Los últimos de San Agustín – Antonio Villalba Moreno
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Los últimos de San Agustín
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Los últimos de San Agustín
Llegamos al restaurante con un sol impropio de finales de octubre. Pienso en los que aun niegan el cambio climático y no los comprendo, no ven la evidencia. La mayoría en manga corta, las mujeres con vestimenta veraniega. Sin asomo de jerséis y menos aún paraguas mientras nos dirigíamos a la Pequeña Españita. Desde luego mereció la pena la tarde del sábado.
Abrazos, besos y apretones de manos comenzaron a volar en el mesón donde nos habíamos citado. Desde que nos reunimos para celebrar nuestro 25º Aniversario de haber comenzado la licenciatura (originales que somos los de nuestra promoción) hemos vuelto a quedar en varias ocasiones pero había alguna descastada que no lo hacía desde esa primera vez. Nos sorprendimos al comprobar que aquella reunión había sido en 2008. Pues bien, al final del almuerzo, cuando ya habíamos finiquitado unas cuantas jarras de cervezas y otras tantas botellas de vino, había quien perjuraba que era imposible que hubiera transcurrido diecisiete años de aquella cena en un hotel de Playamar.
Algunos de nuestros compañeros nos dejaron siendo aún jóvenes, otros no hace mucho. Ellos o sus cónyuges. La vida que es así, cruel a veces, pero a ella nos aferramos, a ella y a la familia, amigos y compañeros. No hay más remedio. Nos aferramos a la imagen de nosotros con 20 años, porque eso es lo que somos, todavía nos vemos como en aquella juventud, como éramos en los ochenta, aquellos casi adolescentes que inauguramos el nuevo edificio de la Facultad de Filosofía y Letras en Teatinos durante el mes de enero de nuestro segundo curso.
Hablamos de muchos temas de entonces: de profesores magníficos, ineficaces o impresentables; de exámenes memorables; de avisos de bomba, de huelgas interminables, de amores posibles e imposibles. Hubo parejas que surgieron entre apuntes, pupitres y diapositivas que luego, el tiempo fue desvaneciendo, pero tenemos algunas que todavía permanecen.
Hablamos de equipos de fútbol que varios tuvimos la osadía de crear, de aquel inolvidable “Bereberes de la Tropopausa” que logró nada menos que un impensable tercer puesto en una de las ediciones del prestigioso Torneo de fútbol sala de nuestra Facultad. Partido aquel que recordamos cada vez que coincidimos algunos de los que jugamos en él cuando llegamos a la segunda cerveza.
—Señores, cuidado con lo que decís —alzó la voz Virgilio— que luego Antonio lo escribe en su próxima columna.
Así que aquí estoy, una mañana de domingo, intentando no defraudar a mi amigo, ideando cómo plantear este artículo sin parecer muy nostálgico, sin entrar en tópicos, sin ser muy repetitivo. Creo que solo me queda acabar.
Cuarenta años no son nada, decíamos en la comida del sábado. Y viéndonos todos, a pesar de nuestras arrugas, canas y patas de gallo, parecía que no habían transcurrido casi cuatro décadas desde que nos licenciamos en Geografía e Historia. Algunos ya se han jubilado, otros estamos en camino. Aquella promoción ha dado investigadores famosos, historiadores eminentes y geógrafos abnegados; aunque una gran parte se ha dedicado a la enseñanza en colegios, institutos y universidades también ha llenado el mercado laboral de guardias civiles, administrativos, funcionarios, jefes de distintas empresas y otros oficios difíciles de considerar cuando en 1988 terminamos una carrera que iniciamos en el Convento de San Agustín.
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Antonio Villalba Moreno
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