La función encubridora del lenguaje – Antonio Costa Gómez
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La función encubridora del lenguaje
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La función encubridora del lenguaje
Ya el lenguaje en general es limitado. Hay montones de cosas que no tienen nombre, hay montones de matices (tan importantes) que se escapan a las lenguas.
No hay palabras para tanta vida, para tanto desconocido. Para tanto vértigo.
Ya lo dijo Hoffmansthal en su Carta de Lord Chandos: en cuanto sentimos de verdad las cosas más sencillas, el lenguaje nos parece inútil. Incluso una traición, un simplismo miserable.
Aunque a veces las palabras pueden acoger cien mil sabores y cien mil sugerencias. Pero no las aprovechamos. El lenguaje en general es una clasificación, un simplismo. Una reja que tendemos sobre la realidad.
Condiciona nuestra manera de percibir, incluso de vivir las cosas. Eso ya lo estudiaron muchos autores. Pero nunca nos damos cuenta de verdad.
Y encima está lo que en cada época se puede decir. Encima está el lenguaje cerrado de cada época. Palabras que desparecen o que se sustituyen por eufemismos. Maneras de llamar a algo que condicionan fatalmente nuestra percepción.
Nos enseñan lo que debemos ver, lo que debemos sentir, al imponernos unas palabras, al prohibirnos otras. Nos encierran y nos dicen que seamos buenos.
Nos enclaustran en cursilerías y puritanismos. El mundo en realidad es la reja de un convento.
Pero todas las épocas tuvieron su censura, su encierro. En cada una no se podía decir ciertas palabras, o había que sustituirlas por otras que escamoteaban su objeto. Siempre quisieron encerrarnos.
Solo el lenguaje literario (cuando no se sujeta a los meapilas y las cursilerías de cada época) nos libera. Sólo él con sus libertades y sus locuras, con sus ambigüedades y sus contradicciones.
Con su vida y su sabor. El mundo perdería todo su sabor si no existieran ya los escritores.
El lenguaje no sirve para comunicarse. Sirve para engañarse unos a otros. Y para tapar lo que queremos tapar. Ya no señala cosas, pone un plástico (iba a decir un paño) encima de ellas.
Y a menudo sirve para señalar a gente, para decir: A por ese, a por ese. Es judío, es ludita, es hereje, es solitario. Está loco. A por él, a por él. No cree en lo que todos creemos, solo quiere inquietarnos.
Y si eres político necesita el lenguaje para topar todas las corrupciones que hagas, todas las cagadas que cometes. Acabará por parecer aceptable cualquier cosa. Acosar a la gente de todas formas acabará por ser “progresismo”.
Y torturaremos por amor, y llamaremos camaradas a quienes mandamos a Siberia. Y torturaremos por el bien de la Humanidad y fabricaremos al Hombre Nuevo. Y a llenarlo todo de gases y malos olores le llamaremos progreso.
Habrá que esconderse del lenguaje. Habrá que buscar el silencio para ver las cosas.
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Antonio Costa Gómez

