ello solicitamos la aprobación y el apoyo de la curia de los monjes del Studion”.
Miopes sabios desgreñados anotan la realidad bajo la luz de las velas. ¿O la realidad es lo que ocurre fuera de las gruesas paredes de la UBT? Cuando se reúnen, muy de cuando en cuando, citan a los antiguos y enumeran sus hallazgos, y ya en la soledad de sus pupitres de madera, clasifican y desclasifican textos. Los más faltos de confianza sustituyen las palabras sencillas por las acepciones más rebuscadas de sus diccionarios de sinónimos. La mayoría de estos hombres viven en la biblioteca. Las mujeres y los niños tienen prohibida la entrada.
Muchos de los sabios desearían dormir sobre las tapas de piel de los libros. Raras veces salen al exterior. Pocas veces se relacionan, mucho menos con mujeres, pero cuando escriben sobre la piel de un pergamino, se diría que están tatuando palabras sobre un cuerpo desnudo objeto de su deseo. Algunos de ellos no saben cómo encender una vela, ni cómo hacer para calentar agua caliente. Nunca se han mezclado con el pueblo, gentes que lo único que poseen es su humanidad. No saben lo que es el verdadero trabajo físico, pero se quejan de que sus posaderas pierden masa corporal. Nunca han pasado hambre. Tienen ayudantes que les visten y les dan de comer. Solo conocen el mundo a través de los libros, y les basta.
Dos inscripciones laterales situadas en el friso de un templo erigido a un dios desconocido dan detalles contundentes: “Unos le gritaban ladrón, asesino. Otros, guapo.”
Otra versión más fiel (o no) se recoge en las memorias de Xifilino:
“Juan de Uricata fue el mejor gobernador, después de los ochenta y siete días del reinado de Adrumeto.”
¿Cómo es posible que un mismo hombre sea considerado por sus contemporáneos como una cosa y su opuesta? La verdad es como la religión. Si solo hay un Dios, ¿por qué existen miles de religiones?
Una tarde del otoño del 89, Burmeo y Trisowilc, que discutían sobre trivialidades tales como si Juan de Uricata era coeterno – junto a Dios -, comprobaron cómo, tras horas de acalorado diálogo, las palabras ya no servían para armar sus argumentaciones: la llama de la intransigencia había prendido en ellos. Alejaron tanto sus posiciones que Burmeo decidió – principalmente para llevarle la contraria a Trisowilc – que cualquier cosa que tuviera que ver con Uricata, le repugnaba, y que iba a empeñar todo su tiempo y su energía para desvelar el carácter desequilibrado del emperador. Trisowilc, quien siempre había sentido escepticismo hacia la figura de Juan, se convirtió – solo para llevarle la contraria a Burmeo – en un intransigente defensor de su figura. Cuando el combate verbal se dio por terminado, cada uno se encerró a escribir las irreconciliables teorías sobre el personaje, que acabaron plasmadas en el IV Concilio XXX de Soütinasse. O eso se cuenta.
En los años posteriores, cada ciudadano del imperio se convirtió en un opinador aficionado: “Juan el Bueno; Juan el Malo”. Las versiones sobre cada hecho se multiplicaron. Las cinco naciones de los iroqueses se dividieron en nueve. Ni siquiera el Edicto Typos IX, dictado en algonquino, por el que se ilegalizó la difusión de opiniones no contrastadas sobre cualquier tema sirvió para calmar el ansia de noticias, ya fueran falsas o no, que corrían paralelamente en dos afluentes paralelos que nunca llegaban a confluir. Eran tiempos oscuros. Solo había un teléfono en palacio y las cartas tardaban semanas en llegar. Se detectaron frumentarii entre los soldados. El pueblo se rompió en dos, en tres, en cuatro. Los mismos sabios que habían llegado a la conclusión de que el amor es completamente contrario a la libertad, quedaron contagiados por la epidemia de esta división maniquea. Solo existía un mundo: el de cada uno. Fuera de ese mundo, todo era falso, tendencioso, carente de legitimidad. Cada teoría sobre cualquier cosa solo servía para conservar una realidad imprecisa, que había que mantener a flote a toda costa, retorciendo las teorías para hacerlas coincidir con el contexto. Pero, postquam aliquid agitur, hoc est, actum est, cetera historia est.
Las fuentes sobre ese corto periodo de tiempo son múltiples, incompletas, a veces contradictorias. Eliminadas las escenas vodevilescas que los artistas de los siglos posteriores recuperaron para sus alegres dramaturgias, solo queda un indicio que puede ser tratado con rigor: Juan Uricata nació en el 2.
Una noticia podía tardar semanas, meses, a veces años, en traspasar las murallas de la capital del imperio, y cuando lo hacía, su sustancialidad crítica transcendental distaba mucho del original. Los hechos que ocurren en el “ahora” devienen eternos cuando se ponen por escrito, pero quedan relegados a conceptos modelados con blandiblú; se mecen en su quietud, según sople el viento de los tiempos, o de su hijo bastardo, el dinero.
Los tapices también hablan. El τάπης Corot cuenta la victoria de Juan y el triunfo del amor. Las monedas narran la historia opuesta: la victoria de Umidio Saotero; Juan, ya anciano, encadenado, postrado a los pies del nuevo emperador. Otro tapiz, confeccionado con lana de oveja gay refleja con exquisito detalle una congregación de caseum-pia fans.
La XI de los Tell Tale Signs, recoge la anécdota del exarca númida mudo Martín Heracleonás, apodado “ο φαλακρός,” llamado Calipoas Pogonatos en los Anales IX/78, que, desconocedor de su destitución prematura, siguió gobernando a la muerte de Adrumeto. Su logoteta emesesco, que se destrozó la dentadura pelando pipas de calabaza, cuenta en sus memorias, que este se deprimió cuando, poco tiempo después de cumplir los cincuenta, alguien le cedió el asiento en un vagón del metro.
Enterrada bajo metros de lodo solidificado, en Genesee, se encontró hace pocos años la estatua sin cabeza de Juan de Uricata. Otro fresco recuperado poco antes, una pintura a la témpera que recubría la pared norte del Palacio de Calípolis, representaba la entrada triunfal de Juan, pero su rostro también había sido borrado, tal vez vandalizado por sus detractores.
De la Historia Regia solo se pudieron recuperar fragmentos difíciles de situar en el contexto, como “…pereció al tomar un queso panónico…”
El resto de registros de la época se perdieron en el gran incendio del 43. Posiblemente, el texto 6/87, esté en lo cierto al afirmar que, comoquiera que la bisabuela de Vitrasia pagaba el estipendio de los sabios, estos no podían mostrarse demasiados severos con ella.
Las noticias falsas sobre Juan de Uricata se extendieron por todo el imperio, lo que provocó la aparición de propaganda contraria a Umidio Saotero Casar. Una buena mentira era más eficaz que la verdad. Un cuento publicado en una serie de tablillas medrandinas, nos revela que Umidio Saotero Casar consumía queso elaborado con leche de embarazadas, cosa que nadie sensato creería a cierraojos.
Trescientos años después, en una excavación previa a la construcción de los cimientos un parking público, se encontró un mosaico casi intacto, en el que podían leerse, con claridad, las palabras: “Praefectura praegnantium”.
Por último, en una galería subterránea osroena localizada bajo el palacio de la capital del reino chirquincho, se encontró un manuscrito en el que se indicaba que las últimas palabras de Juan de Uricata fueron las enigmáticas “yo me río por zonas.”
La redacción final de la entrada de la enciclopedia correspondiente a este periodo, confeccionada con el máximo rigor, quedó como sigue:
“Juan de Uricata (años 2-47 del segundo imperio). Desmanteló una revuelta shandinista. Rivalizó por el trono con Umidio Saotero. Durante su reinado, a ningún ciudadano le faltó el queso. Su influencia transcendió hasta el reino chirquincho.”
Porque, ¿qué mejor manera de destacar que rechazar la sopa de letras primordial y exponer una teoría nueva a partir de una noticia que no había transcendido, que había permanecido oculta durante siglos?
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Arturo del Río Rodríguez

