La isla – Rafael Baeza Rodríguez

La isla – Rafael Baeza Rodríguez

La isla

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Rincón del Paseo del Parque [Málaga – España]

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La isla

Cada vez que paso por ese lugar, no puedo dejar de admirar la pequeña zona verde acorralada entre cemento y asfalto.

Entre la Ronda Oeste, el Instituto Municipal de la Vivienda y el Continente Alameda, se encuentra un trozo de tierra que contrasta fuertemente con el entorno que la rodea. No es un bello jardín, no posee esbeltas palmeras ni lucen las jacarandas ni las acacias; no tiene árboles exóticos ni exuberantes plantas tropicales  de lujuriosos colores, tampoco el suelo es un manto de bien cuidado césped, ni fuente alguna de piedra artificial se encuentra en él.

Este trozo  verde es un huerto, un pequeño vergel irreverente que se ha colado de rondón en la modernidad.

Una barrera de pencas, coronadas todas ellas por incipientes higos chumbos entre las que se mezclan aquí y allá algunas adelfas, rodea y protege al epicúreo huerto urbano. En su interior, las higueras, que son mayoría, forman una bóveda vegetal que amortigua eficazmente los rayos del inclemente sol. Entre los árboles, la tierra labrada, libre de malas hierbas, se entrega sin resistencia y da a sus cuidadores hermosos tomates, estilizadas habichuelas, verdes pimientos y orondas y apetecibles lechugas. Un único y joven eucalipto se eleva sobre el verdor, como mástil de un velero  y cuatro o cinco pequeños olivos se alternan entre las higueras, reclamando también su parte correspondiente de protagonismo en este liliputiense edén.

Todo este aglomerado verdor se rige por un agradable caos que hace al huerto más bello y sugerente. No existe el orden ni la alineación: aquí te pillo, aquí te planto. Cada palmo de tierra es precioso y como tal se aprovecha.

Los monótonos e incómodos bancos que proliferan en nuestras plazas públicas han sido aquí sustituidos por sillas provenientes de saldos caseros: destartaladas, viejas y cojitrancas, pero cómodas. Una puerta de ropero con su luna incorporada le da un toque cutre y hogareño, sirviendo a la vez como útil de aseo a los esforzados labradores.

Protegidos por las efímeras sombras, al amparo de los árboles, algunos viejos descansan y charlan de sus cosas ajenos al trajín urbano que los rodea. Se les ve serenos y relajados, no digo yo que felices, pero sí satisfechos.

Ocupada la isla por jubilados robinsones no esperan que los rescaten, al contrario, que nos olvidemos de ellos.

Hoy, ese huerto ya no existe. Ha sido sepultado con hormigón y asfalto y a nadie parece haberle interesado este fatídico hecho, nadie se ha preocupado  por los viejos labradores ni por la pérdida de una pequeña zona verde.

Unos lo llaman progreso, a mí me parece una tragedia.

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Rafael Baeza Rodríguez.

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