Suzanne Valadon: la caída del eterno femenino – Ferran Cremades i Arlandis
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Suzanne Valadon: la caída del eterno femenino – Ferran Cremades i Arlandis
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Suzanne Valadon: la caída del eterno femenino – Ferran Cremades i Arlandis
A Marieta, Capricornio. Primavera, 2019
I EL COLUMPIO
El juguete preferido de la hija de la costurera y lavandera fue el columpio suspendido en la rama de un árbol, cerca del río, por lo que su naturaleza se mostró siempre propicia a los vuelos. Así pues, toda clase de fantasías anidaban en el corazón de aquella niña que vivía sola con su madre. Soñaba con volar por el cielo sobre un caballo alado. Al caer la noche, miraba la puerta de casa esperando la presencia del padre, pero sólo hallaba un vacío que llenaba con relatos inverosímiles. Con 14 años se fugó de casa para buscarse la vida. Había oído hablar de la colina de Montmartre. Seguro que allí podría encontrar trabajo como trapecista. Iba a probar suerte. El paisaje le sorprendió por su belleza. Viñedos y molinos salpicaban las pendientes abruptas y los arroyos que fertilizaban los pastos donde se veían rebaños de ovejas y cabras. Se adentró en una pequeña terraza cubierta de viejas acacias. Jardines de denso follaje y flores silvestres adornaban las callejuelas silenciosas bordeadas de pequeñas casas donde se refugiaban los poetas y pintores que huían de la moral rancia y del lujo desmedido que reinaban en los grandes bulevares de París. No lejos de allí, estallaban en el horizonte canciones ebrias salidas de voces desaforadas. Allá estaban los cabarets y algún que otro sórdido tugurio, donde se enfrentaban bandas de maleantes. Aquella noche las navajas volaron y las riñas se tiñeron de sangre.
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La muchacha soñadora de provincias, sucia y flacucha, se paseaba por las tiendas y los bares buscando algo para llevarse a la boca. Sobrevivía como podía, robando pan y botellas de leche. Le gustaba garabatear con tiza las aceras, como cuando era niña. Hasta que un día un acróbata del circo la encontró haciendo malabares con unas manzanas recién robadas y le propuso un contrato de trapecista en el circo Mollier. Fue entonces cuando realmente sintió que su cuerpo llevaba alas. Día tras días se balanceaba en un mundo lleno de estrellas. Le gustaba todo lo que le proporcionaba aquel oficio. Los aplausos de los espectadores, las luces, los amigos con los que mataba el rato en la taberna. En aquel tiempo, los acróbatas, los pintores y los poetas bebían juntos y brindaban por la libertad. Tal vez por ello la muchacha de provincias aprendió pronto a vivir. Ahora ya llevaba dinero en el bolsillo para poder apurar alguna copa de vino o de absenta con la que conciliar el sueño. Un día, su temeraria actitud la llevó a subirse en lo alto del mástil. Con la mirada turbia de dudas, empuñó las anillas y, al realizar el salto mortal, hizo un mal giro en el aire y cayó en la pista. Nunca antes había sentido lo que significaba el espanto de no poder levantarse por sí sola. Había olvidado que los cielos tienen también sus precipicios. Y en ese momento le vino a la mente el columpio de la infancia. La imagen de su mirada perdida en el río la empujó a mostrarse invencible.
II LA MODELO
Aquella maldita caída hizo el milagro de convertir a la acróbata en modelo. En la Place du Tertre, donde culminaba la colina, algunas muchachas de provincias se agolpaban alrededor de los pintores para cumplir sus sueños. Todos elogiaban la belleza de su cuerpo, desde sus ojos azules a su mirada descarada, que era como una coraza para sobrevivir en aquella colina. Pierre Puvis de Chavannes se vanagloriaba de haber sido el primero en representarla en bellos retratos. Con su barba y su bastón, Toulouse-Lautrec, que ya había visto a la acróbata volar en el trapecio, se le acercó afable y, tras estudiarla minuciosamente, le pidió encarecidamente que posara para él y de inmediato le hizo una oferta valiosa. La belleza de aquella muchacha era deslumbrante. De hecho, la retrató de perfil en su obra La Resaca.
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Ella está con los codos sobre la mesa, la mano en el mentón frente a una botella medio vacía y un vaso con un poco de vino u otro licor. Tiene en la boca un gesto amargo y su mirada de ojos azules está inmersa en oscuros pensamientos. La atmósfera es irrespirable, una niebla de aislamiento y de tristeza hecha de pinceladas fulminantes que apenas llegan a cubrir el lienzo. Toulouse-Lautrec la llamó Suzanne porque posaba desnuda para los maestros ya viejos. Con el tiempo, la modelo gozó de una estrecha amistad con el que consideraba su maestro, pues le desvelaba la magia de la pintura y le ofrecía la biblioteca para que pudiese leer con fruición. Esta chica tenía un rostro expresivo y un cuerpo esculpido y de formas seductoras, perfecto para ser modelo. Pero mientras pasaba las noches de tormenta con él en Montmartre, amaba a quien la amaba. Era la modelo preferida de Renoir, quien se enamoró de la modelo y la influyó más que otros. En uno de sus cuadros la vemos en un primer plano, justo en el instante de hacerse la trenza. Todo se concentra en la belleza de aquel rostro de mejillas sonrosadas y ojos azules del que emerge una luz huidiza. En la pintura Los Paraguas, que representa una escena donde una lluvia de azules empieza a caer, los personajes van todos con un paraguas, salvo ella, que aparece en primer plano llevando un cesto. El desnudo Después del baño refleja un estado de plenitud en la vida de la modelo. La voluntad de persistencia, en el balanceo del trapecio de la vida, la llevaron a suportar las agotadoras sesiones como modelo. En poco tiempo, la muchacha de mirada descarada y desafiante atrajo la atención de los artistas del momento, que se enamoraban tanto de su belleza indescriptible como de la osadía del espíritu libre que la hacía tremendamente atractiva. Con el tiempo, Suzanne se convirtió en la musa favorita de Montmartre y posaba para los mejores pintores. A veces desnuda, apoyada o tendida sobre la cama. Otras veces cubierta con vestidos lujosos, como una burguesa parisina. O con sus senos de manzana desbridados sobre el corsé, es decir, libre ya de todo prejuicio. La tristeza de su vida privada se llenó de júbilo con la llegada de su hijo, que le dio todo el amor que le habían negado los hombres. Un día, para celebrar la primavera, invitó a una fiesta a los pintores que tanto admiraba. Vivía en una buhardilla tan estrecha como austera. La modelo había dejado la puerta entreabierta para que pudiesen entrar. Uno tras otro, se fueron presentando los artistas, cada uno de ellos con un ramo de flores en la mano. Al abrir la ventana, el cuarto se iluminó como un desorden maravilloso. Se veían telas azules y rojas colgando de las paredes. Apareció vestida con un pantalón ancho de rayas y rodeada de sus gatos. Se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió. Con el pensamiento abstraído en sus sueños, la modelo les dio la bienvenida al grito de ¡Viva el amor! Desparramados por todas partes, sofá, sillas, mesa y suelo, se veían los dibujos en grafito, carbón y sangre, así como los lienzos que había realizado. De pronto se hizo un largo silencio. Todos ellos quedaron asombrados del talento que poseía la que para ellos era simplemente una musa inspiradora. Por un momento buscó en las miradas de Toulouse-Lautrec y Edgar Degas una respuesta y le deslumbró un destello de esperanza. Mientras posaba como modelo, la muchacha de provincias había aprovechado la ocasión para aprender a manejar los rudimentos de aquel oficio que le apasionaba tanto como el balanceo del trapecio. A todos los allí presentes les mostraba el secreto que durante un tiempo había guardado bajo llave en uno de sus armarios. Se veían desnudos femeninos, gatos y bodegones sin florituras.
Flores tan frágiles como delicadas en un simple vaso. Edgar Degas se fijó en las líneas vivas de sus dibujos y pinturas y, tras bajar la mirada un instante, se le acercó para darle un abrazo y decirle al tiempo que acariciaba sus mejillas sonrosadas: “Pintas como nosotros”. Aquella afirmación arrebató a la modelo una sonrisa llena de esperanza y de certeza.
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Por fin la consideraban como una más de su círculo. “Además de buen corazón, tienes talento”. Edgar Degas la quiso siempre. De hecho, fascinado por su fuerza expresiva, fue el primero en comprarle una de sus obras, animándola así a que continuase el camino de su pasión por la pintura. Al final, Suzanne les invitó al bar de la esquina a tomar un trago. La única medicina para curar la locura de aquellos tiempos era la absenta. El agua ni se veía, era puro veneno. Así fue cómo la modelo y musa salió del marco de aquel desván. Hasta ahora no había sido más que una pintora invisible. Este fue el triple salto mortal de Suzanne. La trapecista soñadora pasó de ser modelo a ser considerada y admirada como artista. Ahora era una de ellos. Una más. De hecho, al año siguiente expuso sus dibujos en el salón de la Nationale. Al final le llegó la fama, el dinero y, lo que resultaba más difícil, el reconocimiento entre los colegas de profesión, llegando a ser la primera mujer en administrar la Société Nationale des Beaux-Arts. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos, la pintura –y casi todo− era cosa de hombres. Las mujeres artistas de la academia hasta tenían prohibida su asistencia a las clases de desnudo femenino.
III LA ARTISTA
Más cercana a la fuerza irresistible de la naturaleza que a las convenciones morales de una sociedad burguesa, Suzanne Valadon vivió tal como quiso. Los amantes que la adoraban no tenían otro remedio que dejarse balancear entre la admiración y el amor fugaz. Hasta el músico Erik Satie abandonó las teclas de su piano para caer en sus brazos, al día siguiente de conocerla. Pasado el año de relación, abandonó al músico, que se quedó hundido en la más fría soledad, sin escuchar los ecos de viento en su cabeza y con el corazón desgarrado. Llegó a tener como amante a un joven rico que, tras librarle de las penurias económicas, le permitió una dedicación exclusiva a la pintura. Pero ella no soportaba el silencio de la casa de campo rodeada de comodidades. Le ahogaba el peso de la vida burguesa. A pesar de las dificultades con las que se topó en la vida, nunca renunció a la pasión del amor y la encontró en un joven pintor, amigo de su propio hijo. Es hermoso como un dios. Así lo describía su corazón. Un joven que también reconocía la grandeza de su paleta. Por eso no tardó mucho en abandonar a su amante adinerado para regresar a la bohemia de Montmartre con el fin de abrazar a sus amigos.
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La luz del crepúsculo empezaba a inundar la colina de Montmartre. Había nubes de color naranja en el cielo de París. Las lilas que se veían en los jardines de aquella calle florecieron una primavera más. Al fondo se veía la abadía de las monjas benedictinas. Y unos molinos. Por doquier había tabernas, salas de baile y antros de mala reputación. En sus cuadros evoca bellos recuerdos de varios años pasados en el trapecio. Lejos ya el eterno femenino, la mirada de Suzanne era el espejo de la soledad. Un día Toulouse-Lautrec se percató que aquella figura femenina que aparecía sola era ella. Ella sola frente al abismo. Al final el maestro retrató a la alumna como la mujer que era. “Retrato de Madame Valadon, artista y pintora”. Ahora era lo que quiso ser. Una artista consagrada al arte de la pintura. Entre cielos azules y precipicios grises. Suzanne estaba sentada sola junto a un camino, a las afueras de Montmartre. Aquella figura diminuta al lado de la grandeza del paisaje, se mostraba como una amante de paisajes abandonados. Tal vez se hacía preguntas o simplemente recibía las caricias del viento. En su soledad, veía a todos aquellos pintores consagrados como seres tan geniales como insignificantes. Ni siquiera cuando trabajaba como modelo había dejado de ser mujer. Su presencia imponía cierto silencio y mucha admiración. Con la mirada, más que con las palabras, cuestionaba todo cuanto veía y la rodeaba. Era el veneno de la sabiduría. Para conocer la verdad de la mujer era necesario traspasar la superficie del eterno femenino.
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Suzanne Valadon se inspiró en las obras de otros pintores. Pero ¿cuántos pintores se han dejado influenciar por la artista? La paleta de Suzanne era rica en colores que se esparcían como luces tenues o vibraban como llamas intensas. En su obra trataba de atrapar lo que ella veía y sentía. Como mujer de personalidad osada y moderna, no se sintió sujeta a normas establecidas. Sin embargo, era muy exigente consigo misma y no daba por terminada una obra hasta considerarla perfecta para ser expuesta. Sus obras eran una exaltación de la belleza de la naturaleza, de la que debemos gozar. Marcaba las líneas y las formas como si quisiera autoafirmarse. Suzanne mostraba una disposición especial en describir los espacios amplios de los paisajes. Las figuras, en movimiento o en calma, tenían la fuerza de la instantánea. En los gestos del cuerpo revelaba el carácter del personaje y su importancia en la escena. Se veían manchas de color. Los volúmenes perfilados se tornaban espacios geométricos. Tras pintar desnudos femeninos, encontró su paraíso en la representación del desnudo masculino, lo que supuso todo un escándalo en aquella época. Los puritanos de turno le obligaron cubrir los genitales de Adán, representado por su joven marido, si quería exponer la obra. Así que Suzanne, que representaba a una Eva despojada de todo prejuicio, arrancó la manzana con decisión y le puso a Adán unas hojas de parra para cubrir sus dudas y temores.
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Todo empezó en un columpio suspendido en la rama de un árbol, cerca de un río, y acabó en la colina de Montmartre, donde llegó con una sonrisa en la cara y nada en los bolsillos. Desde la más tierna infancia se enfrentó a las adversidades. Días que tiritaba de frío junto al quinqué y días que ni comía ni dormía. Días de sueños y días en que el alma se sentía desfallecer. Ahora pinta con pasión, a la luz de una lámpara de gas, hasta que el amanecer inunda el estudio espacioso de la rue Cortot, donde se alojaban numerosos artistas. Allí vivía una vida desahogada, pero sin lujos. Cuando los marchands vendían algunos de sus cuadros había fiesta, copas, amor y cuatro palabras de más. Su nombre se grabó con sangre, sudor y sueños en los manuales de historia, dejando de ser así una de esas mujeres desconocidas que caen en el olvido.
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Aquel día apenas había luz en la habitación de aquel palacio. El cielo amenazaba tormenta. Más allá de la ventana todo era profunda oscuridad. Aunque estaba lejos de París, sentía el latido de la colina de Montmartre. Subida todavía en el trapecio de la vida, se balanceaba entre los cielos que se pierden en el infinito y los precipicios que nos llevan al vacío. La luz de una mujer como Suzanne Valadon sólo podía apagarse un día de primavera.
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Ferran Cremades
Ciudad-Jardín AUSIAS MARCHE, Primavera 2019
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