Ángel, ése es su nombre – Antonio Villalba Moreno

Ángel, ése es su nombre – Antonio Villalba Moreno

Ángel, ése es su nombre

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Ángel, ése es su nombre

Lo habíamos visto casi todos los sábados que estacionábamos en el centro comercial donde compramos. Allí estaba él, en la entrada: mirada triste, chaqueta roída, barba mal cuidada, cara de bondad. Acariciaba sin parar a su mascota, una pequeña y vieja boston terrier que agradecía el cariño de su dueño lamiendo de vez en cuando sus manos.

Esta mañana hemos entrado en el aparcamiento del supermercado y ahí, como en otras muchas ocasiones está él pidiendo con su perrita, medio ciega, mayor ella, con unas cataratas enormes, al menos la penúltima vez que los vimos. Ahí está Ángel, pasando frío, abrazando a Peggy (nombre ficticio) hablándole quedamente. En aquella ocasión nos contó lo enfermo que estaba, que tenía problemas de pulmón y de corazón. Rezaba con que algún día no se despertara, se fuera sin darse cuenta, aunque pensaba demasiado en su mascota, en qué sería de ella si le pasara algo. Nosotros le hablamos de nuestro perro, de su prolongado deterioro.

A veces mi mujer le compraba algún alimento y lo dejaba a su lado. La última vez llevó también algo para Peggy. Ese día vi cómo lloraba agradeciendo ese acto y cómo él le cogía la mano. Ese gesto, ese simple apretón me hizo pensar en muchas cosas, sobre todo en la suerte que tenemos los que no pasamos necesidades ya sean alimentarias o afectivas y lo fácil que es ayudar a alguien como él. Nos perdemos en la ignorancia de las desigualdades, obviamos lo cercano.

Habíamos temido lo peor porque hacía varias semanas que su sitio estaba vacío. Pero no, acabamos de verlo. La perrita en sus rodillas. Aparcamos. Mi mujer busca algo de dinero para darle. Nos bajamos del coche, nos abrigamos y al salir a la calle no los encontramos ¿Habrá sido una alucinación? Si solo los hubiera visto Inma le habría dicho que ha sido un espejismo pero estoy seguro de que estaban allí ¿puede haber una visión a dúo? Charlamos camino a la cafetería. Le digo que puede ser eso: una aparición o quizá un momento del pasado que aún permanece ahí, ¿quién sabe?

“Ya estás desvariando” me dice ella. “¿Por qué no escribes un relato?” Eso no, pero una columna quizá. Visualizo la foto que podría acompañarla. Sería idóneo para Café Montaigne.  Si percibo que a mis pocos lectores, pero muy queridos, les gusta me animaría a inventar un cuento donde el protagonista sea él, ese indigente delgado con barba de días.

La instantánea podría ser un vagabundo de Bolonia o de Oporto, sé que tengo fotos de pobres de aquellos lugares. Hasta aquí los hechos reales pero falta la trama ¿Hemos visto a Ángel? ¿Dónde está entonces? No ha pasado ni un minuto desde la visión hasta la desaparición ¿Hemos vislumbrado el pasado? Esta mañana hemos llegado media hora más tarde de lo habitual. Está él a las nueve y media en su sitio, a la hora que, normalmente lo vemos nosotros. ¿O sería un momento de hace semanas?

Y pienso en cómo hacer un relato de un mendigo y recuerdo la indigente que me encontraba todos los días cuando salía de la oficina donde trabajo camino a mi cafetería. A pocos metros la veía, casi siempre leyendo, junto a un cartón de vino. A la vuelta del desayuno cruzaba de acera para pasar junto a ella y darle los buenos días. A veces levantaba la vista del libro de turno y me respondía. En otras ocasiones no se enteraba de mi presencia inmiscuida en la trama de las páginas o en su mundo de alcohol barato. Cuando me saludaba alzaba la vista y podía ver sus ojos verdes y sus arrugas hermosas, su sonrisa enorme. Una extranjera que debió ser muy guapa en otro tiempo.

Recuerdo el micro que escribí pensando en ella,  lo busco pero no doy con él. A vuelta de unas vacaciones me percaté de que el portal donde ella malvivía había sido cerrado con una cancela y ella ya no estaba en esos pocos metros cuadrados repletos de libros que encerraban una vida enigmática. Quizá Ángel coincidió con ella en algún momento de su vida, quizá Cora (nombre ficticio) cenó con él en algún albergue benéfico, en su misma mesa y ella le contó cómo llegó a esa situación y quizá él le diría que quería adoptar un perro.

Concluyo estas líneas, salgo al porche buscando a mi Drako sin recordar que hace unos días nos ha dejado. La mayoría de las veces le leía o le contaba mis ocurrencias. Él me miraba con cariño sin entender a su dueño pensando que al final recibiría su dosis de caricias. Está descansando mi querido amigo. Lo echo de menos. Espero que allá donde esté me dé el visto bueno de estas líneas prometiéndole que, cuando sea capaz, cuando pase el duelo, intentaré crear una obra a su altura.

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 Antonio Villalba Moreno

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