Beckett y Giacometti: el absurdo de la existencia humana – Sebastián Gámez Millán

Beckett y Giacometti: el absurdo de la existencia humana – Sebastián Gámez Millán

Beckett y Giacometti: el absurdo de la existencia humana

 

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¿Quién no se ha preguntado qué hubiera ocurrido si algunas almas gemelas hubieran tenido la suerte de cruzarse en la infinita soledad del espacio-tiempo? En una nota que tomé releyendo Fin de partida (1957), pensé: “Si hay un escultor con el que esté emparentado el mundo de Samuel Beckett ese no es otro que Alberto Giacometti”.

Años después, cuando en 2011 visité la exposición “Alberto Giacometti. Una retrospectiva”, organizada por el Museo Picasso de Málaga, me pregunté que, a pesar de servirse de lenguajes diferentes, dadas las afinidades expresivas de sus espíritus, qué diálogo hubiera mantenido con Samuel Beckett: quizá una conversación de silencios, quién sabe. Lo decisivo es que ambos se aproximan en la contención y condensación de sus respectivos lenguajes al grado cero de la expresión, por ello nadie que yo sepa ha podido ir más allá por estos caminos.

Mira por dónde, recorriendo unos seis años más tarde la exposición “Derain, Balthus y Giacometti. Una amistad entre artistas”, organizada por la Fundación Mapfre en Madrid, averiguo que no solo se conocieron, sino que además colaboraron juntos. Giacometti fue el decorador de la representación de Esperando a Godot (1953), de Samuel Beckett, en el Teatro Odéon de París. Dos seres esperan no se sabe qué al que llaman Godot, pero mientras hablan y cambian de estados de ánimo, Godot no aparece. Se trata quizá de la obra teatral que más hondamente simboliza la desorientación y el absurdo de la existencia humana en el siglo XX.

“El absurdo, escribió Francisco Umbral, es siempre lo que mejor explica las cosas que no tienen explicación”. Y al parecer hay unas cuantas a nuestro alrededor. Tal vez por eso es tan eficaz para provocar efectos cómicos. Si no pudiéramos reír o sonreír ante situaciones absurdas, reventaríamos o nos volveríamos locos. Mejor el desahogo, la liberación de la carcajada. Beckett decía que Esperando a Godot era una obra “horriblemente cómica”. No se puede definir mejor en dos palabras. Capta lo propio de la literatura del absurdo, que es profundamente reveladora, la ambivalencia de la vida, cómo se mece entre lo cómico y lo dramático, sin desdeñar lo trágico.

El hombre que se tambalea, de Giacometti, una de las mejores esculturas de la última exposición mencionada, fue creada en 1950. El hombre que camina, posiblemente su obra más célebre, fue creada once años después, en 1961. Una de las funciones del arte es reflejar la historia, cómo se percibe y comprende el ser humano a lo largo del tiempo. No conozco ninguna escultura que refleje más logradamente la solitaria soledad del ser humano hacia ninguna parte tras la Segunda Guerra Mundial. Según el filósofo Jean-Paul Sartre, las esculturas de Giacometti “están a mitad de camino entre el ser y la nada”.

 

 

Alberto Giacometti – L’Homme qui chavire [1950]

 

Alberto Giacometti – L’Homme qui marche – I [1961]

 

 

 

Por esas paradojas del mercado del arte, una de las cuatro versiones de esta escultura se vendió en Londres por 65 millones de libras (74,2 millones de euros), según Sotheby`s, la casa que se encargó de la puja, siendo por entonces la obra de arte más cara jamás subastada. ¿Guarda alguna relación con ser una de las obras artísticas que refleja de forma más lograda la condición humana de una época?

Como ocurre con los grandes artistas, la obra de Giacometti traspasa el tiempo de su vida y nos sigue interpelando como muy pocas. Si alguien quiere aproximarse más a la personalidad psicológica del artista sugiero la lectura de Retrato de Giacometti, de James Lord, en la que, paradójicamente, mientras Lord posa, retrata de manera sutil e intrigante al misterioso artista. Esta vez no es el artista el que con sus célebres jaulas nos atrapa.

Hay sin duda un aire de familia existencial y absurda entre la expresión fría, seca y austera, de Beckett, próxima al suspiro, al gemido o al aullido, y la expresión artística simplificada hasta casi rozar la nada de Giacometti. Ambos aceptarían lo que declaraba el escultor: “mientras más se quita, más crece el objeto”. Parece la máxima del minimalismo, pero aquí todo gira en torno a otra gravedad. Menos mal que existe el humor. Si Giacometti hubiera sido escritor se hubiera expresado a la manera de Beckett; si Beckett hubiese sido artista hubiera sido como Giacometti.

Ambos, junto con Sartre, Camus e Ionesco, son acaso los que de modo más rotundo y conseguido han expresado el absurdo de la existencia humana durante el siglo XX. Más allá del espíritu de una época, es un sentimiento, un estado que retorna sin cesar a nosotros, sin que podamos escapar. Ambos se aproximan desde la puerta de acceso de sus respectivas artes a unos lenguajes cuya contención y condensación bordean el grado cero de la expresión, de ahí que cualquier escultor o escritor al lado de ellos parece un charlatán.

 

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Sebastián Gámez Millán

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