Ser o no ser – Rafael Guardiola Iranzo

Ser o no ser – Rafael Guardiola Iranzo

Ser o no ser

 

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En este preciso instante me debato entre ponerme a escribir o salir pasear en busca de endorfinas, aprovechando que brilla el astro rey y el mar parece una alfombra plateada, con pocos pliegues y un horizonte sereno. Durante unos minutos he estado inquieto, vagando por el pasillo como el espectro del padre de Hamlet, leyendo después los titulares de la prensa a través del ciberespacio, mientras mordisqueaba un rotulador rojo con avidez, con el desasosiego que habitualmente genera tomar una decisión, por nimia que ésta sea, como la que suscita la archiconocida duda, “ser o no ser”, del vástago del espectro mentado. Las ideas se agolpan y se pisan los pies, como si se tuviesen que tirar en paracaídas de un momento a otro, porque el avión de mi encéfalo fuese a estallar por obra y gracia del Doctor Gang, líder de M.A.D, ese malo de voz profunda y pasiones zoofílicas que aparecía en la serie de dibujos animados de los 80, “El Inspector Gadget”. “¡Adelante gadgetobrazo!” me he dicho, finalmente, y aquí me tienen, recogiendo mi paracaídas virtual, mirando al sol de soslayo, con las dudosas intenciones de hablarles de un asno famoso, mucho más que la pareja de burros de la localidad cordobesa de Rute que le regalaron en su día a la Infanta Elena (no sabemos si lo hicieron con perversas intenciones), con motivo de sus esponsales primaverales con Jaime Marichalar, o el equus africanus asinus que protagoniza la obra satírica La Disputa de l’ase, fechada en 1417, y fruto de las reflexiones de un filósofo mallorquín, Anselm Turmeda, antiguo fraile franciscano que tuvo a bien convertirse al Islam y afincarse en Túnez con el nombre de Abd-Al·lah at-Tarjuman, con lo mal que se veían estas operaciones de transfuguismo religioso en el otoño de la Edad Media. Tengo un cariño especial a este libro de Turmeda y a las letras de las canciones irreverentes de Albert Pla, porque gracias a ellos amplié mis conocimientos del léxico de la hermosa lengua catalana, que estudié torpemente a principios de los 90.

He recordado hace un momento, cuando trataba de rescatar gratas vivencias del invierno en Las Palmas, un eslogan publicitario de una marca de ron, que se ha apropiado de la memoria de una Santa abonada a los éxtasis místicos, a la apasionada comunión con la divinidad, y maestra en el uso de la no menos hermosa lengua castellana. “Nuestra filosofía tiene mucho de ron y de rugby. Y poco de filosofía”, decía aquel reclamo publicitario. En un primer momento, me ha vuelto a irritar, como hace cuatro años, el papel residual que los publicistas conceden aquí a la filosofía, en aras de las leyes del mercado, como contrapartida del atractivo que el deporte viril y las bebidas alcohólicas pueden tener para el consumidor. Al investigar sobre el ardid publicitario he encontrado otros dos teoremas en el mismo anuncio: “Si tuviéramos que elegir entre el ron y el rugby, elegiríamos el ron. Y el rugby” y “Cuando la vida nos tira al suelo, nos levantamos sin pedir permiso”. Ambas afirmaciones tienen mucho que ver con lo que viene a continuación, con mi referencia a un équido singular. En cualquier caso, no piensen que dudo de la pericia de los artífices de esta publicidad marcadamente patriarcal.

“Si tuviéramos que elegir entre el ron y el rugby, elegiríamos el ron. Y el rugby”, reza el eslogan citado. ¡Menuda elección! ¡Así cualquiera! Para el filósofo y matemático Pascal, “toda la desgracia del hombre viene de no saber quedarse simplemente sentado en su habitación”. Nos quedamos sentados, cómodamente, y nos quedamos con el ron y el rugby (esta vez, lo vemos por televisión). Se atribuye a Jean Buridan, un filósofo francés de la primera mitad del siglo XIV, seguidor del nominalista Guillermo de Ockham y conocido por sus numerosas aventuras amorosas, la formulación de la siguiente paradoja: “un asno que tuviese ante sí, y exactamente a la misma distancia, dos haces de heno exactamente iguales, no podría manifestar preferencia por uno más que por otro y, por lo tanto, moriría de hambre”. En definitiva, si no hay preferencia, no puede haber elección, y si no hay capacidad de elección, el libre albedrío se convierte en una quimera. Aunque Buridan ha pasado a la historia, sobre todo, por la paradoja de marras, los historiadores nos dicen que no fue creada por él, ya que podemos encontrarla en la obra de filósofos griegos tan ilustres como Anaximandro o Aristóteles. En el libro De caelo de este último, la paradoja tiene como protagonista a un perro que debe elegir entre dos comidas igualmente sabrosas. Al no llegar a decidirse por ninguna de ellas, acabará muriendo de hambre.

La indecisión parece ser algo importante. Tanto, que el filósofo británico Bertrand Russell afirma que nada puede causarnos tanto cansancio y ser tan inútil (y eso que dicen las malas lenguas que era incapaz de hacerse un té), provocando infelicidad. Para Russell, los que dudan entorpecen seriamente el desarrollo del pensamiento, como los conductores que dificultan la fluidez del tráfico rodado con su falta de resolución. Son amantes de la lentitud, bordeando la estupidez, y suelen carecer de ambición, notas estas que desentonan con nuestro tiempo, en las sociedades industriales avanzadas. Pero también hay otra forma de ver las cosas. El físico, filósofo y humanista argentino Mario Bunge, nacido en 1919 y, afortunadamente, todavía vivo, escribió en un artículo titulado “Elogio de la indecisión”, que “el indeciso genera impaciencia, confunde”, pero que “la libertad es también la posibilidad de no tomar una decisión cuando uno no desea tomarla”. La indecisión del burro nos inquieta, sencillamente, porque somos “impacientes”. La acción, esa entidad metafísica que es principio de todas las cosas, según el Fausto de Goethe, está sobrevalorada tanto a nivel individual como colectivo, de tal manera que parece que si uno (un entrenador de fútbol, el presidente del Gobierno, los consejeros de una empresa, el director de un Instituto o nosotros mismos) no actúa, no existe, y eso que en numerosas ocasiones no son beneficiosas ni deseables las consecuencias de nuestras acciones. Desde un punto de vista estadístico, nuestra obsesión por la acción multiplica escandalosamente nuestras posibilidades de equivocarnos y padecer las consecuencias de nuestros errores. Por eso Pascal nos recomienda que nos quedemos sentados en nuestra habitación –viendo un antiguo episodio del Inspector Gadget, añado yo, contemplando el caos de las acciones de su protagonista-, ampliado nuestros intereses, gestando estrategias, y adaptando con reposo y cautela unos y otras, en nuestro beneficio individual y social, huyendo de la prevención y la precipitación, como recomienda René Descartes en su Discurso del Método, y cuidando nuestra paz interior como haría el lama tibetano más escrupuloso.

Pero “nos levantamos sin pedir permiso”, como decía el eslogan del ron místico, tal vez, porque le conviene a nuestra especie desde el punto de vista evolutivo, vaya usted a saber. “¡Adelante gadgetobrazo!”, o “Pechos fuera” (como decía Afrodita A en la serie de dibujos animados japonesa Mazinger Z). Pues, como también nos informa el reclamo publicitario de nuestro místico ron: “En nuestra hacienda puedes perder un diente. Pero no la sonrisa”.

 

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Rafael Guardiola Iranzo

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