Nada sin belleza: sobre la pintura de Ignacio Escobar – Sebastián Gámez Millán

Nada sin belleza: sobre la pintura de Ignacio Escobar – Sebastián Gámez Millán

Nada sin belleza: sobre la pintura de Ignacio Escobar

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Rincón. Otoño de 2017.

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Ignacio Escobar (1973) hace con la pintura algo muy moderno que pocos, quizá nadie ha hecho: pintura realista, incluso por momentos hiperrealista, pero sin tema o motivo. Un realismo sin argumento, a la manera de algunos escritores, como Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) en El Jarama. Tal vez porque lo que a él le mantiene hechizado es la realidad, la misteriosa e inasible realidad que nos constituye y nos traspasa.

Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense, ejerce actualmente como profesor de esta materia en un instituto público de la ciudad en la que nació (Madrid). Posee una sólida y polifacética formación que le permite impartir clases de pintura en latín, español o inglés lo mismo que conversar sobre asuntos de historia del arte, la filosofía o la literatura sin caer en trivialidades. Es una persona de una singular honestidad, de esas que considera que la estética sin ética solo conduce a imposturas.

Si tuviera que clasificar los motivos recurrentes de su pintura diría que hay tres temas que aparecen con frecuencia: el primero son vistas de ciudades o lugares donde vivimos, como edificios, urbanizaciones, calles, casas… En estas imágenes se percibe una dialéctica entre las construcciones humanas y la naturaleza. Como todo arte, es una manifestación de nuestro tiempo que refleja la época en que vivimos. Pero también puede leerse como una crítica a los espacios que construimos y en los que, paradójicamente, nos encerramos. Solo que de acuerdo con su personalidad, en él no hay subrayado ni estridencias; sutil y elegantemente se limita a mostrar de forma casi transparente, como si formulara una fenomenología de la percepción visual, con una indiscutible capacidad técnica.

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Vista desde la torre del Parque 12, primavera de 2017.

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Otro de los temas recurrentes de su pintura son los retratos. De acuerdo con las convenciones del género, se trata de captar el carácter por medio de la figura retratada. El pintor Ignacio Escobar lo hace con veracidad, directamente, sin apenas mediaciones ni proyecciones suyas. Pero al mismo tiempo consigue mostrarnos en sus retratos imágenes de las personas que resultan imposible definirlas por completo, como si siempre fueran más de lo que acertamos a ver o decir de ellas, como si hubiera un fondo desconocido que se resiste a revelarse, incluso para nosotros mismos.

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Pepe Calderón

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El tercer tema que destacaría en su obra es un tipo de piezas muy particulares denominado por él “rincones”. El nombre se ajusta de modo preciso a lo que se representa en ellos: espacios domésticos, compuesto de objetos personales, donde la mirada se demora en la vida cotidiana. En tales “rincones” apreciamos objetos que nos rodean en el orden que los disponemos. De esta manera ofrecen también una imagen de nosotros mismos, en este caso de él. En el fondo, no hay nada que no sea de una forma u otra autobiográfico. Y eso que Ignacio Escobar, cautivado por la realidad, en sus pinturas presta más atención al exterior que al interior. No son bodegones. Sin embargo, algunos de ellos son una suerte de alegorías modernas, eso sí, sin el trasfondo de creencias religiosas y de otra índole de las antiguas obras, lo que también contribuye a reflejar de nuevo características del tiempo en que vivimos.

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Rincón. Invierno de 2017.

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Maravillado por la realidad, a la que procura desvelar a través de la pintura –mas, ¿tiene velos? ¿Y si no los tuviera por qué necesitamos los lenguajes para expresarla, comprenderla, interpretarla y comunicarla?–, y devolve al espectador esa vivencia en forma de experiencia, Ignacio Escobar, de una íntegra religiosidad, considera que “todo es bello por el hecho de existir, de ser”. Nada hay exento de belleza, todo merece ser pintado. Hablando con él acerca de lo humano y lo divino en su estudio de Villafranca rememoré en oposición dialéctica un poema de Alberto Caeiro, heterónimo de Fernando Pessoa:


“El misterio de las cosas, ¿dónde está?
Si apareciese, al menos,
Para mostrarnos que es misterio.
¿Qué sabe de esto el río, qué sabe el árbol?
Y yo, que no soy nada, ¿qué sé yo?
Siempre que veo las cosas
Y pienso en lo que los hombres piensan de ellas,
Río con el fresco sonido del río sobre la piedra.
El único sentido oculto de las cosas
Es no tener sentido oculto.
Más raro que todas las rarezas,
Más que los sueños de los poetas
Y los pensamientos de los filósofos,
Es que las cosas sean realmente lo que parecen ser
Y que no haya nada que comprender.
Sí, eso es lo que aprendieron solos mis sentidos:
Las cosas no tienen significación: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas”.

Puede que nosotros, con la literatura, el arte y otras mitologías, procuremos dotar de cierto sentido el sin sentido que nos circunda. Pero más allá de esta visión, ni siquiera las ciencias pueden eludir el misterio de fondo de los fenómenos que nos rodean: ¿por qué son así y no de otro modo? ¿Por qué el ser y no más bien la nada? Y que sean tal como los describimos o figuramos durante un tiempo, ¿quién nos asegura que seguirán siendo así? La experiencia científica de la historia pone cualquier afirmación en tela de juicio. No terminamos de decir lo que queremos decir de la realidad, no dejamos de balbucearla. No obstante, ahí está, maravillándonos. Y nosotros, traspasados por eso que llamamos “realidad”. Esto es lo que celebra la pintura de Ignacio Escobar.

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La terraza del Parque 11. Madrid, verano-otoño de 2016.

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Rincón del estudio de Juan Carlos Savater.

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Juan Carlos.

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Manolo leyendo en el jardín.

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Cedro ante el estudio. Villafranca, verano de 2016.

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Sebastián Gámez Millán

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Categories: Artes Plásticas

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