A un filósofo con una nariz de payaso – Miguel Vázquez Freire

A un filósofo con una nariz de payaso – Miguel Vázquez Freire

Overview

A un filósofo con una nariz de payaso

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Julio Cebrián – Caricatura de Rafael Guardiola Iranzo

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A un filósofo con una nariz de payaso

El amigo Rafael Guardiola, cual Plutarco contemporáneo, en repetidas ocasiones me ha sorprendido dibujando nuestras trayectorias vitales como auténticas vidas paralelas. No seré yo quien le lleve la contraria, más teniendo en cuenta que no me cabe la menor duda de que, en ese supuesto paralelismo, lo único seguro es que si alguien gana soy yo, que en tantas cosas me veo inferior a la personalidad excepcional de mi contraparte. Pero lo mejor es que, seguramente gracias a las contribuciones del universo einsteniano y la física cuántica (hablo de leídas, que de eso poco sé), a diferencia del pasado en que escribía sus analogías biográficas el historiador grecorromano, hoy el infinito en que por fin se encuentran las paralelas lo tenemos ya al alcance de la mano. Gracias a eso, desde hace unos dos o tres años he podido venir disfrutando del saber, el humor y la amistad de Guardiola (aunque aquí la conjunción engaña porque cierra lo que ahí no acaba: otras buenas cosas podrían y deberían añadirse). Lo llamo Guardiola, apellido sin el nombre, lo que no es propio de los amigos por nuestros pagos, porque así lo conocí antes aún de conocerle. De mis colegas Zeltia Laya y Ana Area, del Grupo Nexos de Didáctica de la Filosofía, grupo organizador de las Olimpíadas Filosóficas de Galicia, supe de su existencia como presidente de la Asociación Andaluza de Profesores de Filosofía, que coordina las Olimpíadas andaluzas. Y supe también de su contribución indispensable en el desarrollo de esa actividad, a la que cabe atribuir un papel principal en el estímulo del interés por la filosofía entre el alumnado de secundaria de toda España, lo que ha venido reflejándose en los últimos años en un incremento de jóvenes que eligen continuar estudios en las Facultades de Filosofía. Un mérito en el que profesores como Guardiola han tenido un papel inobjetable.

Santiago fue el punto en el infinito donde nuestras paralelas vinieron a juntarse, Málaga donde el encuentro prosigue (¿o quizás fue al revés?). Llegó Guardiola a intervenir en las Xornadas Internacionais de Didáctica da Filosofía que el grupo Nexos y el decanato de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Santiago organizaron hace unos años, y allí ya exhibió en algún momento su legendaria nariz de payaso y su no menos legendario sentido del humor. La intensidad de aquellos días, y mis obligaciones de co-organizador, no nos permitieron frecuentarnos como yo hubiese querido. Desde su llegada y nuestra primera conversación en el hotel en que se alojaba, junto con su mujer, Carmen, acordamos que no se podían marchar sin antes compartir un buen pulpo a la gallega, pero, ¡ay!, no hubo modo de conseguirlo. Y quien más habría de lamentarlo fui yo, pues luego supe que, bien aconsejados por un sabio (no filósofo… o, quién sabe, quizás también) taxista, habían disfrutado del mejor pulpo que se servía en todo Santiago, justo el mismo día en que la taberna tradicional donde lo pudieron disfrutar cerraba definitivamente el negocio. Quién me iba a decir que dos madrileños emigrados a Andalucía me iban a descubrir a mí, vecino de Santiago, donde comer el mejor pulpo. Y que, una vez hecho el descubrimiento, ¡no podría disfrutarlo!

La nariz fue de nuevo componente protagonista de nuestro reencuentro (¿o fue primer encuentro?) malagueño, contribuyendo a dar una comicidad buscada a la situación de comicidad involuntaria que mi despiste habitual propició. Fue el caso que fui citado por el amigo a asistir a un encuentro de filosofía en el Ateneo malagueño a una determinada hora y allí me dirigí, ocupando un asiento en una amplia sala que a mi llegada ya estaba casi completa. Pensé yo: ¡que éxito tiene la convocatoria filosófica en el sur! Y mi extrañeza se incrementaba al comprobar, por una parte, la apariencia e indumentaria de la mayoría de los asistentes (en otro tiempo diría: vestidos de domingo, tan elegantes ellas, tan trajeados ellos), por otra, que a Guardiola no lo conseguía identificar por más que lo buscaba. Y el acto comenzó y ya allí mis sospechas de que había entrado en el acto equivocado se incrementaron: alguien presentó al autor, cuyo libro se presentaba, como poeta y al tiempo como reconocido fisioterapeuta de la ciudad. Dígase de paso que uno está acostumbrado a ver como la filosofía se adueña de los espacios más inesperados y que creo que se puede encontrar pensamiento, y por tanto filosofía, no solo en la filosofía (obvio) sino también en la fisioterapia, así que, antes de decidirme a abandonar la sala, mientras seguía con mi inspección ocular por si encontraba al amigo, me esforzaba en ver la componente filosófica de los versos que se iban recitando (y bueno, algo sí se podría encontrar, aunque no lo suficiente… ¿o sí?). Envié un mensaje por el teléfono móvil para pedir ayuda (¿qué hacíamos cuando no había teléfonos móviles?, ¡ay!, con que rapidez olvidamos que alguna vez fuimos simplemente seres humanos, no instrumentos de la tecnología) y como respuesta recibí una foto suya con la célebre nariz y la instrucción: ¡busca al payaso! Comprendí que debía buscarlo fuera de aquella gran sala. Lo que no me fue sencillo hacer sin provocar alguna incomodidad a las personas que se sentaban a mi lado y, sobre todo, decididamente imposible sin ganarme más de un gesto de desaprobación por alterar el acto. Y de entre todos, quiero que se sepa, el más incómodo y desaprobatorio era yo mismo, culpable y avergonzadísimo. Una vez fuera, tuve la doble suerte de encontrar a quien preguntar si existía otra sala y otra reunión, y de que el preguntado estaba perfectamente informado: había que subir unas escaleras más y, por fin, ¡allí estaba el filósofo payaso!, en compañía de un grupo menos numeroso, pero, ya sí, decididamente más filosófico.

En ese mismo espacio, algún tiempo después, Guardiola y otros colegas organizaron una sesión sobre el humor y la filosofía. Un tema, obviamente, siempre recurrente en él, y que se abre paso con frecuencia en sus estupendas colaboraciones en La Opinión de Málaga. Y allí le escuché formular una interpretación del fenómeno humorístico que trastocó mis creencias previas al respecto. Frente a la catarsis trágica, dijo el sabio amigo, que moviliza las emociones, la comedia interpela al entendimiento. No hay, creo yo, muchos filósofos que se hayan tomado en serio (valga la paradoja) el tema de la risa, y los que lo han hecho, o al menos los más citados, Bergson y Freud, no me parecía a mí que reforzasen la tesis del amigo. Aunque, inmediatamente lo vi, tampoco la contradecían. Pero no voy a desarrollar aquí una revisión del punto de vista del amigo sobre el tema, ni mucho menos pretender exponer una tesis alternativa, que desde luego no tengo. Solo diré que había una imagen, definitivamente asociada al propio Guardiola, la del filósofo con nariz del payaso, que me parecía en cierto modo un desmentido de esa vía intelectual de acceso al humor. ¿Es que acaso, me atreví a preguntar, el humor no es más bien un reto a la comprensión intelectual? ¿No es cierto que, cuando el chiste es explicado, ya no da risa? ¿No tiene el humor y la risa necesariamente un algo de inmediato, previo por lo tanto a toda reflexividad intelectual? Vemos la nariz de payaso y brota la risa. Ahora, mientras redacto estas líneas que no pretenden conducir a ninguna conclusión, me acuerdo de una de las iconografías clásicas de la representación del filósofo. O, para ser más exactos, no de el filósofo, sino de un filósofo: Demócrito. Y de su oposición, en la pintura barroca, con Heráclito: si este es el filósofo que llora, Demócrito es el filósofo que ríe, como se puede ver en sendos cuadros de Rubens que forman parte de la colección de El Prado. El amigo Rafael Guardiola es sin duda de la escuela de Demócrito y, como él, se ríe de la banalidad de las vanidades mundanas y sabe que la risa (sea algo intrínseco al intelecto o no) nos hace más sabios.

Me dice quien me encomendó este breve escrito que en él no deben faltar tres cosas: un gaiteiro, algo relativo al encaje de bolillos y un buen pulpo a la gallega, que por allí (Galicia) llamamos polbo á feira. Sea. Lo último no es necesario que diga que ya ha tenido su presencia. En cuanto al gaitero, así de primeras pensé que lamentablemente en mi pueblo, Corcubión, no hace mucho que lloramos la muerte, a los bien cumplidos y bien vividos 96 años, del maestro Victorino, o gaiteiro de Quenxe. Quenxe es el nombre de un pequeño río, que da nombre también a una aldea y a la playa donde el riachuelo desemboca, que es la playa de Corcubión. No ha de ser Victorino el último gaitero de Corcubión, que bien sé muchos mozos y mozas del pueblo pasaron por sus clases en la Universidade Popular municipal, así que, seguro, el legado de Victorino seguirá vivo y las alborada y pasacorredoiras despertarán a los vecinos las mañanas de fiesta.  Tiene la gaita un ascendente filosófico, que no sé si será del gusto de mi amigo, que entronca su sonido melancólico con la llamada filosofía de la saudade. Yo, qué quieres que te diga, amigo Guardiola, nunca fui mucho de esa línea, por otra parte bien cara tanto a cierto nacionalismo portugués, donde nació, como al gallego. Y, en cuanto a la gaita, siempre disfruté más su lado bailable y enérgico, el de la jota y la muñeira, que no el tristón y melancólico.

Y queda el encaje de bolillos. Tú ya sabes, amigo Guardiola, que a la encaixeira la tengo aquí a mi lado, aunque te confieso que ya hace un tiempo que no la veía mucho palillar. Así que hoy, como favor especial, para ayudar a escribir estas últimas líneas, le pedí a mi compañera de vida, Mariña, que palillara para mí. Y aquí está, sentada a mi lado mientras yo escribo, con la almohada sobre su regazo, el cartón o plantilla, los alfileres y clavitos, el hilo y los palillos, y esa música regular que solo ellas, las palilleiras o encaixeiras, saben convocar.

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Antonio Ruiz Ruiz – Caricatura de Rafael Guardiola Iranzo

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Miguel Vázquez Freire

Muxía, 1 de Agosto de 2026

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