La poesía como celebración. Notas sobre «Meditaciones de Ronda», de Sebastián Gámez Millán – Rafael Guardiola Iranzo

La poesía como celebración. Notas sobre «Meditaciones de Ronda», de Sebastián Gámez Millán – Rafael Guardiola Iranzo

La poesía como celebración. Notas sobre Meditaciones de Ronda, de Sebastián Gámez Millán

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Rafael Guardiola Iranzo – Meditación

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Me imagino a Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981) con mitones, absorto en el cauce sinuoso de la tinta que dibuja con pasión su mano izquierda. Me imagino el susurro de sus dedos parpadeando a la luz de una vela intentando atrapar tanta belleza, una belleza lasciva y rotunda, tan veloz como Aquiles, “el de los pies ligeros”, ese héroe impenitente que nunca da caza a la osada tortuga de Zenón de Elea.

Me imagino al poeta vencido por el sueño, con sus mitones, su vela y la magia de las palabras, al calor de una estufa en Ulm y descansando del fragor de la batalla de las letras como René Descartes, a punto de dar a luz las reglas de su manoseado método, deslumbrando al mundo con el placer contenido que suscitan el orden y la medida de las matemáticas universales.

No me cuesta imaginar a Sebastián Gámez caminando por las elegantes calles de Ronda con los ojos bien abiertos, tan abiertos como los ojos del voyeur en un grandioso espectáculo de striptease conceptual orquestado por el poeta-filósofo Octavio Paz.

Es “como si lo estuviera viendo”, parece decirnos Sebastián Gámez, un fiel testimonio de cómo se puede acariciar el recuerdo en imágenes de la memoria. Cosiendo palabras y destripando conceptos con sus mitones, su vela y la magia de las palabras al calor de la estufa, el autor se desplaza sigilosamente, como un funambulista amigo de Zaratustra, intentando guardar el equilibrio entre filosofía y poesía asido a la barra de la razón poética de María Zambrano y al pudoroso decoro de Marco Tulio Cicerón.

Las imágenes que escribe y transcribe el autor, deambulando por Ronda desde el año 2013, no son simples fotografías o películas de los hechos recordados. Tampoco se trata de fotografías o películas construidas, signos fabricados convencionalmente por la imaginación. Por el contrario, se trata de imágenes vivas, de recuerdos auténticos, tan genuinos como el presente al que apela la categoría del “tiempo vivido” acuñada por el filósofo Henri Bergson. Y es un secreto a voces que, con sus versos libres, el autor de Meditaciones de Ronda aspira a lograr la transición hegeliana del “yo” al “nosotros” –de la poesía a la filosofía-, o lo que es lo mismo, regalarnos un espejo en el que poder reconocernos.

Les confieso, en este punto, que me habría gustado toparme con algún espejo deformante, pero el poeta ha decidido ser solemne como el transhumante Rainer Maria Rilke y mostrar con recato su desnudez intelectual y los abismos de la muerte de su padre y la ceremonia del duelo. Son cinco las partes en las que se presentan las meditaciones de la razón poética: “Espacios simbólicos”, “Mundos que no son de este mundo”; “Sombras entre los vivos y los muertos”; ”Amor en vilo” y “Casa apagada y encendida”. Con este entramado el poeta-filósofo nos invita a que asumamos un papel activo, a llevar a cabo una peculiar ascesis del yo, que desborda las limitaciones del esteticismo reinante, y participando en una experiencia singular, en “una práctica destinada a operar un cambio radical del ser”, en palabras del filósofo francés Pierre Hadot, como la que proponían diligentemente los filósofos antiguos

Tengo la impresión de que hemos topado con el auténtico Sebastián Gámez, un filósofo al que el respeto por la inteligencia de los gigantes del pasado le hace inundar de citas sus ensayos más sesudos. Estamos frente al poeta-filósofo de andar por casa –pero sin batamanta y zapatillas de cuadros-, en medio de una selva de libros, liberado temporalmente del corsé de la erudición y de la rigidez del imperativo categórico kantiano, así como del respeto, tal vez desmesurado, por la autoridad de los sabios y la dignidad connatural a nuestra humana condición.

Y disfruto con ello, especialmente con los poemas dedicados a la música y al amor, porque son aquí hijos de Eros. Reconozco, no obstante, la solidez filosófica y vivencial de los versos que apuntan a la aceptación de la pérdida, a la imprescindible presencia del padre como maestro de la vida y red de afectos. La aceptación radical es también la clave del duelo del Ciudadano Kane de Orson Welles.

Como filósofo disciplinado, se refugia Sebastián Gámez en el asombro como actitud vital. Se maravilla ante la belleza de Ronda y su perplejidad le genera a un tiempo “serenidad y desasosiego”, le invita al diálogo interno siguiendo el rastro de Rilke, “aquel viajero que transmutaba cada instante en poesía”, o reconociendo que “somos ciegos guiando a ciegos”. Este feliz encuentro entre temor y placer es lo que Kant denominaba “sublime”, en contraposición con “lo bello”. Nos inquieta así la oscuridad de la noche debido a la grandiosidad de la naturaleza, pero también sentimos placer al sentirnos capaces de caminar por sus sendas perdidas sin tropezarnos ni errar el rumbo. En este libro, los espacios dejan de ser escenarios o decorados cinematográficos para convertirse, por derecho propio, en “espacios simbólicos” que sorprenden y maravillan, reencantando el mundo.

Con el arte, afirma el poeta-filósofo, se produce “la creación de mundos que no son de este mundo”, con el horizonte dual de la vida y la muerte como telón de fondo, y aprendemos a sentir como lo hace un niño. Gracias al arte, en definitiva, cantamos, bendecimos, afirmamos y nos afirmamos.
Me imagino vivamente a Sebastián Gámez ebrio de la lluvia de la mujer amada, reconociendo en el misterio que ésta encierra la magia líquida que hace posible que nuestra casa esté, a un tiempo, apagada y encendida, habitada y perdida, tapizada con el sabor agridulce que dejan los sueños más sinceros y las imágenes mnemónicas. Pues las imágenes del recuerdo, como afirma Salvador Rubio en su libro Como si lo estuviera viendo. (El recuerdo en imágenes) [Madrid, Antonio Machado, 2010], tiene una estructura “pivotante”, es decir, funciones diferentes, bien como imágenes que tienen conexión con los hechos del pasado, bien como fuente del tiempo, ligadas a la memoria presente del pasado. Este poemario de Sebastián Gámez es un claro ejemplo de ello. Permite deshacer el carácter aporético de la imagen mnemónica, ese tipo de imágenes que resultan “inmostrables” a decir de Wittgenstein y que tienen una inequívoca vinculación con los sentimientos y las emociones, fuentes que gobiernan la selección de la memoria.

Y regresando una vez más a Rilke, somos conscientes de que: “El destino del poeta reside en celebrar, / celebrar todo cuanto existe/ tierra, mar, cielo, / y mediante la celebración/ ir más allá de la queja y el juicio.” Como bien dice Hamlet, “el resto es silencio”.

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Rafael Guardiola Iranzo

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Nota

Sebastián Gámez Millán. Meditaciones de Ronda. Editorial Anáfora, Málaga, 2020. ISBN: 978-84-9496-868-6.

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