La filosofía liberada de los filósofos – Antonio Costa Gómez
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La filosofía liberada de los filósofos
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La filosofía liberada de los filósofos
Los filósofos traicionan la filosofía. Que consiste en querer saber ¿no consistía en eso?
Los sistemas filosóficos son lo contrario de la filosofía. Con ellos no conocemos nada. Para qué hacer un sistema perfecto, donde todas las piezas encajan perfectamente, en tu cabeza. No queremos conocer tu cabeza, queremos conocer el mundo.
Queremos conocer el mundo, con sus contradicciones y su dinamismo. Con sus paradojas y sus aparentes absurdos. Un mundo que cambia sin cesar, que no se deja atrapar, que no encajará nunca en ningún sistema.
Elaborar un sistema es como ponerle a un niño una maqueta en el salón.
Hay que salir del salón, mirar el mundo, con sus absurdos y contradicciones. Como lo miraron Leon Chestov o Kierkegaard. O Nietzsche o Giordano Bruno.
Y escribir en fragmentos, contradiciéndose, completándose, polemizando con uno mismo. Como Platón. Que no construyó ningún sistema, ni falta que hace.
Los filósofos oficiales solo se miran el ombligo y la cabeza. Lo que hay que hacer es mirar por la ventana, apartar las cortinas, como quería Heidegger. La verdad como des-velamiento.
Y hablar con la vecina para conocerla, en lugar de razonar sobre ella.
Nos hace falta una filosofía bajo los árboles. No hecha en los despachos académicos ni delante de un ordenador. Es decir, conectada con la vida y la naturaleza. Es decir, inspirada. Inspiración es coger aire. Hace falta una filosofía con aire y con vida.
Ahora la inspiración es algo despreciado. Todo es trabajo, dicen. Todo tiene que fabricarlo el cerebro, controlarlo el cerebro. Poseer las cosas. Pero más que poseer también que sentir. Abrirse a las cosas, ver las cosas como son, no como las ordenamos y gobernamos.
Y hace falta una filosofía apasionada y no fría. Porque la frialdad no ayuda nada al conocimiento. Ni aplicar mecánicamente unas leyes que fabricamos nosotros. Pasión es sentir profundamente las cosas, no temblar y ofuscarse. La pasión en ese sentido da la mayor lucidez. Ya lo decían ciertos místicos medievales como Guillermo de Auvernia y lo dijo en nuestros tiempos Bergson. Hay que conectar con la vida si queremos saber de ella. Y como dijo un alquimista: No se estudia la naturaleza viva fuera de su vivir. No se conoce la vida en los cementerios ni en los depósitos de cadáveres.
Filosofía bajo los árboles es la que hacía Nietzsche. Y Heidegger a pesar de todo, aunque parezca tan árido su lenguaje. Al final dice que la inquietud es lo que nos hace conocer el mundo, la angustia como experiencia profunda y el salir del mundo del man anónimo. Las experiencias intensas son las que nos dan el saber.
Y esa filosofía nunca será sistemática ni académica. A los académicos les parece que una filosofía es muy seria y encaja todo perfectamente. Pero precisamente la vida no cabe en ningún sistema ni nada encaja perfectamente. Y todos los sistemas son falsos porque solo son juguetes donde no cabe la vida contradictoria y paradójica que los sobrepasa a todos y se burla de todos. Un sistema solo puede ser un juego de niños, o una maqueta en un despacho, pero no tiene ninguna relación con la vida.
Y entonces esa filosofía tiene que basarse en el fragmento. Montones de fogonazos que no forman ningún sistema y que se contradicen y complementan unos a otros. Fragmentos escritos con libertad, sin buscar que todo encaje, sino buscando que algo sea lúcido aunque no encaje. Mirar los árboles no es buscar que encajen en un cubo. No es sujetarlos. Igual que María Iribarne no cabía en las definiciones precisas y lógicas en que quería encerrarla Juan Pablo Castel en la novela de Sábato. María Iribarne era la vida. Y era el fluir de Bergson.
Y esa filosofía tendrá que tener mucho de poesía tal como la ve María Zambrano. Ella dice que la filosofía es activa, es decir, busca dominar y encerrar, busca controlar el mundo y que no se desmande. Pero la poesía es pasiva en el mejor sentido, es decir, se abre al mundo sin lógica ni cerrazón mental, escucha todo lo que llega aunque no encaje, hace más pintura que arquitectura, es más libre y más porosa. Y sobre todo está más viva. La Filosofía bajo los árboles solo valdrá si se deja aconsejar por la Poesía. La razón no es nada sino la corrige la sensibilidad. Porque la razón se encierra en sus postulados y la sensibilidad es infinitamente abierta y no tiene murallas. O al menos su umbral es mucho más amplio y ampliable.
Esa filosofía bajo los árboles surgirá mientras uno pasea entre lo que queda de naturaleza, de misterio, de origen. De vida y de aliento. Y por eso será una filosofía con verdadero saber, no encerrada en cuatro reglas artificiales que ponemos nosotros. Será una filosofía de la piel, y de todo el cuerpo, abierta a la lluvia y a sentir sus gotas. O una conexión de todo el ser con el universo. Porque no se hace filosofía solo con las cuatro reglas de la lógica. Y el corazón tiene razones que la razón no conoce (ella conoce tan pocas), pero las tiene el hígado, e incluso los tobillos.
Y esa filosofía ser manifestará en el fragmento, en el fogonazo que es la verdadera lucidez. Como en fragmentos se manifiesta la infinita sensibilidad nocturna de Chopin (nocturna, no controlada por las reglas del día, nocturna y callada y escuchando, nocturna y libre). Esa filosofía será como el credo de Hermann Hesse, porque a menudo hay más verdadera filosofía en la literatura (verdadero saber) que en las filosofías sistemáticas y cerebrales como edificios rígidos de juguete. Una filosofía así tiene que ser dúctil y animada porque la realidad profunda es dúctil y animada. Y si solo vemos cubos y no los árboles estaremos siendo obcecados y no lúcidos.
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Antonio Costa Gómez
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