Un invierno en Dubrovnik – Antonio Costa Gómez
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Un invierno en Dubrovnik
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Un invierno en Dubrovnik
Una vez estuve en enero diez días en Dubrovnik. El avión se estropeó y tuvo que aterrizar a 50 kilómetros, hicimos lo que faltaba en autobús.
Una mujer me preguntó por qué iba a Dubrovnik en invierno. Le contesté: porque es mucho más barato. Y porque no hay nadie.
Pero seguro que soy también un turista, a todo le llaman turismo. Según los progres ya no hay viajeros, todos son turistas masivos.
Disfruté de esa gran avenida de mármol que parece el pasillo espléndido de una casa. Flanqueada de palacios y casas señoriales con loggias.
Hacia la izquierda me metía por calles muy estrechas en escalera, llenas de rincones secretos. Subían las escaleras y torcían en callecitas paralelas a la avenida que los turistas no sospechaban.
Hacia el final de la avenida veía una plaza muy elegante llena de palacios renacentistas, el teatro y el ayuntamiento, etc Había casas de madera con galerías y claustros y restaurantes muy elegantes.
Pero estaba todo vacío. Yo era prácticamente el rey de Dubrovnik. Lo tenía todo para mí solo.
Iba siempre a un restaurante pequeño e íntimo, atendido por una familia. Una griega muy amable me ponía baklava de postre.
Busqué alojamiento al llegar, estoy hasta las narices de hacerlo de manera impersonal por internet, y de que a veces sea un fraude y te quedes sin el dinero. Lo encontré un poco lejos del centro, pero me servía para pasear. Ahora que la gente quiere patinetes, bicicletas, motos, coches, aeroplanos, yo uso mis hermosas piernas peludas. Y gracias a eso se mantienen bastante bien. Y piso la tierra con mis pies. A la gente se le van a atrofiar las piernas de tanto usar aparatos.
Creo que por aquellos días leí la novela El extraño, de Sandor Marai, que se desarrolla en Dubrovnik y acaba en un islote allí enfrente. Es una novela inquietante que se parece a El extranjero de Albert Camus. Yo tenía algo de ese extraño, sin el crimen final. Igual que tengo algo de Juan Pablo Castel, de Ernesto Sábato, con su lucha entre la razón obsesiva que es un túnel y lo desconecta de María Iribarne y la intuición artística que lo hace captarla como una especie de Melusina.
Hacía casi todos los días el paseo entero de la muralla, daba la vuelta entera a la ciudad. Y veía los techos de tejas y algunos patios secretos. Y los interiores de algunas casas. Incluso me cruzaba con alguna mujer que tendía las sábanas o cosía deliciosamente en una sala.
Era como el paseo de la muralla de Lugo, pero viendo el mar en la mitad del recorrido, aquel Adriático de piratas y de odiseas. Por donde pasó Ulises. Un mar algo pequeño como un lago, pero lo bastante grande para ser un mar. Y casi enfrente estaba Durres, en Albania (adonde fui en otro viaje), que según Catulo era la taberna del Adriático. Y Catulo sabía de fiestas y de tabernas.
En un rincón de la muralla había un bar escondido con una terraza que daba a unos acantilados, yo iba allí varias veces. Y me encantaba meditar encima de aquel mar y pensar en literaturas.
Hacia la derecha de la gran avenida había otras calles más elegantes y plazas más abiertas. No voy a darles nombres y datos, ni notas a pie de página, esto no es un informe científico. Es un artículo personal y libre, con el que pretendo mostrar que se puede ser viajero solitario, y no turista en masa. Aunque ahora pretendan que todos somos turistas y que todo es lo mismo. Y esa masificación les parezca muy progre.
Pero nadie disfrutó como yo de aquellos silencios, de aquellos atardeceres sobre el Adriático. Y de aquellas soledades entre las piedras renacentistas y de aquellos recuerdos en los palacios. Recuerdos de esplendores que no tuve.
Aquello era Croacia, se haría muy turística después. Aquello era Dubrovnik, ya entonces era rabiosamente turístico. Pero yo fui en enero y no choqué con nadie. Y en el restaurante me atendían a mí solo. Y hablaba yo solo, intensamente, con los patios renacentistas. Evoqué los tiempos de una ciudad que competía con Venecia, que reinaba en la encrucijada de los mares civilizados.
Después supe que allí también estuvo Knut Hamsun, uno de mis escritores preferidos. Un autor lleno de vida y fuera de todos los tópicos. Con sus contradicciones y sus errores, pero más vivo que un tubérculo.
Me dio tanta pena marcharme de allí, después de los diez días. Una vez incluso bajé a una playa, donde estaban las arenas solitarias. Hablan mucho de la soledad, pero cierta soledad es la condición para que haya verdadera comunicación. Para que la persona y el lugar tengan algo propio que decir y no repitan lo mismo que todos como una fórmula. En esta época de medios de comunicación en que no se comunica nada.
Croacia siempre fue lo más turístico de la antigua Yugoslavia. Yo di la vuelta a mi aire por toda Yugoslavia y encontré lugares muy sorprendentes y llenos de vida. Y pasé momentos en trenes que ningún algoritmo tonto podrá fabricar. Pero también Croacia se puede visitar de manera solitaria, lejos de los turistas.
Aunque los progres digan que somos todos turistas. Qué progre les queda eso. Despersonalizarnos y masificarnos a todos, que todos tengamos la misma ramplonería y automatismo.
Pero a pesar de ellos yo visité Dubrovnik a solas en enero. Y una griega muy amable me puso baklava de postre. Y sentí entusiasmo encima del mar en una cafetería que salía de la muralla junto al acantilado.
Tuve vidas y momentos de plenitud no fabricadas por ninguna agencia ni ningún algoritmo. Fui una persona irrepetible en una ciudad irrepetible.
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Antonio Costa Gómez

