Auto de Fe en el gélido palomar de los sabañones – Rafael Guardiola Iranzo

Auto de Fe en el gélido palomar de los sabañones – Rafael Guardiola Iranzo

Auto de Fe en el gélido palomar de los sabañones

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Oskar Werner como Guy Montag en un fotograma de Fahrenheit 451 [1966 – François Truffaut]

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Auto de Fe en el gélido palomar de los sabañones

Todavía no me he despendido del razonable temor de ver la infame eclosión en mis prominentes orejas de los temibles sabañones o la vil retención urinaria, debido al frío polar que reina, en invierno, en la Biblioteca del IES Jacaranda de Churriana (conocida coloquialmente por el profesorado con descripciones definidas como, “el palomar” o “el secadero de jamones”). Recuerdo cómo, a finales del lejano 2015, leí en la red que Amnistía Internacional había emprendido una singular campaña de recogida de firmas reclamando la liberación de una bibliotecaria rusa, Natalya Sharina, directora de la Biblioteca Estatal de Literatura Ucraniana de Moscú, detenida el 28 de octubre de aquel año, por dar cobijo presuntamente en los estantes, a “literatura extremista” de corte nacionalista. A Natalya, en arresto domiciliario, no se le había pasado por la cabeza, seguramente, que su labor llegara a adquirir los estigmas propios de una profesión de riesgo, pudiendo verse privada hasta cinco años de la preciada libertad por un puñetero libro. Al recordar esto, casi de modo automático, me he apresurado a esconder en el fondo de una caja de cartón, atestada de libros, un ejemplar del Kamasutra y otro del informe Hite sobre el orgasmo femenino, dos títulos sospechosos para mentes pacatas que formaban parte de una virtuosa donación de un profesor a la Biblioteca de la que soy responsable desde septiembre de 2007. No están las cosas como para andarse con tonterías, ¿no les parece?, con tanto integrista suelto. No obstante, recuerdo el relato de uno de los dueños de la Librería Fuentetaja de Madrid, en mis tiempos de estudiante de Filosofía, sobre la mente obtusa de los censores y represores. Me contaba cómo las autoridades, en tiempos del franquismo, dieron órdenes tajantes al personal de aduanas para que interceptasen en la frontera con Francia todos los libros de autores rusos, con el fin de que la influencia soviética no desbaratase lo que debía estar “atado y bien atado” ideológicamente por el régimen franquista. El resultado: mi amigo el librero pudo importar, sin problemas, usando su vehículo particular como medio de transporte, múltiples ejemplares de las obras de Marx y Engels –alemanes y barbudos ellos-, a pesar del título secundario de alguna de ellas, dedicada a la situación de la clase obrera en Inglaterra (Crítica de la crítica crítica era el título de marras).

Hace también muchos años, mi antiguo y avispado alumno Alejandro Sierra Barea, un auténtico espíritu libre dotado aristocráticamente para el humor o, lo que es lo mismo, para la inteligencia, diabólica a los ojos de Baudelaire, publicó en una red social unas páginas de la novela de ciencia-ficción de Ray Bradbury, Fahrenheit 451. En aquel momento rescaté de mi maltrecha memoria una alforja de fotogramas de la película homónima de François Truffaut que viera la luz en 1966. Alejandro se ha estremecido al pensar que Bradbury es una especie de vidente cuando nos ofrece su fábula sobre un tenebroso futuro sin libros. En la ficción, los bomberos, más que apagar fuegos, se dedican a quemar sin piedad libros prohibidos. Y, como afirmaba el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson, “allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres”. Que se lo digan a los adalides del Nacionalsocialismo alemán en tiempos de Hitler, al Califa Omar –más obsesionado por los efectos nocivos de los papiros y pergaminos de la Biblioteca de Alejandría que por la ingesta de un alijo de chuletas de cerdo-, o al ínclito dominico palentino Tomás de Torquemada, Gran Inquisidor y Confesor de Isabel la Católica, con quien, tal vez, jugara a la brisca entre una y otra combustión de herejes, con objeto de corroborar la teoría del flogisto. La supervivencia de la civilización queda, por tanto, en manos de unos pocos, de unas almas bellas dispuestas a memorizar los productos más genuinos de nuestro pasado cultural escrito, como auténticos libros andantes.

Espero que no acaricien demasiado la idea de quemarme por decir lo que voy a decir ahora, haciendo uso de argumentos que desliza en su admirable libro Evil Screens mi amigo, el filósofo valenciano afincado en Al-Ándalus –en Granada, por más señas- José Antonio de la Rubia Guijarro. Destrozando tópicos con precisión quirúrgica, dejando a un lado los prejuicios de conservadores y progresistas, resulta que “no hay crisis de valores”: los valores se multiplican como las hormigas o los conejos, con perdón, están hasta en la sopa y sobre todo, en las “pantallas malignas”, en los medios de comunicación. Y tampoco es cierto que todas las lecturas sean adecuadas y válidas, que “leer sea algo bueno en sí mismo”, como una Idea platónica. Si la lectura es valiosa, lo es por ayudarnos a vivir (estoy pensando, obviamente, en el último libro de Belén Esteban, o en el Mein Kampf de Adof Hitler, textos edificantes donde los haya). Y como hay ideas detestables, hay libros deleznables, como los que tratan de demostrar que los padres debemos ser los mejores amigos de nuestros hijos, mandando al cuerno el más elemental principio de autoridad (no autoritaria) o que el cambio climático es una ficción tan abigarrada (porque lo dijo el primo de Rajoy) como la existencia de campos de concentración y de exterminio en la II Guerra Mundial.

Por aquellos tiempos lejanos escribió el filósofo y periodista liberal cordobés, Santiago Navajas, compañero de fatigas en la Asociación Andaluza de Filosofía, que había recibido “insultos” e improperios a través de las redes sociales, a propósito de un artículo publicado en el Diario Córdoba, en el que defendía el derecho del obispo de esta hermosa tierra, D. Demetrio Fernández, a expresar sus opiniones (como, por ejemplo, que “la fecundación in vitro es un aquelarre químico de laboratorio”), al mismo tiempo que las criticaba. El insulto, no obstante, no dejaba de ser alentador: “Filósofo tenía que ser”. A los filósofos, devotos de la reflexión y la sospecha, no nos suelen gustar los Autos de Fe, ni vamos por ahí deteniendo a bibliotecarias rusas, ni obligando a la gente a leer Ambiciones y reflexiones, el libro autobiográfico de Belén Esteban, o el prospecto de un fármaco para combatir el escozor que producen las hemorroides sin domesticar. Y es que la defensa de la libertad de expresión es uno de nuestros más preciados defectos, aunque se ejerza en un gélido palomar o en el borgiano jardín de los senderos que se bifurcan.

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Rafael Guardiola Iranzo

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