Animales en la sierra – Rafael Baeza Rodríguez
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Animales en la sierra
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Animales en la sierra
Matar animales por divertimento, matar ciervos, por ejemplo, me parece una aberración, algo impropio de seres humanos.
En el reportaje que estaba emitiendo la televisión, veíamos a una banda de posesos, ridículamente vestidos, que se desparramaba por la sierra cordobesa con la intención de aniquilar cuanto bicho viviente se pusiese delante de sus narices. Todos con sus chaquetitas verdes, sus sombreritos tiroleses, sus botitas relucientes. Una monería.
Al parecer, los señoritos inextinguibles, la rancia y persistente aristocracia, los nuevos ricos, los ejecutivos estresados y otros especímenes varios, al parecer, digo, cuando el cuerpo les pide marcha ponen manos a la obra y dicen:
– Oye, Josema ¿por qué no nos vamos al campo, fíjate, y despanzurramos unas cuantas de esas feroces bestias? Es que necesito desahogarme, relajarme, ¿sabes? O sea.
Dicho y hecho, los intrépidos aventureros se presentan en el escenario de la bacanal, que es un enorme cortijo rehabilitado para que disfruten de todo tipo de comodidades. Es probable que desde sus residencias habituales hasta el cazadero haya sus buenos cientos o miles de kilómetros, es sabido que vienen incluso desde el extranjero, y es seguro que han recorrido andado por la sierra sus buenos cien o doscientos metros. Deporte en su estado más puro.
Entre la alegre pandilla se encontraba una familia al completo, padre, madre y un chaval de trece o catorce años con un aspecto altanero y engolado, acostumbrado ya desde pequeño a hacer su santa voluntad. Este niño, en un momento de la cacería, se sintió molestado por uno de los ayudantes que le acompañaba, un viejo con boina, arrugado y servil que estaba a lo que podía trincar. El iracundo niño, en una reacción desproporcionada para su edad y para el supuesto agravio, le espeta a la cara:
-¡Me cago en tu puta madre! Acompañando las palabras con un gesto amenazador.
El viejo manso se humilla ante él y le pide perdón rastreramente. La madre, que lo está contemplando todo, en vez de darle un guantazo al pequeño déspota, se abalanza sobre el niño cubriéndolo de besos y parloteando:
-¡Estoy emocionada, mi hijo ha matado su primer venado y está un poco nervioso! El pequeño, mientras recibe el abrazo maternal, dirige al viejo una mirada hosca y perdonavidas. Angelito, tan tierno y tan cabroncete. En ese instante busco el periódico para ver la programación de la tele, quizá estaba viendo la película La escopeta nacional, pero me desengaño rápidamente, es la realidad, y no me puedo creer lo que estoy viendo.
Después de la matanza los llevan al cortijo, donde unos camareros que, a pesar de la corbata de palomita no pueden ocultar el aspecto montaraz, están prestos para saciar el hambre feroz de los aguerridos cazadores. El buen humor, la camaradería, los exultantes apretones de manos, las recíprocas felicitaciones, todo forma un cuadro de alegría general que contagia a unos y otros. Los camareros regatean entre el público, ágiles y solícitos, con sus bandejas en precario equilibrio llenas de delicados manjares y afamados caldos. Hay que tratar bien a los matadores, son muy sibaritas estos mendas.
La cámara recoge el testimonio de dos viejos habituales de las monterías, gordos, muy gordos y sin sentido del ridículo. Curtidos en estas lides, desenvueltos, comenta uno mientras come a dos carrillos:
-Sé que ahora está de moda despotricar contra la caza y los cazadores, pero y digo yo: ¿Qué les espera a estos animales? Pues les espera la muerte, sí, la muerte. Nosotros ayudamos a conservarlos. ¿Sabe usted que las reses que comemos a diario se matan con una edad de seis meses? Pues bien, nosotros matamos a estos bichos cuando tienen 5 ó 6 años. Así que, a ver. (Lo que no dice el sibilino matador es cuanto viven normalmente estos hermosos animales).
Mientras tanto va anocheciendo y da comienzo el ritual de iniciación del nuevo miembro de la banda. Al simpático niño, del que comentábamos cariñosamente, lo tienen acorralado contra un árbol individuos vociferantes, entre los que se encuentran los padres, que enaltecidos por el alcohol y la gloriosa jornada vivida, se dedican con ahínco a martirizar a la criaturita. Le trasquilan el pelo a lo bestia mientras le estrellan huevos en la cabeza, a la vez que le vierten un bote de sangre casi coagulada de uno de los animales muertos. Le restriegan este amasijo por la cara y alguien hace un remedo burlón del sacramento del bautismo:
Yo te bautizo en el nombre del Padre del Hijo… etc.
Así, de esta manera, queda convertido el jovencito en nuevo miembro exterminador de la banda. Es seguro que no olvidará nunca ese día.
Acabada la fiesta y de camino hacia los lujosos automóviles, uno de los protagonistas, con una cínica sonrisa que le cruza la cara, se dirige a la cámara:
– Hombre, yo, si estuviera en mi mano, les devolvería a la vida para que siguiesen correteando por ahí, disfrutando del campo y todo eso, pero no puede ser. Qué le vamos a hacer.
Atrás queda una treintena de ciervos descabezados y jabalíes destripados; exhibidos los cuerpos en el suelo para deleite y regocijo de las sensibles almas, de los amantes del campo y de la naturaleza. Quedan los despojos, las vísceras ensangrentadas, varios perros gravemente heridos y alguno muerto. Queda un grupo de hombres contratados, los que dirigían la rehala, indignados porque el dueño del cortijo se niega a darles unos bocadillos. Queda también una Sierra Morena que, poco a poco, va recuperando su silencio habitual y que vuelve a servir de cobijo eventual a unos animales aterrorizados que han conseguido sobrevivir, por esta vez, a los bípedos animales.
Entonces me acuerdo de una pintada que adornaba las paredes del río Guadalmedina, hace ya mucho tiempo. Se veía un gran ciervo, bonitamente pintado, que decía:
“No me mates, no ves que yo también tengo cuernos.”
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Rafael Baeza Rodríguez
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