Sueños de virtud y ejemplaridad en «El Abencerraje» – Sebastián Gámez Millán

Sueños de virtud y ejemplaridad en «El Abencerraje» – Sebastián Gámez Millán

Sueños de virtud y ejemplaridad en El Abencerraje

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El Abencerraje – [pág. 233 del libro de Antonio de Villegas en 1565 – Biblioteca Nacional de España – Madrid – España]

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Sueños de virtud y ejemplaridad en El Abencerraje

El ser humano es un ser fronterizo, con un pie hincado en la realidad y otro no se sabe dónde, así nos describió Platón en la alegoría de la caverna, escindidos entre lo que inexorablemente sucede de facto y la Idea de Bien o lo que deberíamos ser de acuerdo con los sueños de la razón o de la imaginación. Y, como veremos, ahí seguimos, entre lo real y lo ideal, en una lucha sin fin.

Contada y cantada la historia ejemplar de El Abencerraje fue rodando por los siglos de boca en oído, y a través del polen seminal fue floreciendo en múltiples ediciones de distintos autores de España, Italia y Francia, porque la narración entonces no era de nadie sino de quien la sabe contar y cantar y, sobre todo, encarnar.

A mediados del siglo XVI, por las fechas en las que se publican las diferentes ediciones de El Abencerraje (1550-1561), concretamente en 1559, nos consta que tienen lugar al menos tres multitudinarios autos de fe, dos en Valladolid y uno en Sevilla, donde numerosas personas fueron “azotadas, estranguladas o quemadas vivas”.

En este contexto de la llamada conquista de Granada o la de México –justo en 2021 se cumple el quinto centenario–, de la expulsión de los judíos y las guerras imperiales, no podemos hablar precisamente de “tolerancia”, un concepto que surge durante el siglo XVI en Francia para mitigar los derramamientos de sangre provocados por las guerras de religiones entre católicos y protestantes, y que más tarde filósofos cruciales para el devenir de nuestro mundo, como John Locke, Voltaire y Stuart Mill, lo convierten en una virtud cívico-política, imprescindible para el desarrollo de la pluralidad ideológica, fundamento de las democracias modernas, y la convivencia social.

La literatura y el arte son espejos infinitos (Shakespeare, Lichtenberg, Stendhal, Proust, Borges…) donde los seres humanos podemos observar, analizar y criticar cómo somos por naturaleza o cómo debemos ser de acuerdo con las exigencias ético-políticas de la época y la cultura. Aunque inspirado en acontecimientos históricos –ciertamente, Rodrigo de Narváez fue un famoso capitán que contribuyó de forma decisiva a la toma de Antequera por el príncipe don Fernando en 1410, y asimismo existió el clan de los Abencerrajes–, el autor tiene libertad creadora para pintarlos tal como quiera y pueda.

Sin embargo, en vez de desfigurar grotescamente los rostros de estos personajes, como hará Valle-Inclán con su célebre esperpento, siguiendo el espejo deformante de Goya y Quevedo, Antonio Villegas sigue los modelos clásicos, ofreciéndonos unos retratos modélicos e idealizados que nos invitan a ser emulados.

Por esta razón El Abencerraje posee este significativo preámbulo, que en la versión de nuestro querido amigo, el historiador y escritor Pedro Dueñas, suena así: “Este libro es un cuadro, un retrato de virtud, generosidad, gentileza y lealtad, protagonizado por Rodrigo de Narváez, el Abencerraje y Jarifa, su padre y el rey de Granada. En él los dos primeros ocupan todo el lienzo, pero los demás ilustran también la pintura y dan sus pinceladas en ella. Y así como un diamante engastado en oro, plata o plomo siempre tiene el mismo valor por su peso en quilates, de la misma manera la virtud resplandece en seres humanos ajenos a nosotros, como ocurre con el grano, que al caer en la tierra fértil germina mientras que en la árida se pierde”.

Virtud es un término muy recurrente en El Abencerraje. Como ha señalado Francisco López de Estrada, uno de los principales estudiosos de la obra, en su ya canónica edición: “El resorte que mueve la acción de Don Rodrigo es la virtud, palabra que llega a convertirse en la clave de la novela, tal como Villegas destaca en el preámbulo de la misma. La dificultad se encuentra en que esta misma palabra cubre un contenido semántico muy amplio”.

Con el debido respeto, el concepto de “virtud” proviene del griego “areté”, que significa alcanzar la excelencia en la acción. La definición más memorable que recuerdo es la de Aristóteles: consiste en saber elegir por medio de la razón el término medio entre el exceso y el defecto, relativo al individuo y sus circunstancias. Anticipándose en tantos siglos a la “inteligencia emocional”, escribe el filósofo: “Por ejemplo, sentir miedo, audacia, deseo, ira o piedad, o, en general, sentir placer o dolor es posible en mayor o menor grado. Pero sentirlo «cuando» y «en los casos en que», y «con respecto a quienes», y «para lo que» y `como´ se debe, eso es el término medio y lo mejor –lo cual es propio de la virtud–”.

A esa “virtud” apunta en la primera línea del preámbulo y el símil del que se vale el autor al concluir el mismo no es fortuito, sino más bien revelador, ya que muestra el espíritu de la obra y conecta con el comportamiento que adoptan los personajes hasta el final de la acción, como veremos.

¿Qué sucede si el comportamiento virtuoso no se aprecia ni reconoce como tal? Pues caerá en tierra árida y se perderá en el olvido. Por el contrario, si poseemos eso que el filósofo Aurelio Arteta denominó “la virtud en la mirada”, esencial para la admiración moral y la consiguiente búsqueda de la perfección de uno mismo, entonces sí cabe la posibilidad y la esperanza de que se encarne y resplandezca en otro ser.

Y el símil, decía, enlaza con la carta del final, donde Abindarráez le responde así al alcaide: “Si pensáis, Rodrigo de Narváez, que, con darme la libertad, me dejabais libre, os equivocasteis, porque cuando liberaste mi cuerpo, prendisteis mi corazón, pues las buenas obras prisioneras son de los nobles corazones. Y si tú, para alcanzar honra y fama, acostumbras a hacer el bien a quienes podríais destruir, yo, por pertenecer a una legendaria estirpe y no degenerar de la alta sangre de los Abencerrajes, estoy obligado a ser agradecido y a serviros”.

Amor y generosidad con amor y generosidad se devuelven: reciprocidad. He ahí uno de los fundamentos de la ética. Las dos formulaciones de la regla de oro, a la que llegaron Confucio y Jesucristo sin conocerse, es decir: “Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti”; y “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, descansan sobre el principio de reciprocidad, que a su vez se encuentra en la reformulación del imperativo categórico de Kant, fundamento teórico de los Derechos Humanos: “Actúa de tal modo que trates a los otros siempre como fines en sí mismos y nunca meramente como medios”.

Javier Gomá Lanzón, autor de la Tetralogía de la ejemplaridad (Imitación y experiencia (2003), Aquiles en el gineceo, o aprender a ser mortal (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible, o ¿qué podemos esperar? (2013)), lo sintetizaba de manera tan clara como efectiva: “¿Qué es lo justo, lo bueno, lo útil, lo santo, lo noble, lo bello, en definitiva, lo humano? Lo que hacen y dicen los héroes ejemplares. ¿Qué es el ser? El ejemplo personal. ¿Qué es la verdad? Su imitación”.

Antes lo formuló con la lucidez que le distingue la pensadora Hannah Arendt, en una experiencia que, más allá de las irreductibles diferencias culturales y personales, creo que atraviesa nuestra humanidad y cuyo fundamento tal vez se encuentre tanto en nuestra biología-neurología, las neuronas espejo, que nos permiten ponernos en el lugar de los otros, como en las culturas, por esa falta constitutiva de experiencia que padecemos y que paliamos con ese inagotable laboratorio de experimentos y experiencias, la literatura y las artes:

“Para verificar la idea de valor podemos recordar el comportamiento de Aquiles y para verificar la idea de bondad nos inclinamos a pensar en Jesús de Nazareth o en san Francisco; estos ejemplos enseñan o persuaden por inspiración, de modo que cada vez que tratamos de cumplir un acto de valor, es como si imitáramos a alguien, imitatio Christi o de quien sea”.

Hasta tal punto son ejemplares las conductas de Rodrigo de Narváez, Abindarráez y Jarifa que incluso Cervantes, incomparable espíritu de comprensión, humor y tolerancia, a través de su imperecedero personaje emula el comportamiento de algunos de ellos en la novela más universal escrita nunca en nuestra lengua, Don Quijote de la Mancha:

“y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcalde de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y le llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar cómo estaba y qué sentía, le respondió la mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana de de Jorge Montemayor”.

Tal como ha sostenido Claudio Guillén: “No hay fuerza moral más persuasiva que el ejemplo de un individuo extremadamente virtuoso, cuyos actos demuestren que todos los seres humanos son capaces de perfeccionamiento”. Por eso nada es más valioso para el aprendizaje de un ser humano que otro ser humano. El científico Albert Einstein lo expresó de otro modo: “La única forma razonable de educar es con el ejemplo”.

Luego, ¿el arte imita la naturaleza o, como paradójica y provocadoramente declaraba Oscar Wilde, la naturaleza imita el arte? Ambas respuestas son verdaderas, y me atrevería a afirmar que el arte puede crear mundos que no son de este mundo pero que se pueden incorporar a nuestro mundo, ampliándolo, de la misma manera que el ideal extiende y engrandece lo real.

La modernidad de El Abencerraje es sorprendente. De manera similar al Quijote, pero cronológicamente anterior, en “el Abencerraje confluyen “figuras mitológicas, motivos de la novela griega o medieval, ecos del romancero fronterizo y de la novella italiana y de la retórica amorosa”, un mestizaje de géneros que se encuentra en feliz armonía con su mensaje de tolerancia, integración y paz.

Quiero terminar rememorando una canción con la que Abindarráez resume su destino: “Nacido en Granada, / criado en Cártama, / enamorado en Coín, / frontero de Álora”. Este destino es el suyo y es el nuestro, con las inevitables diferencias que produce la naturaleza y la historia. Según el refranero, uno no es de donde nace, sino de donde pace”. Paradójicamente, en la época de la globalización y los medios de comunicación de masas vivimos tiempos confusos y de una desafiante intolerancia.
A menudo caemos en aquello que Amin Maalouf llamó “identidades asesinas”, propia de conductas “tribales” y excluyentes que reducen la multiplicidad de aspectos de los que se compone cualquier identidad humana a una sola que se intenta desfigurar, desacreditar o deslegitimar para ejercer la violencia o la muerte, como se ha hecho a lo largo de la historia con “mujeres”, “esclavos”, “negros”, “moros”, “judíos”…

Por encima de su color de piel o etnia, Rodrigo de Narváez, profundamente humano, se identifica con las vivencias de Abindaráez. Recordemos, con Todorov, que todos somos extranjeros en potencia, porque no hay nadie que ya sea en el pasado como en el futuro esté libre de serlo. Tampoco nadie, que yo sepa, pidió venir a la vida, pero como agradecidos huéspedes esforcémonos juntos en dejar la casa a la que nos han invitado mejor de como la recibimos.

Es nuestra labor ser dignos herederos de nuestro pasado y estar a la altura de los tiempos, conociendo la diversidad que nos constituye como humanos y que todos, lo queramos o no, somos ciudadanos del mundo y, en este sentido, cosmopolitas, aunque siempre haya quienes se empecinen en ser cosmopaletos.

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Sebastián Gámez Millán

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